La paciente de la habitación 8 La tinta húmeda #2
8%

La tinta húmeda #2

—Y debajo de este edificio hay túneles de mina. Precisamente por eso no quiero que derriben un muro en mitad de la noche.

Era la primera vez que Amelia escuchaba a un miembro de la dirección admitir la existencia de aquellos túneles.

En el hospital se hablaba de criptas, bodegas y pasadizos utilizados por las religiosas durante la Guerra Cristera, para ocultar sacerdotes y trasladar heridos sin ser descubiertas, pero las autoridades lo atribuían a exageraciones del personal.

Rivas pareció advertir su error. Retiró la mano del brazo de Alcocer y señaló la puerta.

—Sellaremos la habitación. Mañana vendrán el administrador y el maestro de obras. Hasta entonces, nadie entra.

En el trayecto de regreso, Amelia encontró algo junto a la pared del corredor: un botón pequeño cubierto de tela gris.

Lo recogió sin detenerse y lo guardó en el bolsillo.

Era del mismo color que el abrigo de la desconocida.

El botón probaba que la mujer había recorrido aquel pasillo y que su cuerpo no era producto del cansancio, como Rivas pretendía insinuar.

El director interrogó primero a Pilar en su despacho. La entrevista duró casi media hora. Cuando la joven regresó a la sala, evitó mirar a Amelia y comenzó a ordenar frascos que ya estaban en su sitio.

—¿Qué le preguntó? —dijo Amelia.

—Lo mismo que usted.

—¿Le dijiste que viste a la mujer?

Pilar colocó un frasco junto a otro y comprobó las etiquetas.

—Vi a alguien sentado en la cama. Había poca luz. Pudo ser una sombra.

—Dijiste que era una mujer.

—Estaba asustada.

Amelia la observó en silencio. Pilar no era buena para mentir; se le enrojecían las orejas y movía los objetos sin necesidad.

Quiso preguntarle qué había dicho Rivas para hacerla cambiar de opinión, pero el doctor Alcocer apareció en la puerta del despacho y la llamó.

Mientras cruzaba la sala, sor Candelaria extendió una mano desde la cama y le rozó la muñeca.

—La capilla —susurró sin abrir los ojos—. Cuando toquen las seis.

Rivas la recibió sentado detrás de un escritorio demasiado grande para la habitación.

El libro de ingresos estaba frente a él.

Había colocado un papel limpio sobre la anotación, como si no soportara verla.

Preguntó a Amelia a qué hora había consultado el registro, dónde se encontraba Pilar cuando sonó el timbre, cuánto tiempo permaneció en la habitación y qué palabras exactas pronunció la desconocida.

Ella respondió sin revelar la mención de su madre, la llave ni la melodía escuchada al otro lado de la reja.

Tampoco habló de la impresión que había escondido en su manga.

—Dice que la mujer le dio un nombre —señaló Rivas.

—El nombre apareció en el registro.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Ella no me dijo cómo se llamaba.

El director apoyó ambas manos sobre la mesa.

En la pared, detrás de él, colgaba una fotografía tomada poco después del incendio.

Mostraba a médicos, religiosas y enfermeras alineados en el patio del hospital.

Los rostros eran demasiado pequeños para distinguirlos desde la silla, pero Amelia creyó reconocer la figura de una mujer joven en el extremo izquierdo.

—Su regreso ha despertado muchos recuerdos, señorita Valdés —dijo Rivas—. Algunos deberían permanecer dormidos.

—¿Se refiere a mi madre?

La mandíbula del director se endureció; fue la primera grieta en su dominio.

—Me refiero al incendio. Su madre abandonó Santa Aurelia antes de aquella desgracia.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo estaba aquí.

—¿La vio marcharse?

Rivas apartó el papel que cubría el registro. La tinta ya se había secado.

—Su padre fue un hombre respetable. Le aconsejo que conserve la versión que él decidió darle.

—No es una respuesta.

—Es la única que recibirá de mí.

La entrevista terminó con una orden: Amelia debía regresar a su habitación al concluir el turno y permanecer allí hasta que él decidiera si podía continuar trabajando.

Rivas llamó precaución a la orden. Ella pensó en la puerta cerrada desde fuera, en el libro guardado y en la súbita amnesia de Pilar.

No discutió. Salió del despacho convencida de que, antes del amanecer, el director había comenzado a borrar lo ocurrido.

A las seis, las campanas de Santa Aurelia sonaron detrás de la neblina.

El hospital despertó poco a poco: ruedas de carros sobre los corredores, agua vertida en palanganas, voces bajas de las enfermeras que recibían el turno.

Amelia entregó la sala sin mencionar la habitación 8 y se dirigió a la capilla.

Llevaba el papel secante entre el forro y la tela de la manga, el botón en el bolsillo y el cabello envuelto en gasa dentro de su libreta.

Sor Candelaria la esperaba en el último banco. Se había colocado el hábito, aunque continuaba pálida y respiraba con esfuerzo. Frente a ellas, las velas del altar apenas iluminaban el retablo ennegrecido. La religiosa señaló el reclinatorio, pero Amelia permaneció de pie.

—¿Quién era Clara Montiel?

