La caída de sor Candelaria
El cuerpo de sor Candelaria yacía en el patio interior, cubierto con una sábana que la lluvia adhería a sus brazos.
Desde la entrada del hospital, Amelia vio a Rivas junto al capellán y a Eusebio Landa dando órdenes a los camilleros.
Elena se había apartado en el último callejón; regresar juntas habría sido entregarse.
Amelia cruzó la reja sin uniforme y los murmullos se apagaron a su paso.
El hospital estaba despierto de una manera distinta.
No había el movimiento ordenado de los cambios de turno, sino grupos inmóviles en las puertas y conversaciones que se interrumpían al acercarse un superior.
Las pacientes de la sala de mujeres habían pedido cerrar las cortinas que daban al patio.
Una de ellas lloraba porque Candelaria le llevaba caldo después de las oraciones; otra repetía que la religiosa temía a las alturas y nunca subía más allá del coro.
Matilde recorría la galería distribuyendo tareas con voz baja.
Cuando vio a Amelia no manifestó sorpresa.
Sólo miró el reloj del corredor, como si hubiera esperado que regresara antes de que retiraran el cadáver.
La sábana se levantó con el viento y dejó al descubierto un pie desnudo.
En la planta no había suciedad. Amelia observó la torre: para llegar al borde era necesario atravesar dos pisos cubiertos de polvo, subir una escalera de madera y cruzar una plataforma donde anidaban palomas.
Nadie podía hacer ese camino con los pies limpios.
—Está suspendida —le recordó Rivas.
—También soy la persona a quien sor Candelaria buscó antes de morir.
La mandíbula del director se endureció apenas.
Landa se colocó entre Amelia y el cuerpo.
Era un hombre alto, ancho de hombros, con el cabello cortado al ras y una bata blanca abotonada hasta el cuello.
Al extender el brazo, Amelia vio que uno de los botones era distinto de los demás: negro y plano, de asta.
En el segundo ojal quedaban dos hilos sueltos.
—La hermana subió desorientada al campanario —dijo Landa—. La tormenta hizo el resto.
El olor a jabón carbólico era tan fuerte que Amelia sintió el forcejeo en el despacho antes de recordarlo.
—¿A qué hora la encontraron?
—No es asunto suyo.
—Lo será de la policía.
Rivas miró a los empleados reunidos en las galerías.
No podía echarla por la fuerza sin atraer más atención.
Ordenó a Alcocer que examinara el cuerpo antes de llevarlo a la morgue.
El médico sostuvo la mirada de Amelia y pidió que ella lo ayudara.
Fue la primera desobediencia abierta que cometió frente al director.
En la pequeña sala contigua, Alcocer cerró la puerta.
Sor Candelaria tenía una lesión extensa en la sien y el hombro derecho deformado por la caída.
Sin embargo, Amelia encontró dos marcas violáceas alrededor de las muñecas, recientes y casi simétricas.
Bajo la manga izquierda había un punto de punción.
Alcocer acercó el rostro, presionó alrededor y olió la piel.
—Morfina —dijo—. O algún preparado con opio. Las pupilas están contraídas.
Amelia pidió la hoja de turno. La enfermera nocturna había anotado a las dos y cuarenta que Candelaria llevó una manta a la habitación doce.
A las tres, Landa solicitó una ampolla de morfina alegando que un minero de la sala cinco presentaba dolores insoportables.
El minero negó haber recibido inyección alguna.
La firma de salida estaba trazada con mano distinta de la de la boticaria, y la cantidad retirada alcanzaba para sedar a dos adultos.
—La hoja desaparecerá antes del mediodía —dijo Amelia.
Alcocer arrancó la copia de carbón y se la entregó.
El original debía permanecer en el libro para no despertar sospechas.
Amelia dobló la hoja dentro de una compresa limpia y la guardó en el bolsillo interior de la falda.
Cada prueba que reunían exigía una nueva mentira, y comenzaba a temer que el secreto también los transformara en personas habituadas a esconder.
Mientras Alcocer examinaba el cráneo, Amelia limpió el rostro de Candelaria.
Bajo la sangre encontró un rasguño paralelo a la mandíbula y restos de cera azul detrás de una oreja.
No procedían del campanario del hospital, cuyas velas eran blancas.
En San Rafael, junto a la campana pequeña, había visto cirios teñidos de azul para las fiestas de la Virgen.
Candelaria había estado en la iglesia o en el pasaje antes de morir.
Alguien la llevó de regreso por los túneles.
La religiosa conservaba debajo del hábito una bolsita de tela.
Contenía dos semillas, un dedal, una estampa de santa Águeda y una llave rota.
Amelia reconoció el perfil del metal: pertenecía a los antiguos armarios de medicamentos.
La punta había sido limada para adaptarla a otra cerradura.
