CAPÍTULO 14 — DOS MUERTES #2
Daniela intentó clavar, sofía empujó, las dos resbalaron, cayeron contra la carretilla volcada. La estructura metálica se movió. Uno de los sacos cayó sobre la pierna de Daniela.
—¡Joder!
Sofía se apartó. Daniela intentó levantarse. El saco le atrapaba el tobillo. Sofía vio la oportunidad, cogió las tijeras, daniela también la vio.
—Sofía.
Se arrastró hacia el cuchillo. Sofía avanzó.
—No.
Daniela consiguió tocar el mango, sofía le dio una patada, el cuchillo salió despedido, daniela tiró del pie atrapado, el saco se desplazó.
Estaba casi libre. Sofía recordó una idea que había tenido horas antes.
Si la derribaba y se marchaba, Daniela volvería.
No había esposas, no había nadie, no había forma de encerrarla, si se levantaba, seguiría, daniela consiguió liberar el tobillo.
Sofía la golpeó con las tijeras cerradas en la mano. Daniela cayó, intentó incorporarse, sofía volvió a golpear.
—¡Basta!
La palabra la sorprendió. Daniela se protegió.
—¡Basta tú!
Sofía volvió a golpear, daniela agarró las tijeras, tiró, ambas forcejearon, sofía perdió el equilibrio, daniela la arrastró, rodaron por la pequeña pendiente, barro, piedras, la carretilla quedó arriba, sofía cayó sobre Daniela, la otra la empujó, sofía bajó dos metros más, se detuvo contra una piedra, daniela se levantó, cojeaba, tenía barro en la cara, sangre, una manga rota.
La gran asesina sin rostro parecía exactamente lo que era en aquel momento: una mujer agotada, furiosa y empapada de barro. Sofía tampoco debía presentar mejor aspecto. Daniela miró hacia arriba. El cuchillo había quedado junto al muro. Ninguna lo tenía, por una vez estaban iguales, daniela sonrió.
—Ahora sí.
Se lanzó sobre ella. La pelea dejó de tener cualquier lógica.
Puños, codos, uñas. Rodillas. Sofía recibió un golpe en la cara.
Contestó con otro que probablemente apenas hizo daño.
Daniela la tiró del cabello, sofía le mordió la mano, daniela gritó, la golpeó en la oreja, sofía perdió orientación, la agarró por la cintura, cayeron, rodaron otra vez, daniela quedó encima.
Sofía metió los dedos en el barro y se los lanzó a la cara. Daniela cerró los ojos.
—¡Hija de puta!
Sofía empujó, se levantó, corrió cuesta arriba, daniela la alcanzó por detrás, la agarró del jersey, la lana se tensó, el cuello casi la estranguló, sofía intentó quitárselo, no pudo, daniela tiraba.
—¡Te tengo!
Sofía metió los brazos hacia dentro. El jersey se levantó, sacó un brazo.
Después otro. La prenda se deslizó por encima de su cabeza.
Daniela se quedó con ella entre las manos.
Sofía siguió corriendo en camiseta. Durante un segundo absurdo, Daniela miró el jersey. El de Carlos. Algo cambió en su cara.
—Qué apropiado.
Sofía retrocedió. Daniela tiró la prenda al barro.
—Hasta para escapar llevas algo suyo.
—Me lo encontré.
—Claro.
—Si hubiera habido uno de Ernesto, habría cogido ese.
Daniela se abalanzó, sofía esquivó. Daniela pisó el jersey.
La suela resbaló sobre la lana mojada. Perdió equilibrio, cayó hacia un lado, sofía intentó apartarse, daniela la agarró, las dos fueron al suelo, la pendiente hizo el resto.
Rodaron. Una piedra golpeó la cadera de Sofía.
Daniela soltó. Sofía se detuvo contra una mata.
Daniela continuó un metro más. Intentó frenar.
