La otra pareja CAPÍTULO 9 — EL PARAÍSO #2
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CAPÍTULO 9 — EL PARAÍSO #2

—No pienso preguntarte qué hacen.

—Gracias.

—Aunque creo que lo sé.

La boca de Carlos se curvó apenas.

—Yo también.

Se quedaron frente a frente, sofía conocía esa pausa. Aparecía siempre. La distancia entre ellos parecía reducirse antes de que ninguno se moviera. Carlos dejó las cartas.

—Prometimos.

—Ya.

—Los cuatro.

—Lo sé.

Sofía apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces no hagas nada.

—No estoy haciendo nada.

—Me estás mirando.

—Eso no estaba prohibido.

A Sofía se le escapó una sonrisa.

—Eres un tramposo.

—Úrsula hace trampas. Yo interpreto las normas.

—Peor.

Carlos se acercó, no demasiado, suficiente.

—¿Quieres que pare?

Sofía sostuvo su mirada.

—Sí.

Carlos se quedó quieto, la respuesta lo sorprendió, a Sofía también.

—Vale.

Se apartó, y aquello le molestó, muchísimo.

—Joder —dijo ella.

Carlos volvió a mirarla.

—¿Qué?

—Nada.

—Sofía.

Ella soltó aire.

—Que cuando haces lo correcto también me cabreas.

Carlos sonrió.

—Eso parece un problema tuyo.

—Lo es.

—Puedo intentar hacerlo mal.

—No.

—Decídete.

Sofía empezó a reír. La tensión se rompió. Entonces oyó a Úrsula gritar arriba.

—¡¿Dónde hay toallas?!

Carlos levantó la voz.

—¡Armario del pasillo!

—¡No hay!

—¡Sí hay!

—¡Pues son invisibles!

Sofía subió. Encontró las toallas en el mismo armario que Úrsula aseguraba haber mirado.

—Estaban aquí.

—Eso no estaba abierto.

—Lo acabo de abrir.

Úrsula apareció envuelta en una toalla demasiado pequeña. El cabello mojado le caía por la espalda. Ernesto estaba dentro del baño.

—Tu marido me distrae.

—Seguro que ese era el problema.

Úrsula cogió otra toalla.

—Gracias.

Sofía iba a marcharse cuando ella la agarró suavemente del brazo.

—Espera.

—¿Qué?

Úrsula cerró la puerta del baño. Ernesto protestó desde dentro.

—¡Eh!

—Cinco minutos.

—¡Estoy desnudo!

—Tienes experiencia.

Sofía se rio. Úrsula la miró.

—¿Qué habéis hecho abajo?

La pregunta la cogió completamente desprevenida.

—¿Carlos y yo?

—No. Tú y la chimenea.

Sofía sostuvo su mirada. Úrsula esbozó una sonrisa.

—Claro que Carlos y tú.

—Nada.

—¿Nada de verdad?

—De verdad.

—Qué aburridos.

Sofía frunció el ceño.

—No te entiendo.

Úrsula empezó a secarse el cabello.

—Te dije que no me molesta.

—Ya.

—Y él está haciendo un esfuerzo ridículo por comportarse.

Sofía sintió calor.

—¿Te lo ha dicho?

—Lo conozco.

—¿Y qué quieres exactamente?

Úrsula dejó de secarse. La miró.

—Que disfrutemos.

—Eso hacemos.

—Entonces deja de sentirte culpable cada vez que lo miras.

Sofía guardó silencio. Desde el baño, Ernesto golpeó la puerta.

—¡¿Puedo salir?!

Úrsula gritó:

—¡Todavía no!

Sofía empezó a reír.

—Eres horrible.

—Lo sé.

Úrsula se acercó.

—No quiero quitarte a Ernesto.

—Ya.

—Y tú no vas a quitarme a Carlos.

La frase tenía una seguridad absoluta. Sofía sintió algo incómodo.

—Claro que no.

Úrsula sonrió.

—Pues deja de pensar tanto.

Abrió la puerta. Ernesto apareció con una toalla alrededor de la cintura.

—Gracias.

Miró a Sofía.

—Hola.

