CAPÍTULO 12 — LA PAREJA SIN ROSTRO #2
Venía del bosque. Sofía sacó las tijeras de podar.
Esperó, otro ruido, a su derecha. Se agachó.
La oscuridad parecía más compacta desde que sabía a quién tenía detrás.
Un haz de luz cruzó entre los árboles. Muy lejos, sofía retrocedió, la luz desapareció, volvió a aparecer, daniela o Carlos, habían dejado el coche.
Ya estaban buscándola. Sofía se apartó de las rocas y avanzó en dirección contraria.
Con cuidado. El impermeable amarillo era un problema.
Bajo una linterna podía convertirla en una señal.
Se lo quitó. Lo dobló. Pensó en meterlo en la mochila.
Cambió de idea. Lo dejó colgado de una rama baja, procurando que una parte quedara visible.
Siguió avanzando, diez metros después se detuvo.
Miró atrás. La mancha amarilla se distinguía incluso con poca luz.
Quizá era una estupidez, quizá funcionaría, continuó.
Sofía alcanzó la pista unos doscientos metros más arriba. La reconoció por la curva.
También reconoció el muro de piedra. Durante la llegada habían parado allí. Ernesto había bajado la ventanilla.
—Mira eso.
El valle se abría entre las montañas. Sofía apenas lo había contemplado porque Carlos había detenido su coche detrás y Daniela había salido haciendo aspavientos.
—¡Foto!
Ernesto había respondido:
—No pienso hacer una foto después de tres horas conduciendo. Tengo cara de secuestrado.
—La tienes siempre.
Daniela le había sacado una fotografía igualmente. Sofía sintió el recuerdo como un golpe. Subió hacia el muro, el terreno se abría, sacó el teléfono, una raya, luego dos.
—Vamos.
Marcó 112. Conectó.
—Emergencias, dígame.
Sofía habló demasiado deprisa.
—Me llamo Sofía. Han asesinado a mi marido. Estoy en Picos de Europa, en una cabaña aislada, no sé la ubicación exacta. Hay dos personas persiguiéndome y creo que son los asesinos de los que hablan en las noticias, la pareja sin rostro.
Hubo una pausa breve.
—Sofía, necesito que intente mantener la calma. ¿Sabe desde qué localidad accedieron a la zona?
Ella buscó en la memoria, el viaje, carreteras, un cartel, carlos conduciendo delante, una parada para comprar pan.
—No estoy segura. Entramos por una pista. Habíamos pasado...
Miró alrededor como si la oscuridad pudiera darle el nombre.
—¿Tiene activada la ubicación del teléfono?
Sofía miró el aparato.
—No es mío.
—¿Puede activar la localización?
—No sé.
—Voy a indicarle cómo hacerlo.
La comunicación crujió, sofía miró las rayas, una.
—Deprisa, por favor.
La operadora empezó a explicarle, sofía abrió ajustes, buscó, localización, activar, la señal desapareció.
—¿Hola?
Nada. La llamada cayó. Sofía estuvo a punto de lanzar el teléfono contra el suelo.
Se contuvo, habían escuchado su nombre, habían escuchado asesinato, quizá podían localizar la llamada, quizá no, necesitaba conseguir otra conexión, volvió a marcar.
Sin servicio. Caminó junto al muro levantando el teléfono.
Una raya, marcó, la llamada comenzó, entonces una voz surgió detrás.
—No lo hagas.
Sofía se giró. Carlos estaba a unos diez metros. Sin linterna. La luz del teléfono apenas alcanzaba para dibujar su figura. Sofía retrocedió. Él levantó las manos.
—No voy a acercarme.
Ella miró la pantalla, la llamada seguía intentando conectar, carlos dio un paso.
—Sofía.
—Quédate ahí.
Se detuvo.
—Vale.
—Ni uno más.
—Vale.
Sofía sacó las tijeras. Carlos las miró.
—¿En serio sigues con eso?
—Me están cogiendo cariño.
La respuesta le salió sola. Carlos casi sonrió. Sofía sintió asco de sí misma al reconocer el gesto. El mismo hombre, la misma boca. La misma manera de mirarla. Solo que ahora sabía lo que había detrás.
