La otra pareja CAPÍTULO 11 — VOLVER #2
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CAPÍTULO 11 — VOLVER #2

Se obligó a acercarse, se arrodilló, le tocó el cabello. Estaba frío. Aquello terminó con cualquier esperanza irracional que todavía conservara. Sofía empezó a llorar. Sin ruido. Apoyó la frente contra la suya.

—Lo siento.

No sabía por qué se disculpaba. Por haber venido, por Carlos, por haber aceptado el intercambio, por cerrar aquella puerta, por no haber escuchado antes, por seguir viva.

—Lo siento mucho.

Permaneció unos segundos, después recordó dónde estaba, buscó los pantalones de Ernesto, en el suelo, los bolsillos, nada, la chaqueta, nada, miró alrededor, la mesilla, debajo de la cama, encontró su cartera, no el teléfono, no las llaves.

—Vamos, Ernesto.

Pensó. Cuando habían llegado, él había conducido. Después había dejado las llaves, recordó. La cocina. Un cuenco de madera junto a la entrada. Ernesto había dicho algo, para no perderlas. Sofía se levantó. Besó a su marido en la frente.

—Te quiero.

Salió. No volvió a mirar. Las llaves estaban en el cuenco.

Sofía casi gritó, las cogió, corrió hacia la puerta, se detuvo, comida.

Agua. No sabía qué habían hecho con el coche.

No podía confiar en salir inmediatamente.

Cogió dos botellas de agua, pan, un paquete de embutido.

Chocolate. Lo metió todo en la mochila. Una linterna del cajón de la cocina. Funcionaba.

También cogió un mechero, miró alrededor. Algo más. Su mirada encontró el cuchillo que habían utilizado para cortar pan. Grande, lo cogió, después pensó en Úrsula, daniela, el cuchillo ensangrentado, dejó el de cocina, cogió una sartén, la miró.

—¿En serio?

La volvió a dejar. Agarró el cuchillo.

—Mucho mejor.

Se lo metió en la mochila. Las tijeras seguían en la cintura. Salió, corrió hacia el coche, abrió, entró. Cerró. El alivio fue tan intenso que casi lloró otra vez. Metió la llave, arrancó, el motor respondió.

—Sí.

Encendió las luces. Puso la calefacción al máximo.

—Vamos.

Metió primera, el coche avanzó, dos metros, algo iba mal, el volante tiró, sofía frenó.

—No.

Salió, miró la rueda delantera, hundida, completamente desinflada.

—No.

Le dio una patada. Se hizo daño.

—¡Joder!

Miró la pista, oscuridad. Podía cambiarla. Ernesto había dicho que tenían repuesto. YouTube. Sofía soltó una carcajada histérica.

—Fantástico.

Abrió el maletero, levantó la tapa, rueda, gato, herramientas, miró todo aquello, no tenía ni puta idea, podía intentarlo, tenía que intentarlo, sacó el gato, lo dejó en el suelo, miró debajo del coche.

—¿Dónde coño va esto?

Buscó instrucciones, nada, quizá en el manual, abrió la guantera, manual, lo cogió, la linterna entre los dientes, buscó la página, neumáticos, cambio de rueda.

—Bien.

Leyó. Colocar el vehículo en superficie firme. Freno de estacionamiento. Aflojar tornillos. Situar gato en punto de apoyo. Miró el dibujo. Después el coche.

—Vale.

Podía hacerlo, tenía que hacerlo, se arrodilló, entonces vio una luz, lejos, en la pista, sofía se quedó inmóvil, otra apareció detrás, faros, un coche, volvían, miró la rueda, el gato, las herramientas, no tenía tiempo.

—Mierda.

Guardó las llaves en el bolsillo. Cogió la mochila, la linterna, corrió hacia la cabaña, frenó el paso, no.

Allí la buscarían primero. Miró el cobertizo pequeño junto a la casa.

Demasiado evidente, el bosque, otra vez.

