CAPÍTULO 7 — FUERA DE LAS REGLAS
El lunes, Sofía descubrió que borrar una conversación no borraba absolutamente nada.
Recordaba cada frase, incluso el orden, perdona.
No debería haberte dicho nada. Pero no puedo hacer que deje de ser verdad.
A las nueve y veinte estaba sentada delante del ordenador intentando decidir entre dos presupuestos para una reforma y pensando en Carlos.
A las diez y cinco seguía pensando en Carlos.
A las once recibió un mensaje de Ernesto. ¿Comemos juntos? Sofía contestó inmediatamente: Sí. Quedaron cerca de su trabajo. Ernesto llegó cinco minutos tarde, se sentó enfrente y dejó el teléfono sobre la mesa.
—Tengo exactamente cuarenta y cinco minutos.
—Hola a ti también.
Él sonrió.
—Hola.
Se inclinó para besarla. Sofía respondió con más intensidad de la necesaria. Ernesto se apartó.
—Joder.
—¿Qué?
—Nada. Que igual llego más tarde a trabajar.
Ella se rio, le convenía que fuese así, ellos estaban bien, tenía que recordárselo, pidieron.
Hablaron del fin de semana. No de la noche en el club.
De una comida familiar que tenían el domingo siguiente, del coche de Ernesto, que debía pasar la revisión, y de un cliente de Sofía que había cambiado de opinión por tercera vez sobre una cocina.
Durante un rato consiguió olvidarse. Hasta que Ernesto dijo:
—He pensado una cosa.
Sofía dejó el tenedor.
—A ver.
—Igual deberíamos volver a bajar el ritmo.
Sintió un pequeño vacío en el estómago.
—¿Por qué?
—Porque el sábado no estuvimos bien.
—Tú sí.
—Tú no.
Sofía cogió la copa de agua.
—Estaba cansada.
Ernesto la miró. No insistió en la mentira.
—No quiero que esto se convierta en una obligación.
—No lo es.
—Perfecto.
—¿Quieres dejar de verlos?
—No.
Sofía sintió alivio, demasiado, ernesto lo vio.
—Te preocupaba.
—Claro.
—¿Por Úrsula?
La pregunta tenía trampa. O quizá Sofía estaba empezando a encontrar trampas donde no las había.
—Por los dos.
Ernesto sonrió.
—Respuesta diplomática.
Ella le dio una patada suave por debajo de la mesa.
—Imbécil.
—Eso es agresión doméstica.
—Denúnciame.
—Tengo testigos.
Sofía miró alrededor.
—Nadie te cree.
Volvieron a reírse. Y otra vez funcionó. La vida con Ernesto tenía aquella cualidad: incluso las conversaciones difíciles podían acabar con los dos discutiendo sobre una tontería. Cuando se despidieron, Sofía lo abrazó.
—Te quiero.
Ernesto pareció sorprendido.
—Yo también.
—Ya.
—¿Por qué me lo dices así?
—Porque me apetece.
Él la besó.
—Pues a mí también me apetece.
Sofía volvió andando al estudio. Se sentía mejor.
A mitad de camino, el teléfono vibró. Lo sacó, carlos, no un mensaje.
Una llamada. Sofía se quedó mirando su nombre hasta que dejó de sonar.
Continuó caminando. El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje: Perdón. Bolsillo, sofía se rio, no pudo evitarlo.
Escribió: Claro. Tu bolsillo me llama mucho últimamente.
La respuesta llegó enseguida: Tiene vida propia.
Deberías llevarlo al médico, estoy buscando especialista, sofía guardó el teléfono, habían vuelto a hablar.
Sin decir nada. Y lo peor era que se sentía feliz.
El viernes cenaron los cuatro. No hubo club.
Úrsula había reservado en un restaurante pequeño que conocía y apareció diez minutos tarde.
—Culpa suya —dijo señalando a Carlos.
—No es verdad.
—Se ha cambiado tres veces de camisa.
Sofía miró la que llevaba. Azul oscuro.
—¿Tres?
Carlos dejó la chaqueta en el respaldo.
—Dos.
