CAPÍTULO 7 — FUERA DE LAS REGLAS #2
Sofía sonrió. Úrsula se separó.
—Me siento vigilada.
—Lo estás —dijo Sofía.
—¿Te gusta?
—Sí.
Úrsula sonrió. Volvió a besarlo. Carlos acercó una mano a la pierna de Sofía. Ella la miró. Después a él.
—¿Qué?
—Nada.
—Ese nada lo he oído antes.
Sofía se inclinó, lo besó. La conversación terminó.
El deseo se instaló con rapidez porque llevaba toda la noche esperando debajo de otras cosas.
Carlos le acarició la espalda. Sofía sintió sus dedos avanzar despacio sobre la tela, reconocer un cuerpo que ya no era nuevo para él.
Aquello la estremeció. Úrsula y Ernesto seguían en el sofá.
Sofía podía oír sus risas entrecortadas, alguna frase que no llegó a entender.
Carlos besó su cuello, ella cerró los ojos. Lo abrazó. Durante unos minutos permitió que todo volviera a ser sencillo. Cuatro adultos, deseo. Libertad. La excitación de mirar y ser mirada. Se movieron hacia el dormitorio. Úrsula abrió la puerta.
—Bienvenidos a nuestra humilde empresa.
Ernesto miró la cama.
—Más grande.
—Dos metros —dijo Carlos.
Sofía lo miró.
—¿Lo has medido?
—Claro.
—Psicópata.
—Café solo y medir camas. Perfil criminal completo.
Úrsula soltó una carcajada.
—No sabéis la suerte que tenéis de no vivir con él.
La frase provocó otra ronda de bromas. Después desaparecieron.
Los besos fueron sustituyendo las palabras.
Sofía se dejó llevar por aquella familiaridad creciente.
Por la cercanía de Ernesto y Úrsula. Por las manos de Carlos.
Por el placer de elegir a quién acercarse en cada momento sin sentir que estaba abandonando al otro.
Úrsula tenía una forma más impaciente de besarla aquella noche.
Sofía respondió. Se abrazaron. Rieron cuando el cabello de Úrsula quedó atrapado debajo de un brazo.
—Espera.
—¿Qué?
—Me estás arrancando media cabeza.
Sofía soltó una carcajada.
—Perdón.
—Qué romántico.
—Cállate.
Úrsula volvió a besarla. Después Ernesto ocupó su lugar.
Sofía rodeó el cuello de su marido y durante unos minutos se concentró exclusivamente en él.
Necesitaba hacerlo, recordar. Sentir. Ernesto conocía cada reacción de su cuerpo.
Sabía cuándo una caricia le gustaba antes de que Sofía tuviera que guiarlo.
Sabía cuándo quería un beso y cuándo prefería simplemente sentirlo cerca.
Esa intimidad pertenecía a Ernesto y a ella. Once años. Carlos no podía competir con eso. El pensamiento apareció sin que nadie hubiera planteado competición alguna. Sofía abrió los ojos, carlos estaba con Úrsula. Los vio besarse. Esta vez la punzada fue brutal. Apartó la mirada. Ernesto lo notó.
—Eh.
—Estoy bien.
—Mírame.
Sofía lo hizo. Él la besó. El malestar se deshizo poco a poco.
Cuando Carlos regresó a ella, Sofía estuvo a punto de apartarse.
No lo hizo. Entonces volvió el problema.
El cuerpo no entendía de reglas. El deseo tampoco.
Carlos la tocó con la atención de siempre, sin precipitarse, pendiente de sus respuestas.
Sofía sintió cómo su propia resistencia desaparecía.
Lo buscó. Lo acercó. Durante unos minutos dejó de pensar.
Cuando terminaron, tardó en recuperar el aliento. Carlos permaneció junto a ella, demasiado cerca. Sofía abrió los ojos. Ernesto estaba con Úrsula al otro lado de la habitación. No miraban. Carlos rozó su mejilla con los dedos. Un gesto tierno, no sexual, sofía le agarró la muñeca.
—No.
Él se quedó quieto.
—Perdón.
Sofía soltó su mano, carlos se apartó. Nadie más pareció darse cuenta. Pero el momento ya estaba allí. A las dos de la madrugada, Ernesto y Úrsula estaban en la cocina. Habían ido a buscar agua, sofía recogía su ropa, carlos entró en el dormitorio.
—Sofía.
Ella siguió buscando una media.
—No.
—Solo quiero...
—No.
Carlos cerró la boca. Sofía encontró la media debajo de una silla. Se incorporó.
—Esto se nos está yendo.
—Lo sé.
—Pues haz algo.
—¿Qué quieres que haga?
—No lo sé.
—Dímelo.
Sofía alzó la vista hacia él.
—Deja de mirarme así.
Carlos frunció ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Como si estuviéramos solos.
La respuesta lo dejó quieto. Sofía se puso la media.
—No estamos solos.
—Ya lo sé.
—Nunca estamos solos.
—También lo sé.
—Pues compórtate como si lo supieras.
Carlos bajó la voz.
—Tú también me miras.
Sofía levantó la cabeza.
—Vete a la mierda.
—Es verdad.
—¿Y qué quieres que haga?
—Nada.
—Siempre dices nada.
—Porque no puedo pedirte otra cosa.
Sofía sintió rabia, contra él. Contra ella. Contra la facilidad con la que todo aquello había dejado de ser un juego.
—Entonces no me pidas nada.
Carlos asintió.
—Vale.
Salió. Sofía terminó de vestirse. Cuando llegó a la cocina, Úrsula estaba sentada sobre la encimera bebiendo agua.
—¿Todo bien?
Sofía sintió el corazón acelerarse.
—Sí.
Úrsula la observó.
—¿Seguro?
—Sí.
Ernesto apareció detrás con las llaves.
—¿Nos vamos?
—Cuando quieras.
Sofía abrazó a Úrsula. Carlos se quedó a cierta distancia. Se despidieron con dos besos, correctos. Fríos. En el ascensor, Ernesto la miró.
—¿Otra vez?
—¿Qué?
—La cara.
—Estoy cansada.
—Sofía.
Ella apretó el botón de la planta baja aunque ya estaba iluminado.
—Mañana hablamos.
Ernesto no respondió. Hablaron el domingo. Fue peor de lo que Sofía esperaba. No hubo gritos, habría preferido alguno, ernesto preparó café, se sentaron en la cocina.
—Te gusta Carlos de una manera que no habíamos acordado —dijo.
Sofía miró la taza.
—Sí.
Decirlo produjo un alivio inmediato y un miedo todavía mayor. Ernesto permaneció callado.
—No ha pasado nada fuera de los cuatro —continuó ella.
—No te he preguntado eso.
—Quiero que lo sepas.
—¿Os escribís?
Sofía tardó demasiado. Ernesto lo vio.
—Sí.
—¿Mucho?
—A veces.
—¿De sexo?
—No.
—¿De qué?
—De cosas.
Ernesto soltó una pequeña risa sin humor.
—De cosas.