La otra pareja CAPÍTULO 9 — EL PARAÍSO
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CAPÍTULO 9 — EL PARAÍSO

Sofía despertó con luz en la habitación y durante unos segundos no supo dónde estaba.

El techo de madera fue la primera pista.

Después llegó el frío que se colaba por encima del edredón, el olor tenue de la chimenea apagándose abajo y, finalmente, Carlos.

Dormía a su lado. Estaba de espaldas, casi en el borde de la cama, exactamente donde se había quedado horas antes después de asegurarle que respetaría la distancia.

Sofía permaneció inmóvil. La puerta seguía abierta. Al otro lado del pasillo no se oía nada. Se incorporó lo suficiente para mirar el reloj sobre la mesilla. Ocho y veintisiete. Carlos se movió.

—¿Qué hora es?

La voz todavía dormida sonó más grave.

—Temprano.

—Entonces no me interesa.

Volvió a acomodarse. Sofía sonrió.

—Son las ocho y media.

—Eso en fin de semana es madrugada.

—En la montaña llevamos una hora de retraso respecto a la civilización.

Carlos abrió un ojo.

—Te acabas de inventar eso.

—Completamente.

—Buenos días.

—Buenos días.

Ninguno se movió. La noche anterior había terminado de una forma extrañamente casta después de todo lo ocurrido abajo.

Se habían acostado, habían hablado un poco y se habían quedado dormidos sin besarse siquiera.

Sofía se había despertado varias veces. En una encontró a Carlos mirando al techo.

En otra él dormía. En otra oyó reír a Úrsula en la habitación contigua.

No había sentido celos. O quizá estaba demasiado cansada. Ahora, con la luz gris entrando por la ventana, estar solos en una cama volvía a tener otro significado. Carlos se giró.

—¿Has dormido?

—Bastante.

—Yo fatal.

—¿Por mí?

—Por la cama.

—Claro.

—Te mueves muchísimo.

Sofía abrió los ojos.

—¡Pero si apenas hemos estado cerca!

—Precisamente porque cada vez que te acercabas yo me iba al borde.

—Mentiroso.

—Tengo marcas de la pared.

—En este lado no hay pared.

Carlos miró detrás.

—Entonces tengo un problema más grave.

Sofía empezó a reír, él también. La risa atravesó el pasillo. Una voz llegó desde la otra habitación.

—¡Como estéis follando sin nosotros, os mato!

Sofía se tapó la boca. Carlos levantó la voz.

—¡Estamos hablando!

—¡Peor! —respondió Úrsula.

Esta vez Sofía no pudo contenerse. Ernesto dijo algo que no entendieron. Después se oyó a Úrsula protestar.

—Creo que tu marido está siendo víctima de violencia —dijo Carlos.

—Se lo merece.

—Bonita manera de empezar el día.

Sofía apartó el edredón. El frío le recorrió las piernas.

—Joder.

—Te lo advertí.

Buscó los pantalones. Carlos se incorporó y cogió el jersey que había dejado sobre una silla. Era oscuro, grande, grueso, se lo puso, sofía sostuvo su mirada.

—Bonito.

—Gracias.

—Parece cómodo.

—Mucho.

—Te lo voy a robar.

Carlos tiró de las mangas.

—Ni se te ocurra.

—Demasiado tarde. Lo he decidido.

—Es mi favorito.

—Entonces me interesa más.

—Ladrona.

A Sofía se le escapó una sonrisa. Aquel jersey le quedaba especialmente bien.

No tenía nada extraordinario. Lana oscura, cuello redondo, ligeramente grande incluso para él.

No volvió a pensar en ello. Desayunaron en la mesa del salón.

Ernesto había encontrado café. Úrsula había encontrado una sartén.

La combinación produjo huevos revueltos, pan tostado y una discusión sobre si era legal servir aquel café a seres humanos.

—Está perfecto —defendió Ernesto.

Carlos bebió. Hizo una mueca.

—Esto puede quitar pintura.

—El señor café solo se queja.

—Porque puedo saborear el delito sin leche que lo disimule.

Sofía probó el suyo.

—Es horrible.