—He leído sobre vosotros.
Carlos perdió la sonrisa. Sofía levantó el teléfono.
—La pareja sin rostro.
Él no respondió.
—Sois vosotros.
Silencio.
—Dímelo.
Carlos miró hacia el bosque.
—Habla más bajo.
—Que te jodan.
—Daniela está cerca.
—Ya sé cómo se llama ella.
Carlos volvió a mirarla.
—Eso no significa que sepas nada.
—He encontrado las matrículas.
La expresión de Carlos cambió. Muy poco.
—Las carteras.
Él entendió.
—Has abierto la caja.
—También he encontrado noticias.
Carlos bajó la mirada durante un instante.
—Sofía...
—¿Cuántos?
No respondió.
—¿Cuánta gente habéis matado?
—No es el momento.
—¿Cuántos?
—Ahora mismo Daniela está buscándote.
—Tú también.
—Yo te he encontrado.
La diferencia le erizó la piel. Sofía afianzó los dedos alrededor de las tijeras.
—¿Carlos es tu nombre?
Él guardó silencio.
—Contesta.
—No.
Sofía sintió que algo terminaba de romperse. Había esperado aquella respuesta desde que vio el DNI de Daniela, aunque escucharla fue distinto.
—¿Cómo te llamas?
—No importa.
—A mí sí.
—Ahora no.
—Me he acostado contigo durante meses y no sé cómo coño te llamas.
Carlos bajó las manos.
—Para ti soy Carlos.
Sofía soltó una risa amarga.
—Eso es una gilipollez.
—Puede.
—¿También te inventaste el trabajo?
—Sí.
—¿Dónde vivís?
—En muchos sitios.
—¿La casa?
—Alquilada.
—¿Todo?
Carlos tardó en responder.
—Casi todo.
Sofía pensó en las noches en las que había vuelto a casa sintiéndose culpable por querer a aquel hombre. En los mensajes borrados. En Ernesto preguntándole si estaba enamorada. En ella negándolo. Había puesto en peligro su matrimonio por alguien cuyo nombre desconocía.
—¿Por qué nosotros?
Carlos frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
—¿Éramos víctimas?
—No.
—No te creo.
—No teníais que formar parte de nada.
—Ernesto está muerto.
Carlos apartó la mirada. Sofía sintió que la rabia le calentaba la cara.
—Mírame.
Él obedeció.
—Mi marido está muerto.
—Lo sé.
—Ella lo mató.
—Sí.
—Y tú sigues con ella.
—Sofía...
—¿Cuánta gente has matado tú?
Carlos no respondió, aquello bastó, sofía retrocedió otro paso, él lo vio.
—Escúchame. Daniela va a matarte si te encuentra.
—Qué información tan útil.
—Yo puedo evitarlo.
—¿Como evitaste lo de Ernesto?
Carlos recibió la frase sin defenderse.
—No sabía lo que iba a hacer.
—Pero sabes de qué es capaz.
—Sí.
—Porque haces lo mismo.
La comunicación del teléfono conectó de golpe. Una voz diminuta salió del altavoz.
—Emergencias, ¿me escucha?
Sofía miró la pantalla. Carlos también.
—Sofía —dijo él.
Ella acercó el teléfono a la boca.
—Sí. Estoy aquí. Me persiguen. Uno de ellos está conmigo.
Carlos avanzó. Sofía levantó las tijeras.
—Ni se te ocurra.
—Dame el teléfono.
—Vete a la mierda.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Estoy pidiendo ayuda. Es un concepto bastante sencillo.
—Si vienen, Daniela no esperará.
—¿Y qué va a hacer? ¿Matarme más?
Carlos apretó la mandíbula. La operadora hablaba.
—Sofía, intente permanecer en línea. ¿Puede describir al hombre?
Ella miró a Carlos. Aquel rostro que había aprendido de memoria.
—Treinta y tantos. Alto. Pelo oscuro. Tiene una cicatriz en la mano izquierda, junto al pulgar.
