La otra pareja CAPÍTULO 15 — AMANECER #2
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CAPÍTULO 15 — AMANECER #2

El hombre la miró.

—No se va a quedar aquí.

Sofía asintió.

—Hemos encontrado a las otras dos personas.

—Ya lo sé.

—Necesitaremos que nos cuente con detalle lo ocurrido.

—Sí.

—Pero no ahora.

Sofía agradeció esas tres palabras más que cualquier otra cosa. El agente miró el jersey.

—¿Tiene ropa debajo?

Sofía bajó la vista, el jersey de Carlos, lleno de barro, roto.

—Sí.

—Tenemos que conservar algunas prendas.

—¿Para qué?

—Pruebas.

Sofía tocó la lana, pensó en entregárselo, después sintió rechazo, se lo quitó.

—Tómelo.

El sanitario la ayudó a ponerse otra manta.

Un agente introdujo el jersey en una bolsa.

Sofía lo observó desaparecer. Aquella fue la última vez que vio algo que había pertenecido a Carlos.

La ambulancia empezó a bajar. Sofía miró la cabaña por la ventanilla trasera.

Se hizo pequeña, después desapareció. El camino era terrible.

Cada bache le recordaba alguna parte dolorida.

El sanitario seguía a su lado.

—¿Mareo?

—No.

—¿Náuseas?

—No.

—¿Frío?

Sofía pensó.

—Ya no.

Él ajustó la manta.

—Intente descansar.

—No puedo.

—No pasa nada.

Sofía miró las montañas, la mañana era preciosa, eso seguía molestándola.

—¿Tiene teléfono?

El sanitario señaló una bolsa.

—Sus cosas las lleva la Guardia Civil.

—Quiero llamar a alguien.

—Cuando lleguemos podrá hacerlo.

Sofía hizo un gesto afirmativo, no sabía a quién, la familia de Ernesto.

Su propia familia. ¿Qué decía una persona después de una noche así?

Hola, ernesto está muerto, no existía una manera correcta, apoyó la cabeza, cerró los ojos, vio a Daniela, los abrió, miró la carretera, volvió a cerrarlos, vio a Carlos, los abrió.

—No voy a dormir.

El sanitario asintió.

—Pues no duerma.

Sofía agradeció que no intentara convencerla.

El hospital olía a desinfectante y café.

Le hicieron pruebas, radiografías, exploración, analíticas, preguntas repetidas, contusión en la rodilla, esguince leve.

Heridas superficiales. Un corte en el talón que necesitó puntos.

La brecha de la ceja, hematomas, principio de hipotermia ya resuelto, nada grave, la frase le pareció obscena, nada grave, ernesto estaba muerto.

Dos personas estaban muertas, ella llevaba horas viendo cadáveres, pero físicamente, nada grave, la dejaron en una habitación, sofía pidió un teléfono. Llamó primero a su hermana. Cuando escuchó su voz, no pudo hablar.

—¿Sofía?

Silencio.

—¿Sofi?

Ella cerró los ojos.

—Ha pasado algo.

La voz cambió.

—¿Qué?

Sofía intentó decirlo, no pudo, respiró.

—Ernesto ha muerto.

Al otro lado no hubo respuesta. Después:

—¿Qué?

Sofía empezó a llorar.

—Lo han matado.

Su hermana tardó varios segundos en entender.

—¿Dónde estás?

—En un hospital.

—Voy.

—No sé exactamente...

Una enfermera le indicó el nombre. Sofía lo repitió.

—Voy ahora mismo.

—Vale.

—Sofía.

—¿Qué?

—¿Estás sola?

Sofía miró la habitación.

—Sí.

La palabra le produjo una sensación extraña. Era verdad, estaba sola, pero nadie la estaba buscando, nadie quería matarla, podía cerrar los ojos, podía caminar por un pasillo, podía pedir agua, cosas normales.

—Voy para allá —repitió su hermana.

Sofía colgó. La Guardia Civil apareció varias horas después.

Dos investigadores, una mujer y un hombre, no llevaban prisa, eso ayudó, le explicaron que podían esperar.

Sofía dijo que prefería empezar. Necesitaba sacar la historia de su cabeza.

Comenzó por el club, la primera vez, las normas, los encuentros, úrsula, carlos, la atracción, el viaje, la cabaña, el DNI, ernesto.

Cuando llegó al asesinato tuvo que detenerse.

La investigadora esperó, sofía continuó, la huida, el frío, el cobertizo, el regreso, el neumático, el coche, la caja, el incendio, la pareja sin rostro, daniela, carlos, el teléfono, la persecución, contó todo, también aquello que la avergonzaba.

Que estaba enamorada de Carlos. Que él decía estar enamorado de ella.

Que había intentado convencerla para marcharse juntos.

Que lo había besado antes de intentar atacarlo. No ocultó nada. Cuando terminó, el hombre tenía muchas páginas escritas. La mujer permaneció unos segundos en silencio.

—Ha dicho que él negó que Carlos fuera su verdadero nombre.

—Sí.

—¿Le dijo el real?

—No.

—¿Daniela lo llamó de alguna otra forma?

Sofía pensó, toda la noche, las voces, los gritos, las conversaciones, negó.

—No que yo recuerde.

La investigadora asintió.

—Lo averiguaremos.

Sofía miró hacia la ventana.

—¿Son ellos?

Los dos agentes intercambiaron una mirada.