—Tres.
—Una no cuenta porque solo me la he puesto para comprobar que no.
Ernesto levantó la mano.
—Eso son tres.
—Gracias —dijo Úrsula.
Carlos miró a Sofía.
—Estoy rodeado.
—Te queda bien esa.
La frase salió antes de que pudiera medirla. La boca de Carlos se curvó apenas.
—Gracias.
Úrsula miró a Sofía, después a Carlos, solo un instante.
—Pues a mí me gustaba más la primera —dijo.
Se sentaron, la cena fue agradable. Quizá demasiado.
Carlos y Sofía se comportaron con una prudencia que terminó resultando más evidente que cualquier coqueteo.
No se sentaron juntos, no se tocaron. No mantuvieron conversaciones separadas.
Cuando sus ojos coincidían, alguno apartaba la mirada. A la media hora, Ernesto preguntó:
—¿Os habéis enfadado?
Sofía casi derramó el vino.
—¿Quién?
—Vosotros.
Carlos levantó la cabeza.
—¿Nosotros?
—Sí.
—No.
—Pues estáis rarísimos.
Úrsula bebió. Sofía la miró.
—No estamos raros.
—Muchísimo —dijo Úrsula.
Carlos sonrió.
—Gracias por el apoyo.
—De nada.
Ernesto señaló a ambos con el tenedor.
—La última vez no parasteis de discutir por el café.
—Porque ella lo estropea con leche.
Sofía aprovechó inmediatamente.
—Y tú lo estropeas no poniéndosela.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
—Vale. Ya están arreglados —dijo Ernesto.
Úrsula empezó a reír, la tensión desapareció. Solo parcialmente. Sofía se dio cuenta de que Carlos tenía una pequeña marca en la mano derecha. Un corte.
—¿Qué te has hecho?
Él miró.
—¿Esto?
—Sí.
—Trabajando.
—¿Con una cámara?
Carlos esbozó una sonrisa.
—También existen puertas, trípodes, maletas...
—¿Qué fue?
—Una chapa.
Úrsula intervino:
—Es increíblemente torpe.
—Gracias.
—La semana pasada se dio con una puerta.
—La puerta estaba mal puesta.
Sofía miró la cicatriz más antigua de su antebrazo.
—Tienes historial.
Carlos bajó la manga casi inconscientemente.
—Soy un superviviente.
La palabra pasó sin importancia, continuaron cenando, después tomaron una copa. Al salir, hacía bastante frío. Úrsula se abrazó a sí misma.
—Esto ya es otoño.
—Llevas los hombros al aire —dijo Carlos.
—Porque alguien me dijo que este vestido era buena idea.
—Yo dije que te quedaba bien.
—No es lo mismo.
Ernesto se quitó la chaqueta.
—Toma.
Úrsula lo miró.
—¿Y tú?
—Tengo camisa.
—Te vas a congelar.
—Estamos a diez minutos del coche.
Ella aceptó. Sofía observó cómo Ernesto le colocaba la chaqueta sobre los hombros. No sintió celos. O fueron tan leves que casi resultaron agradables. Carlos estaba a su lado.
—¿Tú tienes frío?
—Un poco.
Él empezó a quitarse la chaqueta. Sofía lo detuvo.
—Ni se te ocurra.
—¿Por qué?
—Porque entonces tendremos a dos idiotas congelados.
—Podemos compartirla.
La frase tenía un tono de broma. Sofía alzó la vista hacia él.
—Muy discreto.
La boca de Carlos se curvó apenas.
—Lo intento.
Caminaron. Ernesto y Úrsula iban unos metros por delante. Sofía y Carlos quedaron detrás, no deliberadamente, o no del todo.
—¿Estamos bien? —preguntó él.
Sofía mantuvo los ojos al frente.
—Sí.
—No lo parece.
—Porque intentamos comportarnos.
—Nos está saliendo fatal.
Ella sonrió.
—Bastante.
Carlos metió las manos en los bolsillos.
—No volveré a decirte nada.
Sofía sabía exactamente a qué se refería.
—Mejor.
—Pero tampoco voy a fingir contigo.