—Hola.

—Me han secuestrado.

—Te veo traumatizado.

Úrsula le dio una palmada en el trasero.

—Fuera.

Ernesto se volvió.

—¿Eso cuenta como acoso laboral?

—Contabilidad lo investigará.

Bajaron riéndose. A media tarde empezó a llover. Una lluvia fina que fue borrando la montaña detrás de los cristales. La niebla descendió. El exterior desapareció poco a poco. Aquello transformó la cabaña, la sensación de aislamiento aumentó, sofía intentó mirar el teléfono, sin señal.

—Muerto —dijo.

Carlos estaba poniendo más leña.

—Te dije.

—¿Siempre es así?

—Aquí sí.

—¿Y si pasa algo?

—Subiendo por la pista hay algún punto con cobertura.

—¿Cuánto hay que subir?

—Quince minutos andando.

Ernesto miró hacia la ventana.

—Bajo esa lluvia, cuarenta.

—También podemos coger el coche.

—¿Y para qué quieres cobertura? —preguntó Úrsula.

Sofía levantó el teléfono.

—Por saber.

—Eso es adicción.

—Puede.

Úrsula le quitó el móvil.

—Fin de semana analógico.

—Devuélvemelo.

—Mañana.

—Úrsula.

Ella levantó el brazo, sofía intentó cogerlo, úrsula se apartó, terminaron corriendo alrededor del sofá.

—¡Dámelo!

—¡Ven a por él!

—¡Te voy a matar!

—¡Amenazas! ¡Carlos, testigo!

Carlos estaba riéndose.

—No intervengo.

Ernesto se puso de parte de Úrsula.

—Confiscación aprobada.

Sofía se detuvo.

—¿Tú también?

—Por el bien de la empresa.

—Vale.

Se volvió hacia Carlos.

—Dame el tuyo.

Él sacó el teléfono.

—Toma.

Sofía se quedó desconcertada.

—¿Así?

—No tengo señal.

—No tiene gracia.

Carlos dejó el aparato encima de la mesa.

—Pues ya somos libres.

Úrsula puso los cuatro teléfonos juntos.

—Hasta mañana.

Sofía terminó aceptándolo. La decisión resultó más agradable de lo esperado.

Sin pantallas. Sin mensajes. Sin posibilidad de que nadie los llamara.

Solo ellos. La tarde se convirtió en noche sin que se dieran cuenta.

Prepararon la cena juntos, abrieron otra botella.

Sofía puso música. Ernesto consiguió hacer bailar a Carlos durante treinta segundos.

El resultado fue tan malo que Úrsula acabó sentada en el suelo riéndose.

—¡Te dije que no sabía!

Carlos señaló a Sofía.

—Esto es culpa vuestra.

—Yo no he hecho nada.

—Tu marido me ha obligado.

Ernesto levantó las manos.

—Te he enseñado dos pasos.

—Eran cuatro.

—Dos repetidos.

—Horribles.

Sofía se acercó.

—Ven.

—No.

—Yo te enseño.

—Prefiero morir.

—Qué dramático.

Le cogió las manos, carlos protestó, sofía empezó a moverse.

—Solo sígueme.

—Ese consejo ha terminado mal en muchas películas.

—Cállate.

Carlos acabó siguiéndola, mal, pero lo hizo, sofía se reía. Él también. Úrsula los miraba desde el suelo. Ernesto le ofreció una mano.

—Nosotros.

—Tú bailas peor.

—Imposible.

Se levantaron. Durante una canción estuvieron los cuatro haciendo el ridículo en el salón.

Sin club, sin desconocidos. Sin sexo. Sofía pensó que aquel quizá era el mejor momento desde que los habían conocido.

Después comenzó una canción más lenta. Ernesto acercó a Úrsula.

Carlos todavía tenía las manos de Sofía.

Nadie cambió de pareja, sofía levantó la mirada, él estaba muy cerca.

—Esto sí sé hacerlo —dijo Carlos.

—Porque no tienes que moverte.

—Exacto.

Las manos de Carlos llegaron a su cintura.

Sofía apoyó las suyas en sus hombros. Ernesto y Úrsula estaban junto a ellos.

