CAPÍTULO 13 — QUE VENGA #3
Intentó levantarse, carlos le ofreció una mano, sofía la miró. Finalmente la cogió. El contacto le produjo una reacción que detestó. Su cuerpo seguía reconociéndolo, carlos tiró, sofía se puso de pie, quedaron cerca, demasiado, carlos miró su boca, sofía lo vio.
—Ni se te ocurra.
Él apartó la mirada.
—No iba a hacerlo.
—Mentiroso.
—Probablemente.
Sofía soltó su mano.
—Vamos.
Avanzaron, detrás apareció una luz, daniela había encontrado el arroyo, carlos miró alrededor.
—Nos separamos.
—¿Qué?
—Me seguirá a mí.
—¿Por qué?
Carlos sacó el teléfono del bolsillo. Encendió la linterna.
—Porque voy a hacer ruido.
—¿Y yo?
—Sube por esa ladera. Hay una zona de piedra. No dejes huellas en el barro.
Sofía lo estudió.
—¿Por qué haces esto?
Carlos sostuvo su mirada.
—Ya te lo he dicho.
—Esa respuesta no me gusta.
—Es la única que tengo.
Daniela gritó desde lejos.
—¡Carlos!
Él retrocedió. Sofía se quedó inmóvil.
—Vete —dijo Carlos.
—Puede matarte.
La boca de Carlos se curvó apenas.
—Eso sería nuevo.
La frase le pareció horrible. Sofía negó con la cabeza.
—No pienso preocuparme por ti.
—Me parece razonable.
—Lo digo en serio.
—Sofía.
—¿Qué?
—Vete.
Ella empezó a subir. Carlos tomó otra dirección y encendió la linterna.
—¡Daniela!
La voz atrajo inmediatamente la otra luz. Sofía ascendió entre las piedras, se ocultó, y esperó, daniela llegó hasta Carlos.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Deja de mentirme.
—Ha escapado.
Daniela miró alrededor.
—¿Hacia dónde?
—No la he visto.
—Te he oído hablar.
Carlos guardó silencio.
—Estabas con ella.
—Sí.
Daniela respiró despacio.
—¿Qué le has contado?
—Nada importante.
—¿Nada importante para quién?
—Tiene al 112 buscando la zona.
Daniela sacó el teléfono de Sofía.
—Ya lo sé.
Carlos lo vio.
—Dámelo.
—¿Para qué?
—Hay que destruirlo.
Daniela sonrió.
—Lo haré luego.
—Ahora.
—Qué mandón.
Carlos se acercó. Daniela sacó el cuchillo.
—No.
Él se detuvo.
—Guárdalo.
—Cuando dejes de comportarte como un imbécil.
—Tenemos que irnos.
—Con ella viva.
Carlos no respondió. Daniela movió lentamente el cuchillo.
—¿Sabes qué me dijo Ernesto antes de morir?
Carlos sostuvo sus ojos.
—No.
—Tu nombre.
—¿Qué?
—No el verdadero. Carlos.
Daniela sonrió.
—Me preguntó si tú sabías quién era yo.
Carlos se tensó.
—¿Qué le dijiste?
—Nada.
—Daniela.
—Se puso muy serio. Muy digno. Me dijo que Sofía confiaba en ti.
Carlos cerró los ojos.
—Cállate.
—Era bonito.
—He dicho que te calles.
—Y entonces pensé que tenía razón.
Carlos abrió los ojos. Daniela continuó.
—Sofía confía en ti.
—Ya no.
—Muchísimo más de lo que debería.
—No sabes de qué hablas.
—Sí.
Daniela guardó el cuchillo.
—Por eso tú vas a llevarme hasta ella.
Carlos volvió la atención hacia ella.
—Ni de coña.
—No hace falta que quieras.
Daniela levantó el teléfono de Sofía.
—Ella sabe que lo tengo.
—¿Y?
—También sabe que quizá pueda recuperar cobertura si vuelve a por él.
Carlos se quedó callado.
—No va a hacerlo.
—Tú dices que es inteligente.
—Lo es.
—Entonces sabrá que este teléfono contiene la localización enviada y nuestras caras pueden acabar asociadas a una zona concreta si la policía llega hasta aquí.
—No tenemos caras ahí.
Daniela sonrió.
—Ella sí.
Carlos permaneció inmóvil.
—Estás perdiendo el control.
—Y tú la cabeza.
—Tenemos que desaparecer.
—Lo haremos.
Daniela miró hacia la ladera.
—Después de terminar.
Desde su escondite, Sofía vio cómo ambos miraban hacia la ladera y entendió que la discusión se había agotado. Daniela no iba a renunciar a encontrarla.
También era una debilidad. Daniela confiaba en que Carlos seguiría junto a ella.
Carlos confiaba en que todavía podía evitar que Daniela matase a Sofía.
Los dos intentaban conservar una pareja que ya se estaba rompiendo.
Sofía conocía algo de parejas rotas. Sabía dónde dolía, el pensamiento le produjo culpa, duró poco, ernesto estaba muerto, sofía se agachó, cogió una piedra.
La lanzó lejos, hacia la parte derecha de la ladera. El golpe contra unos arbustos produjo ruido. Daniela giró, carlos también, sofía tiró otra más lejos, daniela encendió la linterna.
—Ahí.
Se movió. Carlos la siguió. Sofía descendió por el lado opuesto.
Había funcionado otra vez. No por mucho.
Pero Daniela estaba empezando a enfadarse.
Y una Daniela enfadada cometía más errores.
Sofía salió del escondite. Caminó en dirección a la construcción ganadera.
Esta vez no para refugiarse, para preparar algo.
No sabía todavía qué. Solo tenía claro que, si Daniela volvía a encontrarla, ya no quería estar corriendo cuando ocurriera.
El cobertizo seguía abierto, sofía entró.
Buscó. La primera vez había visto herramientas.
Ahora las miró de otra manera. Una pala, una azada, un rastrillo.
Cuerdas. Una vieja carretilla con una rueda casi desinflada.
Dos cubos, un bidón vacío, un rollo de alambre.
Una escalera pequeña. Nada parecido a lo que usaría una persona sensata para defenderse de una asesina.
Sofía cogió el rastrillo, lo sostuvo, demasiado largo, la pala, pesada, las tijeras, seguían siendo lo más manejable.
—Fantástico.
Encontró un palo grueso utilizado probablemente para cerrar alguna puerta.
Mejor, lo probó. Podía golpear. También podía perderlo en el primer intento, como había ocurrido con la rama.
Sofía lo dejó apoyado. Miró la carretilla.
Una de las asas estaba rota. La rueda tenía poco aire, la movió, chirrió.
—Perfecta para una huida silenciosa.
Ernesto habría vuelto a reírse. Sofía apoyó las manos en el borde.
El recuerdo la golpeó de una forma distinta.
No el cadáver, ernesto vivo, sentado en la cocina, bromeando con el café, discutiendo por un sacacorchos, quejándose de bailar, sintió que las lágrimas llegaban, las dejó, sin detenerse.
Siguió buscando mientras lloraba. Encontró una botella de aceite para herramientas.
Un saco. Una cadena corta. Un gancho grande clavado en una viga.
Nada. Se secó la cara con la manga.
—Piensa.
El lugar tenía dos alturas. La parte principal.
Un pequeño altillo de madera al que se subía por una escalera fija.
Sofía miró arriba, subió, el suelo crujía.
Había paja vieja y cajas. Desde una abertura podía ver casi toda la planta inferior.
También la puerta, aquello sí, podía esperar arriba.
Daniela entraría. Sofía podría golpearla desde una posición mejor.