CAPÍTULO 8 — LA CABAÑA #3
—Sí —dijo—. Elegiría a Carlos.
Ernesto asintió. Úrsula sonrió.
—¿Ves?
Carlos permaneció callado. Sofía dejó la copa.
—Te toca.
Úrsula se volvió hacia Ernesto.
—Verdad o reto.
—Verdad.
—¿Con quién te irías tú?
Ernesto miró a Sofía. Después a Úrsula.
—Contigo.
Úrsula levantó la copa.
—Pues ya tenemos dos islas.
La tensión se rompió, todos rieron, incluso Sofía.
Carlos también. Durante un rato, el juego continuó.
Y después dejó de ser un juego. Úrsula se levantó, se acercó a Ernesto, se sentó sobre sus piernas, lo besó, sofía los observó, carlos seguía en el sillón, ella lo miró, él no se movió, la regla estaba allí, invisible, sofía se levantó.
Cruzó el espacio entre ambos. Se sentó en el brazo del sillón. Carlos levantó la vista.
—¿Seguro?
Sofía respondió besándolo. La chimenea crepitaba a pocos metros. Fuera, el viento golpeaba las ventanas. Carlos rodeó su cintura. Sofía sintió cómo todo lo que habían intentado contener durante las últimas semanas regresaba de golpe. Se separó.
—Aquí.
Carlos la miró sin entender.
—¿Qué?
Sofía señaló el salón, a Ernesto, a Úrsula.
—Aquí. Los cuatro.
Él asintió.
—Los cuatro.
Volvieron a besarse. La noche continuó entre caricias, besos y una intimidad cada vez más desinhibida, pero Sofía mantuvo una parte de su atención en Ernesto.
Lo buscó varias veces, se acercó a él, volvió a su marido y dejó que aquella experiencia siguiera siendo compartida.
Necesitaba que fuese así. Cuando Carlos la abrazaba, Sofía veía a Ernesto.
Cuando Úrsula se acercaba a ella, podía escuchar la risa de Carlos.
No existían habitaciones cerradas, ni secretos, ni teléfonos. Nada que esconder. Durante unas horas, las reglas volvieron a funcionar. Cerca de las dos, Ernesto salió al porche para coger más leña. Sofía se puso el jersey y fue detrás.
—Te ayudo.
El frío le mordió las piernas.
—Joder.
Ernesto se rio.
—Te lo dije.
—Coge rápido eso.
Había dejado de llover, pero el suelo estaba húmedo. Sofía levantó la vista. Las nubes se habían abierto parcialmente. Entre ellas aparecían estrellas. Muchas más de las que estaba acostumbrada a ver.
—Mira.
Ernesto dejó los troncos. Se colocó a su lado.
—Impresionante.
Sofía apoyó la cabeza sobre su hombro. Permanecieron así unos segundos.
—¿Estamos bien? —preguntó.
Ernesto pasó un brazo alrededor de ella.
—Sí.
—Lo de antes...
—La isla.
—Sí.
—Habría elegido a Úrsula.
La ocurrencia le arrancó una sonrisa.
—Ya.
—Y tú a Carlos.
—Sí.
—No pasa nada.
Ella lo abrazó.
—Te quiero.
—Yo también.
Se besaron bajo aquel cielo enorme. Sofía sintió que podía hacerlo, que podían. Encontrar la distancia justa. Disfrutar de aquello sin destruir nada. Regresaron al interior. Úrsula estaba sirviendo otra copa. Carlos cerraba una de las contraventanas.
—¿Qué hacíais? —preguntó ella.
—Sexo salvaje en el porche —respondió Ernesto.
—Habéis tardado poco.
—Somos eficientes.
Sofía se rio, carlos la miró, ella sonrió. Todo estaba bien. A las tres y media decidieron acostarse. La distribución de las habitaciones volvió a convertirse en motivo de discusión.
—Chicas y chicos —insistió Úrsula.
—Parejas originales —dijo Ernesto.
Carlos levantó una mano.
—Yo voto por dormir.
Sofía bostezó.
—Yo también.
Úrsula la miró.
—¿Con quién?
—Con una almohada.
—Aburrida.
Terminaron decidiendo mediante una moneda, ernesto la lanzó, cara, úrsula esbozó una sonrisa.
—Intercambio.
Sofía miró a Ernesto. Él levantó las manos.
—El destino.
Carlos no dijo nada. Subieron. Sofía entró en una habitación con Carlos.
Úrsula y Ernesto ocuparon la otra. La puerta quedó abierta, eso lo propuso Sofía, carlos no protestó, se metieron en la cama, durante varios minutos ninguno habló.
La casa estaba en silencio. Sofía podía escuchar vagamente las voces de Ernesto y Úrsula al otro lado del pasillo. Carlos estaba tumbado boca arriba.
Ella de lado.
—Esto es raro —susurró Sofía.
—Podemos cambiar.
—No.
Carlos giró la cabeza.
—Vale.
—Solo he dicho que es raro.
—Lo es.
Sofía miró hacia la puerta abierta.
—No hagas que me arrepienta.
Carlos tardó un momento.
—No lo haré.
Ella cerró los ojos, sintió cómo él se movía, no se acercó. No la tocó. Aquello, de alguna manera, la tranquilizó.
—Carlos.
—¿Sí?
Sofía abrió los ojos.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por entenderlo.
Él sonrió.
—Buenas noches, Sofía.
—Buenas noches.
La oscuridad regresó. Pasaron varios minutos. Sofía estaba a punto de dormirse cuando oyó un ruido. Abrió los ojos. No venía de la otra habitación. Ni de abajo, parecía proceder del exterior, un golpe seco, después otro, sofía se incorporó, carlos abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
—¿Has oído eso?
Los dos permanecieron quietos. Nada.
—Será una rama —dijo él.
Sofía escuchó. El viento había aumentado.
—Puede.
Volvió a tumbarse, carlos cerró los ojos. Sofía tardó algo más. En algún lugar de la casa, una madera crujió. Después silencio, se obligó a relajarse, estaban en mitad del monte, los montes tenían ruidos, las casas de madera también, no había nada extraño, cerró los ojos.