La otra pareja CAPÍTULO 8 — LA CABAÑA
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CAPÍTULO 8 — LA CABAÑA

La propuesta del fin de semana ocupó el grupo durante dos días.

Úrsula se encargó de casi todo. El viernes podrían salir después de trabajar.

Desde allí tendrían todavía un buen tramo de carretera, el último bastante más lento, y convenía llegar antes de que anocheciera por completo.

La cabaña tenía electricidad, agua caliente, calefacción y una chimenea que, según Carlos, funcionaba perfectamente.

Ernesto preguntó por internet. La respuesta llegó de Carlos: Muy poco.

Sofía: ¿Muy poco cuánto es? Depende. Ernesto: Respuesta tranquilizadora.

Carlos: Hay puntos donde entra algo. Dentro de la casa casi nada.

Úrsula: Fin de semana sin teléfonos. Maravilloso.

Sofía amplió otra vez la fotografía de la cabaña.

Llevaba haciéndolo desde el jueves, era bonita.

Mucho. Una construcción robusta de piedra gris, restaurada sin perder el aspecto antiguo, con contraventanas de madera y un tejado inclinado preparado para soportar nieve.

A un lado se veía una estructura más pequeña, quizá un cobertizo.

Al otro, la ladera descendía hasta un bosque que parecía interminable.

Detrás se levantaban las montañas. No aparecía ninguna otra casa.

—¿Dónde está exactamente? —preguntó Sofía aquella noche.

Ernesto estaba preparando una bolsa.

—Nos han mandado ubicación.

—Ya. Pero ¿qué hay cerca?

—Montaña.

—Gracias.

—Preguntas, yo respondo.

Sofía le lanzó unos calcetines. Ernesto los metió en la bolsa.

—Hay un pueblo a unos kilómetros.

—¿Cuántos?

—No sé. Quince. Veinte.

—Eso no es cerca.

—Para Madrid no.

—No estamos en Madrid.

Ernesto levantó una sudadera.

—¿Esta?

—Sí.

—¿Dos?

—Lleva tres.

—Son dos noches.

—Montaña. Octubre. Tres.

Ernesto obedeció. Sofía estaba preparando más ropa de la que necesitaba. Dos jerséis, botas, zapatillas, vaqueros, camisetas, ropa interior, una chaqueta gruesa y otra impermeable. También había metido un vestido. Ernesto lo encontró.

—¿Esto es para subir al monte?

Sofía se lo quitó.

—No mires.

—Es difícil no mirar cuando ocupa media bolsa.

—No ocupa media bolsa.

—¿Hay cena de gala?

—Puede.

—¿Tengo que llevar traje?

—Tú vas a cenar desnudo.

A Ernesto se le dibujó una sonrisa.

—Entonces ahorramos equipaje.

Sofía dobló el vestido.

—Úrsula dijo que lleváramos algo bonito.

—Úrsula lleva tres días comportándose como si nos fuéramos a una mansión de Playboy.

—Tú estás encantado.

—Muchísimo.

Sofía cerró la bolsa. Ernesto la observó.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

—¿Por estar allí?

Ella entendió la verdadera pregunta.

—Por todo.

Ernesto se sentó en el borde de la cama. Sofía permaneció de pie.

—Podemos cancelar —dijo él.

—No quiero.

—También podemos ir y no hacer nada.

—Ya.

—No tenemos que demostrar nada.

Sofía se acercó.

—Lo sé.

—Y si en algún momento estás incómoda...

—Mandarina.

Ernesto sonrió. Hacía tiempo que no utilizaban la palabra.

—Mandarina.

Sofía se sentó sobre sus piernas y lo abrazó.

—Vamos a pasarlo bien.

—Esa era la idea.

—Los cuatro.

—Los cuatro.

Se besaron. Sofía quiso creer que con aquello bastaba.

Salieron el viernes a las cinco y veinte.

Carlos y Úrsula iban delante. Sofía y Ernesto los seguían.

Durante la primera parte del viaje hubo tráfico, gasolineras, áreas de servicio, camiones y conversaciones por teléfono entre ambos coches.

