La otra pareja CAPÍTULO 13 — QUE VENGA #2
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CAPÍTULO 13 — QUE VENGA #2

Corrió. Daniela maldijo.

—¡Zorra!

Sofía sonrió mientras corría. Dos veces. Ya había conseguido engañarla dos veces. La sonrisa le duró hasta que pisó mal y cayó de bruces.

—Joder.

Se levantó deprisa. Daniela ya rodeaba la construcción.

Sofía vio el martillo dentro de la mochila.

Una idea, mala. Otra vez. Se escondió detrás de una esquina del cobertizo.

Daniela apareció, sofía lanzó el martillo, no hacia ella, hacia el tejado de chapa, el golpe produjo un estruendo.

Daniela se cubrió instintivamente. Sofía salió por el otro lado.

—¡Qué mierda haces!

—¡Improvisar!

Sofía corrió. Esta vez Daniela no rio. Carlos escuchó el golpe metálico desde bastante lejos.

Cambió de dirección. Había seguido la pista hasta perder cualquier señal de ambas.

Sabía que Daniela había encontrado a Sofía.

También sabía lo que ocurriría si llegaba tarde.

Aceleró. No quería admitir cuánto miedo le producía la posibilidad de encontrar otro cadáver. Había visto demasiados.

Algunos habían sido necesarios. Otros, errores.

Llevaba años evitando pensar en categorías morales.

Funcionaba mejor así. Desde que conocía a Sofía, funcionaba peor.

Llegó al arroyo, oyó una voz, daniela, después otra, sofía.

Siguió. Sofía encontró un tramo de terreno abierto.

Mala noticia, no había dónde esconderse.

Buena noticia. A lo lejos distinguió una zona de roca y una pequeña elevación.

Quizá cobertura, corrió hacia allí, daniela apareció detrás, ya no intentaba hablar, su rostro había cambiado, sofía alcanzó las rocas.

Subió. El teléfono vibró dentro de la chaqueta.

Frenó el paso, lo sacó, un mensaje, 112: Hemos recibido su aviso, si puede, envíe ubicación.

Manténgase a salvo. Sofía sintió una oleada de alivio.

La pantalla mostraba dos rayas. Abrió ubicación.

Compartir. Esperó. Daniela llegó al pie de la roca.

—Baja.

Sofía levantó el teléfono.

—Ya saben que estamos aquí.

Daniela la miró.

—¿Quién?

—Emergencias.

La expresión cambió apenas. Sofía lo vio.

—He enviado tu nombre.

Daniela empezó a subir.

—No sabes dónde estás.

—Ellos pueden localizar el teléfono.

—No tan rápido.

—¿Seguro?

Daniela seguía avanzando, sofía pulsó enviar ubicación, la aplicación giraba, buscando GPS.

—Venga.

Daniela estaba a menos de diez metros. Sofía retrocedió, la roca terminaba detrás, no había precipicio, solo una bajada empinada, el teléfono vibró, ubicación enviada, sofía sonrió, daniela vio la pantalla.

—Dámelo.

—No.

—Sofía.

—Ven a buscarlo.

Daniela atacó, sofía lanzó el teléfono. Daniela frenó por puro reflejo. El aparato salió volando hacia un matorral. Sofía saltó por el otro lado de la roca. Rodó, se golpeó el hombro, se levantó, daniela gritó.

—¡Imbécil!

Sofía siguió, había perdido el teléfono, pero la ubicación estaba enviada, daniela tendría que elegir, perseguirla, o recuperar el aparato, sofía oyó ramas, después silencio. Miró atrás. Daniela había ido a por el teléfono. Funcionaba.

—Gracias.

Continuó corriendo, ya no tenía comunicación, pero alguien sabía dónde estaba.

Solo necesitaba tiempo. Daniela encontró el teléfono debajo de unas ramas.

La pantalla estaba rota, seguía encendida, vio el mensaje del 112, vio el envío de ubicación, sintió una furia fría.

Guardó el aparato. Miró hacia donde Sofía había escapado.

Ya no podía limitarse a seguirla. Tenían que irse.

