La otra pareja CAPÍTULO 14 — DOS MUERTES
85%

CAPÍTULO 14 — DOS MUERTES

La construcción ganadera apareció otra vez entre los árboles.

Sofía la observó desde la distancia y tuvo que aceptar que su brillante estrategia consistía en regresar por tercera vez al mismo sitio donde Daniela ya había estado a punto de matarla.

Ernesto habría tenido algo que decir. Algo sobre su talento para aprender de los errores.

Sonrió sin ganas. Después miró alrededor.

El arroyo pasaba a unos veinte metros. La zona posterior de la construcción descendía ligeramente hasta un terreno húmedo donde el agua se desbordaba cuando llovía mucho.

Había piedras sueltas, barro, restos de un cerramiento antiguo y una especie de corral medio derrumbado.

Durante el día no le habría prestado atención.

Ahora examinó cada detalle, daniela era más rápida, sabía luchar.

Tenía un cuchillo. Conocía aquella zona mejor que Sofía.

Cualquier enfrentamiento limpio duraría poco.

Por suerte, Sofía no tenía ninguna intención de ofrecerle uno.

Entró en el cobertizo. Recuperó la mochila que había perdido durante la pelea.

Daniela la había dejado en el suelo después de arrancársela.

Revisó el contenido, agua, chocolate, la navaja, el cuchillo de cocina, la caja de cerillas.

Una pequeña cuerda. La chaqueta que había metido antes.

Cogió el cuchillo, lo sostuvo. La hoja resultaba demasiado grande.

Nunca había utilizado uno contra una persona.

Pensar en hacerlo le revolvió el estómago.

Lo guardó. Prefería las tijeras, no por eficacia sino por una familiaridad absurda después de tantas horas llevándolas encima.

Sofía salió por la parte trasera. Inspeccionó el corral.

Había un pequeño muro de piedra de poco más de un metro.

Parte había cedido y las piedras formaban un montón irregular.

Detrás, terreno embarrado. Una vieja estructura metálica servía probablemente para sujetar ganado.

Dos barras verticales, una horizontal y una puerta oxidada que ya no cerraba bien.

Sofía la empujó, chirrió, la volvió a mover, el sonido era horrible, se agachó, el barro estaba blando, hundió una bota, la sacó, miró hacia la puerta metálica, una idea empezó a formarse, no era una trampa.

Sofía no sabía hacer trampas. Era simplemente una posibilidad.

Y las posibilidades eran lo único que tenía.

Cogió una cuerda. Ató uno de los extremos a la puerta.

Tardó demasiado. Los dedos estaban torpes.

Hizo un nudo que probablemente avergonzaría a cualquier persona con conocimientos mínimos de montaña.

Tiró. Aguantó. El otro extremo lo pasó alrededor de una piedra grande y lo dejó oculto bajo unas tablas.

Probó. Tirando desde un lado podía mover la puerta. Funcionaba mal.

—Perfecto.

Volvió a intentarlo. La puerta se desplazó veinte centímetros y se quedó atascada. Sofía soltó una maldición, la desatascó, probó otra vez, treinta centímetros. Ridículo. Daniela tendría que colaborar bastante para morir con aquello. Abandonó la idea. Deshizo el nudo.

—Muy bien, MacGyver.

Guardó la cuerda, miró el terreno. Necesitaba algo más sencillo. Algo que pudiera entender incluso aterrorizada. Vio la carretilla, seguía junto a la pared, la sacó, una rueda casi desinflada, una de las asas mal, la empujó hacia el corral, chirrió como un animal agonizando, sofía hizo una mueca.

—Discreta.

La dejó junto al muro. Encontró un saco de pienso viejo.

Pesaba, lo arrastró. Después otro. Colocó ambos encima de la carretilla.

Intentó moverla, apenas pudo. Perfecto. Una masa pesada e inestable sobre una pendiente embarrada.

No sabía para qué serviría. Pero existía.

Y Daniela tendría que venir por ella. Sofía miró hacia el bosque, la noche seguía vacía, carlos estaría en alguna parte.

Eso añadía otro problema. No quería que apareciera durante el enfrentamiento.

No sabía de qué lado estaría llegado el momento.

Había dicho que la protegería, también llevaba años con Daniela, años matando, mintiendo.

Escapando. Una noche de enamoramiento no borraba una vida entera.

Sofía se escondió detrás del muro. Esperó.

El cansancio empezó a apoderarse de ella en cuanto dejó de moverse.

Se obligó a mantenerse alerta. Pensó en Ernesto. Le había pedido que no pensara. Que no ahora, su cabeza ignoró la orden, lo vio desayunando aquella mañana. Lo vio quejándose del café. Lo vio caminando por la montaña. Lo vio en el porche mirando las estrellas. La última conversación a solas.

—Estamos bien.

Eso le había dicho. Sofía apoyó la frente contra la piedra.

—Perdóname.

La voz apenas salió. No sabía si Ernesto tendría algo que perdonarle.

Quizá todo. Quizá nada. El pensamiento fue interrumpido por una luz.

Sofía levantó la cabeza, entre los árboles, daniela.

Venía sola. Daniela encontró la mochila antes de encontrar a Sofía.

O el lugar donde había estado. Vio las marcas recientes, la puerta trasera abierta, las pisadas, sabía que Sofía había regresado.

Aquello empezaba a resultarle casi ofensivo. Entró.

—Sofía.

No obtuvo respuesta, recorrió el cobertizo, miró arriba, vacío, la trampilla seguía abierta, daniela sonrió.

