CAPÍTULO 12 — LA PAREJA SIN ROSTRO #3
Una luz apareció entre los árboles. Daniela. Sofía retrocedió. Carlos se colocó entre la luz y ella.
—Baja por la pista.
—¿Por qué debería creerte?
Él se volvió.
—Porque si quisiera matarte, ya habría intentado quitarte esas putas tijeras.
Sofía miró el arma, odiaba que tuviera razón, la luz se acercaba, daniela gritó desde el bosque:.
—¡Carlos!
Él no respondió. Sofía comprendió algo. Daniela no sabía que estaban juntos. Carlos volvió a mirarla.
—Vete.
Sofía dio un paso hacia atrás. Después otro.
—¿Vas a decirle dónde estoy?
—No.
—¿Por qué?
Carlos la miró como si la respuesta fuera evidente. Sofía negó con la cabeza.
—No me lo digas otra vez.
La linterna de Daniela apareció entre dos árboles. Sofía echó a correr. Daniela salió a la pista menos de un minuto después. Encontró a Carlos solo.
—¿Qué haces aquí?
—Buscándola.
Daniela iluminó el suelo. Después su cara.
—¿La has visto?
Carlos sostuvo la mirada.
—No.
Daniela permaneció quieta. El viento movió las ramas sobre ellos.
—Qué raro.
—¿Qué?
—Que estés aquí parado.
—Estaba escuchando.
Daniela dirigió la linterna hacia el muro. Caminó hasta allí. Carlos la observó. Ella encontró algo en el suelo. Se agachó, lo recogió, una gota de sangre, pequeña. En una piedra clara. Sofía se había cortado otra vez. Daniela sonrió.
—Ha estado aquí.
Carlos no respondió. Ella levantó la linterna.
—Y tú también.
—Acabo de llegar.
Daniela se acercó.
—Mírame.
Carlos lo hizo.
—¿La has encontrado?
—No.
Daniela estudió su rostro. Durante meses había utilizado el nombre Úrsula con tanta naturalidad que a veces incluso Carlos había terminado llamándola así cuando estaban solos. Ahora no quedaba nada de aquella mujer.
—Te estás equivocando —dijo Daniela.
—No empieces.
—Llevamos años juntos.
—Precisamente.
—Hemos salido de cosas mucho peores.
—Esto no tenía que ocurrir.
—Ha ocurrido.
—Porque mataste a Ernesto.
Daniela apretó los labios.
—Vio mi documentación.
—Podíamos habernos marchado.
—Nos habría denunciado.
—No lo sabes.
—¿De verdad quieres discutir eso ahora?
Carlos miró hacia la pista por donde Sofía había desaparecido. Daniela siguió su mirada. Y comprendió.
—La has visto.
Carlos volvió la cabeza.
—No.
Daniela sonrió.
—La has visto.
—Estás perdiendo el tiempo.
—¿Has hablado con ella?
—Daniela.
—¿Has hablado con ella?
Carlos se acercó.
—Escúchame bien. Sofía no es el problema principal.
—Claro que lo es.
—El coche está ardiendo. Falta documentación. Ha encontrado uno de los teléfonos. Puede haber conseguido cobertura. Tenemos que irnos.
—Sin coche.
—Encontraremos una salida.
Daniela soltó una risa.
—¿Y ella?
Carlos no contestó.
—Eso pensaba.
—Déjala.
La expresión de Daniela se endureció.
—¿Qué has dicho?
—Déjala.
—Nos ha visto.
—No sabe quiénes somos.
—Sabe quién soy yo.
—Un nombre.
—Mi nombre.
—Podemos desaparecer.
Daniela dio un paso hacia él.
—¿Y dentro de una semana qué? ¿Un mes? ¿Esperamos a que aparezca nuestra cara en televisión?
—Nuestra cara no la tienen.
—Ella sí.
Carlos guardó silencio. La expresión de Daniela cambió.
—Dios mío.
—No hagas una escena.
—Quieres salvarla.
—Quiero salir de aquí.
—Con ella viva.
—Sí.
Daniela lo miró durante varios segundos. Luego asintió.
—Vale.
Carlos frunció el ceño. La facilidad de la respuesta lo puso en alerta.
—¿Vale?
—Tienes razón.
—Daniela...
—Tenemos problemas mayores.
Guardó el cuchillo que llevaba bajo la chaqueta.
—Busquemos una salida.
Carlos no se movió. Ella sonrió.
—¿Qué pasa? ¿Ahora tampoco confías en mí?
Carlos la conocía demasiado.
—¿Qué vas a hacer?
—Irme.
—Daniela.
—Contigo.
Se acercó y le arregló el cuello de la chaqueta con un gesto íntimo, doméstico, completamente fuera de lugar.
—Como siempre.
Carlos le agarró la muñeca.
—No vas a tocarla.
Daniela miró la mano que la sujetaba. Después levantó los ojos.
—Suéltame.
Carlos obedeció.
—Déjala marchar.
Daniela se frotó la muñeca.
—Claro.
Sonrió.
—La dejamos marchar.
Sofía había escuchado parte de la conversación desde la curva donde se había escondido. No toda, pero sí lo suficiente para entender que Carlos estaba intentando frenarla.
Sofía apoyó la espalda contra una roca. La cabeza le daba vueltas.
Carlos estaba protegiéndola. Eso no lo convertía en inocente.
Ni bueno. Ni seguro. Solo añadía una complicación a una noche que ya tenía demasiadas.
Miró el teléfono, veintisiete por ciento, una raya, la llamada había terminado, abrió mensajes, escribió deprisa: SOY SOFÍA, hAN MATADO A MI MARIDO, pICOS DE EUROPA.
CABAÑA AISLADA ACCESO POR PISTA. ME PERSIGUEN UN HOMbrE Y UNA MUJER.
ELLA SE LLAMA DANIELA CARRIÓN. ÉL USA EL NOMbrE CARLOS. CREO QUE SON LA PAREJA SIN ROSTRO.
Intentó enviarlo al 112, error, volvió a intentarlo, error, guardó el texto, si encontraba cobertura, lo mandaría, escuchó las voces alejándose, esperó, miró hacia la oscuridad, podía seguir descendiendo, intentar llegar a una carretera, buscar señal, huir.
Era lo sensato. También sabía que Daniela conocía aquellos caminos mejor que ella.
Y que Carlos podía encontrarla cuando quisiera. Había ocurrido hacía unos minutos.
Sofía pensó en el impermeable amarillo colgado de la rama.
Había engañado a Daniela, una vez, pensó en el coche ardiendo, les había quitado una salida, pensó en las tijeras.
En la navaja. En el cuchillo de la mochila.
En las cerillas. En el terreno. Hasta entonces había corrido hacia donde podía.
Ellos decidían la persecución. Ellos elegían cuándo buscarla.
Ellos conocían las rutas. Sofía estaba agotada de concederles todas las ventajas.
Se incorporó. Daniela esperaba una mujer aterrorizada que intentaría llegar a algún lugar habitado.
Carlos esperaba una mujer a la que todavía podía salvar.
Los dos estaban equivocados en algo. Sofía quería salir de la montaña.
Quería vivir. Pero acababa de comprender que quizá ambas cosas exigieran dejar de comportarse como una presa.
Guardó el teléfono. Cogió las tijeras. Y en lugar de continuar descendiendo, regresó hacia el bosque.