—Traidores.

Úrsula levantó el tenedor.

—Yo no he dicho nada.

—Porque no has bebido.

—Exacto.

El sol empezó a abrirse paso entre las nubes mientras desayunaban.

La transformación del paisaje fue espectacular.

Sofía se levantó con la taza y se acercó a la ventana.

La noche anterior había visto oscuridad.

Ahora la montaña ocupaba todo, bosque. Roca.

Laderas que parecían superponerse unas detrás de otras.

Una fina capa de niebla permanecía en las zonas bajas y el sol iluminaba las cumbres más altas.

—Venga —dijo Úrsula—. Nos vamos fuera.

Ernesto levantó la vista del plato.

—Acabo de sentarme.

—Llevas sentado veinte minutos.

—Precisamente.

—Hay un sendero.

Carlos sostuvo sus ojos.

—¿Qué sendero?

—El que vimos ayer.

—Ese no es un sendero.

—Es un camino.

—Tampoco.

Úrsula se encogió de hombros.

—Pues una cosa por la que se puede andar.

La ocurrencia le arrancó una sonrisa.

—Gran guía.

—Confía en mí.

Carlos dejó la taza.

—Frase que suele preceder a una desgracia.

Caminaron durante algo más de una hora. No fueron lejos. La cabaña permaneció visible durante buena parte del recorrido, hasta que una pequeña elevación la ocultó. Sofía se detuvo.

—Ya no se ve.

Ernesto caminaba delante con Úrsula. Carlos estaba detrás.

—Está a menos de un kilómetro —dijo.

—Ya.

—No nos hemos perdido.

—No he dicho eso.

—Lo estabas pensando.

Sofía miró alrededor.

—Esto de noche tiene que ser otra cosa.

Carlos se colocó junto a ella.

—Mucho peor.

—Gracias.

—Si no conoces la zona, sí.

—¿Tú la conoces?

—Algo.

—¿Has venido muchas veces?

Carlos tardó medio segundo.

—Varias.

—Pensaba que era de un amigo.

—Lo es.

—¿Y te la deja mucho?

Carlos señaló hacia Ernesto y Úrsula.

—Van a dejarnos atrás.

Sofía notó el cambio de tema. No insistió. Alcanzaron a los otros. El camino desembocaba en una zona abierta desde la que se veía un valle enorme. Úrsula extendió los brazos.

—¿Ahora entendéis por qué quería venir?

Ernesto estaba jadeando.

—Yo entiendo que deberíamos haber venido en coche.

—Has andado un kilómetro.

—Ascendente.

Sofía le dio un beso.

—Estás viejo.

—Tengo treinta y seis.

—Exacto.

—Tú tienes treinta y cuatro.

—Soy joven.

—Dos años.

—Un abismo generacional.

Carlos se sentó sobre una roca.

—Yo tengo treinta y cinco. ¿En qué grupo estoy?

Sofía lo miró.

—En transición.

—Perfecto.

Úrsula se acercó a él. Se colocó entre sus piernas y apoyó las manos en sus hombros.

Carlos la abrazó, sofía observó. Seguía sintiendo algo.

Pero aquella mañana la sensación era distinta.

Quizá porque Ernesto estaba a su lado. Quizá porque el paisaje conseguía empequeñecer incluso los problemas.

Ernesto pasó un brazo alrededor de ella.

—Foto.

Sofía sacó el teléfono, no tenía cobertura, la cámara sí funcionaba.

—Venid.

Úrsula levantó una mano.

—Sin mí.

—Otra vez.

—Sabes que odio las fotos.

—Estamos en Picos.

—Haz el paisaje.

—Quiero una de los cuatro.

Carlos también negó.

—Yo paso.

Ernesto se rio.

—Sois las únicas personas del mundo que viajan y no quieren fotografías.

—Ventajas —dijo Úrsula—. Nadie tiene pruebas.

Sofía sonrió.

—Eso suena turbio.

—Me gusta ser misteriosa.

—Pues una de nosotros dos —dijo Ernesto.

Sofía se colocó junto a él. Carlos cogió el teléfono.

—Eso sí.

