CAPÍTULO 10 — EL RUIDO
Sofía llegó a la puerta desnuda. Volvió sobre sus pasos, agarró la camiseta del suelo y se la puso mientras Carlos salía detrás de ella abrochándose los pantalones.
—¿Qué coño ha sido eso?
Sofía ya estaba cruzando el pasillo.
—¡Ernesto!
No obtuvo respuesta. La puerta de la otra habitación estaba cerrada. Sofía golpeó con los nudillos.
—¡Ernesto!
Silencio, después oyó movimiento, algo pesado arrastrándose.
—Abre.
Carlos apareció detrás.
—Úrsula.
Nada, sofía agarró el pomo, cerrado.
—¿Por qué está cerrado?
—No sé.
Volvió a golpear.
—¡Ernesto!
Esta vez escuchó una voz, muy baja, no entendió la palabra, pero era él.
—Ernesto.
Golpeó con la palma.
—¡Abre la puerta!
Carlos se acercó.
—Aparta.
—¿Qué vas a hacer?
—Aparta, Sofía.
Retrocedió, carlos embistió con el hombro, la puerta resistió.
—Joder.
Volvió a intentarlo. La madera crujió junto a la cerradura. Sofía sintió que el miedo empezaba a sustituir a la confusión.
—¡Úrsula!
Carlos golpeó una tercera vez. La puerta cedió.
Se abrió de golpe contra la pared. Sofía entró detrás de él.
Tardó un segundo en comprender la habitación.
La lámpara de una mesilla estaba encendida.
Las sábanas habían caído parcialmente al suelo.
Había ropa junto a la cama. Una silla volcada, ernesto estaba en el suelo.
Úrsula, junto a él. Y tenía un cuchillo en la mano.
Sofía se quedó inmóvil. El mundo perdió cualquier lógica.
—¿Qué...?
Úrsula levantó la cabeza, tenía sangre en la cara, no mucha, una salpicadura en la mejilla, otra junto a la boca, el cuchillo estaba rojo, sofía miró a Ernesto.
—No.
Dio un paso. Carlos la agarró por el brazo.
—Sofía.
—Suéltame.
—No.
—¡Suéltame!
Ernesto no se movía. Tenía los ojos abiertos. Sofía vio la sangre extendiéndose bajo su cuerpo.
—Ernesto.
Intentó acercarse. Carlos volvió a detenerla.
—No.
Sofía se revolvió.
—¡Suéltame, hijo de puta!
Lo golpeó. Carlos la soltó. Sofía cayó de rodillas junto a Ernesto. Le tocó la cara.
—Cariño.
Nada.
—Ernesto.
Buscó su cuello con dedos temblorosos. No encontró pulso. No supo si era porque no sabía buscarlo o porque no había ninguno.
—Ernesto, mírame.
Le dio una palmada suave en la mejilla.
—Mírame.
Úrsula seguía de pie. El cuchillo colgaba de su mano. Sofía levantó los ojos.
—¿Qué has hecho?
Úrsula respiraba deprisa, no parecía la misma mujer, la expresión divertida había desaparecido.
—Sofía...
—¿Qué coño has hecho?
Úrsula miró a Carlos. Aquello fue peor que cualquier respuesta. Carlos no preguntó qué había ocurrido. No se acercó a Ernesto. No pareció sorprendido por el cuchillo. Solo miró a Úrsula.
—¿Por qué?
Ella tragó saliva.
—Lo vio.
Carlos cerró los ojos un instante. Sofía los miró a ambos.
—¿Qué vio?
Nadie contestó.
—¿Qué vio?
Úrsula bajó la vista hacia Ernesto.
—Mi cartera.
Sofía no entendía.
—¿Qué?
—Se me cayó.
—¿De qué coño estás hablando?
Úrsula miró otra vez a Carlos.
—Vio el DNI.
Carlos apretó la mandíbula.
—Joder, Daniela.
