El timbre #2
—No la deje sola —advirtió antes de salir—. No importa lo que escuche, no abandone esta habitación.
Amelia observó cómo desaparecía por el corredor. La recomendación le pareció absurda, pero el miedo de sor Candelaria no lo era. Regresó junto a la cama y encontró a la mujer intentando quitarse el abrigo.
—Debe quedarse quieta.
—Él todavía está aquí.
—¿Quién?
La desconocida no respondió. Amelia abrió los botones superiores del abrigo para facilitarle la respiración.
Debajo llevaba un vestido sencillo, de buena tela, manchado de lodo a la altura de las rodillas.
La tela y el corte del vestido no correspondían a una indigente ni a una viajera sorprendida en el camino.
En el cuello tenía una marca rojiza, como si alguien hubiera intentado sujetarla.
Amelia acercó la lámpara, pero la paciente volvió el rostro.
—¿Llegó en el tren de esta noche?
—No debí regresar.
—¿Regresar a Santa Aurelia o a este hospital?
La mujer abrió la mano derecha. Una pequeña llave cayó sobre la sábana.
Era de hierro, oscura por el óxido, y llevaba una placa ovalada con el número ocho.
Amelia la tomó. La llave era demasiado antigua para la cerradura de la puerta, pero reconoció el dibujo grabado en el metal: una flor rodeada por la inscripción «Misericordia y silencio».
—¿Dónde la consiguió?
La paciente volvió la mirada hacia el rincón donde la oscuridad se acumulaba entre los muebles.
—Ella me la dejó.
—¿Mi madre?
La mujer no alcanzó a contestar. Desde el pasillo llegó un grito. Era Pilar.
Amelia soltó la llave sobre la mesa y corrió hacia la puerta.
La encontró junto a la reja de hierro, arrodillada frente a sor Candelaria.
La religiosa había caído de lado y respiraba con dificultad.
El quinqué había quedado encendido en el suelo.
Amelia lo apartó, aflojó el cuello del hábito y palpó el pulso.
Era fuerte, aunque irregular. Sor Candelaria abrió los ojos y trató de hablar.
—La puerta —alcanzó a decir.
—No se mueva. Pilar, vaya por el doctor Alcocer.
—Pero la hermana dijo que no la dejara sola.
—¡Vaya!
Pilar echó a correr. Amelia permaneció junto a la religiosa hasta que la respiración se hizo más lenta. Habían transcurrido menos de dos minutos cuando escuchó el timbre otra vez. No llegó desde el tablero de la sala, sino desde la habitación 8, detrás de ella.
Una vez.
Dos veces.
Después, silencio.
Amelia se incorporó. La reja de hierro, que había dejado abierta, estaba cerrada. La cadena se encontraba enrollada entre los barrotes y el candado colgaba en su sitio.
—¿Quién la cerró? —preguntó.
Sor Candelaria apretó los labios.
Amelia introdujo las llaves una tras otra.
Ninguna abrió el candado. Llamó a la paciente, golpeó la reja y trató de separar las hojas con ambas manos.
Desde el fondo del corredor llegó un sonido bajo, semejante al de una mujer cantando.
La melodía duró apenas unos segundos. Amelia la había escuchado de niña, antes de dormir, pero no consiguió recordar las palabras.
El doctor Alcocer apareció con Pilar y un celador. Después de comprobar que sor Candelaria respiraba con regularidad, el médico y el celador rompieron el candado con una barra. Amelia cruzó primero. La puerta de la habitación 8 seguía abierta y la lámpara permanecía sobre la mesa.
La cama estaba vacía.
La sábana conservaba la forma del cuerpo y todavía estaba tibia. La mancha de sangre seguía en la almohada. Amelia revisó el armario, se inclinó para mirar debajo de la cama y abrió la única ventana. Los postigos continuaban asegurados desde dentro. La habitación no tenía otra salida visible.
—Aquí no hay nadie —dijo el doctor Alcocer desde la puerta.
—Había una mujer. Estaba herida.
—Yo también la vi —intervino Pilar.
Amelia la miró.
—¿Cuándo?
—Desde el corredor. Cuando encontré a la hermana. Vi a una mujer sentada en la cama, detrás de usted.
El médico pasó los dedos por la mancha de la almohada y los observó bajo la luz.
Después se acercó a la ventana y comprobó el seguro.
Era un hombre de unos cuarenta años, de modales contenidos, que desconfiaba de cuanto no cupiera en una hoja clínica.
Amelia esperaba una explicación racional, incluso una acusación de cansancio.
En cambio, el doctor recogió la lámpara y examinó las paredes.
—¿Qué aspecto tenía?
Amelia describió el abrigo, la herida y los ojos grises. No mencionó a su madre ni la llave. Cuando buscó esta última sobre la mesa, ya no estaba.
—¿Quién autorizó el ingreso? —preguntó él.
—Nadie. No figura en el libro.
—Entonces revisemos antes de despertar al director.
Regresaron a la sala principal. Pilar y el celador llevaron a sor Candelaria hasta una cama libre.
El doctor comenzó a examinarla mientras Amelia abría el libro de ingresos sobre el escritorio.
Había consultado esa misma página al comenzar el turno.
La última anotación correspondía a una mujer con fiebre trasladada desde el pabellón de pensionistas a las nueve y cuarenta de la noche. Debajo no había nada escrito.
Ahora aparecía una línea nueva.
La tinta seguía húmeda.
Amelia acercó la lámpara. En la columna del nombre decía Clara Montiel. La edad registrada era veinticinco años. Procedencia: Santa Aurelia. Motivo de ingreso: herida en la cabeza. Habitación: 8. En el espacio reservado para observaciones alguien había anotado una fecha: 17 de octubre de 1907.
El doctor Alcocer leyó por encima de su hombro.
—¿Quién escribió esto?
Amelia no respondió. Conocía aquella caligrafía inclinada hacia la izquierda, las mayúsculas estrechas y la forma peculiar de trazar la ele. La había visto en una sola ocasión, al reverso de una estampa de la Virgen que conservaba escondida desde niña.
Era la letra de su madre.