La otra pareja CAPÍTULO 8 — LA CABAÑA #2
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CAPÍTULO 8 — LA CABAÑA #2

—A Carlos le gustas.

—Ya.

—Mucho.

Sofía sintió calor a pesar del frío de la habitación.

—Eso tampoco ayuda.

—A mí sí.

Úrsula acarició su brazo.

—Me gusta verlo contigo.

La besó, sofía respondió, el beso fue lento, úrsula se separó.

—Relájate.

A Sofía se le escapó una sonrisa.

—Lo intento.

—Hemos venido a disfrutar.

—Ya.

—Los cuatro.

Sofía la miró.

—Los cuatro.

Carlos consiguió encender la chimenea. Ernesto se atribuyó inmediatamente la mitad del mérito.

—Yo he traído la leña.

—Estaba fuera —dijo Carlos.

—La he metido.

—Tres troncos.

—Los mejores.

Sofía y Úrsula prepararon algo de picar mientras ellos discutían.

Abrieron vino, pusieron música. La casa empezó a calentarse.

A las nueve, la oscuridad exterior era absoluta.

Sofía se acercó a una ventana. Solo vio su reflejo, apagó una lámpara, entonces apareció el exterior, negro, ni una luz, nada.

—Ven —dijo a Ernesto.

Él se acercó.

—¿Qué?

—Mira.

—No se ve nada.

—Precisamente.

Ernesto apoyó una mano sobre su hombro.

—Querías desconectar.

—Esto es desconectar bastante.

Carlos estaba poniendo platos sobre la mesa.

—El pueblo más cercano está al otro lado del valle.

—¿Y la carretera? —preguntó Sofía.

—La pista por la que hemos venido.

—Ya.

—¿Te da mal rollo?

Ella volvió hacia él.

—Un poco.

Úrsula apareció con una botella.

—No le cuentes lo de los asesinatos.

Sofía la miró.

—¿Qué asesinatos?

Carlos cerró los ojos.

—Úrsula.

—¿Qué asesinatos?

Ernesto empezó a reír.

—Ya la has jodido.

Úrsula parecía encantada.

—Ninguno aquí.

—Eso no mejora la frase.

—En Picos hay historias de todo.

—No quiero saberlas.

—Desapariciones.

—Úrsula.

—Gente que se pierde.

—Me voy.

—Con este frío no llegas ni a la cancela.

Sofía le lanzó una servilleta. Úrsula la esquivó.

—Cobarde.

—Psicópata.

Carlos levantó la copa.

—Ya salió el perfil criminal.

Sofía lo señaló.

—Tú tampoco ayudas.

—Yo he intentado detenerla.

Ernesto se sentó.

—Ahora quiero saberlo.

—No —dijo Sofía.

—Sí.

—No.

—Mandarina.

Los cuatro se quedaron en silencio. Después Ernesto empezó a reír. Sofía le dio un golpe en el hombro.

—Esa palabra no se usa para eso.

—No especificamos.

—Eres gilipollas.

—Pero ha funcionado.

Cenaron entre bromas. Bebieron más de lo previsto.

La chimenea calentó finalmente el salón hasta convertir los jerséis en innecesarios.

Sofía se quitó el suyo. Debajo llevaba una camiseta fina.

Carlos volvió la atención hacia ella. Solo un instante, úrsula lo vio, sofía también.

Nadie dijo nada. Después de cenar movieron las copas hacia el sofá.

Úrsula se sentó en la alfombra, apoyada contra las piernas de Ernesto.

Carlos ocupó uno de los sillones. Sofía se acomodó en el sofá. La música sonaba baja. El fuego llenaba los silencios. Durante un rato hablaron de viajes. Carlos contó una historia sobre una tormenta que supuestamente lo había dejado aislado dos días mientras trabajaba.

—¿Dónde? —preguntó Sofía.

Él bebió antes de responder.

—Pirineos.

—¿En qué zona?

—Por Huesca.

—Eso es muy grande.

Carlos sonrió.

—No me acuerdo.

Sofía frunció el ceño.

—¿No te acuerdas de dónde te quedaste aislado dos días?

Úrsula respondió por él.

—Carlos tiene memoria selectiva.

—Eso parece.

—Recuerdo el hotel —dijo Carlos.

—¿Cuál?

Él la miró.

—No vas a hacerme un interrogatorio.

Sofía levantó las manos.

—Vale.

—Era una mierda.

—Información muy precisa.

Carlos esbozó una sonrisa, la conversación siguió, pero Sofía guardó aquel detalle.

No sabía por qué. Quizá porque trabajaba con espacios y recordaba todos los lugares en los que había pasado una noche.

Mucho más si una tormenta la hubiera dejado aislada durante dos días. A las once, Úrsula propuso un juego.

—Ni se te ocurra —dijo Carlos.

—Todavía no sabes cuál.

—Por eso.

—Verdad o reto.

Ernesto se rio.

—Tenemos treinta y tantos años.

—Precisamente.

Sofía levantó la copa.

—Yo juego.

—Traidora —dijo Carlos.

Úrsula sonrió.

—Perfecto.

Empezaron con tonterías. Ernesto tuvo que reconocer cuál había sido el lugar más absurdo donde había mantenido relaciones.

Úrsula confesó que una vez había fingido un orgasmo en una relación anterior y se vio obligada a defender durante cinco minutos por qué aquello no la convertía en una delincuente.

Carlos eligió reto. Ernesto le hizo beber una mezcla repugnante de vino y licor.

—Esto no es un reto —protestó Carlos—. Es un envenenamiento.

—Bebe.

Carlos bebió. Su cara hizo reír a Sofía hasta que le dolió el estómago. Después le tocó a ella. Úrsula la miró.

—Verdad o reto.

—Verdad.

—Cobarde.

—Pregunta.

Úrsula pensó.

—¿Con cuál de nosotros te irías a una isla desierta?

Sofía dejó de sonreír.

—Eso tiene trampa.

—Claro.

—Con Ernesto.

—Respuesta matrimonial.

—Es mi marido.

—Lo sé.

Ernesto levantó la copa.

—Buena elección.

Úrsula insistió:

—Ernesto no cuenta.

Sofía la miró.

—Entonces contigo.

—Mentira.

El silencio llegó sin aviso. Carlos bajó los ojos hacia su copa. Ernesto miró a Úrsula. Sofía sintió que algo cambiaba.

—¿Por qué mentira?

Úrsula esbozó una sonrisa.

—Porque elegirías a Carlos.

Nadie se rio. Sofía bebió.

—Pues no preguntes si ya sabes la respuesta.

Carlos levantó los ojos, ernesto la observaba, sofía sostuvo su mirada, no quería mentir, no otra vez.