CAPÍTULO 11 — VOLVER
Sofía tardó en aceptar que había perdido la orientación.
Quiso reconstruir mentalmente la huida, la cabaña, la pista, la subida, las linternas, las rocas, la carrera por la ladera, la caída, después, bosque.
Demasiado bosque. Había corrido sin dirección durante varios minutos y ahora cualquier intento de señalar dónde quedaba la casa era una apuesta.
Se quedó quieta. El temblor había empeorado.
Le castañeteaban los dientes y sentía las manos rígidas dentro de las mangas.
Los pies eran otra cosa. Habían pasado del dolor insoportable a una especie de entumecimiento que le permitía caminar mejor y que, precisamente por eso, la asustaba.
Los miró, apenas distinguía nada, tierra.
Alguna herida. Sangre seca o barro entre los dedos. Se bajó el jersey todo lo posible.
La prenda le cubría parte de los muslos, pero las piernas estaban desnudas.
Cinco grados, quizá cuatro, la temperatura seguiría bajando, no podía esperar al amanecer.
Tenía que moverse. Pensó en el desnivel por el que había caído.
Si conseguía encontrarlo, encontraría la pista.
Y desde la pista podría localizar la cabaña.
O la cancela. O cualquier cosa. Empezó a caminar en la dirección que creyó correcta.
Veinte pasos después se detuvo, miró atrás, todo parecía idéntico.
—Mierda.
Se agachó y cogió una rama. La clavó en el suelo, no servía para nada, pero necesitaba dejar una señal.
Continuó. Los árboles se cerraban a su alrededor.
Avanzaba tocando troncos, apartando ramas, intentando no pisar piedras.
El viento llegaba menos dentro del bosque.
Aquello ayudaba. Muy poco. Sofía metió las manos debajo del jersey y se abrazó el torso.
El olor de Carlos seguía en la lana. Lo odiaba. Y al mismo tiempo aquella prenda estaba impidiendo que se congelara todavía más rápido. La ironía le pareció tan repugnante que soltó una pequeña carcajada. Sonó mal. Una risa sola en mitad del bosque.
—Estupendo.
Continuó andando, una raíz la hizo tropezar. Cayó de rodillas. Esta vez no se levantó inmediatamente. Se quedó apoyada sobre las manos. Respirando. El suelo estaba húmedo. Notó el frío atravesar las rodillas.
—Levántate.
No lo hizo.
—Vamos.
Pensó en Ernesto, y se levantó
Sofía encontró agua. Primero la oyó. Después vio el brillo entre las piedras.
Un arroyo estrecho bajaba por la ladera.
Se agachó, tenía sed, metió las manos, el agua estaba helada, bebió muy poco, se mojó los labios, después recordó algo, el agua bajaba.
El valle estaba abajo. La cabaña se encontraba en una zona elevada, pero la pista también descendía desde allí.
No sabía si seguir el arroyo la acercaría o la alejaría.
Miró alrededor, no tenía ninguna referencia.
Entonces vio algo. Una línea negra entre los árboles.
Demasiado recta, se acercó. Una valla. Alambre sujeto a postes de madera.
Sofía sintió una oleada de esperanza. Aquello lo había puesto alguien.
Y si había una valla, habría una finca. Una pista. Una construcción.
La siguió. Los pies empezaron a doler otra vez.
Agradeció el dolor. Significaba que todavía los sentía.
La valla avanzaba casi paralela al arroyo y después giraba.
Sofía la siguió, cinco minutos, quizá diez, el bosque empezó a clarear, vio cielo, después terreno abierto, y finalmente una estructura.
Se le aceleró el corazón. Más que la cabaña, era un cobertizo.
Pequeño, de piedra, tejado de chapa. Sofía casi corrió hacia él.
La puerta estaba cerrada con un pasador.
No candado, lo levantó, entró, el olor fue lo primero, humedad, madera, animales, cerró, oscuridad, sofía palpó la pared, encontró una estantería, herramientas, una cuerda, algo metálico, buscó sin ver.
—Vamos, vamos...
Sus dedos encontraron una caja, la abrió, nada útil, después una bolsa de plástico, otra, y algo de tela, lo sacó, una manta, o una tela gruesa, no le importó, se envolvió, la sensación fue casi dolorosa, se sentó en el suelo.
No. Recordó que no debía quedarse quieta demasiado tiempo.
Pero necesitaba unos minutos, solo unos minutos, se frotó los brazos, las piernas, los pies.
Tenía cortes pequeños. Uno bastante feo en el talón derecho. Nada que le impidiera andar, encontró unas botas de goma, enormes. Probablemente de hombre. Sofía las miró como si fueran un regalo.
—Te quiero.
Se las puso, sin calcetines, le quedaban grandes, daba igual, se levantó, caminó dos pasos, una se le salió.
—No.
Buscó. Encontró cuerda fina. Cortarla habría sido imposible sin herramienta.
Volvió a la estantería, había unas tijeras de podar.
Las cogió. Cortó dos trozos de cuerda y se ató las botas alrededor de los tobillos.
Probó otra vez, horrible, pero podía caminar, sofía miró las tijeras, las abrió, las cerró, no eran un arma ideal.
Eran un arma. Se las metió en la cintura del jersey.