Pero Carlos no aceptaría marcharse sin ella.

Daniela cerró los ojos. La solución seguía siendo la misma.

Sofía tenía que morir. Cuanto antes. Sofía llegó hasta una zona de árboles bajos.

Se agachó. Ya no podía mantener aquel ritmo.

Necesitaba recuperar aire, agua, sacó una botella.

Bebió poco. Comió un trozo de chocolate sin hambre. El azúcar le pareció una maravilla.

Guardó el resto, entonces oyó pasos, se preparó, tijeras en una mano, navaja en la otra, una silueta apareció, sofía reconoció a Carlos.

—No te acerques.

Él levantó las manos.

—¿Dónde está Daniela?

—Buscando mi teléfono.

Carlos palideció.

—¿Qué has hecho?

—Enviar mi ubicación.

—Joder.

—Esa ha sido más o menos su reacción.

Carlos miró alrededor.

—Tenemos que irnos.

—Tú sí.

—Sofía, escucha.

—Ya he escuchado bastante.

—Si ha visto que has enviado posición, ahora va a cambiar.

—¿A qué?

Carlos la miró.

—Va a dejar de intentar encontrarte con calma.

Sofía soltó una risa sin alegría.

—Qué alivio. Pensaba que hasta ahora estaba jugando.

—No entiendes.

—Pues explícame.

Carlos se acercó un paso, sofía levantó las tijeras, él se detuvo.

—Cuando Daniela se siente acorralada, no piensa en consecuencias.

—Ernesto podría darte la razón.

La frase lo hizo callar. Sofía respiró.

—Quiero saber algo.

—Dime.

—¿Cuántos?

Carlos miró hacia la oscuridad.

—Ahora no.

—Siempre dices eso.

—Porque cada minuto que estamos aquí es peor.

—¿Cuántas personas has matado?

Carlos tardó.

—Sofía...

—Una cifra.

—No cambia nada.

—Para mí sí.

Él bajó la mirada.

—Más de una.

Sofía sintió que se le revolvía el estómago. Aun sabiendo la respuesta, escucharla resultó distinto.

—¿Ernesto habría sido otro?

Carlos levantó la cabeza.

—No.

—Daniela sí lo convirtió en otro.

—Yo no estaba de acuerdo.

—Qué detalle.

—No estoy pidiendo que me perdones.

—Menos mal.

Carlos se acercó medio paso.

—Solo que sobrevivas.

—¿Y luego qué?

—Luego decides.

—¿Me dejas ir a la policía?

El silencio volvió. A Sofía se le escapó una sonrisa.

—Claro.

—Puedo desaparecer.

—Eso no responde.

—Puedo darte tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Carlos respiró hondo.

—Para que salgamos vivos de esta noche.

—Los tres.

Él no respondió. Sofía comprendió.

—Tú sabes que Daniela no va a parar.

—Sí.

—Y sabes que yo tampoco voy a volver con vosotros.

—Sí.

—Entonces sobran opciones.

Carlos sostuvo sus ojos.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque todavía hay una salida.

—Dime una.

Carlos no pudo. Sofía guardó la navaja. Las tijeras siguieron en la otra mano.

—Vete.

—No puedo.

—Pues quédate, pero no me estorbes.

—¿Qué vas a hacer?

Sofía miró hacia el bosque.

—Dejar de correr.

Carlos frunció el ceño.

—Eso es exactamente lo que Daniela quiere.

—No.

—Sí.

Sofía negó.

—Ella quiere que me canse huyendo hasta que no pueda más.

Carlos tardó unos segundos en reaccionar.

—Sofía...

—Llevo horas haciendo lo que vosotros queréis. Salgo por donde me cerráis. Corro por donde me perseguís. Vuelvo porque el frío me obliga. Intento coger un coche que ya habéis inutilizado.

—¿Qué estás pensando?

—Que estoy hasta los cojones.

Carlos volvió la atención hacia ella. La frase habría hecho reír a Ernesto. Sofía lo pensó y le dolió.

—No sabes lo que haces —dijo Carlos.

—Correcto.

—Daniela sí.