Los faros se acercaban. Sofía corrió hacia la parte trasera.

Se escondió detrás del muro de piedra. El coche apareció por la curva.

Más que el de ellos, era el de carlos. Los faros iluminaron la fachada, el vehículo se detuvo, sofía se agachó, escuchó una puerta, después otra.

—Ha vuelto —dijo Daniela.

Carlos no respondió.

—Te dije que volvería.

—Cállate.

Sofía apretó las tijeras de podar.

—El coche está abierto.

Pasos.

—Ha intentado cambiar la rueda —dijo Carlos.

Daniela se rio.

—Pobrecita.

Sofía sintió una rabia tan violenta que tuvo que apretar los dientes.

—No puede estar lejos.

—O está dentro.

Silencio, sofía miró el bosque, podía escapar otra vez, pero ahora llevaba ropa, botas, agua, comida, podía aguantar más, entonces escuchó a Carlos.

—Quédate aquí.

Daniela respondió:

—Ni de coña.

—Daniela.

—No voy a dejarte entrar solo.

—Puede tener un cuchillo.

—Yo también.

Sofía miró las tijeras, una idea apareció, no buena. Pero era una idea. Esperó hasta escuchar la puerta de la cabaña. Los dos entraron. Sofía salió de detrás del muro. Corrió hacia el coche de Carlos. Probó la puerta, abierta, las llaves no estaban.

—Claro.

Miró dentro, nada, después el maletero, pulsó, se abrió, sofía levantó, había bolsas, herramientas, una manta, una mochila, y una garrafa de combustible, se quedó mirándola, no, demasiado, siguió buscando, encontró algo mejor, una caja metálica, la abrió, documentos, matrículas.

Varias. Sofía sintió que el estómago se le encogía.

Cogió la primera, otra matrícula, otra, debajo había carteras, tres, ninguna parecía de Carlos.

Sofía abrió una, dNI, un hombre desconocido, otra, una mujer, otra, otro nombre, fotografías, tarjetas.

Sofía dejó de respirar. Ya no podía pensar en ellos como una pareja que había matado a Ernesto para proteger una identidad falsa.

La caja revelaba algo mucho peor. Escuchó un ruido dentro de la casa.

Cerró la caja. Entonces vio un periódico doblado debajo.

Lo sacó. Viejo. Una fotografía de una carretera acordonada.

Un titular. No pudo leerlo entero con aquella luz.

Solo algunas palabras: DOS NUEVAS VÍCTIMAS.

LA PAREJA SIN ROSTRO. Sofía sintió un frío que no tenía nada que ver con la montaña.

Pareja, sin rostro, recordó las fotografías, no me gusta salir, nadie tiene pruebas, las mudanzas, los nombres falsos, las carteras, las matrículas, miró hacia la cabaña, daniela y Carlos.

No habían empezado con Ernesto. Sofía dobló el periódico y lo metió en la mochila.

Cogió una de las carteras. También. Después vio un teléfono viejo en el fondo de la caja.

Lo cogió, pulsó el botón, pantalla. Batería.

Sofía sintió que podía besar aquel aparato.

Lo guardó, cerró el maletero con cuidado.

Demasiado tarde. La puerta de la cabaña se abrió.

—Sofía.

Carlos, ella se quedó inmóvil, él estaba en el porche, a unos quince metros, no llevaba linterna. No la necesitaba. Los faros del coche seguían encendidos. Sofía quedó iluminada, carlos la miró, después miró el maletero.

—No.

Sofía retrocedió, daniela apareció detrás, vio la escena.

—Mírala.

Sofía dio otro paso. Daniela sonrió.

—Ha vuelto a casa.

Carlos levantó una mano.

—Sofía.

—Que te jodan.

—Escúchame.

—No.

—No tienes dónde ir.

Sofía metió una mano en el bolsillo del impermeable. Las llaves del coche de Ernesto. Carlos lo vio.

—El coche no va a moverse.

—Ya.

