CAPÍTULO 13 — QUE VENGA #4
La idea era pésima. Pero al menos era una idea.
Bajó, buscó el palo, lo subió, después volvió por la cuerda, no sabía para qué.
La llevó igualmente. La linterna era lo único que le quedaba.
La apagó, subió al altillo, oscuridad, esperó, cinco minutos.
Quizá diez. El tiempo volvía a volverse extraño.
Sofía se obligó a permanecer despierta. El cansancio empezaba a pesar más que el frío.
Apoyó la cabeza contra una viga. Un ruido, abrió los ojos, pasos, fuera, sofía agarró el palo, la puerta se abrió, una luz entró, daniela, sola, sofía contuvo el aire, daniela avanzó, iluminó la planta.
—Sé que has estado aquí.
Sofía no se movió.
—Y sé que te gustan mucho las cosas que encuentras.
La linterna pasó por las herramientas. Por las botas de goma que Sofía había abandonado. Daniela se detuvo.
—Bonito cambio de vestuario.
Subió la luz. Sofía pegó la espalda contra la madera. El haz pasó a centímetros. Daniela no la vio.
—Carlos no va a salvarte.
Sofía sujetó el palo.
—Él cree que sí.
Daniela se movió debajo.
—Siempre ha tenido un problema con las cosas que quiere.
Sofía miró hacia el borde del altillo. Podía golpearla. Un ataque rápido. Si fallaba, Daniela tenía el cuchillo. Esperó.
—Cuando se encapricha, pierde perspectiva.
Daniela estaba casi debajo. Sofía levantó el palo. Entonces una tabla crujió bajo su pie. Daniela alzó la linterna.
—Hola.
Sofía golpeó, el palo alcanzó el hombro, daniela gritó, cayó de rodillas, sofía bajó por la escalera, daniela lanzó la linterna, sofía la esquivó.
El palo volvió a descender. Daniela lo bloqueó con el brazo.
Sofía golpeó otra vez, daniela se lanzó contra ella, ambas cayeron.
El palo salió despedido. Daniela agarró el cabello de Sofía. Sofía gritó. La golpeó con el codo.
Daniela soltó, sofía rodó, buscó las tijeras, daniela sacó el cuchillo.
—Ahora sí.
Sofía retrocedió. La respiración de Daniela era rápida. Tenía una marca roja en el hombro y sangre en un labio. Sonreía.
—¿Eso era tu plan?
Sofía miró el palo en el suelo.
—Tenía mejores críticas sobre el papel.
Daniela soltó una carcajada, y atacó. Sofía esquivó el primer movimiento.
El cuchillo rozó la manga de la chaqueta.
Sofía golpeó con las tijeras cerradas. Acertó en la muñeca.
Daniela perdió el equilibrio medio segundo.
Sofía corrió hacia la puerta, daniela agarró la mochila, la correa se tensó, sofía cayó hacia atrás, daniela tiró, sofía se revolvió, la mochila la estaba atrapando.
Soltó un brazo, después el otro, dejó la mochila, corrió, salió, daniela apareció detrás casi inmediatamente. Sofía rodeó el cobertizo. Volvió a entrar por la ventana pequeña que había dejado abierta. No podía pasar entera, metió un brazo, después la cabeza, se atascó en los hombros.
—Joder.
Daniela rodeaba la construcción. Sofía tiró. La tela del jersey se enganchó.
—Vamos.
Consiguió pasar un hombro, después el otro, cayó dentro, daniela apareció fuera, la miró por la abertura.
—¿En serio?
Sofía se levantó.
—Estoy probando cosas.
Daniela introdujo el brazo con el cuchillo. No llegaba. Sofía cogió un cubo. Se lo estampó contra la mano. Daniela gritó y retiró el brazo. Sofía echó el pasador.
—Tómate tu tiempo.
Daniela golpeó la ventana.
—Te voy a matar.
Sofía apoyó la espalda contra la puerta.
—Esa parte la había entendido.
El humor desapareció al instante. Daniela empezó a golpear la puerta.
Sofía miró alrededor. Otra vez atrapada.
Esta vez Daniela no iba a dejarse engañar con la ventana.
Sofía vio el altillo, la cuerda, el gancho.
La escalera. Y una trampilla pequeña en la parte trasera del techo.
No la había visto antes, subió, empujó, cedió, una abertura de mantenimiento.
Estrecha, pero suficiente, sofía salió al tejado, la chapa estaba húmeda, se agarró, daniela seguía golpeando abajo, sofía avanzó a cuatro patas, ridículo, peligroso, mucho mejor que quedarse.
Llegó al borde. La altura era de unos tres metros.
Demasiado para saltar cómodamente. Buscó.
Había un montón de leña contra una pared.
Podía dejarse caer. Escuchó la puerta romperse abajo.
—Mierda.
Sofía se colgó del borde, las manos resbalaron. Cayó sobre la leña. El golpe le recorrió la espalda. Rodó al suelo, se levantó, daniela salió por la puerta, vio el tejado, después a Sofía.
—¡¿Cómo coño has salido?!
Sofía empezó a correr.
—¡Estoy improvisando!
Esta vez Daniela no se rio. Sofía sí. Una risa breve, histérica, agotada.
Y mientras corría comprendió que ya no estaba aterrorizada de la misma manera.
Seguía teniendo miedo, muchísimo, pero Daniela también estaba cansada, daniela sangraba, daniela se enfadaba.
Daniela cometía errores. La asesina que durante años había conseguido evitar a la policía acababa de ser golpeada con un palo, engañada con una ventana y obligada a perseguir a una interiorista por un cobertizo lleno de pienso.
No era invencible, sofía giró hacia el arroyo. Daniela venía detrás. Y esta vez Sofía no pensó en encontrar un camino que la sacara de allí. Pensó en encontrar un sitio donde pudiera terminarlo.