Sofía dejó de respirar. Daniela. La palabra tardó en encontrar significado. Miró a Úrsula.
—¿Qué has dicho?
Carlos se dio cuenta, demasiado tarde. Úrsula también. Sofía se puso lentamente de pie.
—¿Daniela?
La mujer que conocía como Úrsula no respondió.
—¿Quién es Daniela?
Carlos dio un paso. Sofía retrocedió.
—No te acerques.
—Sofía, escucha.
—¿Quién coño es Daniela?
Úrsula dejó escapar el aire.
—Yo.
Sofía sintió que la habitación se inclinaba. Miró a Ernesto, el DNI. Lo había visto. Había descubierto que Úrsula no era Úrsula. Y ahora estaba muerto. Sofía volvió hacia Carlos.
—¿Y tú?
Él permaneció callado.
—¿Carlos tampoco es tu nombre?
Silencio, la respuesta estaba allí. Sofía sintió náuseas.
Todo se reorganizó dentro de su cabeza con una velocidad brutal.
Las fotografías, no querían salir, las mudanzas.
Los trabajos vagos. Los lugares que Carlos no recordaba.
La casa sin recuerdos. Los apellidos que nunca habían intercambiado.
El aislamiento, la cabaña, aquella puta cabaña, miró a Ernesto.
—Lo habéis matado.
Úrsula dio un paso.
—No tenía que pasar.
Sofía soltó una risa rota.
—Tienes un cuchillo en la mano.
Úrsula lo miró como si acabara de recordar que seguía allí.
—Él vio el nombre.
—¿Y por eso lo has matado?
—Sofía...
—¿Por eso lo has matado?
La voz rebotó contra las paredes. Úrsula se quedó quieta. Carlos intervino.
—Baja la voz.
Sofía sostuvo su mirada, la frase era absurda, estaban en una montaña, no había nadie, nadie iba a oírla, y ellos lo sabían.
Entonces comprendió algo todavía peor. Carlos estaba entre ella y la puerta.
Sofía miró el pasillo detrás de él. Después la ventana, después otra vez a Carlos, él vio el cálculo.
—No hagas ninguna tontería.
—¿Una tontería?
Sofía retrocedió. Úrsula seguía con el cuchillo.
—Sofía —dijo ella—. Podemos hablar.
—Claro.
Sofía asintió.
—Sí.
Carlos la observaba, ella volvió junto a Ernesto, se arrodilló, le acarició el cabello.
—Cariño.
No hubo respuesta. La sangre había llegado hasta su rodilla.
Sofía cerró los ojos, no podía quedarse, la idea apareció limpia.
Si se quedaba allí, moría. No sabía quiénes eran aquellas personas.
No sabía por qué utilizaban nombres falsos.
No sabía cuántas mentiras les habían contado.
Pero sabía una cosa, ernesto había descubierto una, y estaba muerto, abrió los ojos.
Úrsula se había acercado un poco.
—Sofía.
Ella miró el cuchillo.
—Déjalo.
Úrsula no respondió.
—Si quieres que hablemos, deja el cuchillo.
Carlos miró a Úrsula.
—Hazlo.
Ella lo miró. Durante un instante pareció que iba a obedecer. Sofía se levantó. Despacio.
—Déjalo en el suelo.
Úrsula se inclinó, sofía esperó, el cuchillo descendió, todavía en su mano.
Un poco más. Sofía agarró la lámpara de la mesilla.
La lanzó, úrsula se cubrió instintivamente, carlos gritó, sofía corrió, atravesó la puerta, carlos intentó agarrarla, sus dedos rozaron la camiseta.
La tela se estiró. Sofía tiró con todas sus fuerzas. Escapó.
—¡Sofía!
Bajó las escaleras, dos escalones de una vez, casi cayó al llegar abajo, oyó pasos detrás, no sabía de quién, llegó al salón, la puerta principal, fue hacia ella, entonces recordó, fuera hacía frío, muchísimo, miró hacia el perchero, su chaqueta, las botas, no tenía tiempo, los pasos bajaban, agarró lo primero que encontró, el jersey oscuro de Carlos, lo arrancó de la percha.