Después encontró un frontal, pulsó, nada, lo golpeó, seguía muerto.
—Claro.
Dejó el frontal, registró el resto, una garrafa, un martillo, clavos, una pala, un saco de pienso. Una botella vacía. Y, colgada de un gancho, una chaqueta impermeable amarilla. Sofía se la puso encima del jersey. Le llegaba casi a las rodillas. Olía fatal. Sonrió.
—Preciosa.
La imagen de sí misma debía ser absurda.
Ropa interior, jersey masculino. Impermeable amarillo gigantesco.
Botas de goma sujetas con cuerdas. Unas tijeras de podar en la cintura.
Horas antes había elegido un vestido para pasar un fin de semana erótico en la montaña.
Ahora parecía haber atracado a un pastor.
La risa volvió, esta vez duró algo más, le hizo bien.
Muy poco, pero le hizo bien, entonces vio la mochila, estaba detrás de una caja.
La abrió. Vacía salvo por un paquete de pañuelos, una navaja pequeña y una caja de cerillas dentro de una bolsa.
Sofía cogió todo, las cerillas estaban secas, pensó en encender algo, no, el humo, la luz, podían verla, guardó la caja, la navaja, los pañuelos.
Se colgó la mochila, ya no estaba completamente indefensa, ahora necesitaba saber dónde estaba, abrió ligeramente la puerta, oscuridad, ninguna linterna, ninguna voz, salió.
Sofía vio el resplandor entre los árboles. Se agachó, un coche, no distinguía cuál, avanzaba por la pista, muy despacio. Apagó el impulso de correr. Se quedó detrás de la valla. El vehículo pasó a unos cien metros. Las luces iluminaron brevemente los troncos.
Después desaparecieron, sofía esperó, uno, dos, tres minutos, nada, salió, había encontrado la pista, no sabía cómo.
Pero allí estaba. Miró en la dirección por la que había desaparecido el coche.
Después hacia el lado contrario. Si ellos se alejaban, la cabaña estaba en la otra dirección.
Su plan funcionaba, la estaban buscando, ella volvería, cogió aire, empezó a andar.
Las botas hacían un ruido ridículo. Cloc, cloc, cloc.
—Genial.
Intentó pisar con más cuidado. Peor.
—Maravilloso.
El humor negro aparecía sin permiso. Quizá porque la alternativa era llorar.
Siguió, reconoció una curva, después otra, sí, era la pista, la cabaña estaba cerca, sintió miedo, mucho, pero también una energía distinta, ahora tenía ropa, calzado, una navaja, tijeras, podía entrar, coger su teléfono, el de Ernesto, las llaves, ropa.
Y marcharse. Quizá ellos no regresarían hasta dentro de una hora.
Quizá más. La cabaña apareció entre los árboles.
Oscura, sofía se detuvo, no había luces, los coches seguían delante.
El suyo. El de Carlos y Úrsula no. Eso encajaba, esperó, nada se movió, se acercó, diez metros, veinte, el silencio era absoluto, llegó al coche de Ernesto, probó la puerta, cerrada.
Miró los neumáticos. No vio nada raro en la oscuridad.
Continuó hacia la casa. La puerta principal estaba cerrada.
Sofía sintió un pinchazo de pánico. Probó, no.
Rodeó la cabaña. Una de las ventanas del salón.
Cerrada, otra, también, la puerta trasera, sofía apoyó la mano, cedió, entró, el calor residual la envolvió, casi gimió, cerró.
No encendió luces. Las brasas daban suficiente claridad para orientarse. El salón estaba vacío.
La mesa, las copas, los platos, las cartas. Todo seguía allí. La escena de unas horas antes permanecía intacta. Cuatro personas riéndose, bailando, bebiendo, sofía miró hacia las escaleras. Arriba estaba Ernesto. Sintió que las piernas dejaban de sostenerla. Se agarró a la mesa.
—No.
No podía subir, todavía no. Primero lo necesario. Fue hacia donde habían dejado los teléfonos. Nada, miró debajo, nada, los habían cogido.
—Mierda.
Las llaves, buscó su bolso, estaba junto al sofá, lo abrió, cartera, pintalabios, pañuelos, las llaves de casa, no las del coche, ernesto las llevaba, arriba, sofía cerró los ojos, tenía que subir, el primer escalón crujió, sofía se detuvo, nadie respondió, segundo, tercero.
Llegó al pasillo. La puerta de la habitación estaba abierta. No miró dentro. Fue primero a la suya.
Cogió pantalones, calcetines, ropa interior, una camiseta, sus botas de montaña.
Se cambió a toda velocidad. Quitarse el impermeable le produjo un frío instantáneo.
Se puso los pantalones, dos pares de calcetines, las botas.
Mantuvo el jersey de Carlos. No tenía tiempo de buscar otro.
Encima volvió a ponerse el impermeable. Guardó ropa seca en la mochila. Encontró su chaqueta.
La enrolló y la metió como pudo. Después miró el pasillo. Ernesto.
—Joder.
Caminó hacia la otra habitación, no quería verlo, entró, lo vio. Seguía en el suelo. Sofía se llevó una mano a la boca. El cuerpo reaccionó antes que ella. Retrocedió. Chocó contra la pared.
—Cariño...