Después el paisaje empezó a cambiar. Las carreteras se estrecharon.

Las montañas aparecieron primero a lo lejos y después alrededor.

Sofía bajó el volumen de la música.

—Joder.

Ernesto miró hacia las cumbres.

—Bonito.

—Muchísimo.

El otoño había empezado a apoderarse de los bosques. Había manchas amarillas y rojizas entre el verde oscuro. La roca surgía desnuda en algunos puntos y las nubes se quedaban atrapadas en las partes más altas. El coche de Carlos tomó un desvío. Sofía comprobó el navegador.

—Aquí ya no tengo cobertura.

—Yo una raya.

—Eso no cuenta.

—Técnicamente sí.

El teléfono perdió la señal dos curvas después.

Continuaron. La carretera se convirtió en una vía estrecha que obligaba a reducir la velocidad cada vez que aparecía un vehículo en sentido contrario.

Después dejaron incluso aquello. Carlos giró hacia una pista asfaltada. Más adelante, el asfalto desapareció.

—¿En serio? —preguntó Sofía.

A Ernesto se le dibujó una sonrisa.

—Aventura.

—Como pinchemos una rueda, te mato.

—Tenemos repuesto.

—¿Sabes cambiarla?

—Claro.

Sofía sostuvo su mirada.

—¿Claro de verdad?

—YouTube.

—No hay internet.

Ernesto tardó un segundo.

—Entonces no podemos pinchar.

Sofía se rio. La pista ascendía. Cada vez había menos señales de presencia humana.

Atravesaron una zona de bosque donde los árboles parecían cerrar el camino.

Después volvieron a salir a terreno abierto.

El cielo se había oscurecido, no por la noche todavía, por las nubes, sofía miró la temperatura exterior, nueve grados.

—Esto va a bajar bastante.

—Has traído tres jerséis.

—Tú te reías.

—Jamás.

El coche de Carlos frenó. Se detuvo junto a una cancela. Carlos bajó. Sofía lo vio caminar hacia ella. Llevaba una chaqueta oscura y botas. Abrió la cancela. Esperó a que pasaran los dos coches. Después volvió a cerrarla.

—Muy El resplandor —dijo Ernesto.

—No digas eso.

—¿Qué?

—Nada de películas de terror.

—Estamos cuatro personas aisladas en una cabaña.

—Precisamente.

—Solo falta que uno sea un psicópata.

Sofía lo miró. Ernesto sonrió.

—Espero que sea Úrsula.

—¿Por qué?

—Carlos corre más que yo.

Sofía soltó una carcajada. El coche volvió a avanzar.

La cabaña apareció dos minutos después. Y durante unos segundos Sofía olvidó cualquier broma.

Era todavía más bonita que en las fotografías.

Estaba situada sobre una pequeña plataforma natural de la montaña.

El terreno descendía detrás hacia una masa de bosque.

Delante había un espacio despejado donde podían aparcar varios vehículos.

Más allá, nada, montañas, bosque. Cielo. Una inmensidad que resultaba preciosa desde dentro del coche. Carlos aparcó. Ernesto lo hizo a su lado. Sofía abrió la puerta. El frío entró de golpe.

—Joder.

Úrsula bajó del otro coche riéndose.

—Bienvenidos.

—¿Dónde coño nos has traído?

—Te encanta.

—Sí.

Úrsula abrió los brazos.

—Pues cállate.

Sofía salió. El viento le movió el cabello. Miró alrededor, no escuchaba tráfico, ni voces, ni maquinaria, solo viento, carlos abrió el maletero.

—Coged todo ahora. Luego no vais a querer salir.

Ernesto bajó las bolsas.

—¿Cuánto hace?

—Siete.

Sofía alzó la vista hacia él.

—El coche decía nueve.

—Aquí arriba baja rápido.

—Me has engañado.

La boca de Carlos se curvó apenas.

—No hemos empezado todavía.

La frase podía significar cualquier cosa.

Sofía decidió no contestar. El interior superó sus expectativas.

