La otra pareja CAPÍTULO 15 — AMANECER #3
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CAPÍTULO 15 — AMANECER #3

La noticia habló de identidades falsas, vehículos, documentos robados y casos reabiertos en varias provincias.

Sofía apenas atendió. Miraba la fotografía y pensaba que, al final, saber su nombre verdadero no aclaraba quién había sido.

Apagó la televisión antes de que empezaran las imágenes aéreas de Picos.

Se quedó unos segundos con el mando en la mano y dijo en voz baja:

—Antonio Manciso.

El nombre seguía sin gustarle, se levantó a las ocho, café. Ducha. Trabajó desde casa porque tenía una reunión a las once y no le compensaba desplazarse al estudio. A media mañana sonó el teléfono. Número conocido. Sofía dejó el ratón.

—¿Sí?

—Buenos días, Sofía.

Reconoció la voz de la investigadora. Habían hablado muchas veces desde Picos.

—Hola.

—¿Te pillo mal?

—No. Estoy trabajando.

—Puedo llamar más tarde.

—Dime.

Hubo una pequeña pausa.

—Tenemos novedades.

Sofía miró la pantalla del ordenador. Una planta de distribución, dos dormitorios, cocina abierta, vida normal.

—¿Sobre ellos?

—Sí.

Sofía se levantó y fue hacia la cocina, quedarse quieta empeoraba algunas conversaciones.

—Te escucho.

—La investigación ha avanzado mucho desde la identificación de Carrión y Manciso.

Sofía seguía sintiendo una extraña resistencia cada vez que escuchaba ese apellido. Manciso. Antonio Manciso. Todavía tenía que hacer un pequeño esfuerzo para asociarlo con Carlos.

—¿Cuántos? —preguntó.

La mujer sabía exactamente a qué se refería.

—Hay seis homicidios que podemos vincular con bastante solidez a ambos.

Sofía apoyó una mano sobre la encimera. Seis.

—¿Incluido Ernesto?

—No.

Siete.

—Además estamos revisando otros cuatro casos.

Sofía cerró los ojos.

—¿Cuatro?

—Todavía no podemos afirmar que sean suyos.

—Pero creéis que sí.

—En algunos encontramos coincidencias importantes.

Sofía miró hacia el salón. Había una fotografía de Ernesto sobre una estantería. No del viaje. No de los cuatro. Una de años atrás, en una playa, con el cabello revuelto por el viento y una cerveza en la mano.

—¿Y ellos?

—¿Qué?

—¿Habéis averiguado por qué lo hacían?

La investigadora tardó en responder.

—No parece que exista una única motivación.

Sofía esperó.

—En varios casos creemos que hubo riesgo de identificación. En otros pudo existir interés económico. También encontramos víctimas que probablemente conocieron alguna de sus identidades anteriores.

—Como Ernesto.

—Sí.

La palabra dolió, menos que tres meses atrás, pero dolió.

—Entonces lo mataron por ver un DNI.

—Daniela Carrión lo mató después de que descubriera su identidad. Todo apunta a eso.

Sofía había reconstruido aquella escena tantas veces que podría haberla dibujado sin haber estado dentro.

La cartera cayendo, ernesto recogiéndola, el documento, daniela viendo su cara, una pregunta, quizá varias, el cuchillo, nunca sabría las palabras exactas.

Le molestaba. Había cosas que permanecerían siempre dentro de aquella habitación con ellos dos.

—¿Había más nombres? —preguntó.

—Muchos.

—¿De Carlos?

La investigadora no corrigió el nombre. Sofía agradecía que hubiera dejado de hacerlo.

—Hemos documentado siete identidades utilizadas por Antonio Manciso durante los últimos años.

—Siete.

—Puede haber más.

Sofía soltó aire.

—¿Y Daniela?

—Nueve por ahora.

—Joder.

—Sí.

Sofía se sentó en uno de los taburetes.

—¿Y nadie los fotografió?

—Sí los fotografiaron.

Aquello la sorprendió.

—Pensaba que no.

—El problema consistía en reconocer que las personas de aquellas imágenes eran ellos. Hemos recuperado fotografías en hoteles, cámaras de seguridad, documentación falsa, incluso imágenes sociales en las que aparecían al fondo. Cuando tienes los rostros verdaderos y puedes comparar, todo cambia.

Sofía pensó en el club.

—¿Habéis hablado con la gente de allí?

—Sí.

—¿Hay fotos?

—No de vosotros en las zonas privadas.

—Ya.

—Pero conseguimos imágenes de accesos y aparcamientos.

Sofía guardó silencio. Le parecía extraño imaginar a investigadores reconstruyendo aquellas noches. Eva, marcos, la barra, los zapatos. Contabilidad. Cuatro adultos convencidos de que estaban empezando algo divertido.

—¿Habéis recuperado el grupo? —preguntó.

—Sí.

—¿Todo?

—Prácticamente.

Sofía hizo una mueca.

—Qué vergüenza.

La investigadora soltó una pequeña risa.

—Te prometo que hemos leído cosas bastante peores.

—No me tranquiliza.

—Lo imaginaba.

La ocurrencia le arrancó una sonrisa. Agradeció poder hacerlo.

—Hay algo más —dijo la mujer.

—Siempre hay algo más.

—Hemos podido establecer que vosotros no erais un objetivo previo.

Sofía dejó de sonreír.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Entonces fue casualidad?

—Os conocieron en el club. No encontramos ninguna preparación anterior, búsqueda sobre vosotros ni referencia previa a vuestros nombres.

—¿Y la cabaña?

—La habían utilizado otras veces.

Sofía sintió tensión en la espalda.

