La otra pareja CAPÍTULO 12 — LA PAREJA SIN ROSTRO
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CAPÍTULO 12 — LA PAREJA SIN ROSTRO

Sofía corrió hasta que el resplandor del incendio quedó oculto por los árboles.

La ocurrencia de quemar el coche había sido mucho más satisfactoria durante los tres segundos anteriores a comprender sus consecuencias.

Había dejado a dos asesinos sin vehículo.

Magnífico. También había dejado a dos asesinos sin vehículo a menos de cien metros de ella. Bastante menos magnífico.

El impermeable amarillo se enganchó en una rama y estuvo a punto de tirarla de espaldas.

Sofía consiguió soltarse, maldijo por lo bajo y continuó descendiendo entre los árboles con una mano extendida para protegerse la cara.

Las botas le permitían avanzar mejor que durante la huida anterior, aunque el pie derecho protestaba dentro del calcetín. El corte del talón se había reabierto.

Detrás escuchó voces, daniela gritaba, carlos no.

Eso la inquietó más. Imaginaba a Daniela furiosa junto al coche en llamas, insultándola, buscando algo con que apagar el fuego o calculando por dónde había escapado.

Carlos estaría haciendo otra cosa, pensando.

Siempre había sido bueno pensando. Recordó una de aquellas conversaciones en el club, meses atrás, cuando todavía le gustaba esa cualidad.

—Tú miras mucho —le había dicho Sofía.

—¿Eso es malo?

—Depende. A veces parece que estás estudiando a la gente.

Carlos había sonreído.

—A ti te estudio bastante.

Ella le había dado un golpe con el hombro y había sentido esa estupidez maravillosa en el estómago.

Ahora la misma capacidad de observación podía matarla.

Sofía redujo la velocidad. Correr sin dirección volvía a ser un error.

Ya lo había aprendido. La montaña no iba a concederle infinitas oportunidades de regresar a la cabaña, calentarse, vestirse y salir otra vez.

Estaba cansada, tenía hambre pese al nudo que le cerraba el estómago y el cuerpo empezaba a pasarle factura por cada caída.

Necesitaba alejarse. Necesitaba cobertura.

Y necesitaba saber quiénes eran aquellas personas.

Se internó unos metros más en el bosque y buscó un lugar desde el que no pudiera verse el incendio.

Encontró una depresión entre dos grandes rocas, húmeda y cubierta de hojas.

Se agachó allí. Sacó de la mochila el teléfono viejo que había encontrado en el coche.

La pantalla tenía una grieta de lado a lado.

Pulsó el botón lateral. Seguía encendido. Batería al treinta y dos por ciento. Sofía miró la esquina superior. Sin servicio.

—Vamos...

Levantó el aparato, nada. Se puso de pie. Una raya apareció durante menos de un segundo. Desapareció. Sofía sintió una excitación absurda.

—Sí. Venga.

Subió a una de las rocas. Resbaló. Volvió a intentarlo agarrándose a un tronco. Una raya, la mantuvo, marcó 112. La llamada tardó. Sofía pegó el teléfono a la oreja. Silencio. Después un chasquido.

—Vamos, por favor.

La pantalla mostró llamada en curso. Sofía abrió la boca.

—¿Hola?

Una voz surgió entrecortada.

—Emer...

—¡Hola! ¿Me escucha?

La comunicación se llenó de interferencias.

—Emergencias, dígame.

Sofía casi perdió el equilibrio.

—Han matado a mi marido. Estoy en Picos de Europa, en una cabaña, no sé exactamente dónde, por favor...

—Señora, no la escucho correctamente. ¿Puede indicarme su ubicación?

—No la sé. Hemos venido a una cabaña por una pista, estamos...

La raya desapareció.

—¿Hola?

Nada.

—¿Hola?

Miró la pantalla. Llamada finalizada.

—Me cago en Dios.

Volvió a marcar, sin servicio, levantó el teléfono, nada, caminó sobre la roca, una raya, marcó, desapareció antes de conectar.

—No me hagas esto.

Se estiró como si aquellos veinte centímetros fueran a acercarla a una antena.

El teléfono siguió muerto, sofía bajó de la roca, tenía que alcanzar terreno abierto.

Una zona más alta, quizá. La pista ascendía hacia un collado que habían visto durante la llegada.

Recordaba a Ernesto reduciendo la velocidad para dejar pasar unas vacas.

Carlos les había dicho que desde arriba se veía el valle.

Desde arriba podía haber cobertura, el problema consistía en llegar, miró el móvil, treinta por ciento, pensó en guardarlo, entonces reparó en algo, no había PIN, el teléfono estaba desbloqueado, abrió las aplicaciones.

Casi ninguna. Era un aparato viejo, utilizado probablemente como teléfono de reserva.

Galería, vacía, contactos, tres números sin nombre, mensajes, nada, navegador.

Sofía pulsó. La página tardó en cargar y terminó mostrando un error de conexión.

Pero el historial seguía allí. Lo abrió.

