La otra pareja CAPÍTULO 13 — QUE VENGA
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CAPÍTULO 13 — QUE VENGA

Sofía abandonó la pista con una idea bastante menos heroica de lo que habría querido admitir: conseguir que Daniela se cansara antes que ella.

No sabía cómo hacerlo. Tampoco sabía cuánto le quedaba en el cuerpo.

La rodilla izquierda empezaba a endurecerse por la caída, el talón seguía molestando dentro de la bota y cada vez que dejaba de moverse durante demasiado tiempo el frío encontraba algún hueco entre la ropa.

Había recuperado pantalones, calcetines y calzado, pero seguía en mitad de una montaña durante una noche húmeda de comienzos de octubre.

El jersey de Carlos, debajo de la chaqueta, conservaba el calor mejor de lo que le gustaría reconocer.

Avanzó entre los árboles intentando recordar el paseo de aquella mañana.

El arroyo quedaba más abajo. La construcción ganadera que había encontrado durante la huida se encontraba hacia el este, o eso creía.

La cabaña estaba detrás. La pista dibujaba una curva amplia y ascendía hasta la zona donde había conseguido cobertura.

No disponía de un mapa. Tenía recuerdos. Por el momento tendría que bastar.

Se detuvo junto a un tronco caído y sacó el teléfono.

Sin señal, veinticinco por ciento. Guardó el aparato.

La tentación de comprobarlo cada treinta segundos era enorme.

También inútil. Necesitaba llegar a un punto alto o suficientemente abierto.

Si sobrevivía hasta allí, tendría otra oportunidad.

Antes debía impedir que Daniela le cortara el camino.

Pensó en ella. Úrsula. Le costaba llamarla Daniela incluso después de haber leído el nombre en artículos, de escuchar a Carlos utilizarlo y de verla con un cuchillo ensangrentado junto al cuerpo de Ernesto.

Úrsula pertenecía a cenas, vino, bromas y tacones incómodos.

Daniela pertenecía a aquella noche. La diferencia entre ambas era tan absurda como la diferencia entre Carlos y el hombre que acababa de confesarle que ese tampoco era su nombre.

Sofía apretó los dientes. No podía permitirse pensar en él.

Carlos la había ayudado, también había asesinado, o participado, o encubierto.

La colección de documentos del maletero no dejaba demasiado margen para construir una versión inocente.

El hecho de que estuviera enamorado de ella no arreglaba nada.

Solo lo hacía más difícil. Una rama crujió a su derecha.

Sofía se agachó, esperó, algo pequeño atravesó las hojas, quizá un animal.

Continuó. Esta vez empezó a fijarse en el suelo. Daniela buscaba rastros.

Carlos también sabría hacerlo hasta cierto punto.

Sofía llevaba horas dejando huellas absurdamente fáciles: barro, sangre, ramas rotas, prendas.

Podía aprovecharlo. Se quitó una de las cuerdas que todavía llevaba enrollada en la mochila desde el cobertizo y la ató a una rama baja.

Después caminó veinte metros hacia un terreno más húmedo, pisando deliberadamente donde pudiera dejar marca. Descendió.

Volvió sobre sus pasos utilizando piedras siempre que pudo.

Era torpe, lento. Probablemente obvio. Pero ya no estaba huyendo sin pensar.

Llegó hasta un pequeño cruce natural entre dos zonas de vegetación.

Dejó caer allí uno de los pañuelos que había encontrado en la mochila.

Blanco, visible. Luego tomó la dirección contraria. A los diez minutos se sintió ridícula.

—Esto no es una película.

Frenó el paso. La frase la hizo sonreír.

Ernesto habría dicho exactamente lo mismo.

Quizá habría añadido que, si iban a jugar a Rambo, necesitaban una banda sonora.

La sonrisa desapareció. Sofía cerró los ojos un instante.

Después siguió caminando, daniela encontró el pañuelo.

No inmediatamente. Había pasado varios minutos examinando marcas en el barro hasta llegar a una zona donde las huellas descendían.

Se incorporó. Aquella mujer estaba aprendiendo.

Eso la irritaba más que el incendio. Sofía oyó el grito a lo lejos.

No distinguió las palabras, no hizo falta, aceleró, la idea había funcionado, quizá durante cinco minutos, suficiente.

Siguió ascendiendo. El bosque se hizo menos denso y empezó a aparecer roca entre la vegetación.

El viento volvió a encontrarla. Las ramas dejaron de protegerla.

Miró el teléfono, una raya, la perdió.

—Venga.

Subió. Otra. Pulsó el mensaje que había dejado preparado. Enviar. La pantalla mostró el icono durante varios segundos. Sofía dejó de caminar, el teléfono intentaba encontrar red, un ruido surgió detrás, se giró, nada, miró la pantalla, error.

—Mierda.

Volvió a intentarlo, una raya. El mensaje salió.

Sofía se quedó mirando la pantalla. Enviado.

No supo si reír o llorar. Había llegado.

Alguien tenía aquella información. Quizá no encontrarían la cabaña inmediatamente, pero sabían que existía.

Sabían su nombre, sabían Daniela Carrión, sabían Carlos, sofía miró alrededor.

El alivio duró poco. Ahora debía seguir viva el tiempo suficiente para que la localizaran.

Guardó el teléfono. Y escuchó una voz.

—Sofía.

Daniela, cerca, demasiado, sofía corrió, el terreno empeoró enseguida.

