La paciente de la habitación 8 La tinta húmeda
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La tinta húmeda

La tinta fresca devolvía un brillo húmedo bajo la lámpara del escritorio.

Amelia sostuvo la página por los bordes, cuidando de no rozar la línea recién escrita, y recorrió las letras en busca de una diferencia que desmintiera lo que acababa de reconocer.

No había ninguna. Su madre inclinaba las palabras hacia la izquierda y cerraba la ele con un trazo pequeño, semejante a un lazo.

En la estampa de la Virgen que Amelia guardaba desde niña había escrito su nombre de la misma manera.

También la fecha tenía aquella costumbre suya de prolongar el número siete hasta casi tocar el renglón inferior.

—¿Conoce la letra? —preguntó el doctor Alcocer.

Amelia cerró el libro con más fuerza de la necesaria. La humedad de la tinta dejó una sombra tenue en la página opuesta.

—Me resulta familiar.

—No le pregunté eso.

El médico permanecía detrás de ella, tan cerca que Amelia percibía el olor a tabaco de su abrigo.

Pilar estaba al otro lado de la sala, calentando agua para sor Candelaria y fingiendo no escuchar.

La religiosa se había recuperado del desfallecimiento, pero seguía tendida en una cama con el rostro vuelto hacia la pared.

De vez en cuando movía los labios en una oración silenciosa.

—Es la letra de mi madre —respondió Amelia al fin.

Alcocer miró el libro cerrado y después a ella. No expresó sorpresa. Aquella serenidad, que tantas veces había tranquilizado a los enfermos, ahora le pareció una forma de cautela.

—¿Cuándo estuvo su madre aquí por última vez?

—Hace veinticinco años.

—¿La noche del incendio?

La pregunta la tomó desprevenida. En Santa Aurelia todos sabían que Soledad Valdés había trabajado en el hospital, pero Amelia nunca había escuchado que alguien relacionara su desaparición con el incendio.

Su padre le había dicho que su madre se marchó durante el verano de 1907.

Nunca precisó el día y ella, con siete años, sabía que insistir sólo conseguía que él abandonara la mesa o se encerrara en el despacho durante horas.

—No lo sé —dijo—. Mi padre no hablaba de ella.

Alcocer extendió la mano para pedirle el libro. Amelia dudó antes de entregárselo. El médico abrió de nuevo el libro e inclinó la página bajo la lámpara del escritorio. La tinta devolvió un brillo húmedo.

—Todavía no se ha secado —murmuró—. Esta anotación es reciente.

—Eso ya lo sabemos. La página estaba vacía al comenzar el turno.

—Lo sabe usted.

Amelia levantó la mirada.

—También la señorita Pilar consultó el registro cuando ingresamos a la enferma de pensionistas.

Pilar dejó la jarra sobre la mesa con un golpe leve y asintió. Tenía el rostro pálido, pero su voz fue clara.

—No había otra anotación, doctor. Yo vi la página. Tampoco estaba ese nombre.

Alcocer colocó el libro sobre el escritorio y se quitó los anteojos. Iba a formular otra pregunta cuando sor Candelaria habló desde la cama.

—Clara Montiel.

No elevó la voz, pero los tres la escucharon. Amelia se acercó. La religiosa tenía los ojos abiertos y seguía con los ojos las grietas del techo.

—¿Quién era Clara Montiel, hermana?

Sor Candelaria giró lentamente el rostro. Durante un instante pareció no reconocerla. Luego miró el libro y trató de incorporarse.

—Ciérrelo.

—Ya está cerrado.

—Guárdelo antes de que llegue él.

—¿Quién?

El sonido de una puerta al abrirse en el corredor impidió la respuesta. Unos pasos firmes avanzaron hacia la sala, acompañados por el roce de un bastón contra los azulejos. Pilar bajó la cabeza. El doctor Alcocer volvió a colocarse los anteojos y abotonó su bata.

El director Benigno Rivas entró sin anunciarse.

Debía de haberse vestido con prisa: llevaba el chaleco mal abrochado, la corbata torcida y un abrigo negro sobre los hombros.

Aun así, conservaba el aspecto severo que imponía silencio a los internos y hacía que los familiares de los enfermos enderezaran la espalda cuando lo veían pasar.

Tenía sesenta y tres años, una barba recortada que comenzaba a encanecer y una pierna rígida desde el incendio de la antigua maternidad, donde, según la versión repetida cada aniversario, había salvado a seis mujeres antes de que el techo se desplomara.

—Espero que exista una buena razón para haberme hecho venir a estas horas —dijo.

Alcocer le explicó lo sucedido sin mencionar la caligrafía de Soledad.

Habló de una mujer herida, de la reja cerrada y de una habitación sin salida.

Pilar confirmó que había visto a la desconocida desde el corredor.

Amelia observó al director mientras escuchaba.

Rivas no interrumpió hasta que oyó el nombre registrado en el libro.

Entonces apretó con ambas manos el puño de plata del bastón.

—Repita eso.

—Clara Montiel —dijo Alcocer—. Veinticinco años. El ingreso está fechado el diecisiete de octubre de mil novecientos siete.

Rivas miró a sor Candelaria. La religiosa había cerrado los ojos.