—¿Para matar gente?

—No hemos encontrado indicios de eso.

Se relajó un poco.

—La cabaña pertenecía realmente a un tercero vinculado a una de las identidades utilizadas por Manciso. La persona que figuraba como contacto llevaba años fuera de España. Estamos reconstruyendo cómo consiguió acceso.

—Carlos dijo que era de un conocido.

—Como casi todo lo que os contó, había una parte construida sobre algo real.

Sofía miró la fotografía de Ernesto.

—Eso era lo que hacía bien.

—¿El qué?

—Mentir sin inventárselo todo.

La investigadora guardó silencio.

—El fotógrafo —continuó Sofía—. No era fotógrafo, pero sabía de fotografía. Los hoteles. Los edificios. Todo tenía suficiente verdad para que no pareciera aprendido.

—Sí.

—Era bueno.

Sofía se arrepintió ligeramente de la palabra.

—En eso.

—Entiendo lo que quieres decir.

Sofía agradeció que no intentara corregirla.

Durante meses había descubierto que mucha gente necesitaba que Carlos hubiera sido un monstruo las veinticuatro horas del día.

Resultaba más fácil, un asesino. Una máscara.

Un depredador que había fingido cada sonrisa.

Sofía sabía que la realidad era mucho más desagradable.

Carlos podía hacerla reír, podía escucharla, podía quererla.

Y podía matar. Una cosa no anulaba la otra.

Ese era el problema.

—¿Quieres saber algo curioso? —preguntó la investigadora.

—Depende.

—Hemos encontrado la cámara.

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué cámara?

—Una de las que utilizaba Manciso.

—¿La de su casa?

—Sí.

Sofía recordó aquel piso, la cámara sobre la mesa, haznos una foto, estoy fuera de servicio.

—¿Qué tenía?

—Muchas fotografías de arquitectura.

Sofía se quedó quieta.

—¿De verdad?

—Sí.

—Pensaba que era mentira.

—El trabajo lo era. La fotografía, aparentemente, no.

Sofía sonrió. Aquello tenía una ironía extraña.

—Así que sí era fotógrafo.

—No profesionalmente.

—No le quites méritos ahora.

La investigadora se rio, sofía también, después llegó la tristeza.

—¿Había fotos nuestras?

La pausa al otro lado le dio la respuesta antes de escucharla.

—Sí.

Sofía dejó de moverse.

—¿Cuántas?

—Varias.

—¿De qué?

—Nada íntimo.

—Ya.

—Algunas de las cenas. La montaña. Tu casa desde una ventana. Cosas así.

Sofía sintió una punzada.

—Él decía que odiaba las fotos.

—Parece que odiaba estar delante de la cámara.

Sofía cerró los ojos.

—¿Hay alguna de Ernesto?

—Sí.

—¿Me las podéis dar?

—Tendremos que conservar los originales durante un tiempo, pero puedo preguntar si es posible entregarte copias cuando proceda.

—Gracias.

—Claro.

Sofía guardó silencio. Después preguntó:

—¿Y mías?

—Sí.

—¿Muchas?

La investigadora tardó medio segundo demasiado.

—Bastantes.

Sofía sintió ganas de reír y enfadarse simultáneamente.

—El hijo de puta.

—Sofía...

—No, está bien.

Se pasó una mano por el cabello.

—Me decía que no le gustaba hacer fotos cuando no trabajaba.

—Por lo que hemos visto, contigo hacía una excepción.

La frase quedó suspendida. Sofía miró hacia la ventana.

—Eso tampoco sé si me hace sentir mejor.

—No tiene por qué hacerlo.

—¿Puedo verlas algún día?

—Si quieres, sí.

Sofía pensó.

—Todavía no.

—Cuando quieras.

Se despidieron unos minutos después. Sofía dejó el teléfono sobre la encimera.

Se quedó sentada, una cámara. Fotografías.

Carlos había fotografiado cosas de su vida sin enseñárselas.

Aquello podría haber resultado aterrador.

De alguna manera, no lo era. Le molestaba, le dolía.

Pero también encajaba. El hombre que nunca quería estar en las fotografías había pasado años mirando el mundo desde detrás de una cámara.

Sofía se levantó, cogió su café, estaba frío, lo metió en el microondas, el aparato empezó a girar, ella se quedó observándolo, después soltó una carcajada.

—Claro.

Siete identidades, fotógrafo sin ser fotógrafo.

Asesino enamorado. Todo en Carlos parecía necesitar una nota al pie.

La noticia apareció aquella noche. Sofía ya no veía todos los informativos relacionados con el caso.

Al principio lo hacía. Después comprendió que podía pasar media vida escuchando a desconocidos contarle qué había vivido.

Algunos acertaban. Otros parecían estar narrando una película diferente.

Una tertulia llegó a describirla como «una experimentada montañera».

Sofía estuvo riéndose casi cinco minutos.

La mujer que había pasado buena parte de aquella noche andando con unas botas de goma atadas con cuerda era, al parecer, Reinhold Messner.

Otro programa habló de «un sofisticado sistema de supervivencia».

El sofisticado sistema incluía unas tijeras de podar, una carretilla inútil y prender fuego a un coche porque se le había ocurrido.

Aquella noche encendió la televisión mientras cenaba.

La noticia apareció al final, nuevos avances en la investigación, fotografías de Daniela, antonio, mapas.

Distintos puntos de España. El periodista explicó que seis homicidios estaban ya vinculados directamente con ellos y que otros cuatro permanecían bajo investigación.

Sofía dejó el tenedor, un gráfico llenó la pantalla, fechas, lugares, víctimas, personas reales, nombres.