—Todavía tenemos que hacer comprobaciones.

—Pero sabéis de quién hablo.

—Sí.

—La pareja sin rostro.

La mujer cerró la carpeta.

—Sabemos de quién habla.

—¿Son ellos?

La investigadora eligió las palabras.

—Hay elementos muy significativos.

Sofía pensó en las carteras, las matrículas, la cicatriz.

—¿Cuánta gente mataron?

—No lo sabemos.

—¿Cuántos sospecháis?

—Sofía...

—Necesito saberlo.

La mujer la miró.

—Ahora mismo existen varios casos que podrían estar relacionados. Algunos llevan años abiertos.

—¿Cuántos?

—No puedo darle una cifra fiable.

Sofía aceptó la respuesta.

—¿Y él?

—¿Carlos?

—Como se llame.

—Estamos trabajando en su identificación.

—¿No llevaba documentación?

—La que llevaba no parece corresponder con él.

Sofía soltó una risa cansada.

—Claro.

—En cuanto podamos confirmar algo, se lo diremos.

Sofía asintió. Los investigadores se levantaron. Antes de marcharse, la mujer se detuvo.

—Hay algo más.

Sofía la miró.

—El mensaje que envió fue importante.

—¿El del 112?

—Sí.

—Pensé que no llegaría.

—Llegó.

Sofía miró sus manos.

—Bien.

—Y la ubicación también.

Aquello le produjo una satisfacción pequeña.

Había funcionado. Entre todos los planes absurdos de la noche, algo había funcionado exactamente como debía.

Su hermana llegó al atardecer, sofía lloró otra vez, después llegaron sus padres, más llamadas, más lágrimas, la familia de Ernesto.

Aquella fue la peor. Su madre preguntando qué había pasado.

Su padre sin poder hablar. Sofía repitiendo que lo sentía.

Nadie sabía qué responder. La noche llegó. Una enfermera entró para darle medicación.

—Le ayudará a dormir.

Sofía miró las pastillas.

—No quiero soñar.

La mujer no respondió con una frase bonita. Se limitó a dejar un vaso de agua.

—Si se despierta, llame.

Sofía tomó la medicación. Su hermana dormía en una silla junto a la ventana. Las luces del pasillo entraban por debajo de la puerta. Sofía cerró los ojos, vio la cabaña, los abrió, esperó, volvió a cerrarlos, esta vez apareció Ernesto, no muerto, vivo, sentado en el porche, una cerveza en la mano.

—Mira eso.

Las montañas, sofía se acercaba. Ernesto sonreía. Y durante unos segundos, antes de que el sueño terminara de llevársela, la noche desapareció.

EPÍLOGO — SUS NOMbrES

Tres meses después, Sofía dejó de mirar debajo de la cama.

No hubo un día concreto en que decidiera hacerlo.

Simplemente una noche se metió entre las sábanas, apagó la lámpara y, cuando despertó a la mañana siguiente, comprendió que no había comprobado el espacio oscuro entre el somier y el suelo.

Hasta entonces formaba parte de una rutina que jamás habría confesado a nadie.

Puerta, ventanas, armario, debajo de la cama, después dormir.

O intentarlo. La psicóloga decía que no luchara contra esas conductas como si fueran una derrota.

Que el cerebro necesitaba tiempo para volver a aceptar que una casa podía ser simplemente una casa.

Sofía no estaba segura de que su cerebro fuera especialmente razonable.

Durante semanas había considerado sospechosos hasta los ruidos de la calefacción.

Una tubería era Carlos. El ascensor de madrugada, Daniela.

Un coche detenido demasiado tiempo delante del edificio bastaba para que apartara ligeramente la cortina y memorizara la matrícula.

La primera semana después del hospital había dormido en casa de su hermana.

La segunda también, luego decidió volver.

Sola. Su madre intentó convencerla de que esperara. Su hermana se ofreció a quedarse.

Sofía se negó. Necesitaba recuperar su casa antes de convertirla en otro lugar al que tuviera miedo de entrar.

El dormitorio fue lo peor, la cama, las conversaciones con Ernesto.

Las mañanas. El espacio vacío a su lado.

Había noches en que conseguía dormir seis horas.

Otras acababa en el sofá con la televisión encendida y una manta hasta la barbilla.

Había días buenos. Otros no. Había aprendido a no clasificarlos demasiado.

Aquella mañana de enero era uno de los aceptables.

Aquella noche, mientras cenaba, Sofía encendió la televisión.

Había aprendido a evitar casi todos los programas sobre el caso, pero el informativo abrió con unas imágenes de la cabaña y dejó el mando sobre la mesa.

La presentadora anunció que la investigación había conseguido identificar a la llamada Pareja Sin Rostro.

Apareció primero una fotografía antigua de la mujer, con el cabello más corto y un aspecto que a Sofía le costó asociar con Úrsula.

Debajo figuraba un nombre: Daniela Carrión.

Después apareció él. Más joven, sin barba, serio ante una cámara que seguramente no había elegido.

El rótulo decía Antonio Manciso, sofía dejó el tenedor.

Antonio. Repitió el nombre en silencio y sintió una resistencia absurda: Carlos tenía cara de Carlos.

Aquel hombre de la pantalla podía llamarse Antonio Manciso en un atestado, en un registro civil y en todos los periódicos del país.

para ella seguía ocupando el lugar mental del nombre con el que se había sentado a cenar, había reído y había acabado arruinándole la vida.