Candelaria llevaba años preparando accesos que nadie debía conocer.
Amelia buscó otras señales antes de aceptar la conclusión.
La boca de Candelaria estaba seca, pero no había espuma ni olor a alcohol.
En el antebrazo derecho encontró marcas antiguas de inyecciones aplicadas durante una enfermedad; la punción izquierda era distinta, hecha con prisa y demasiado cerca del codo.
Quien la administró sabía utilizar una jeringa, aunque no se preocupó por dejar hematoma.
La rigidez y la temperatura de la piel indicaban que murió antes de que sonaran las campanas.
Landa había dispuesto de tiempo para vestirla, trasladarla y colocarla en el patio.
Alcocer retiró de la manga un polvo blanquecino mezclado con fibras de cuerda. Lo guardó en un sobre. Después midió la distancia entre los moretones de las muñecas. No correspondían a una caída ni al rosario. Candelaria estuvo atada.
—Si redacto esto —dijo—, Rivas puede retirarme del servicio antes de que llegue al juzgado.
—Si no lo redacta, cuando alguien pregunte usted recordará cada marca y sabrá que eligió no verla.
El médico la miró con cansancio, pero abrió su cuaderno.
Describió las lesiones una por una, fechó la nota y pidió a Amelia que firmara como testigo.
Prepararon una segunda copia y la ocultaron dentro de la funda del colchón.
Amelia comenzaba a comprender la regla que había permitido sobrevivir a Rivas: ninguna prueba podía existir en un solo lugar.
—¿Pudo administrársela ella misma?
—En este sitio cualquiera puede conseguir una jeringa si posee las llaves de la botica.
No pronunciaron el nombre de Landa. Amelia examinó las plantas de los zapatos.
Estaban limpias, aunque la escalera del campanario acumulaba polvo y excremento de aves.
Quien llevó a Candelaria hasta arriba se los había quitado o la había transportado.
En el dobladillo encontró una astilla pintada de azul, igual a la pintura descascarada de las cunas en la casa de expósitos.
Alcocer salió un momento para buscar su cámara fotográfica.
Amelia quedó sola con el cadáver. Le cerró los párpados y pidió perdón en voz baja por revisar cada costura.
No conocía bien a Candelaria; durante años la había considerado parte del mobiliario del hospital, siempre presente junto a una puerta, llevando rosarios y quejas de una sala a otra.
Ahora entendía que aquella aparente invisibilidad le había permitido escuchar lo que los médicos decían delante de las religiosas y entrar en cuartos donde los administradores no reparaban en ella.
En el dobladillo del hábito encontró nueve puntadas recientes.
Las cortó con una tijera y extrajo una tira de papel encerado.
La humedad había borrado casi toda la escritura, pero podían leerse tres apellidos de mujeres y fechas separadas por varios años.
Ninguna figuraba en las cartas de Tomás.
Candelaria había continuado investigando después del incendio. El círculo quizá no terminó en 1907.
Alcocer regresó y fotografió las marcas de las muñecas, la punción y el papel junto a una regla.
Utilizó sólo dos placas; las demás podían ser revisadas por Rivas.
Antes de cubrir de nuevo el cuerpo, Amelia tomó una impresión del zapato y del fragmento azul.
Si Castañeda decidía declarar accidental la muerte, por lo menos existiría un registro que no dependiera de su memoria.
—Estuvo en el pasaje —murmuró.
Alcocer la miró.
—¿Usted también?
Amelia le contó sólo lo necesario: la cita, la casa y la llegada de Rivas. No mencionó a Clara. El médico retiró los anteojos y se frotó el puente de la nariz.
—Mi padre dejó de dormir después del incendio —dijo—. Despertaba diciendo que las campanas sonaban bajo tierra. Yo creía que deliraba por la fiebre que lo mató.
—¿Dónde están sus papeles?
—En una casa que no he abierto desde su muerte.
—Entonces ábrala antes de que Landa lo haga.
Un golpe anunció a Rivas. Entró con el inspector Julián Castañeda, un policía de bigote entrecano que parecía más incómodo por la humedad de su sombrero que por el cadáver.
Escuchó las observaciones de Alcocer, tomó notas y preguntó si la punción podía corresponder a un tratamiento habitual.
Rivas aseguró que Candelaria padecía dolores y confusión.
Ninguno de los dos mostró el libro de medicamentos.
—La hermana tenía más de setenta años —concluyó Castañeda—. Con lluvia y oscuridad, una caída no sería extraña.
—¿Por qué subió? —preguntó Amelia.
—Las personas ancianas se confunden.
—Entonces debió salir de su cuarto, cruzar dos patios, quitarse los zapatos, conseguir una ampolla de morfina, inyectársela con la mano contraria y atarse las muñecas antes de confundirse de escalera.