Abrió la puerta. El frío entró como un golpe.
—¡Sofía, espera!
Carlos, salió. Descalza. La grava le clavó piedras en las plantas de los pies. Corrió, no hacia los coches, las llaves, no tenía ninguna, el bosque, la oscuridad, la pista, la cancela, no sabía. Solo corrió. Detrás, la puerta de la cabaña se abrió.
—¡Sofía!
No miró. Se puso el jersey mientras corría.
Las mangas le sobraban. El cuello conservaba todavía un olor que reconoció.
Carlos, sintió ganas de arrancárselo, no podía, era lo único que tenía, camiseta, ropa interior, el jersey.
Nada en los pies. La temperatura debía rondar los cuatro o cinco grados.
Quizá menos. Corrió hacia la oscuridad. Carlos llegó al exterior y se detuvo.
Sofía no sabía cuánto llevaba corriendo.
Un minuto, cinco. Diez. El tiempo se había convertido en respiración.
Dolor, frío. Piedras. Una rama le golpeó la cara.
Siguió. No veía casi nada. La luz de la cabaña había desaparecido detrás de los árboles.
Le convenía recordar que seguían bien. O quizá no, frenó el paso.
Escuchó. Su propia respiración era demasiado fuerte.
Se tapó la boca, intentó respirar por la nariz, nada, viento, hojas.
Agua en algún punto. Entonces una luz apareció entre los árboles.
Sofía se agachó, linterna, se movía, lejos, detrás.
La estaban buscando. El miedo le atravesó el cuerpo con tanta fuerza que durante un instante dejó de sentir el frío.
Miró alrededor. No reconocía nada. Habían paseado por aquella zona por la mañana, pero con luz todo era diferente.
La pista. Tenía que encontrar la pista. Carlos había dicho que arriba había cobertura.
Podía llamar al 112, guardia Civil, policía, a cualquiera, solo necesitaba una raya, empezó a caminar, no podía correr igual, los pies le dolían demasiado.
Notaba humedad. No sabía si era barro o sangre.
Probablemente ambas cosas. El jersey le llegaba casi hasta medio muslo. Se abrazó a sí misma.
—Vamos.
Su voz sonó ridículamente pequeña, dio otro paso.
Después otro. La montaña descendía hacia un lado.
Eso significaba que la pista probablemente estaba arriba.
O quería creerlo. Comenzó a subir. La luz de las linternas se acercó.
Sofía se ocultó entre unas rocas. Carlos y Úrsula avanzaron por la pista.
—¡Sofía! —gritó él—. No queremos hacerte daño.
Sofía estuvo a punto de reír. Úrsula le pidió que dejara de hacer el imbécil.
Discutieron. La luz pasó cerca. Sofía esperó hasta que se alejaron y volvió a correr.
Tropezó con un desnivel y cayó varios metros entre hojas y piedras.
El golpe le arrancó el aire, pero nada parecía roto.
Se levantó y siguió. Cuando dejó de ver las luces comprendió otra cosa: la montaña iba a matarla si permanecía fuera.
Necesitaba refugio, calor, calzado, un teléfono, llaves.
Todo estaba en la cabaña. Su única oportunidad de sobrevivir estaba exactamente en el lugar del que acababa de escapar.
Sofía respiró profundamente, le dolía el pecho, miró la oscuridad, apareció algo distinto del miedo, rabia, pequeña todavía.
Pero limpia. Úrsula había matado a su marido.
Carlos había elegido protegerla. Y los dos pensaban que Sofía era una mujer semidesnuda, descalza y aterrorizada perdida en una montaña.
Tenían razón en casi todo. Solo se equivocaban en una cosa. Sofía todavía podía pensar. Y mientras pudiera hacerlo, no pensaba ponérselo fácil.