CAPÍTULO 9 — EL PARAÍSO #3
Sofía bebió otra vez. Devolvió la cerveza.
Carlos tomó un sorbo del mismo borde. Ella se dio cuenta.
El gesto tuvo una intimidad absurda después de todo lo que habían hecho.
Aun así, la sintió. Úrsula también parecía observarlos.
Sofía desvió la mirada hacia Ernesto. Él estaba buscando mostaza.
Todo seguía bien. La lluvia paró cerca de las dos. Ernesto propuso salir al porche.
—Estáis locos —dijo Úrsula.
—Cinco minutos.
—Hace cuatro grados.
Sofía levantó la cabeza.
—¿Cuatro?
Carlos miró un termómetro junto a la puerta.
—Cinco.
—Eso lo cambia todo —dijo Ernesto.
—Ah, bueno —respondió Sofía—. Entonces verano.
Se pusieron chaquetas, carlos llevaba debajo el jersey, sofía tiró de una manga.
—Te lo voy a robar.
—Sigues con eso.
—Cada vez me gusta más.
—Cómprate uno.
—No sería el tuyo.
Lo dijo sin pensar. Carlos dejó de sonreír durante un segundo. Sofía también, ernesto estaba abriendo la puerta, úrsula buscaba sus botas, ninguno pareció escucharlos, carlos acercó la cara.
—Eso ha sonado peligroso.
Sofía bajó la voz.
—Cállate.
Salió. El frío le dio en la cara. Respiró. Le vino bien. Fuera, las nubes se habían retirado parcialmente. La montaña era una masa negra contra un cielo lleno de estrellas. Los cuatro permanecieron en el porche. Úrsula abrazada a Ernesto, sofía junto a Carlos, no se tocaban.
—Escuchad —dijo ella.
Todos guardaron silencio, nada, ni un coche. Ni una voz. Solo el sonido lejano del agua y algún movimiento del viento entre los árboles.
—Es increíble —dijo Sofía.
Carlos asintió.
—Sí.
Ernesto miró hacia la oscuridad.
—También da bastante mal rollo.
—No empieces —dijo Sofía.
Úrsula esbozó una sonrisa.
—¿Quieres que cuente una historia?
—No.
—Tengo varias.
—Ni se te ocurra.
—Una muy buena de una pareja que desapareció...
Sofía le tiró suavemente del pelo.
—Te juro que duermes fuera.
Úrsula empezó a reír.
—Vale.
—En serio.
—Vale, vale.
Regresaron, cerraron la puerta, el calor los recibió, sofía se quitó la chaqueta. Carlos hizo lo mismo. Ella volvió a mirar el jersey.
—No.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
—Llevamos dos meses.
La boca de Carlos se curvó apenas.
—Suficiente.
La frase le provocó algo. Sofía bajó la mirada. Quizá dos meses eran suficientes para algunas cosas. Para otras no, a las tres decidieron dormir, esta vez nadie propuso sorteo, úrsula fue quien lo planteó.
—Cambio.
Ernesto la miró.
—¿Cambio qué?
—Parejas.
Carlos apoyó un hombro en la pared.
—Otra vez.
Úrsula asintió.
—Yo quiero dormir con Ernesto.
Sofía miró a su marido. Él sonrió.
—A mí me parece bien.
La decisión llegó hasta ella, carlos no dijo nada, sofía sabía que podía negarse, la puerta abierta, las normas. Los cuatro. Todo seguía dentro de lo acordado.
—Vale.
Úrsula dio una palmada.
—Perfecto.
Subieron. En el pasillo, Sofía entró con Carlos en la misma habitación de la noche anterior. Ernesto y Úrsula en la otra. Pero esta vez Úrsula cerró su puerta. Sofía la vio.
—Eh.
Úrsula asomó la cabeza.
—¿Qué?
—La puerta.
—¿Qué pasa?
—Ayer la dejamos abierta.
Úrsula sonrió.
—Ayer.
Ernesto apareció detrás.
—Si quieres la dejamos.
Sofía alzó la vista hacia él. Quería decir que sí. En cambio preguntó:
—¿Tú estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sofía.
Sonrió. Ella entendió.
—Vale.
Úrsula cerró. El clic de la puerta cambió el pasillo. Sofía entró en su habitación. Carlos permanecía junto a la cama.
—Podemos dejar la nuestra abierta.
Sofía miró hacia la puerta cerrada de enfrente.
—¿Para qué?
Carlos no respondió, ella entró, cerró, no con llave. Solo cerró. La habitación pareció hacerse más pequeña. Carlos la observó.
—¿Estás segura?
Sofía se acercó.
—Deja de preguntármelo.
—Es una buena pregunta.
—Ya.
—Entonces.
Sofía llegó hasta él. Le puso una mano en el pecho.
—Estoy segura de que quiero estar aquí.
Carlos bajó los ojos hacia su mano. Después la miró.
—Eso no es exactamente lo mismo.
—Lo sé.
—Sofía...
Ella lo besó. Esta vez no había nadie mirando.
Ni Ernesto, ni Úrsula, ni desconocidos en un club.
La diferencia fue inmediata. Carlos tardó un instante en responder.
Después la abrazó. Sofía sintió cómo el beso se volvía más profundo.
Le quitó el jersey. Carlos la ayudó. La prenda cayó sobre una silla junto a la puerta. Sofía volvió a besarlo.
Los nervios habían regresado. Pero ya no eran los de su primera noche en el club.