—La rueda.

Sofía comprendió.

—Has sido tú.

Carlos no respondió. Daniela bajó un escalón.

—Dame las llaves.

Sofía la miró.

—Ven a buscarlas.

La sonrisa de Daniela desapareció. Carlos bajó del porche.

—Sofía, no hagas esto.

Ella soltó una carcajada.

—¿El qué? ¿Intentar que no me asesinéis?

—No quiero hacerte daño.

Sofía señaló a Daniela.

—Ella sí.

Daniela bajó otro escalón.

—Muchísimo.

—Daniela.

—¿Qué?

Carlos sostuvo sus ojos.

—Cállate.

Sofía observó a ambos, la grieta estaba allí, pequeña, pero existía, carlos quería algo distinto, no sabía qué, no importaba, podía utilizarlo.

—Ella mató a Ernesto —dijo Sofía.

Carlos volvió la atención hacia ella.

—Lo sé.

—Y tú la estás protegiendo.

—Es mi mujer.

Sofía sintió ganas de escupirle.

—Yo era la mujer de Ernesto.

La frase lo alcanzó, lo vio, daniela también.

—Qué bonito —dijo ella—. ¿Terminamos?

Bajó del porche, sofía sacó las tijeras, daniela se detuvo, miró el arma improvisada, después empezó a reír.

—¿Eso qué coño es?

Sofía bajó la mirada hacia las tijeras. Luego hacia su impermeable amarillo. Después las botas. La situación era tan grotesca que casi le dio la razón.

—No encontré una motosierra.

Daniela dejó de reír durante un instante. Carlos, increíblemente, sonrió, muy poco, pero Sofía lo vio. Daniela también. Y aquella sonrisa fue un error.

—¿Te hace gracia? —preguntó Daniela.

Carlos volvió la mirada hacia ella.

—No.

—Pues lo parecía.

Sofía aprovechó, corrió, no hacia el bosque, hacia el coche de Carlos, abrió la puerta del conductor, daniela gritó.

—¡Sofía!

Entró, cerró, carlos llegó primero, agarró el tirador, sofía pulsó el cierre.

—¡Abre!

Buscó, llaves, nada, daniela golpeó la ventanilla.

—¡Hija de puta!

Sofía miró el salpicadero, el botón, arranque sin llave, pulsó, nada, la llave estaba demasiado lejos, carlos la llevaba.

—Mierda.

Daniela golpeó otra vez. Sofía vio su cara al otro lado del cristal.

Furia, pura, entonces recordó la garrafa, el maletero.

No podía arrancar. Pero ellos tampoco podían utilizar el coche si conseguía inutilizarlo.

Sofía abrió la puerta del acompañante. Salió por el otro lado, carlos rodeó el vehículo.

Daniela también. Sofía corrió hacia la parte trasera. Abrió el maletero.

Cogió la garrafa. Pesaba.

—¿Qué haces? —gritó Carlos.

Sofía desenroscó el tapón. Daniela dejó de moverse un instante.

—No te atrevas.

Sofía la miró. Y sonrió.

—Ven a buscarla.

Volcó el combustible sobre el interior del maletero. Carlos corrió, sofía lanzó la garrafa dentro, sacó el mechero.

—¡Sofía, no!

Lo encendió, daniela se detuvo. Sofía miró la pequeña llama. Por un instante pensó en lo completamente absurdo de la escena. Dos asesinos en serie. Una cabaña perdida. Ella vestida como un pescador homicida. Y el jersey del hombre que quería matarla debajo de un impermeable amarillo.

—Que os den por el culo.

Lanzó el mechero, el fuego prendió, sofía corrió, detrás escuchó a Daniela gritar, carlos maldijo, las llamas crecieron, sofía alcanzó el bosque, esta vez entró sonriendo, duró poco, pero sonrió, había cometido una estupidez.

Una enorme. Acababa de revelar que ya no era únicamente una presa. También podía joderles la noche.