La paciente de la habitación 8
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El timbre
—¿Lo oyó, señorita Valdés?
Pilar se había detenido al fondo de la sala con una palangana entre las manos.
Era la más joven de las auxiliares y todavía caminaba con el cuidado exagerado de quien teme despertar al hospital entero.
Amelia le indicó que permaneciera donde estaba y tomó el manojo de llaves que colgaba junto al botiquín.
La placa dejó de vibrar. En la sala de mujeres nadie pareció haber despertado, aunque la anciana de la cama tres se persignó bajo las cobijas sin abrir los ojos.
—Debe de ser el viento —dijo Pilar.
—El viento no llama a las enfermeras.
Amelia se arrepintió en cuanto lo dijo. No quería alimentar las historias que circulaban entre el personal nuevo.
Desde que había regresado a Santa Aurelia, seis semanas atrás, había escuchado cuatro versiones distintas sobre el ala antigua: que una parturienta se había quemado viva, que las religiosas escondieron cuerpos debajo de la capilla, que un médico se suicidó en el quirófano y que, en ciertas noches, los recién nacidos lloraban dentro de los muros.
Pilar conocía todas aquellas historias y seguramente había inventado dos más.
El Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia ocupaba el edificio de un convento levantado casi dos siglos antes.
La parte más antigua conservaba los arcos de cantera oscura, los patios angostos y las puertas de madera que la humedad hinchaba durante el verano.
En las últimas décadas habían instalado electricidad, tuberías y un ascensor de rejas que rara vez llegaba al piso solicitado, pero ninguna mejora lograba ocultar por completo lo que el edificio había sido.
Los crucifijos seguían empotrados sobre algunas puertas y, detrás de la farmacia, una escalera tapiada descendía hacia las antiguas criptas.
Amelia no creía en aparecidos. Creía en cables defectuosos, cerraduras vencidas y personas dispuestas a aprovechar el miedo ajeno.
Volvió a mirar el tablero. La habitación 8 pertenecía al corredor de la antigua maternidad, cerrado desde el incendio de 1907. El circuito debía estar desconectado. Ella misma había visto los cables cortados cuando el electricista revisó el tablero la semana anterior.
—Despierte al doctor Alcocer si no regreso en diez minutos —le dijo a Pilar.
—¿Va a ir sola?
—Voy a revisar una falla. No a visitar a los muertos.
Pilar apretó la palangana contra el delantal.
Amelia salió antes de que pudiera insistir.
En el corredor principal ardían tres lámparas eléctricas, separadas por espacios tan amplios que entre una y otra se formaban zonas de sombra.
Las paredes estaban cubiertas hasta la mitad con azulejo blanco y, más arriba, la humedad había dibujado manchas irregulares.
El olor a jabón de lejía cedía por momentos ante el del éter que escapaba del anfiteatro de operaciones.
Desde el patio llegó el golpe metálico de una lámina suelta.
Santa Aurelia se extendía detrás de las ventanas como un conjunto de techos negros, campanarios y callejones inclinados.
La neblina había bajado de los cerros y ocultaba las luces de la estación del ferrocarril.
Amelia tomó del armario de emergencias un quinqué y avanzó con él pegado al cuerpo.
La instalación eléctrica terminaba en la reja del ala clausurada.
En el bolsillo del uniforme llevaba su reloj, una libreta y la pluma fuente que su padre le había regalado cuando obtuvo el diploma de enfermera.
Había vuelto a Santa Aurelia para enterrarlo y pensaba marcharse en cuanto arreglara la venta de la casa.
Luego la jefa de enfermeras le ofreció trabajo y una habitación dentro del hospital.
Aceptó, se dijo entonces, sólo por unas semanas.
Seis semanas después todavía despertaba cada mañana con la impresión de haber entrado en una vida que alguien había preparado para ella mucho tiempo antes.
Al final del corredor encontró la puerta de hierro que separaba el hospital en funcionamiento del ala clausurada.
La cadena colgaba abierta. Amelia acercó la lámpara.
El candado estaba en el suelo, sin señales de haber sido forzado, y una de las hojas permanecía entornada.
Del otro lado, el pasillo se hundía en una oscuridad espesa.
—¿Hay alguien ahí?
Su voz regresó deformada por el eco. Esperó. Un golpe seco sonó detrás de la pared, seguido por algo parecido al arrastre de una silla. Amelia introdujo una de las llaves en la cerradura de la reja, aunque no hacía falta. Empujó la hoja de hierro y esta respondió con un gemido prolongado.
El aire del ala antigua era más frío. Olía a yeso mojado, madera cerrada y flores marchitas.
Las habitaciones aparecían a su izquierda, cada una con el número pintado sobre una placa esmaltada.
El cuatro apenas se distinguía. El cinco había perdido la puerta.
Frente al seis se acumulaban marcos de cama y un biombo roto.
El número siete estaba cubierto por una tabla clavada a la pared.
Amelia continuó hasta el fondo, donde el corredor giraba hacia la capilla.
La puerta de la habitación 8 se encontraba abierta.
El timbre sonó dentro.
