La otra pareja CAPÍTULO 14 — DOS MUERTES #3
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CAPÍTULO 14 — DOS MUERTES #3

La montaña permanecía en silencio alrededor. Sofía notó el frío otra vez. El cuerpo agotado, el dolor en la rodilla, el jersey húmedo, carlos frente a ella, daniela muerta detrás, dos personas. Ya no tres. La estructura de aquella noche se había reducido de manera terrible.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Sofía.

Carlos tardó.

—Que vengas conmigo.

Sofía pensó que había oído mal.

—¿Qué?

—Podemos salir por otro sitio.

—¿Y luego?

—Tengo dinero.

—Claro que tienes dinero.

—Podemos cruzar la frontera.

Sofía lo miró incrédula.

—¿Estás proponiendo que huya contigo?

—Estoy diciendo que existe una posibilidad.

—Has matado gente.

—Lo sé.

—Tu mujer acaba de matar a mi marido.

Carlos cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

—¿Y tú crees que voy a irme contigo?

—Una parte de ti quiere.

Sofía sintió ganas de golpearlo.

—Eres un hijo de puta.

—Puede.

—No me conoces si piensas eso.

Carlos sostuvo sus ojos.

—Lo suficiente.

La rabia desapareció de golpe. En su lugar apareció una idea. Carlos necesitaba creerlo, esa era su debilidad, no Daniela, no la policía, no el cansancio. Ella. Sofía miró hacia el cuerpo de Daniela. Después a Carlos.

—¿Y si voy contigo?

Él no se movió.

—¿Qué?

—Has dicho que podemos irnos.

—Sí.

Sofía bajó el cuchillo unos centímetros.

—¿Cómo?

Carlos la observó con cautela.

—Hay otro vehículo.

—¿Dónde?

—Más lejos.

—No me habías hablado de él.

—Porque no quería utilizarlo.

—¿Por qué?

—Está asociado a otra identidad.

Sofía casi sonrió.

—Por supuesto.

Carlos dio un paso. Sofía no levantó el cuchillo.

—Está a unos kilómetros. En una carretera de servicio.

—¿Podemos llegar andando?

—Sí.

—¿Y después?

—Salimos de aquí.

Sofía miró hacia el bosque.

—¿A dónde?

—Donde quieras.

—Yo quiero mi casa.

Carlos guardó silencio.

—Quiero a Ernesto vivo.

La cara de Carlos cambió. Sofía continuó.

—Eso no puedes dármelo.

—No.

—Entonces dime qué puedes darme.

Carlos se acercó otro paso.

—Una vida.

—¿Cuál?

—Otra.

Sofía sonrió amargamente.

—Tienes experiencia con eso.

—Sí.

—Nombres nuevos.

—Si hace falta.

—Lugares nuevos.

—Sí.

—¿Y tú?

Carlos volvió la atención hacia ella.

—Yo.

Sofía pensó en el hombre que había conocido. La camisa oscura, el café solo. Las bromas. Las fotografías que nunca quería hacerse. Las mañanas, los mensajes, el deseo, todo construido, todo real al mismo tiempo.

—Carlos —dijo.

Él levantó ligeramente la cabeza. Sofía no había pronunciado su nombre con aquel tono desde antes del asesinato. Lo vio reaccionar.

—No sé si puedo.

—No tienes que decidir ahora.

—Tengo miedo.

Carlos se acercó.

—Lo sé.

Sofía bajó más el cuchillo.

—De ti.

Eso lo detuvo.

—No voy a hacerte daño.

—Ya.

—Nunca quise hacerlo.

—Pero lo has hecho.

Carlos asintió.

—Sí.

Sofía sintió lágrimas. No tuvo que fingirlas.

—Estoy cansada.

—Lo sé.

—No puedo más.

Carlos estaba ya cerca.

—Vámonos.

Sofía dejó caer el brazo del cuchillo. Él miró la hoja. Después su cara.

—Dámelo.

Sofía apretó el mango.

—No.

—Está bien.

Carlos no insistió. Extendió una mano.

—Ven.

Sofía la miró, la misma mano, la cicatriz, las caricias, el asesino.

Cogió sus dedos. Carlos cerró la mano alrededor de la suya.

Sofía sintió náuseas, también sintió algo peor, cariño, todavía.

Después de todo. La contradicción era tan monstruosa que casi le hizo perder el valor.

Carlos tiró suavemente de ella, sofía avanzó, quedaron muy cerca.

—Vamos —dijo él.

Sofía levantó la mirada.

—Bésame.

Carlos se quedó inmóvil, había sorpresa, desconfianza, esperanza.

—Sofía...

—No sé quién eres.

—Lo sé.

—Pero quiero saber si queda algo de él.

Carlos entendió, o quiso entender, se acercó despacio.

Sofía no se movió. Él puso una mano en su mejilla.

El gesto le resultó insoportablemente familiar.

Carlos la besó. Su boca seguía siendo la misma.

Eso fue lo más horrible. Sofía cerró los ojos.

Durante un segundo estuvo otra vez en el club.

Música, calor, ernesto a unos metros, úrsula riendo, los cuatro.

Abrió los ojos, ernesto estaba muerto. Daniela también. Y aquel hombre había ayudado a construir todo lo que acababa de destruir su vida. Sofía cambió el cuchillo de posición. Carlos lo sintió demasiado tarde, se apartó, la hoja rozó su costado.

—Sofía.

Él agarró su muñeca, sofía intentó liberarse, carlos apretó, el cuchillo cayó.

—¡Joder!

Sofía lo golpeó. Carlos retrocedió.

—¡Me has engañado!

—Aprendí de ti.

La frase salió entre dientes, carlos intentó sujetarla, sofía le dio una patada, él cayó de rodillas, ella fue hacia el cuchillo, carlos la agarró del tobillo.