—¿Qué significa eso?
—Que no voy a decirte que no me gustas.
—Carlos...
—No estoy proponiendo nada.
Sofía bajó la voz.
—Entonces no lo compliques.
—Ya está complicado.
Ella se detuvo. Carlos dio dos pasos antes de darse cuenta. Volvió. Ernesto y Úrsula continuaban delante.
—Yo quiero a mi marido.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—También lo sé.
—Y tú quieres a Úrsula.
—Sí.
Sofía esperaba que aquello solucionara algo. No solucionó nada.
—Entonces somos gilipollas.
Carlos sonrió.
—Puede ser.
—No tiene gracia.
—Un poco.
Sofía intentó no hacerlo. Terminó sonriendo.
—Te odio.
—No.
Aquella respuesta le borró la sonrisa. Carlos la miraba con una serenidad insoportable.
—No me odias.
Sofía continuó andando.
—Cállate.
Él la alcanzó. No volvieron a hablar hasta llegar a los coches.
El siguiente encuentro sexual ocurrió en casa de Carlos y Úrsula.
Sofía sintió curiosidad desde que recibió la dirección.
Hasta entonces ellos habían entrado en su casa, pero ella no conocía la suya.
Vivían en un piso de alquiler. Eso fue lo primero que le llamó la atención.
Lo que la desconcertó fue lo poco que aquel lugar tenía de ellos. Muebles buenos pero impersonales, pocas fotografías, ninguna de la pareja, ninguna familiar, ningún recuerdo evidente de viajes, sofía observó una estantería, libros, un par de objetos decorativos, nada personal.
—Tenéis la casa muy despejada —comentó.
Úrsula dejó una botella sobre la mesa.
—Nos mudamos mucho.
—¿Por trabajo?
—Principalmente.
Carlos apareció desde la cocina.
—Y porque ella se cansa de las casas.
—Mentira.
—Tres pisos en cinco años.
—Uno tenía humedades.
—Otro vecinos.
—El de arriba hacía claqué.
Sofía se rio.
—¿Claqué?
—A las siete de la mañana.
—Era una niña —dijo Carlos.
—Era Satanás con zapatos.
Ernesto entró detrás.
—¿De qué habláis?
—De los motivos por los que Úrsula cambia de casa.
—¿Tenéis cerveza?
—En la nevera.
La conversación se perdió. Sofía siguió mirando alrededor. Sobre una mesa había una cámara. Se acercó.
—¿Es la del trabajo?
Carlos la vio.
—Una de ellas.
—¿Puedo?
—Claro.
Sofía la cogió. Pesaba más de lo esperado.
—Joder.
—Te acostumbras.
—¿Cuánto cuesta?
Carlos esbozó una sonrisa.
—No quieres saberlo.
—Ahora quiero saberlo.
—Mucho.
—Respuesta de hombre que ha ocultado el precio a su mujer.
Úrsula levantó la voz desde el salón:
—¡Lo sé!
Carlos se rio. Sofía miró la cámara.
—Haznos una foto.
La sonrisa desapareció apenas un instante.
—No.
Sofía levantó los ojos.
—¿No?
—Estoy fuera de servicio.
—Venga.
—Odio hacer fotos cuando no trabajo.
Úrsula apareció.
—Y yo odio salir.
—Eso ya lo dijiste.
—Tengo una relación complicada con las cámaras.
Sofía dejó el aparato.
—Sois rarísimos.
—Y aun así vuelves —dijo Carlos.
La frase llevaba demasiadas cosas dentro. Sofía sostuvo su mirada.
—Por la tarta.
—Hoy no hay.
—Entonces me voy.
Ernesto apareció con dos cervezas.
—Demasiado tarde.
Después de cenar pusieron música. Nadie habló de ir al club.
No hacía falta. Úrsula se sentó sobre las piernas de Ernesto en el sofá.
Sofía estaba frente a ellos. Carlos a su lado.
La primera vez que Úrsula besó a Ernesto, Sofía lo observó con una tranquilidad que habría sido imposible un mes atrás. Ernesto abrió los ojos. La miró.