La otra pareja CAPÍTULO 15 — AMANECER
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CAPÍTULO 15 — AMANECER

Sofía tardó varios minutos en alejarse de Carlos.

No porque esperara que volviera a respirar.

Había comprobado el pulso. Había esperado.

Había visto cómo el rostro perdía poco a poco aquello que lo había convertido en el hombre al que creyó conocer.

Lo difícil fue levantarse. El cuerpo empezaba a cobrarle la noche entera.

La rodilla, la espalda, el hombro, las manos llenas de arañazos, el labio hinchado, el corte del talón.

Tenía barro hasta en el cabello y el jersey húmedo se le pegaba al cuerpo.

Cada músculo parecía recordar un golpe distinto.

Se puso en pie utilizando una roca. Miró una última vez hacia abajo.

Carlos permanecía entre las piedras. No sabía cómo se llamaba.

La idea la perturbó más de lo esperado. Había llorado por él. Había deseado a aquel hombre.

Se había imaginado dejando a Ernesto. No de manera concreta, nunca con maletas ni abogados ni conversaciones familiares.

Eran fantasías más cobardes, despertar junto a Carlos.

Viajar con él. Una vida que aparecía ya construida para ahorrarle la parte en la que debía destruir la anterior.

Y Carlos ni siquiera existía. Sofía se limpió la cara con la manga.

—Menuda mierda.

Empezó a subir. No pensó en buscar el cuchillo.

Tampoco las tijeras. Se había terminado.

Solo quería llegar a la cabaña. Ernesto seguía allí.

El amanecer convirtió la montaña en otra cosa.

La oscuridad retrocedió despacio y dejó al descubierto los daños de la noche.

Árboles, rocas. La humedad sobre la hierba.

Las cumbres empezando a recibir una luz gris.

Nada parecía tan amenazador como unas horas antes.

Sofía descubrió que aquello le molestaba.

La montaña no tenía derecho a ser hermosa después de lo ocurrido.

Siguió caminando, reconoció el arroyo, después el cobertizo.

No quiso acercarse. Desde cierta distancia distinguió algo amarillo en el suelo y recordó el impermeable.

La carretilla volcada. El saco de pienso. Un escenario ridículo para una muerte.

Daniela estaba más abajo, no podía verla desde allí, sofía continuó. Cada paso costaba más. Cuando alcanzó la pista, el cuerpo pareció comprender que ya no necesitaba correr. Las piernas empezaron a temblar.

—Ahora no.

Se apoyó contra el muro.

—Venga.

Esperó unos segundos. La cabaña no podía estar muy lejos. Avanzó. La encontró tras una curva. El coche de Carlos seguía ardiendo. Ya no había llamas grandes. Solo humo, metal ennegrecido y algún pequeño resplandor en el interior. El olor llegó antes que el calor. Sofía contempló el resultado.

—Pues sí que lo hice bien.

No sintió orgullo. Quizá un poco. El coche de Ernesto seguía donde lo había dejado.

La rueda desinflada, el gato, las herramientas tiradas, la puerta abierta, todo exactamente igual, subió al porche, entró, el calor había desaparecido, la casa estaba fría, silenciosa, sofía cerró la puerta, miró el salón, cuatro copas, una botella vacía, un cojín en el suelo.

La baraja que habían utilizado. Una chaqueta de Daniela sobre una silla.

Sofía se quedó mirando aquello, después fue hacia la cocina, abrió el grifo, agua, bebió directamente, se lavó las manos, el barro desapareció, debajo había sangre, alguna suya, otra quizá no, frotó, más, el agua se volvió rosada, sofía siguió frotando.

—Para.

No pudo, jabón, agua, otra vez.

—Sofía.

Se miró en el cristal oscuro de la ventana. Parecía otra persona.

—Para.

Cerró el grifo. Subió. La puerta de la habitación seguía abierta.

Sofía llegó hasta ella y se detuvo. Ernesto estaba donde lo había dejado.

La luz de la mañana entraba ahora por la ventana.

Eso lo hacía peor. Durante la noche, las sombras habían ocultado parte de la escena.

El amanecer no ocultaba nada, sofía entró, se arrodilló, no lo tocó inmediatamente.

—He vuelto.

La frase le pareció estúpida. Como si Ernesto hubiera estado esperando. Se sentó en el suelo junto a él.

—Los dos están muertos.

Silencio.

—Ella se cayó.

Sofía se pasó una mano por la cara.

—Más o menos.

Miró a Ernesto.

—Él también.

Le costó decirlo.

—Carlos.

Calló.

—Aunque tampoco se llamaba Carlos.

Una risa pequeña escapó entre las lágrimas.

—Resulta que no sabíamos cómo se llamaba nadie.

Apoyó la cabeza contra la cama.

—Bueno, tú sí sabías cómo me llamaba.

Lloró. Esta vez sin miedo a hacer ruido. Sin escuchar pasos, sin calcular salidas, sin pensar en armas. Lloró hasta quedarse vacía. Después cogió la mano de Ernesto.

—Lo siento.

Permaneció con él mientras amanecía, un ruido la despertó.

Sofía abrió los ojos. No supo cuánto tiempo había pasado.

Estaba tumbada junto a la cama. La mano de Ernesto seguía entre las suyas.

Escuchó, motor, se incorporó. El corazón se disparó.

Durante un instante pensó en Carlos. Otro coche, otra mentira, quizá alguien más, buscó un arma, no tenía ninguna.

El motor se acercaba por la pista. Sofía se levantó.

Corrió hacia la ventana. Un vehículo apareció entre los árboles.

Verde, sofía dejó de respirar, guardia Civil, detrás venía otro.

Se quedó inmóvil. El primer vehículo se detuvo delante de la cabaña.