La mano encontró barro, no sujetó. Su cuerpo giró. La cabeza chocó contra una de las barras metálicas del antiguo cerramiento. El sonido fue seco, daniela quedó inmóvil, sofía no entendió, esperó que se levantara, siempre se levantaba.
—Vamos.
Nada. Sofía se incorporó lentamente.
—Daniela.
No respondió, se acercó, un paso, después otro, daniela estaba de lado.
Los ojos abiertos. Una línea de sangre descendía desde el cabello hasta la sien.
Sofía se agachó, no quería tocarla, tuvo que hacerlo, buscó pulso, no encontró, esperó, volvió a intentarlo, nada, se sentó en el barro, miró alrededor, la pendiente, el jersey, la carretilla volcada arriba, las tijeras a varios metros, todo el plan, toda la preparación.
Daniela había muerto resbalando sobre un jersey. Sofía empezó a reír, no quería, la risa salió, pequeña, luego más fuerte, se tapó la boca.
—No puede ser.
Miró el cuerpo.
—No puede ser.
La mujer que llevaba años escapando de la policía.
La pareja sin rostro, ernesto muerto, la persecución, las botas.
El incendio. Y al final un puto jersey. Sofía rió hasta que la risa se convirtió en llanto.
Se inclinó hacia delante, lloró en el barro, por Ernesto, por ella.
Por todo. Cuando consiguió levantarse, recogió el jersey.
Lo sostuvo, estaba empapado, cubierto de tierra.
Lo miró durante unos segundos. Después se lo volvió a poner. Necesitaba el calor.
—No te emociones —murmuró, sin saber si se lo decía a Carlos o a la prenda.
Recuperó las tijeras, el cuchillo de Daniela, lo guardó, después miró el cadáver.
La rabia seguía allí. Pero matar a Daniela no había producido nada parecido a la satisfacción que había imaginado en algunos momentos de la persecución.
Solo cansancio. Y una pregunta. ¿Dónde estaba Carlos?
Lo encontró él. Sofía oyó pasos y giró con el cuchillo preparado. Carlos salió del bosque.
Se detuvo, miró primero a Sofía, después a Daniela, el mundo pareció quedarse quieto, carlos no avanzó inmediatamente.
—¿Está...?
Sofía no respondió, él caminó hacia el cuerpo, se arrodilló, le tocó el cuello, permaneció allí, sofía observó su espalda, podría atacarlo.
Ahora. El cuchillo estaba en su mano. Carlos estaba agachado.
Distraído. Era probablemente la mejor oportunidad que tendría.
No se movió. Carlos cerró los ojos. Luego pasó una mano por la cara de Daniela. Sofía sintió algo incómodo.
Dolor ajeno. Lo odiaba. Aquella mujer había matado a Ernesto. Había intentado matarla. Pero Carlos llevaba años con ella. Quizá media vida.
—¿Cómo? —preguntó.
Sofía miró el jersey.
—Se cayó.
Carlos volvió la cabeza.
—¿Se cayó?
—Peleamos.
—¿Y se cayó?
—Es una versión resumida.
Él se levantó, sofía levantó el cuchillo, carlos lo vio.
—No voy a hacerte nada.
—Ya conozco esa frase.
Miró otra vez a Daniela.
—¿La mataste tú?
Sofía sintió rabia.
—¿Qué diferencia hay?
Carlos la observó.
—Ninguna.
—Ella mató a Ernesto.
—Lo sé.
—Y quería matarme.
—Lo sé.
—Entonces no me mires así.
Carlos apartó los ojos.
—¿Así cómo?
—Como si yo fuera el monstruo.
—No te estoy mirando así.
—Pues deja de mirar.
Carlos se sentó sobre una piedra. Parecía agotado, sofía no esperaba aquello, había imaginado ira, violencia. Un ataque inmediato. En cambio, Carlos contemplaba el cuerpo de Daniela con una expresión que Sofía conocía demasiado bien. Duelo. Aquello la enfureció aún más.
—¿La querías?
Carlos respondió sin apartar los ojos.