—No vas a repetir el mismo truco.

Salió por detrás, la linterna iluminó el corral, la carretilla, los sacos, barro, piedras, daniela avanzó.

—Tenemos que irnos.

Sofía escuchó desde detrás del muro.

—La policía viene.

Daniela se detuvo.

—Carlos está de acuerdo.

Mentira. Sofía ni siquiera necesitó pensarlo.

—Puedes venir con nosotros.

Sofía sujetó las tijeras.

—No voy a hacerte daño.

Eso sí le pareció gracioso. Tuvo que apretar los labios para no reír. Daniela continuó andando. La luz recorrió el muro. Pasó por encima de la cabeza de Sofía sin encontrarla.

—Sé que has hablado con él.

Silencio.

—También sé qué te ha dicho.

Daniela estaba más cerca.

—Que está enamorado.

Sofía sintió cómo se le endurecía la expresión.

—Pobre idiota.

La linterna avanzó.

—¿Sabes cuál es el problema de Carlos?

Sofía esperó. Daniela se acercó al extremo del muro.

—Que se cree distinto cuando está contigo.

Sofía cambió la posición de los pies. Barro debajo. Mala idea. Retrocedió hacia una zona de piedra.

—Pero no lo es.

Daniela apareció al otro lado, se vieron, sofía salió corriendo, daniela fue detrás, tal como había esperado, rodeó el corral, la distancia se redujo, sofía llegó hasta la carretilla, la empujó, los sacos pesaban demasiado.

—Vamos.

Daniela apareció.

—¿Otra genialidad?

Sofía consiguió moverla. La rueda cedió sobre el barro. La carretilla se inclinó. Uno de los sacos cayó.

—Joder.

Daniela empezó a reír.

—¿Querías atropellarme con eso?

Sofía miró la carretilla volcada.

—El plan era mejor en mi cabeza.

—Me lo imagino.

Daniela avanzó, sofía retrocedió, el cuchillo apareció, esta vez no hubo conversación, daniela atacó.

Sofía logró apartarse. El filo cortó la parte delantera de la chaqueta.

Sintió el tirón en la tela. Retrocedió, daniela volvió, sofía golpeó con las tijeras.

Metal contra metal. La fuerza del impacto le recorrió la muñeca.

Daniela lanzó otro golpe, sofía se apartó, pisó barro.

Resbaló, cayó de lado, daniela se lanzó sobre ella.

Sofía rodó. El cuchillo se clavó en la tierra donde había estado su abdomen.

Sofía pateó. La bota alcanzó la rodilla de Daniela.

Ella gruñó, sofía se levantó. Corrió hacia el muro.

Daniela la agarró por la chaqueta. La tela tiró del cuello, sofía se volvió.

Golpeó con el codo. Daniela recibió el impacto en la mandíbula.

La soltó. Sofía se alejó.

—Ya estás aprendiendo —dijo Daniela.

Tenía sangre en el labio. Sofía respiraba con dificultad.

—Profesora excelente.

Daniela sonrió. Atacó. Sofía bloqueó el brazo que llevaba el cuchillo. Daniela era mucho más fuerte. La empujó contra el muro. La espalda de Sofía chocó con la piedra. El aire salió de sus pulmones. Daniela acercó la hoja. Sofía sujetó su muñeca con ambas manos. El cuchillo descendía poco a poco.

—Se acabó —dijo Daniela.

Sofía intentó girar. Nada. La hoja estaba a centímetros de su cara.

—Carlos no va a venir.

Sofía apretó los dientes.

—Qué pena.

—Ha elegido.

—Siempre eliges tú por él.

Daniela se quedó quieta un instante. Sofía lo vio. Había encontrado algo.

—Por eso se enamoró de mí.

La presión aumentó.

—Cállate.

—Porque conmigo podía decidir.

Daniela empujó el cuchillo, sofía giró la cabeza, la hoja rozó la piedra.

—Tú le dices dónde vivir.

—Cállate.

—Cómo llamarse.

—He dicho que te calles.

—A quién matar.

Daniela la golpeó con la frente. El dolor explotó sobre la ceja de Sofía. Perdió fuerza. Daniela volvió a acercar el cuchillo.

—No sabes nada de nosotros.

Sofía consiguió colocar una rodilla entre ambas.

Empujó, daniela perdió equilibrio, sofía salió hacia un lado, daniela la agarró del pelo, tiró, sofía cayó de espaldas.

La nuca golpeó tierra. El mundo se volvió blanco durante un segundo.

Daniela se colocó encima. Le agarró la garganta con una mano.

El cuchillo con la otra, sofía intentó sujetarla, daniela bajó la cara.

—Él te habría olvidado.

Sofía vio el odio, no hacia una testigo. Hacia ella. Aquello ya no tenía nada que ver con sobrevivir a la policía. Daniela quería matarla porque Carlos la quería.

—No lo sabes —consiguió decir.

La mano apretó su garganta.

—Lo conozco mejor que tú.

Sofía buscó alrededor con una mano. Tierra, piedras, barro, encontró algo, una piedra pequeña.

La agarró. Golpeó a Daniela en la sien. Una vez, daniela se tambaleó.

Sofía volvió a golpear. La mano de su garganta cedió.

Sofía la empujó. Rodaron. El cuchillo desapareció entre el barro.

Ambas fueron hacia él, daniela llegó antes, sofía agarró su muñeca, forcejearon de rodillas.