Bajaron dos agentes, uno miró el coche quemado, el otro hacia la casa, sofía intentó abrir la ventana.

Las manos no respondían. Golpeó el cristal.

—¡Aquí!

Nadie la oyó.

—¡AQUÍ!

Uno de los agentes levantó la cabeza. La vio. Sofía golpeó otra vez.

—¡AQUÍ!

El hombre señaló. Los dos corrieron hacia la entrada. Sofía salió de la habitación. Bajó las escaleras demasiado deprisa. La rodilla falló en el último escalón. Cayó, se levantó, la puerta se abrió.

—¡Guardia Civil!

Sofía apareció en el salón, el agente se detuvo. Ella también. Durante un segundo ninguno dijo nada. El hombre vio el barro, la sangre, la ropa rota, la cara hinchada.

—¿Sofía?

Escuchar su nombre de alguien que no quería matarla terminó de derrumbarla.

—Sí.

El agente avanzó.

—Soy yo.

—Está a salvo.

Sofía negó.

—Mi marido.

—Tranquila.

—Está arriba.

—De acuerdo.

—Está muerto.

El segundo agente subió. Sofía agarró el brazo del primero.

—Hay otros dos.

—¿Dónde?

—En el monte.

—¿Están armados?

—Están muertos.

El agente la miró.

—¿Los dos?

Sofía hizo un gesto afirmativo.

—Ella cerca de un cobertizo. Él más arriba. Se cayó por...

Frenó el paso. Carlos no se había caído exactamente. Daniela tampoco.

—Yo...

El agente la sujetó cuando las piernas cedieron.

—Siéntese.

—No quiero sentarme.

—Necesita atención médica.

—Ernesto está arriba.

—Mi compañero está con él.

—No quiero dejarlo solo.

—No está solo.

Sofía miró hacia las escaleras, más motores llegaron, voces, puertas, una radio. Después otra. La cabaña empezó a llenarse de personas. Aquello que durante horas había sido un universo de cuatro habitantes volvió de golpe al mundo. Un sanitario entró, intentó examinarla, sofía protestó.

—Estoy bien.

El hombre miró su cara.

—Eso vamos a decidirlo nosotros.

—No necesito una ambulancia.

—Tiene una brecha en la ceja.

Sofía se tocó. No sabía que la tenía.

—Ah.

—Y parece que ha pasado la noche peleándose con un oso.

—Dos.

El sanitario levantó la mirada. Sofía comprendió lo que había dicho.

—Personas.

El hombre no supo qué responder. Sofía soltó una risa.

Duró poco. Después empezó a llorar otra vez.

La sentaron dentro de una ambulancia. Una manta térmica.

Oxígeno que no necesitaba y que aun así aceptó.

Un sanitario limpiando heridas, preguntas, muchas, nombre, edad, dolor, mareo, alergias, medicamentos, sofía contestaba, a veces, otras miraba la cabaña, habían acordonado la zona.

Vio agentes entrando y saliendo, uno fotografiando el coche quemado. Otro hablando por teléfono. Dos se marcharon hacia el monte acompañados por Sofía hasta donde pudo señalarles sobre un mapa aproximado.

—El cobertizo está por aquí.

—¿Está segura?

—Hay un arroyo.

—De acuerdo.

—Ella está detrás. En una pendiente.

El agente anotó.

—¿Y el hombre?

Sofía miró el mapa.

—Más arriba.

Señaló.

—Hay rocas.

—¿Cómo se llama?

Sofía abrió la boca.

—Carlos.

Se corrigió.

—No.

El agente esperó.

—No sé cómo se llama.

—¿Y la mujer?

—Daniela Carrión.

—¿Está segura?

—Vi su DNI.

—¿Dónde?

—Ernesto lo vio primero. Se le cayó la cartera.

El agente levantó ligeramente la cabeza.

—¿Su marido descubrió que utilizaba otra identidad?

—Sí.

—¿Qué nombre usaba con ustedes?

—Úrsula.

El hombre anotó.

—¿Y el otro?

—Carlos.

—¿Apellido?

—No.

Sofía miró hacia la cabaña.

—Todo era mentira.

El agente cerró momentáneamente la libreta.

—Ya habrá tiempo para reconstruirlo.

—Son ellos.

—¿Quiénes?

Sofía lo miró.

—La pareja sin rostro.

El agente no reaccionó inmediatamente. Después intercambió una mirada con otro guardia.

—¿Por qué dice eso?

—Encontré matrículas. Documentación de otras personas. Noticias. Un teléfono. Busqué...

El agente se acercó.

—¿Dónde está esa documentación?

—En el coche.

Señaló los restos humeantes.

—Bueno, estaba.

El hombre miró el vehículo.

—¿Quién lo incendió?

Sofía levantó una mano.

—Yo.

—¿Por qué?

—Me pareció buena idea.

El agente guardó silencio.

—En ese momento —añadió Sofía.

El sanitario tuvo que ocultar una sonrisa. Sofía lo vio.

—No se ría.

—No me río.

—Se está riendo.

—Un poco.

Sofía también sonrió, fue involuntario, duró apenas un segundo, pero estuvo bien, encontraron primero a Daniela.

Después a Carlos. Sofía lo supo por las radios.

No escuchó todos los mensajes, solo palabras, mujer, sin constantes, traumatismo, más tarde: Varón localizado, fallecido, cerró los ojos, se acabó.

De verdad. Un agente se acercó a la ambulancia. Era mayor que los otros.

Rostro cansado. Se presentó, pero Sofía olvidó el nombre inmediatamente.

—Necesitamos trasladarla.

—Quiero ir con Ernesto.

—Su marido tendrá otro procedimiento.

Sofía sabía qué significaba.

—No quiero que se quede aquí.

—No se quedará.

—Prométamelo.