CAPÍTULO 15 — AMANECER #4
Aquello fue lo que más la golpeó. Hasta entonces había pensado en una cifra.
Seis, cuatro, diez. Pero en pantalla aparecieron nombres.
Un hombre de cincuenta y dos años. Una mujer de cuarenta, dos hermanos, una pareja, personas con familias, trabajos, casas, alguien los había esperado, sofía pensó en Ernesto, otra línea del gráfico, otro nombre.
La periodista continuó. Explicó que durante años distintas unidades habían investigado homicidios que solo mucho después empezaron a considerarse relacionados.
Guardia Civil, policía, especialistas, analistas, equipos enteros.
Sofía miró la pantalla. Después bajó la vista hacia sus pies.
Uno de los cortes todavía dejaba una marca.
Recordó las piedras clavándose mientras corría descalza.
El jersey enorme, la chaqueta amarilla, las botas de goma, la carretilla, el mechero.
Las tijeras. Daniela muriendo después de resbalar sobre una prenda.
Carlos cayendo porque quiso creer que Sofía todavía podía elegirlo.
La presentadora terminó la pieza diciendo que la investigación consideraba a la superviviente de Picos de Europa clave para cerrar definitivamente uno de los casos criminales más desconcertantes de los últimos años. Sofía soltó una risa. No pudo evitarla.
—Qué hijos de puta.
La risa creció, se tapó la boca, no tenía gracia.
Y la tenía. Durante años los habían buscado policías.
Investigadores, especialistas. Personas preparadas para aquello.
Y el final había llegado cuando una interiorista de treinta y cuatro años salió corriendo en ropa interior, descalza y con el jersey de uno de los asesinos.
Sofía rió hasta que empezaron a caerle lágrimas.
La imagen de Ernesto apareció en su cabeza. No muerto. Ernesto en el coche la noche de su primera visita al club. Los dos paralizados en el aparcamiento.
—Podemos contarlo como experiencia.
—«Fuimos a un club swinger.»
—«¿Y qué tal?»
—«Aparcamiento excelente.»
Sofía se inclinó sobre la mesa. Lloró riéndose.
—Tenías que estar aquí.
La televisión seguía hablando. La apagó.
Meses después aceptó ver las fotografías.
La investigadora había cumplido su palabra.
Le entregaron una carpeta digital con aquellas que podían devolverle.
Sofía esperó una semana antes de abrirla.
Lo hizo un domingo por la mañana. Había café, sol, la casa estaba en silencio, abrió la primera.
Ernesto en un restaurante. No sabía que Carlos lo estaba fotografiando.
Miraba hacia alguien fuera de cuadro y sonreía. Sofía amplió la imagen.
—Idiota.
Siguiente. Úrsula sentada en el suelo de su salón con una copa en la mano.
Daniela. Sofía todavía tenía problemas para decidir cuál de las dos estaba viendo.
Siguiente, los cuatro pares de zapatos. Contabilidad.
A Sofía se le escapó una sonrisa. Siguiente, ella.
De espaldas. Mirando por la ventana de la cabaña.
Las montañas al fondo. Sofía dejó de respirar durante un instante.
No recordaba aquella fotografía. Carlos debía haberla hecho el día que llegaron.
Llevaba pantalones, jersey. Cabello suelto.
Una mujer tranquila mirando el paisaje. Horas después correría por aquella misma montaña intentando seguir viva.
Sofía cerró la imagen, no quiso verla más tiempo, siguiente, ernesto y ella.
Juntos en el porche. Él tenía un brazo alrededor de su cintura. Los dos miraban hacia el valle.
No recordaba tampoco que Carlos hubiera hecho aquella fotografía.
Sofía tocó la pantalla, ernesto estaba vivo, eso bastaba, guardó una copia, la imprimió aquella tarde.
La puso en un marco. Durante unos segundos dudó dónde colocarlo.
Finalmente escogió la estantería del salón.
Junto a la fotografía de la playa. Dos Ernestos.
Dos momentos. Dos vidas dentro de la misma. Sofía retrocedió.
Le gustó. Cerró el portátil. Esa noche salió a cenar con su hermana.
Al regresar, subió sola, abrió la puerta, encendió la luz del recibidor, dejó las llaves, se quitó los zapatos.
Fue al dormitorio. No miró debajo de la cama.
Tampoco se dio cuenta hasta estar acostada.
Entonces sonrió, apagó la luz, el dormitorio quedó oscuro, sofía permaneció despierta unos minutos.
Pensó en Ernesto, después en Daniela, y finalmente en Antonio Manciso, antonio, seguía sin gustarle el nombre.
—Carlos te pegaba más —murmuró.
Sonrió. Después sintió tristeza. Ya sabía que ambas cosas podían convivir.
También sabía que amar a alguien no convertía en mentira aquello que esa persona hubiera hecho.
Ni el horror anulaba automáticamente todo lo que había existido antes.
Las personas podían ser muchas cosas al mismo tiempo.
Quizá esa había sido la lección más desagradable.
Sofía cerró los ojos. En el salón, dos fotografías de Ernesto permanecían sobre la estantería.
Fuera pasaba un coche, algún vecino cerró una puerta, el ascensor subió. Sonidos normales. Sofía dejó que la casa los tuviera. Y durmió.