CAPÍTULO 7 — FUERA DE LAS REGLAS #3
—Trabajo. Viajes. Tonterías.
—¿Me enseñarías las conversaciones?
Sofía sintió un vacío.
—He borrado una.
Ernesto levantó los ojos, no dijo nada, eso dolió más.
—Porque me escribió algo que no debía.
—¿Qué?
Sofía respiró.
—Que quería besarme fuera del club.
Ernesto miró hacia la ventana.
—¿Y tú?
—Le dije que no.
—¿Querías?
La pregunta tardó en encontrar respuesta.
—Sí.
Ernesto cerró los ojos un momento. Sofía sintió ganas de llorar.
—Pero no lo hice.
—Ya.
—Ernesto.
—Necesito pensar.
—No quiero perderte.
Él volvió a mirarla.
—No me vas a perder por sentir algo.
Sofía tragó saliva.
—¿Entonces?
—Me preocupa que hayas empezado a mentirme.
Aquello encontró exactamente el lugar donde más dolía.
—Lo sé.
—El sexo me da igual.
—No te da igual.
—Sabes lo que quiero decir.
Sí. Lo sabía. Ernesto apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Podías haberte acostado con Carlos delante de mí toda la noche y habría estado bien. Pero has borrado una conversación para que yo no la leyera.
Sofía bajó la cabeza.
—Sí.
—Ese es el problema.
No había defensa.
—Lo siento.
Ernesto permaneció callado. Sofía dejó que el silencio estuviera allí. No intentó llenarlo. Finalmente él preguntó:
—¿Quieres seguir viéndolos?
La respuesta correcta era evidente, no, se acabó, protegemos lo nuestro, sofía abrió la boca.
—Sí.
Ernesto asintió lentamente.
—Vale.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Vale?
—Yo también.
—¿Y qué hacemos?
—Cambiar las reglas.
—¿Cómo?
Ernesto cogió su taza.
—Nada de conversaciones privadas.
Sofía hizo un gesto afirmativo.
—Vale.
—Si Carlos te escribe, me lo dices.
—Vale.
—Y si tú quieres escribirle, lo haces en el grupo.
—Sí.
—Nada de quedar solos.
—Eso ya estaba.
—Ahora lo digo en serio.
Sofía sintió el reproche. Lo aceptó.
—Vale.
Ernesto la miró.
—Y una cosa más.
—Dime.
—No quiero que finjas que no sientes nada.
Sofía frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Si te gusta, te gusta. No puedo hacer una norma para eso.
—Ernesto...
—Pero necesito saber dónde estás.
Sofía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Aquí.
Él alargó la mano. Sofía se la cogió.
—Aquí —repitió.
Carlos recibió la nueva regla a través del grupo.
No hubo conversación privada. Sofía escribió: A partir de ahora, para que todo siga funcionando bien, mejor hablamos todos por aquí.
Úrsula respondió: Por mí perfecto, carlos tardó cuatro minutos: Claro, sofía dejó el teléfono.
Le dolió. Y eso confirmó que la regla era necesaria. Pasaron casi dos semanas sin verse.
Esta vez la distancia no fue divertida. Los mensajes del grupo disminuyeron.
Ernesto y Úrsula seguían intercambiando bromas.
Carlos participaba poco, sofía menos, la normalidad regresó, trabajo, casa.
Cenas. Una visita a los padres de Ernesto.
Un sábado de compras, una película, sexo entre ellos.
Todo funcionaba. Y, precisamente por eso, Sofía empezó a pensar que quizá habían conseguido corregirlo.
Hasta que Úrsula escribió un jueves por la tarde.
Propuesta seria para el consejo, ernesto: Miedo, úrsula: Fin de semana, montaña, los cuatro, sofía dejó de trabajar.
Apareció una fotografía. La misma zona de Picos que habían visto semanas atrás, pero desde otro ángulo.
Una construcción de piedra, tejado oscuro, bosque detrás, montaña alrededor, aislada, preciosa, un conocido nos deja esto, viernes a domingo, sin vecinos, chimenea, cuatro habitaciones.
Carlos corrigió: Dos habitaciones, úrsula: Mejor todavía, ernesto añadió tres emoticonos riéndose.
Sofía amplió la fotografía. La cabaña parecía sacada de un anuncio.
Piedra, madera. Un pequeño porche. La luz de la tarde cayendo sobre la montaña.
Sintió una emoción inmediata, después miedo, no por el lugar.
Por Carlos. Ernesto la llamó diez minutos después.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Qué piensas?
Sofía miró la fotografía otra vez.
—Que es preciosa.
—Eso no responde.
—Ya.
—Si no quieres, no vamos.
Ella pensó en las nuevas reglas. Los cuatro. Siempre los cuatro. Un fin de semana podía ser precisamente lo que necesitaban para recuperar la parte buena. La amistad, la complicidad. La normalidad. Y, debajo de todos aquellos argumentos razonables, existía otro mucho más sencillo. Quería ir.
—Vamos.
Ernesto tardó un instante.
—¿Segura?
—Sí.
—Pues se lo digo.
El mensaje apareció en Contabilidad: Los García se apuntan.
Úrsula respondió inmediatamente: Consejo extraordinario aprobado.
Carlos tardó un poco más: Perfecto. Sofía volvió a ampliar la fotografía.
Se imaginó allí, chimenea, vino. Frío fuera.
Los cuatro aislados durante un fin de semana.
El pensamiento le produjo una mezcla de nervios y deseo.
No sabía todavía cómo iban a dormir. Ni qué iban a hacer.
Ni si las nuevas reglas sobrevivirían a dos noches bajo el mismo techo.
Solo sabía que quería descubrirlo. Y que aquella vez no habría un club lleno de gente alrededor. Estarían solos, los cuatro, en mitad de la montaña.