Amelia entró y alzó la lámpara. La luz encontró primero una palangana oxidada, después un armario con una de las puertas vencidas y finalmente una cama de hierro colocada en el centro del cuarto. Sobre el colchón, cubierto con una sábana limpia, yacía una mujer.
Tendría, a lo sumo, veinticinco años. Vestía un abrigo gris abotonado hasta el cuello, medias oscuras y zapatos cubiertos de polvo.
El cabello negro se extendía sobre la almohada.
Tenía los ojos cerrados y la cabeza vuelta hacia la pared.
Una línea de sangre seca bajaba desde su sien hasta la mandíbula.
Amelia dejó la lámpara sobre una mesa y se acercó. La sábana, la almohada y la mujer no podían llevar mucho tiempo allí; no tenían el polvo que cubría el resto de la habitación. Tocó el hombro de la desconocida.
—¿Puede escucharme?
No obtuvo respuesta. Le tomó la muñeca y buscó el pulso con dos dedos.
Era rápido y débil, pero regular. La piel estaba fría.
Amelia apoyó una mano sobre el pecho para contar las respiraciones y, mientras observaba el movimiento bajo el abrigo, advirtió que la mujer apretaba algo dentro del puño derecho.
—Voy a llevarla a otra sala. Necesito que abra los ojos.
Los párpados de la paciente temblaron. Respiró más hondo y movió la cabeza con un gesto de dolor. Amelia examinó la herida de la sien. El corte era superficial, aunque la sangre había pegado varios mechones a la piel. No encontró deformidades al palpar el cráneo. La mujer abrió los ojos de repente.
Eran de un color tan claro que, bajo la luz amarillenta, parecían grises.
—Amelia —susurró.
Amelia retiró la mano.
—¿Cómo sabe mi nombre?
La paciente recorrió el techo con la mirada, buscando algo conocido. Sus labios estaban resecos y tenía tierra bajo las uñas. Amelia repitió la pregunta, esta vez con mayor firmeza. La desconocida volvió el rostro hacia ella y la estudió con una calma que no correspondía a su pulso acelerado.
—Te pareces mucho a tu madre.
El aire pareció abandonar la habitación.
Amelia mantuvo los dedos sobre la muñeca de la mujer para que no se notara que le temblaban.
Hacía veinticinco años que nadie pronunciaba aquellas palabras delante de ella.
Su padre se había encargado de borrar a Soledad Valdés de la casa: quemó sus vestidos, retiró su retrato de la sala y prohibió que los vecinos preguntaran por ella.
Cuando Amelia insistía, él respondía que su madre había elegido marcharse y que algunas ausencias merecían permanecer cerradas.
—¿Quién es usted?
La mujer intentó incorporarse. El esfuerzo le arrancó un quejido y Amelia la sostuvo por los hombros.
—No dejes que me lleven abajo.
—Nadie va a llevarla a ninguna parte. Dígame su nombre.
—Debajo de la capilla —murmuró la paciente—. Ahí guardaron los nombres.
Un ruido de pasos llegó desde el corredor.
Amelia se volvió con alivio, esperando ver a Pilar o al médico, pero apareció sor Candelaria.
La religiosa llevaba un camisón oscuro bajo el hábito y sostenía otro quinqué del armario de emergencias.
Tenía más de setenta años y caminaba inclinada hacia adelante, apoyándose en un bastón de madera.
Había servido en el hospital desde antes de la Revolución y conocía cada habitación, cada cerradura y cada historia que las otras religiosas se negaban a repetir.
—¿Quién abrió la reja? —preguntó.
—La encontré así. Esta mujer está herida. Necesitamos trasladarla.
Sor Candelaria levantó el quinqué. La luz iluminó a la paciente, que permanecía recostada con los ojos abiertos. La religiosa dejó de respirar por un instante. El bastón resbaló sobre el piso y cayó con un golpe.
—No puede ser.
Amelia recogió el bastón y trató de devolvérselo, pero sor Candelaria no apartó la mirada de la cama.
—¿La conoce?
La paciente sonrió. Fue un gesto pequeño, carente de alegría.
—Buenas noches, hermana.
Sor Candelaria retrocedió hasta chocar con la pared.
—Esa niña murió —dijo—. Yo misma la vi muerta.
Amelia sintió que la paciente se aferraba a su muñeca. La presión de aquellos dedos era real. También lo era el pulso que acababa de contar, la herida en la sien y el aliento tibio que rozaba su mano. Miró a la religiosa.
—Está confundida. Esta mujer tiene aproximadamente veinticinco años.
—Veinticinco —repitió sor Candelaria con los ojos llenos de un miedo antiguo—. Hoy se cumplen veinticinco años.
La paciente cerró los ojos. Amelia le pidió a la religiosa que buscara al doctor Alcocer, una camilla y agua caliente. Sor Candelaria no reaccionó.
—Hermana, míreme. Necesito ayuda ahora.
La autoridad de su voz pareció devolverla al presente. La religiosa sujetó mejor el quinqué, aunque le temblaba tanto la mano que la llama golpeó el vidrio.