Ya no había sendero. Solo una pendiente salpicada de piedra, arbustos y pequeños desniveles.

Daniela venía detrás, no corría continuamente, la alternativa resultaba peor, aparecía su voz, después silencio, una linterna, luego nada.

—Sofía.

Ella siguió.

—No vas a salir de aquí.

Sofía tropezó, recuperó el equilibrio y continuó.

—Carlos te ha mentido.

No contestó.

—Eso sí lo sabes, ¿verdad?

La voz estaba más cerca, sofía descendió hacia una vaguada, daniela hablaba mientras la seguía, quería que se detuviera, que escuchara.

—¿Te ha contado cuánta gente ha matado?

Sofía apretó la mandíbula.

—¿Te ha contado cómo nos conocimos?

Nada.

—¿Te ha dicho siquiera cómo se llama?

Sofía saltó una pequeña zanja. La rodilla protestó con una punzada. Redujo el ritmo. Daniela continuaba.

—Qué romántico.

Sofía giró alrededor de una roca. Vio luz entre los árboles. Cambió de dirección.

—Te has enamorado de un nombre inventado.

La frase acertó, sofía se detuvo medio segundo. Demasiado. Daniela apareció a unos treinta metros. La luz la encontró.

—Ahí estás.

Sofía corrió. La linterna empezó a moverse detrás.

Daniela ya no hablaba. Los pasos se acercaban.

Sofía descendió por una zona embarrada. Resbaló, se apoyó con una mano, continuó, las botas perdían agarre, oyó a Daniela muy cerca, cinco metros.

Quizá menos. Sofía vio una rama gruesa en el suelo.

La cogió, se volvió, daniela llegó casi encima, sofía golpeó.

Falló. La rama pasó por delante de la cara de Daniela.

—¿En serio?

Daniela la empujó. Sofía cayó de espaldas. La mochila amortiguó parte del golpe. Daniela levantó el cuchillo. Sofía lanzó la rama contra sus piernas. Daniela tropezó lo suficiente para tener que apoyarse. Sofía rodó, se levantó, corrió.

—¡Vas a cansarte antes que yo!

Sofía volvió la cabeza apenas un instante.

—¡Seguro!

—¡Tienes una rodilla jodida!

Sofía miró hacia delante, había reparado en la cojera, claro, siguió.

—¡Y sangras por el pie!

Sofía gritó sin volverse:

—¡También llevo un jersey horrible, ya que estás haciendo inventario!

El silencio detrás duró un segundo. Daniela soltó una carcajada.

—Me caías bien.

Sofía continuó corriendo.

—¡Tú a mí también!

La respuesta le salió con una rabia que casi parecía humor.

—¡Eso es lo divertido!

El terreno descendía. Sofía reconoció el sonido del agua.

El arroyo. Había vuelto cerca de la construcción ganadera.

Aquello podía servir, conocía el cobertizo, sabía qué había dentro, daniela no necesariamente.

Giró. Llegó al cobertizo con poca ventaja.

Entró, cerró el pasador. Respiró. El lugar olía igual: humedad, madera, pienso viejo.

No encendió luz, sabía dónde estaba casi todo, la pala, el martillo, las herramientas, la cuerda.

La puerta recibió un golpe.

—Sofía.

Ella se apartó.

—Sé que estás ahí.

Otro golpe, la puerta resistió. Sofía buscó a tientas. Encontró el mango de la pala. La sostuvo.

—Sal.

Sofía miró hacia el fondo, no había otra puerta. Una ventana pequeña, demasiado estrecha. Se había metido en una caja.

—Vamos —dijo Daniela desde fuera—. Ya nos hemos divertido bastante.

Sofía apretó la pala.

—¿Te parece divertido?

—Empieza a parecérmelo.

—Pues tienes un sentido del humor de mierda.

Daniela golpeó. El pasador tembló.

—Carlos siempre decía que eras graciosa.

Sofía se quedó quieta.

—Habla demasiado.

—Contigo.

Otro golpe.

—Conmigo hablaba poco.

Sofía buscó con la mano libre. Encontró el martillo. Lo metió en la mochila.

—Eso fue lo que me hizo sospechar.

Sofía miró la puerta. Daniela estaba utilizando la conversación como arma. Lo sabía. Funcionaba.

—¿Sabes cuántas mujeres han pasado por nuestra cama?

Sofía tragó saliva.

—No me interesa.

—Muchas.

—Enhorabuena.

—Y ninguna consiguió que Carlos se comportara como un adolescente imbécil.

Sofía oyó metal. Daniela estaba intentando mover el pasador desde fuera.

—¿Te hace sentir especial?

—Ahora mismo me hace sentir bastante estúpida.

Daniela se rio.

—Al menos eres sincera.

Sofía retrocedió. Miró hacia la ventana. Demasiado pequeña para salir, pero podía abrirla. Quizá distraer.

—¿Sabes qué es lo mejor? —continuó Daniela.

Sofía abrió lentamente el pestillo de la ventana.

—Que él todavía cree que puede salvarte.

Sofía empujó la hoja, un chirrido, se quedó inmóvil, daniela dejó de hablar, sofía esperó.

Nada. Después escuchó pasos alejándose de la puerta.

Mierda, daniela había oído la ventana, sofía cogió una caja vacía.

La lanzó hacia ella. La caja chocó contra la pared junto a la abertura.

Daniela apareció fuera de la ventana. Sofía salió por la puerta.

Había levantado el pasador desde dentro y esperó hasta oírla rodear el cobertizo.