—Entonces tendrá ventaja.

—No es una broma.

—Ya lo sé.

Sofía pasó junto a él. Carlos la agarró por el brazo. Ella reaccionó. Las tijeras llegaron hasta su cuello. Carlos la soltó, ambos quedaron inmóviles. La punta rozaba la piel. Sofía podía ver el pulso bajo la mandíbula. Horas antes habría besado aquel lugar. Carlos tampoco se movió.

—Suéltame otra vez y te prometo que no tendré tanto cuidado.

—Vale.

Sofía retiró las tijeras. Carlos respiró.

—Has cambiado.

—Ha sido una noche larga.

Sofía continuó andando. Él la siguió.

—¿Dónde vas?

—No lo sé.

—Gran plan.

—Gracias.

—Sofía.

Ella se giró.

—¿Qué?

Carlos señaló hacia un punto entre los árboles.

—La construcción ganadera está por ahí.

La ocurrencia le arrancó una sonrisa.

—Ya la conozco.

—Claro.

Él miró las tijeras.

—De ahí.

—Y el impermeable amarillo.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué impermeable?

—No importa.

Sofía siguió. Carlos caminó detrás.

—Daniela conoce ese sitio.

Sofía se detuvo.

—¿Ha estado allí?

—Sí.

—¿Cuántas veces habéis venido a esta cabaña?

Carlos tardó.

—Varias.

—¿Con gente?

—No.

Sofía sostuvo su mirada.

—¿Seguro?

—Sí.

—No tengo ningún motivo para creerte.

—Lo sé.

Aquella respuesta empezaba a irritarla precisamente porque parecía sincera.

—¿Hay más construcciones?

—Una vieja majada un poco más arriba. Dos edificios. Uno prácticamente caído.

—¿Carretera?

—No.

—¿Cobertura?

—A veces.

—¿Salida?

—Un sendero conecta con otra pista.

Sofía sintió interés.

—¿Adónde?

—A una carretera secundaria.

—¿Cuánto?

—Andando, más de una hora.

—Perfecto.

—Con tu pierna, más.

—Menos perfecto.

—Y Daniela lo sabe.

Sofía lo miró.

—Entonces ella pensará que voy allí.

—Sí.

—Pues no voy.

Carlos abrió la boca, la cerró, sofía sonrió.

—¿Qué?

—Estás empezando a pensar como ella.

—Espero que peor.

—¿Por qué?

—Porque si empiezo a pensar igual, me pego un tiro.

Carlos casi sonrió. Sofía se enfadó al verlo.

—No te acostumbres.

—No lo hacía.

—Bien.

Un ruido interrumpió la conversación, carlos giró, sofía también, una luz, lejos. Daniela. Carlos la agarró de la muñeca.

—Corre.

Esta vez Sofía no protestó. Avanzaron juntos durante unos minutos.

La situación era tan absurda que Sofía estuvo a punto de detenerse para exigir una explicación al universo.

Corría junto al hombre del que se había enamorado.

El mismo hombre formaba parte de una pareja de asesinos.

Su mujer intentaba matarla. Y él la ayudaba a escapar.

Si alguien le hubiera contado aquella historia durante una cena cinco meses antes, habría pedido otra botella.

Carlos conocía el terreno, eso se hizo evidente enseguida, evitaba zonas resbaladizas. Encontraba huecos entre la vegetación. Sabía dónde había un pequeño paso sobre el arroyo. Sofía lo siguió. Odiaba necesitarlo.

—Por aquí.

Carlos descendió. Sofía se detuvo.

—¿Adónde?

—A la parte baja.

—¿Por qué?

—Daniela pensará que intentamos subir hacia la otra pista.

—¿Intentamos?

Carlos la miró.

—Ahora mismo estamos en el mismo equipo.

—Eso dura hasta que se muera alguien.

Él no respondió. Sofía bajó. El arroyo crecía un poco más abajo y atravesaba una zona rocosa. Carlos saltó, sofía hizo lo mismo, la rodilla falló, cayó, carlos volvió.

—Déjame.

—Te has hecho daño.

—Ya estaba hecho.