La luz del fuego se reflejaba en las ventanas negras.

Carlos la miraba, sofía dejó de reír, esta vez no hubo duda, lo besó, no escondidos, no solos, allí, a pocos pasos de Ernesto, carlos respondió, el beso fue lento.

Sofía sintió sus manos cerrar la distancia entre ambos.

Cuando abrió los ojos, Ernesto estaba besando a Úrsula.

La imagen le provocó excitación, y alivio, seguían siendo los cuatro, sofía volvió hacia Carlos, lo besó otra vez.

No subieron inmediatamente. La intimidad se extendió por el salón de forma natural.

Besos. Caricias. Ropa que empezó a resultar incómoda.

La chimenea calentaba tanto que nadie echaba de menos los jerséis.

Úrsula se sentó en el sofá con Ernesto. Sofía permaneció de pie frente a Carlos. Él deslizó las manos por su cintura y la atrajo. Sofía sintió su respiración contra el cuello. Se estremeció, le quitó la camisa despacio, carlos esbozó una sonrisa.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez.

—Me gusta cuando mandas.

Sofía levantó una ceja.

—No estoy mandando.

Tiró de la camisa.

—Quítatela.

Carlos se rio.

—Claro.

Obedeció. Sofía pasó las manos por su pecho.

Ya conocía su cuerpo. Aun así había detalles que seguía descubriendo.

La pequeña cicatriz. La piel algo más clara donde normalmente quedaba cubierta.

La tensión de los músculos cuando ella acercaba los dedos.

Carlos la besó. El encuentro fue ganando intensidad sin perder aquella sensación de juego compartido.

Sofía volvió con Ernesto, lo besó, sintió sus manos conocidas y se dejó envolver unos minutos por la seguridad de su cuerpo.

Después Úrsula se acercó. Sus labios encontraron los de Sofía. La besó mientras Ernesto seguía abrazándola. Sofía soltó una risa entre ambos.

—Esto es trampa.

—Aquí hacemos trampas —dijo Úrsula.

Carlos apareció detrás.

—Confirmo.

Durante un instante Sofía quedó rodeada por los tres y pensó en lo imposible que habría resultado aquella imagen meses atrás.

No sintió vergüenza. Sintió deseo. La noche continuó en el salón y después arriba, con las puertas abiertas y los cuatro entrando y saliendo de las habitaciones sin una distribución fija.

Hubo momentos de dos, momentos de tres y momentos en los que alguien simplemente se quedaba mirando mientras los demás seguían.

Sofía descubrió que la excitaba especialmente saber dónde estaba Ernesto aunque no lo estuviera tocando.

Escuchar su voz en la habitación contigua.

Encontrarlo unos minutos después. Besarlo y reconocer en su piel el perfume de Úrsula.

Y, al mismo tiempo, empezó a buscar a Carlos casi de manera involuntaria.

Si salía de una habitación, lo localizaba.

Si desaparecía hacia el baño, notaba su ausencia.

Si estaba con Úrsula, Sofía esperaba el momento en que volviera a acercarse.

No quiso pensar en aquello. Aquella noche no.

Cerca de la una, volvieron a bajar. Hambrientos, despeinados.

A medio vestir. Ernesto apareció con unos pantalones de pijama y sin camiseta.

Úrsula llevaba la camisa de Carlos. Sofía se había puesto una camiseta larga.

Carlos apareció con el jersey oscuro que ella había amenazado con robarle.

—Otra vez ese —dijo Sofía.

—Hace frío.

—No aquí.

—No confío en ti.

—Bien haces.

Prepararon bocadillos. El contraste era tan absurdo que terminaron riéndose.

—Estamos degenerando —dijo Ernesto con la boca llena.

—¿Ahora? —preguntó Úrsula.

—Hace dos meses cenábamos civilizadamente.

—Hace dos meses no nos conocías.

—Exacto.

Carlos abrió una cerveza.

—Ahí está el origen del problema.

Sofía le quitó la botella. Bebió.

—Gracias.

—Pide la tuya.

—Esta está abierta.

—Argumento impecable.