—¿Quién escribió semejante disparate?

—Eso intentamos averiguar.

El director abrió el registro. Su vista se detuvo apenas unos segundos en la línea, pero fueron suficientes para que el color abandonara su rostro. Pasó el pulgar sobre la fecha y manchó la yema de negro.

—¿Por qué toca la tinta? —preguntó Amelia.

Rivas levantó la cabeza, sorprendido por el tono.

—Porque este libro pertenece al hospital, señorita Valdés. Lo que se escriba en él es responsabilidad mía.

—También es un registro de lo que ocurrió esta noche.

—Lo que ocurrió esta noche aún está por determinarse.

Cerró el volumen y lo sujetó bajo el brazo. Amelia dio un paso hacia él.

—No puede llevárselo.

—Puedo y debo. A partir de este momento nadie repetirá esta historia fuera del hospital. No hasta que sepamos quién entró al ala antigua y con qué propósito. Santa Aurelia no necesita otra temporada de rumores sobre aparecidos.

—Había sangre en la almohada —dijo Amelia—. La mujer tenía una herida y marcas en el cuello. Alguien pudo haber intentado matarla.

—O alguien preparó una representación para asustar al personal. La puerta estaba clausurada, pero el candado apareció abierto. La señorita Pilar vio una figura desde varios metros y sor Candelaria acaba de sufrir un desvanecimiento. Usted es la única que afirma haber hablado con esa mujer.

Amelia sintió la acusación antes de que él terminara. Alcocer se movió junto al escritorio.

—Yo examiné la mancha de la almohada. Era sangre fresca.

—Entonces encontraremos a la dueña —repuso Rivas—. Revisaremos la habitación y después interrogaré a cada persona por separado.

Sor Candelaria abrió los ojos.

—No vuelva a entrar ahí.

El director la miró con una dureza que no había mostrado a nadie más.

—Hermana, usted debería saber mejor que nadie cuánto daño han causado sus historias.

—Yo no conté ninguna historia.

—Todavía.

Rivas pidió a Pilar que permaneciera con las enfermas y ordenó a Amelia y a Alcocer que lo acompañaran.

Antes de salir, colocó el libro de ingresos dentro del armario de medicamentos y guardó la llave en el bolsillo del chaleco.

Amelia alcanzó a ver, sobre el escritorio, la hoja de papel secante que había quedado debajo del volumen.

La tomó mientras los hombres le daban la espalda.

La tinta húmeda había dejado una impresión invertida.

La impresión estaba borrosa, pero el nombre, la fecha y el número de la habitación podían leerse si se sostenía contra la luz. Dobló la hoja y la ocultó en la manga.

La reja del ala clausurada permanecía abierta después de que el celador rompiera el candado. Rivas se detuvo frente a los barrotes y examinó la cadena. Luego miró a Amelia.

—¿Está segura de que la encontró en el suelo?

—Completamente.

—¿Y ninguna de sus llaves abrió este candado cuando apareció cerrado?

—Ninguna.

El director no respondió. Entró al corredor con el bastón por delante, tanteando las tablas vencidas.

Alcocer llevaba uno de los quinqués de emergencia; Amelia, otro.

A medida que avanzaban, la luz despertaba formas incompletas: un crucifijo sin brazos, montones de sábanas endurecidas por el polvo, frascos vacíos alineados sobre una repisa.

En la pared cercana a la habitación 8, una mancha oscura descendía desde el techo como humo antiguo.

La cama seguía vacía. Rivas comprobó los postigos, abrió el armario y golpeó las paredes con el bastón.

Amelia se dirigió a la almohada. La sangre conservaba un tono rojo oscuro y había traspasado la funda hasta el lienzo interior.

Cerca de la cabecera encontró un cabello largo y negro adherido a la tela.

Lo envolvió en un trozo de gasa antes de que el director pudiera impedirlo.

—Eso no demuestra que hubiera una paciente —dijo Rivas—. Cualquiera pudo dejarlo.

—Una mujer sangró aquí. Eso es suficiente para buscarla.

—¿En dónde propone que busquemos? La ventana está cerrada y los tres pasaron junto a la única puerta.

Alcocer se inclinó sobre el piso, junto al pie de la cama.

—No creo que sea la única.

Apartó con la punta del zapato una capa de polvo.

Bajo ella había una línea curva, como la marca dejada por un mueble pesado al moverse.

La huella llegaba hasta el armario empotrado en el muro.

Amelia acercó la lámpara y descubrió pequeñas partículas negras sobre las baldosas.

Tomó una entre los dedos; no era ceniza.

Tenía el brillo opaco y grasiento del carbón que cubría la ropa de los mineros al terminar un turno.

Rivas golpeó el piso con el bastón.

—Es suciedad acumulada durante años.

—La cama no tenía polvo —dijo Amelia—. Ni la sábana. Ni la mujer.

Alcocer sostuvo la lámpara cerca del armario. Una corriente débil hizo temblar la llama. Metió los dedos en la separación entre la madera y el muro, pero el director le sujetó el brazo.

—No moveremos nada hasta que amanezca. Estas paredes quedaron inestables después del incendio.

—Hay aire detrás —dijo el médico.