—Una mujer que llegó aquí durante una tormenta —respondió sor Candelaria—. Tenía veinticinco años y estaba a punto de dar a luz. Era la noche del diecisiete de octubre de mil novecientos siete.

La edad y la fecha coincidían con el registro. Amelia sintió frío a pesar de las velas.

—La mujer que encontré tenía la misma edad.

—Clara murió hace muchos años.

—Anoche dijo que era una niña la que había muerto.

Sor Candelaria apretó el rosario entre los dedos.

—Eso fue lo que escribimos.

—¿Qué quiere decir?

La religiosa miró hacia el confesionario vacío antes de continuar.

—Clara dio a luz antes del amanecer. Una niña pequeña, pero fuerte. La escuché llorar. Después me mandaron salir de la sala y, cuando regresé, el médico dijo que la criatura había muerto. No permitieron que su madre la viera. Tampoco dejaron que yo preparara el cuerpo.

—¿Quién era el médico?

—No puedo decírselo.

—Han pasado veinticinco años.

—Para algunos no ha pasado ni un día.

Amelia se sentó junto a ella.

—Mi madre escribió la anotación de esta noche.

—Su madre llevaba los registros de maternidad. Reconoció la letra porque quería que usted la reconociera.

—Mi madre desapareció en 1907.

Sor Candelaria volvió la cara. Tenía lágrimas en los ojos, pero su voz no tembló.

—Soledad no abandonó Santa Aurelia. Su padre lo sabía.

La afirmación cayó entre ambas con más peso que cualquier relato de fantasmas.

Amelia recordó las puertas cerradas de su casa, los vestidos quemados en el patio y la estampa escondida detrás de un cajón.

Durante años había imaginado a su madre subiendo a un tren, eligiendo otra ciudad y otra vida.

La había odiado por marcharse. Después aprendió a fingir que no le importaba.

—¿Qué le hicieron?

Sor Candelaria bajó la vista.

—Yo era joven. Obedecí cuando no debía. Después recé por ella, pero las oraciones no deshacen lo que una persona permite por miedo.

—Dígame dónde está.

Un golpe resonó detrás del altar. Ambas se volvieron. La puerta lateral de la capilla osciló lentamente y luego se cerró. Sor Candelaria se puso de pie con dificultad.

—Debe irse.

—No me moveré hasta que me diga la verdad.

—La verdad no está en este banco. Está debajo de nosotros, donde guardaron los nombres.

Amelia recordó las palabras de la paciente: debajo de la capilla. Ahí guardaron los nombres.

—¿Cómo se entra?

La religiosa tomó su mano y cerró los dedos de Amelia alrededor de una medalla. No era una imagen religiosa, sino una pieza de cobre grabada con la misma flor que había visto en la llave de la habitación 8. En el reverso aparecían las palabras Misericordia y Silencio.

—No confíe en quien tenga otra como ésta —dijo sor Candelaria—. Y no vuelva a buscarme dentro del hospital.

Antes de que Amelia pudiera detenerla, la religiosa cruzó la puerta de la sacristía. El cerrojo cayó del otro lado. Amelia permaneció sola, con la medalla clavándosele en la palma y la certeza de que alguien había escuchado la conversación.

Su habitación se encontraba en el piso superior, junto a los dormitorios del personal de enfermería.

Cuando llegó, el corredor estaba vacío. La puerta estaba entornada y cedió al primer contacto.

Amelia recordaba haber girado la llave al comenzar el turno.

Entró sin encender la luz y esperó. No oyó respiración ni movimiento.

Después abrió las cortinas. La mañana apenas comenzaba a teñir de gris los techos de Santa Aurelia.

Nada faltaba. Su maleta seguía debajo de la cama, la ropa colgaba detrás del biombo y la fotografía de su padre permanecía sobre la cómoda. Sin embargo, el cajón inferior estaba abierto. La estampa de la Virgen, que guardaba envuelta en un pañuelo, descansaba en el centro de la cama.

Amelia la tomó. Al reverso, Soledad había escrito años atrás: Para mi Amelia, para que la luz la acompañe aun cuando yo no pueda hacerlo.

Comparó aquellas letras con la impresión del papel secante.

Los trazos coincidían. No había sido una semejanza nacida del miedo ni una falsificación torpe.

Quien escribió en el libro conocía cada peculiaridad de una caligrafía que casi nadie en Santa Aurelia debía recordar.

Al levantar el pañuelo encontró un objeto que no estaba allí al comenzar la guardia.

Era una tira estrecha de lienzo amarillento, doblada y sujeta por un pequeño broche oxidado.

Amelia la abrió con cuidado. En la tela, desvaída por los años, aún se distinguía una inscripción hecha con tinta violeta: Hija de Clara Montiel. 17 de octubre de 1907.

Debajo alguien había escrito una sola palabra: Fallecida.

La palabra estaba tachada.

Alrededor del brazalete había una nota de papel muy fino. Amelia reconoció la escritura nueva; era recta y contenida, distinta de la de su madre. Sólo tenía dos líneas.

Soledad Valdés no abandonó el hospital.

La última vez que la vi, seguía viva debajo de la capilla.