Carlos bajó la vista hacia su mano.
—Sofía.
—Se hace llamar Carlos, pero es falso.
La cobertura empezó a fallar.
—La mujer se llama Daniela Carrión. Usa el nombre de Úrsula.
Carlos se movió. Sofía abrió las tijeras.
—Te juro que te las clavo.
Él se detuvo.
—No quiero hacerte daño.
—Pues llevas una noche estupenda.
—Daniela sí quiere.
—Daniela mató a Ernesto y tú estás aquí negociando conmigo. Perdona si no aprecio demasiado la diferencia.
La voz de emergencias se cortó. Sofía miró el teléfono. Seguía conectado.
—¿Me escucha?
Interferencias. Carlos habló muy bajo.
—Estoy enamorado de ti.
Sofía lo miró. Durante meses había imaginado aquellas palabras.
En una habitación. En un coche. En un mensaje que nunca llegó.
Las había deseado con una intensidad que le avergonzaba reconocer incluso antes de aquella noche.
Ahora estaba en una pista de montaña, con unas tijeras de podar en la mano, un teléfono robado en la otra y el cadáver de Ernesto dentro de una cabaña.
—No vuelvas a decirme eso.
—Es verdad.
—Me da igual.
—No te da igual.
Sofía sintió deseos de golpearlo.
—Mi marido está muerto.
—Daniela perdió el control.
—Daniela hizo lo que hacéis.
Carlos se quedó callado.
—¿Quieres ayudarme? —preguntó Sofía.
—Sí.
—Entonces dime dónde estamos.
Él no contestó.
—Dímelo para que pueda decírselo al 112.
—No puedo.
Sofía asintió lentamente.
—Ya.
—Puedo sacarte de aquí.
—¿Adónde?
—Lejos.
—¿Contigo?
Carlos sostuvo su mirada.
—Si hace falta.
Sofía casi se rio.
—¿Y Ernesto?
La pregunta quedó entre ellos.
—¿Qué hacemos con él? ¿Lo dejamos ahí? ¿Quemamos la cabaña? ¿Le cambias la matrícula al coche y mañana desayunamos en Francia?
—No estoy diciendo eso.
—No sé qué estás diciendo porque ni siquiera sé quién eres.
Carlos se acercó un paso.
—Soy el mismo hombre que conoces.
—Ni de coña.
—Conmigo sí.
Sofía sintió un pinchazo doloroso. Porque una parte de ella comprendía lo que intentaba decir. Y precisamente por eso resultaba insoportable.
—Tú no conocías mi nombre —continuó Carlos—. Pero conocías otras cosas.
—Conocía lo que me dejabas ver.
—Eso hacemos todos.
—La mayoría no tiene una colección de documentos ajenos en el maletero.
Él cerró los ojos un instante.
—Vale.
—¿Vale?
—No puedo arreglar esto.
—Por fin estamos de acuerdo.
—Pero puedo mantenerte viva.
Sofía alzó la vista hacia él.
—¿A cambio de qué?
Carlos tardó demasiado.
—De que confíes en mí.
Sofía se echó a reír. Una risa breve, cansada, casi dolorosa.
—Eres un hijo de puta muy gracioso.
Carlos esbozó una sonrisa. Y durante un segundo terrible volvieron a ser ellos. Sofía lo odió por eso. La sonrisa desapareció de su rostro.
—Daniela sabe lo que sientes.
Carlos no respondió.
—Lo sabe, ¿verdad?
—Sí.
—Por eso quiere matarme todavía más.
—Quiere matarte porque puedes identificarla.
—Y porque tú estás enamorado de mí.
Carlos miró hacia los árboles.
—Tenemos que movernos.
—Yo no voy a ninguna parte contigo.
—Entonces muévete sola, pero hazlo ya.
Sofía escuchó, al principio no oyó nada, después llegó un sonido lejano, una rama, carlos giró la cabeza.
—Vete.
Sofía no se movió.
—¿Qué?
—Corre.
—¿Y tú?
—Sofía, por favor.
La súplica la desconcertó. Carlos miraba hacia el bosque.
—Viene.