Hizo varias. Después Sofía obligó a Ernesto a fotografiarla con Úrsula. Ella protestó. Acabó aceptando.

—Pero no la subas a ningún sitio.

—Ni siquiera uso casi redes.

—Pues perfecto.

Sofía se colocó junto a ella. Úrsula la abrazó por la cintura. La fotografía quedó bonita.

—Envíamela luego —dijo Úrsula.

—Claro.

—Y bórrala.

Sofía la miró.

—¿Cómo?

Úrsula sonrió.

—Era broma.

—Estás fatal.

—Mucho.

Carlos había apartado la mirada hacia el valle. Sofía volvió a guardar el teléfono. Regresaron cerca del mediodía. Ernesto encendió la chimenea otra vez. Carlos preparó comida. Sofía descubrió que cocinaba bastante mejor que él mismo había dado a entender.

—¿Fotógrafo y cocinero? —preguntó—. Estás acumulando puntos.

Carlos cortaba cebolla.

—Muchos años viviendo solo.

Úrsula levantó la mirada desde el sofá.

—¿Solo?

Carlos se detuvo.

—Antes de ti.

—Eso espero.

—Hace mucho.

—Más te vale.

La respuesta era una broma. Sofía se quedó con otra cosa.

Por lo que ellos habían contado, llevaban muchísimos años juntos.

Habían dicho que se conocieron muy jóvenes.

Carlos tenía treinta y cinco, muchos años viviendo solo, podía referirse a cualquier etapa, sofía no preguntó, se sentó en la encimera.

—¿Ayudo?

—Puedes cortar eso.

Carlos le dio un pimiento.

—¿Eso?

—Eso.

—Soy interiorista. No ayudante de cocina.

—Pues haz una composición.

Sofía cogió el cuchillo.

—Como me corte, te denuncio.

—No sabes mi apellido.

Ella dejó de cortar, carlos también, se miraron.

—Es verdad —dijo Sofía.

—¿Qué?

—No sé vuestro apellido.

Úrsula intervino desde el salón.

—Ni falta que hace.

—Vosotros tampoco sabéis el nuestro.

Ernesto levantó una mano.

—García.

Sofía empezó a reír.

—Imbécil.

Carlos continuó cortando.

—Así estamos todos seguros.

—¿De qué?

—De que Ernesto no nos venda datos comerciales.

—Yo ya tengo vuestros teléfonos —respondió él.

Úrsula señaló a Carlos.

—Error estratégico.

—Gravísimo.

La conversación murió entre bromas, sofía volvió al pimiento.

No pensó en apellidos. La tarde tuvo algo de vacaciones de verano aunque fuera otoño y afuera hiciera frío.

Comieron demasiado, bebieron vino, jugaron a cartas.

Úrsula hacía trampas. Carlos insistía en que siempre lo hacía. Ernesto terminó registrando sus mangas.

—¿Qué buscas?

—Cartas.

—¿Dentro del jersey?

—Te conozco desde hace dos meses. No sé de qué eres capaz.

—Muchísimo.

Sofía estaba riéndose cuando Úrsula se levantó de golpe y tiró las cartas sobre la mesa.

—Me aburro.

—Vas perdiendo —dijo Carlos.

—Coincidencia.

—Claro.

Úrsula miró hacia las ventanas.

—Quiero ducharme.

Ernesto levantó las cejas.

—Información importante.

—No he terminado.

Se acercó a él.

—Ven.

Ernesto miró a Sofía. Ella sonrió.

—Vete.

—¿Seguro?

Úrsula lo agarró de la mano.

—No le des tiempo para pensarlo.

Ernesto se levantó.

—Si no vuelvo...

—Te quedas sin cenar —dijo Sofía.

Subieron. Carlos recogió las cartas.

—Hace trampas.

—Ya.

—Siempre.

—Déjala ganar.

—Jamás.

Sofía empezó a ayudarlo. Durante varios minutos permanecieron solos. La casa volvió a adquirir aquel silencio extraño que tenía cuando nadie hablaba. Se oía agua en el piso superior. Después una risa. Sofía colocó una baraja sobre la mesa.