—Sí.
—Y a mí también.
Ahora la miró.
—Sí.
—Qué práctico.
Carlos soltó aire.
—No voy a discutir esto contigo.
—Mejor.
—Daniela y yo llevábamos mucho tiempo juntos.
—Matando gente.
Él apretó la mandíbula.
—Sí.
Sofía sintió un rechazo físico.
—¿Y esperas que me dé pena?
—No espero nada de ti.
—Perfecto.
Carlos se levantó. Sofía retrocedió.
—Quieto.
—Tenemos que irnos.
—Yo voy a irme.
—La policía estará buscando la ubicación que enviaste.
—Eso espero.
—Entonces tenemos poco tiempo.
Sofía levantó el cuchillo.
—Tú tienes poco tiempo.
Carlos la miró.
—¿Quieres entregarme?
—Quiero que pagues.
—No es lo mismo.
—Me da igual.
—Sofía.
—No me llames así.
Carlos sonrió con tristeza.
—Es tu nombre.
—Tú qué sabes de nombres.
El golpe llegó. Carlos lo aceptó.
—Vale.
Sofía señaló hacia Daniela.
—Quédate con ella.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque cuando llegue la policía no puedo estar aquí.
—Ese es exactamente el motivo por el que deberías quedarte.
Carlos se acercó un paso.
—Sofía, escucha.
—No.
—Podemos salir de la montaña.
—¿Podemos?
—Sí.
—¿Juntos?
—Sí.
Sofía se rio.
—Estás enfermo.
—Probablemente.
—¿Y qué hacemos después? ¿Buscamos otro club?
Carlos cerró los ojos.
—No.
—¿Otro nombre para ti?
—Sofía.
—¿Una casa nueva? ¿Más vacía todavía para que no haya fotografías?
—Para.
—¿Me dices cómo te llamas cuando celebremos el aniversario?
—Para.
Sofía vio que estaba perdiendo la calma. Eso le dio miedo, se alejó un poco, carlos lo notó, respiró.
—Perdona.
—No quiero tus disculpas.
—Lo sé.
—Quiero que te alejes.
Carlos miró hacia la montaña.
—Si vas hacia el collado, encontrarás el sendero que te dije. La pista secundaria está al otro lado.
Sofía dudó.
—¿Por qué me ayudas?
—Porque quiero que vivas.
—Y tú.
—También.
—Ahí está el problema.
Carlos volvió a mirarla.
—Puedo desaparecer.
—Otra vez.
—Sí.
—Para seguir haciendo esto.
—No.
La respuesta fue tan rápida que Sofía casi creyó que él mismo se había sorprendido.
—¿No?
—Se terminó.
—Daniela está muerta y ahora decides jubilarte.
—No es eso.
—Qué oportuno.
Carlos avanzó. Sofía levantó el cuchillo.
—He dicho que no te acerques.
—No vas a clavármelo.
Ella apretó el mango.
—Pruébame.
Carlos miró la hoja. Después su cara.
—Tú no quieres matarme.
Sofía guardó silencio. Él dio otro paso.
—Daniela era distinto.
—No digas su nombre como si esto fuera culpa mía.
—No lo digo por eso.
—Pues cállate.
Carlos se detuvo a menos de dos metros.
—Si quisieras matarme, lo habrías hecho mientras estaba con ella.
Sofía sabía que tenía razón. Eso le molestó.
—Quizá estaba esperando que te levantaras.
—No.
—Eres muy listo.
—Te conozco.
Sofía soltó una carcajada.
—Tú no conoces a nadie.
Carlos recibió la frase.
—A ti sí.
—Me has mentido desde el día que nos conocimos.
—Sobre mí.
—Eso suele ser una parte bastante importante de conocer a alguien.
—Nunca te mentí sobre lo que sentía.
Sofía alzó la vista hacia él. Aquella frase dolía.
—Ojalá lo hubieras hecho.
Carlos bajó la voz.
—Yo también.