Aquello se parecía demasiado a una infidelidad aunque ambos supieran dónde estaba el otro.
Sofía lo pensó. Y siguió. Carlos la besó en el cuello.
Sus manos recorrieron la espalda de Sofía, bajaron hasta la cintura y volvieron a subir mientras ella le desabrochaba la camisa.
La ropa fue quedando junto a la cama. Esta vez no hubo bromas al principio. Sofía estaba demasiado consciente de cada movimiento. De cada centímetro de distancia que desaparecía. De la puerta cerrada. De Ernesto detrás de otra pared. Carlos la detuvo antes de continuar.
—Mírame.
Sofía lo hizo.
—Todavía podemos parar.
—No quiero.
Aquella respuesta fue cierta, carlos la besó.
Se tumbaron. La intimidad fue distinta a cualquiera de las anteriores porque no tenía alrededor el ruido tranquilizador de los otros.
Sofía no podía mirar hacia un lado y encontrar a Ernesto.
Solo estaba Carlos. Durante unos minutos aquella ausencia la inquietó.
Después dejó de hacerlo. Carlos se movía con atención, adaptándose a ella, esperando sus gestos antes de avanzar.
Sofía dejó de comparar. Le rodeó el cuello, lo acercó, permitió que el deseo sustituyera al pensamiento.
Hubo momentos en que cerró los ojos. Otros en que quiso mantenerlos abiertos.
Quería verlo. Memorizarlo. Ese pensamiento la asustó incluso mientras ocurría.
Carlos besó su hombro. Sofía lo abrazó con fuerza.
Y durante un rato la montaña, las reglas, Ernesto, Úrsula y la culpa quedaron fuera de aquella habitación.
Cuando terminaron, Sofía permaneció tumbada respirando despacio. Carlos estaba junto a ella.
No la tocó. Eso fue lo primero que notó. Se había apartado unos centímetros. Como si supiera que ahora cualquier gesto podía pesar demasiado. Sofía miró el techo.
—Hemos cruzado una línea.
Carlos tardó.
—Sí.
—Ellos también.
—No sabemos qué están haciendo.
—Sabemos por qué han cerrado la puerta.
Carlos sonrió ligeramente.
—Probablemente.
Sofía volvió la cabeza.
—No tiene gracia.
—No me estoy riendo de eso.
—¿Entonces?
—De nosotros.
—¿Qué pasa con nosotros?
Carlos volvió la atención hacia ella.
—Que llevamos dos meses intentando encontrar exactamente dónde está la línea.
Sofía sintió algo incómodo.
—Y acabamos de pasarla.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
Carlos no necesitó pensar.
—No.
Ella tampoco. La ausencia de arrepentimiento convirtió la respuesta en algo insoportable. Sofía cerró los ojos.
—Yo tampoco.
Permanecieron callados, entonces Carlos alargó la mano, no hacia ella, hacia la mesilla.
—¿Agua?
—Sí.
Se levantó. Sofía se quedó tumbada. Oyó algo en la habitación contigua.
Una risa apagada, ernesto. Después Úrsula.
Sofía sonrió a pesar de todo. Quizá aquello seguía siendo justo lo que habían acordado.
Otra forma, más privada, más intensa, pero compartida, carlos regresó con el vaso, se lo dio.
Sofía bebió. Él se sentó en el borde de la cama.
—Voy al baño.
—Vale.
Carlos se puso los pantalones, salió, sofía permaneció sola, miró la ropa esparcida, la camisa de Carlos.
Su vestido. El jersey oscuro sobre la silla.
Sonrió. Se incorporó. Al otro lado de la pared se oyó un pequeño golpe.
Sofía dejó de moverse, escuchó, silencio, después una voz, ernesto, no distinguió qué había dicho, probablemente alguna broma, se oyó a Úrsula responder.
Sofía volvió a tumbarse. Carlos regresó.
—¿Qué?
—Nada. Creo que los otros siguen despiertos.
—Me sorprendería que no.
Se metió de nuevo en la cama. Sofía apoyó la cabeza sobre su pecho. Lo peligroso no era la desnudez, sino la comodidad con la que Sofía había acabado apoyada sobre él. Carlos acarició su cabello.
—¿Qué piensas?
—Que mañana será raro.
—Puede.
—Ernesto y yo tendremos que hablar.
—Úrsula y yo también.
Sofía levantó la cabeza.
—¿Tú se lo vas a contar?
Carlos frunció el ceño.
—Sabe que estamos aquí.
—Ya.
—¿Qué quieres decir?
Sofía se dio cuenta de lo absurda que era la pregunta.
—Nada.
Carlos sonrió.
—Otra vez.
—Cállate.
Apoyó la cabeza de nuevo, podía escuchar su corazón. Pasaron unos minutos. El golpe de la habitación contigua llegó otra vez. Esta vez más fuerte, sofía levantó la cabeza, carlos también.
—¿Has oído?
—Sí.
Esperaron. Algo rozó o chocó contra una pared. La ocurrencia le arrancó una sonrisa.
—Igual deberíamos poner música.
Carlos soltó una risa.
—Probablemente.
Entonces llegó un sonido diferente, una voz, ernesto, no una risa, sofía se incorporó.
—Ernesto.
Carlos también se sentó.
—Espera.
Otro golpe, más seco. Y después el grito. Sofía salió de la cama antes de comprender que estaba haciéndolo.