La puerta principal daba a un espacio amplio con cocina y salón.

Paredes de piedra, vigas de madera, una chimenea grande y muebles robustos.

Nada lujoso, pero todo parecía cuidado. Había una mesa para seis, un sofá enorme, dos sillones, una alfombra gruesa, la cocina estaba completamente equipada.

Úrsula entró detrás cargada con bolsas.

—Quiero vivir aquí.

—Llevamos treinta segundos —dijo Carlos.

—Ya he decidido.

Ernesto dejó una caja de comida sobre la mesa.

—¿Dónde está el bar?

—Eso sí lo hemos traído.

Carlos señaló varias bolsas.

—Prioridades.

Sofía recorrió el salón. Había ventanas grandes. Desde una de ellas podía verse el valle. Se acercó.

—Esto es increíble.

Carlos apareció a su lado.

—Te dije que te gustaría.

Sofía recordó el mensaje. Algún día. El día prometido en los mensajes había llegado.

—Tenías razón.

Carlos permaneció junto a ella. Demasiado cerca para que Sofía no fuera consciente. Lo miró. Él sonrió.

—Habitaciones —anunció Úrsula.

Sofía agradeció la interrupción. Subieron. La planta superior era más pequeña. Había un baño y dos dormitorios. Úrsula abrió el primero, cama de matrimonio, armario, una ventana pequeña.

—Este es nuestro.

Ernesto levantó las cejas.

—¿Vuestro?

—De las chicas.

Sofía empezó a reír.

—¿Cómo?

Úrsula abrió la segunda puerta. Otra cama.

—Y este de los chicos.

Carlos dejó una bolsa.

—No le hagáis caso.

—Me parece una distribución razonable.

Ernesto miró a Sofía.

—¿Qué opina la dirección?

—La dirección quiere saber dónde va a guardar la ropa.

Úrsula abrió un armario.

—Aquí.

Sofía entró. Había perchas. Dejó la bolsa sobre la cama. Carlos apareció en la puerta.

—Por cierto, antes de que alguien pregunte: la calefacción tarda.

—¿Cuánto?

—Un rato.

—Definición técnica.

—Hay mantas.

—Y chimenea —añadió Ernesto.

—Abajo.

Sofía se quitó la chaqueta, se arrepintió, volvió a ponérsela.

—Voy a morir.

Úrsula la abrazó por detrás.

—Yo te doy calor.

—Eso forma parte del plan, ¿no?

—Todo forma parte del plan.

Sofía se rio. Carlos las miró desde la puerta.

—Voy a encender la chimenea.

Úrsula le lanzó un beso.

—Buen marido.

Carlos salió. Sofía observó cómo desaparecía por el pasillo. Úrsula la miró.

—¿Estamos bien?

La pregunta la sorprendió.

—Claro.

—Lo digo por lo de estas semanas.

Sofía empezó a sacar ropa.

—Sí.

—Carlos me ha contado que habéis hablado.

Las manos de Sofía se detuvieron.

—¿Qué te ha contado?

Úrsula se sentó sobre la cama.

—Que hubo un poco de confusión.

Sofía se volvió.

—¿Confusión?

—Que os gustáis.

No había acusación en su voz. Eso la desconcertó más.

—Úrsula...

—Sofía, estamos follando con nuestros maridos.

La frase fue pronunciada con una naturalidad absoluta.

—Sería bastante absurdo escandalizarme porque te parezca atractivo.

—No es exactamente eso.

Úrsula la observó.

—¿Te estás enamorando?

Sofía sintió la misma incomodidad que cuando Ernesto se lo había preguntado.

—No.

Úrsula esbozó una sonrisa.

—Entonces no hay problema.

—¿Y si lo hubiera?

La pregunta salió antes de que Sofía pudiera detenerla. Úrsula mantuvo la sonrisa.

—Pues hablaríamos.

—¿Así de fácil?

—Todo es fácil hasta que decidimos complicarlo.

Sofía no supo qué responder, úrsula se levantó, se acercó.