La mayoría eran búsquedas de carreteras, mapas y alojamientos.

Nombres de pueblos que Sofía no conocía.

Provincias distintas, león, burgos, teruel, lugo.

Cuenca. Algunas búsquedas tenían meses de diferencia.

Otras años, sofía fue desplazando el dedo, un periódico local, una noticia, otro periódico.

Otra. Pulsó una de las páginas guardadas.

No cargó. El título, sin embargo, apareció en el historial.

Hallan muertos a dos excursionistas desaparecidos en...

El final quedaba cortado. Sofía dejó de mover el dedo.

Abrió otra. Continúa la búsqueda de la pareja relacionada con...

Otra. La Guardia Civil investiga posibles conexiones entre...

Otra. Dos identidades falsas y ninguna imagen fiable: el misterio de...

Sintió que la piel se le erizaba bajo la ropa.

Sacó el periódico que había robado del maletero.

Lo desplegó con dificultad. Había visto el titular deprisa, iluminada por los faros y pendiente de la puerta de la cabaña.

Ahora pudo leerlo. DOS NUEVAS VÍCTIMAS PODRÍAN ESTAR RELACIONADAS CON LA PAREJA SIN ROSTRO.

La noticia tenía más de un año. Sofía acercó el teléfono para utilizar la luz de la pantalla.

Leyó. Dos cadáveres encontrados en una vivienda alquilada.

Documentación perteneciente a terceras personas.

Un vehículo abandonado días después. La investigación trabajaba con la hipótesis de un hombre y una mujer.

Las descripciones proporcionadas por testigos resultaban contradictorias.

Unos hablaban de una mujer rubia. Otros, morena, un hombre con barba, otro afeitado, edades diferentes, nombres diferentes, ninguna fotografía útil, sofía tragó saliva, recordó la caja metálica, las matrículas, las carteras, los documentos.

Volvió al teléfono. Necesitaba internet.

Se subió otra vez a la roca. Esperó, la raya apareció.

Pulsó el navegador. Escribió con dedos torpes: pareja sin rostro asesinos.

Los resultados tardaron tanto que creyó que la conexión volvería a desaparecer.

Finalmente aparecieron, abrió el primero, la página cargó a medias.

Un titular. Una fotografía de archivo de agentes junto a una carretera.

Leyó deprisa. Una pareja relacionada con homicidios cometidos durante varios años en distintos puntos de España.

Víctimas sin patrón aparente, cambios frecuentes de identidad, vehículos con matrículas sustituidas, documentos robados.

Alojamientos alquilados mediante nombres falsos.

Sofía notó que las palabras dejaban de pertenecer a una noticia.

Había visto las matrículas. Había tocado las carteras.

Había dormido bajo el mismo techo que aquellas personas.

Había besado a una de ellas. Se le revolvió el estómago.

Continuó leyendo. La policía sospechaba que los autores se relacionaban durante periodos breves con algunas víctimas antes de desaparecer.

Existían testimonios dispersos, pero nadie había conseguido aportar una identificación fiable.

Las pocas imágenes obtenidas eran parciales o de mala calidad.

Sofía buscó fotografías. Nada útil. Una grabación de una gasolinera donde apenas se distinguían dos siluetas.

Una mujer entrando en un coche con gafas oscuras.

Un hombre de espaldas. Otro artículo hablaba de una cicatriz.

Sofía se detuvo, volvió atrás. Amplió. Un testigo aseguraba que el hombre tenía una pequeña cicatriz junto a la base del pulgar izquierdo.

Sofía bajó el teléfono, carlos. Conocía aquella cicatriz.

La había recorrido con un dedo. Había preguntado por ella una noche.

—¿Esto?

Carlos había mirado su propia mano.

—Una estupidez de niño.

—¿Qué hiciste?

—Intentar abrir una lata con un cuchillo.

—Muy masculino.

—Tenía nueve años.

—Muy masculino y muy precoz.

Habían reído. Sofía apretó los ojos. Una sensación de suciedad le recorrió el cuerpo. Volvió a leer, cicatriz en la mano izquierda, altura aproximada, complexión, edad estimada, nada definitivo, suficiente para ella.

—Dios mío.

La frase salió apenas audible, daniela y Carlos.

La pareja sin rostro. Los nombres que habían utilizado con ellos tampoco servían.

Úrsula ya había desaparecido cuando Ernesto encontró el DNI.

Daniela. ¿Y Carlos? ¿Quién coño era Carlos?

Pensó en los meses compartidos, las cenas, las copas, el grupo de mensajes.

Los hoteles. La forma en que Daniela se reía con Ernesto. Carlos preparando bebidas.

Una tarde en la que los cuatro habían terminado comiendo hamburguesas después del club porque Ernesto decía que aquello daba un hambre espantosa.

Recordó a Daniela robándole patatas del plato.

Recordó a Ernesto protestando, recordó las risas, le resultó insoportable.

Se bajó de la roca. Guardó el periódico y el teléfono.

Entonces escuchó un crujido, se quedó quieta, no venía de la pista.