Sofía cayó. El arma estaba a menos de un metro.

Ambos se arrastraron, carlos llegó antes, lo cogió, sofía se congeló, él quedó encima, cuchillo en mano, respirando con dificultad, podía matarla, sofía lo supo.

Carlos también. Se miraron.

—Hazlo —dijo ella.

Carlos no se movió.

—Venga.

—Cállate.

—Eso es lo que haces, ¿no?

—He dicho que te calles.

Sofía empujó su pecho. Carlos la inmovilizó.

—¡Mátame!

—¡No!

El grito resonó en el bosque. Carlos lanzó el cuchillo lejos, sofía se quedó quieta, ahí estaba, la debilidad, carlos podía matar, pero no a ella, sofía reaccionó, le dio un cabezazo, carlos soltó, ella rodó, se levantó, él también.

—Para.

Sofía retrocedió hacia la zona rocosa.

—No.

—Esto no tiene por qué terminar así.

—Ya terminó.

Carlos caminó hacia ella.

—Sofía.

—¿Cuántos?

—¿Qué?

—Quiero una respuesta.

Carlos se detuvo.

—¿Cuánta gente?

Él miró a Daniela. Después a Sofía.

—No lo sé.

Ella soltó una risa.

—Claro que lo sabes.

—No todos fueron...

—No termines esa frase.

Carlos guardó silencio.

—¿Los mataste?

—Sí.

—Entonces ya está.

Sofía siguió retrocediendo. Carlos la acompañaba.

—No soy lo que tú crees.

—No tengo ni idea de lo que eres.

—Eso es distinto.

—Tu verdadero nombre ni siquiera es Carlos.

Él no respondió.

—Dímelo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Carlos es el nombre que conoces.

Sofía negó.

—Carlos tampoco existe.

La frase lo alcanzó. Él avanzó.

—Sí existe.

—Es un personaje.

—No contigo.

—Es un asesino que se inventó un trabajo y una vida para acostarse con una mujer casada.

Carlos perdió parte de su calma.

—No me acerqué a ti por eso.

—Me da igual.

—Me enamoré de ti.

—Me da igual.

—No es verdad.

Sofía retrocedió. El terreno se volvía más abrupto. Detrás había un desnivel. No enorme. Quizá seis o siete metros hasta una zona de piedras y matorral. Suficiente. Carlos vio dónde estaban.

—Apártate del borde.

—No me digas qué hacer.

—Puedes caerte.

—Preocupadísimo.

—Sofía.

Ella observó sus pies, carlos estaba sobre terreno húmedo. La roca tenía barro. El mismo terreno que ya había decidido una muerte. Sofía respiró.

—Tú no quieres matarme —dijo él.

La frase le recordó algo que había pensado durante toda la noche. Sofía sostuvo su mirada.

—No.

Carlos se relajó apenas.

—Lo sé.

Sofía sintió una tristeza infinita.

—Pero quiero vivir.

La reacción de Carlos llegó tarde, sofía se lanzó contra él, no para tirarlo por fuerza.

No podía. Golpeó su pecho y siguió avanzando.

Carlos agarró sus brazos, ambos resbalaron, él consiguió recuperar el equilibrio, sofía no.

Cayó de rodillas. Carlos tiró de ella para alejarla del borde.

Sofía vio una raíz, la agarró, carlos se inclinó.

—Dame la mano.

Ella levantó la vista.

—Carlos.

Él se detuvo. A Sofía se le escapó una sonrisa. Una sonrisa cansada.

—Sea quien sea.

Carlos extendió la mano, sofía se la dio, él tiró, ella se levantó, durante un instante quedaron abrazados, carlos soltó aire.

—Joder.

Sofía le rodeó la cintura. Él interpretó el gesto como quería interpretarlo.

La apretó. Sofía colocó un pie detrás del suyo.

Empujó, carlos perdió el equilibrio, intentó agarrarla, sofía se apartó, él retrocedió, un paso, otro, el borde, carlos movió los brazos, sofía vio la sorpresa, luego cayó, no gritó durante mucho tiempo, un sonido breve, el golpe llegó casi inmediatamente.

Sofía se quedó mirando, no vio movimiento. Bajó despacio. Tuvo que rodear parte de la pendiente. Las piernas apenas respondían. Encontró a Carlos entre las piedras. Estaba vivo, por poco, sofía se arrodilló, él abrió los ojos, intentó respirar.

—Sofía.

Ella sintió las lágrimas otra vez.

—Estoy aquí.

Carlos quiso levantar una mano. No pudo.

—Lo siento.

Sofía cerró los ojos.

—No.

—Yo...

—No hables.

—Sofía...

Ella lo miró. Durante un segundo quiso preguntarle su nombre.

El verdadero. Quién era. Quién había sido antes de Carlos.

Después decidió que ya no quería saberlo de él.

Algún día lo averiguaría por otros. Si sobrevivía, carlos respiró otra vez, peor, sofía cogió su mano.

No supo por qué. Quizá porque, incluso después de todo, no podía dejar que muriera completamente solo.

Él apretó sus dedos con la poca fuerza que conservaba.

—Te quise.

Sofía lloró.

—Lo sé.

Carlos cerró los ojos. Su mano dejó de apretar.

Sofía permaneció allí hasta comprender que ya no respiraba.

Después soltó sus dedos. Se levantó. La montaña estaba empezando a aclararse hacia el este.

Muy poco. Una línea gris detrás de las cumbres.

Sofía miró hacia ella, daniela estaba muerta, carlos estaba muerto, ernesto seguía en la cabaña, ella estaba sola.

Y, después de tantas horas deseando exactamente eso, descubrió que el silencio podía dar más miedo que la persecución.