La otra pareja CAPÍTULO 6 — LA DISTANCIA JUSTA
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CAPÍTULO 6 — LA DISTANCIA JUSTA

Sofía no contestó a Carlos en todo el domingo.

Él tampoco escribió. A las once y media, Ernesto propuso bajar a desayunar fuera.

Sofía aceptó con demasiado entusiasmo y veinte minutos después estaban sentados en una terraza, aprovechando uno de aquellos días de septiembre que todavía conseguían engañar durante unas horas al otoño.

Ernesto pidió tostadas. Sofía, tortilla.

—Eso no es desayunar.

—Son las doce menos cuarto.

—Sigue siendo desayuno.

—Para ti porque te acabas de levantar.

—Tú llevas despierta desde las nueve.

Sofía cogió el café.

—No tenía sueño.

—Anoche estabas muerta.

—Se me pasó.

Ernesto untó tomate sobre una tostada.

—¿Estás bien?

La pregunta le recordó a Carlos.

—Sí.

—Estás rara.

—Estoy cansada.

—Eso contradice bastante lo de que no tenías sueño.

Sofía sostuvo su mirada.

—¿Me estás interrogando?

—Estoy intentando desayunar con mi mujer.

—Pues desayuna.

La brusquedad sorprendió a ambos, ernesto dejó el cuchillo, sofía se arrepintió inmediatamente.

—Perdona.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Otra vez. La palabra que empezaba a servirle para demasiadas cosas.

Ernesto esperó, sofía podría habérselo contado allí, carlos me escribió anoche.

Quería besarme fuera del club. Le dije que no estaba en las reglas.

No ocurrió nada. Era incluso una historia tranquilizadora si se contaba correctamente.

Había existido una tentación y ambos habían respetado el límite.

El problema era que la parte que Sofía no sabía explicar no estaba en los mensajes.

Estaba en lo que había sentido al leerlos.

—Estoy un poco saturada —dijo.

—¿De nosotros?

—No.

—¿De ellos?

Sofía miró hacia la calle.

—Quizá vamos demasiado rápido.

Ernesto asintió. No parecía sorprendido.

—Yo también lo he pensado.

Ella volvió hacia él.

—¿Sí?

—Hace un mes no sabíamos ni cómo entrar en el club y ahora Úrsula tiene un pendiente en nuestra casa.

A Sofía se le escapó una sonrisa.

—Sigue encima de la cómoda.

—Pues eso.

—¿Quieres parar?

—No.

Otra respuesta inmediata. Sofía sintió alivio.

—Yo tampoco.

—Pero podemos bajar un poco las revoluciones.

—Sí.

Ernesto cogió la tostada.

—Una semana sin verlos.

Sofía se rio.

—Parece que estamos desintoxicándonos.

—Dos.

—¿Dos semanas?

—Has puesto una cara horrible.

—Porque has dicho dos como si fueran seis meses.

Ernesto sonrió.

—Una.

—Una está bien.

—Y hacemos algo nosotros.

—¿Qué?

—Lo que hacíamos antes de convertir nuestra vida sexual en una pyme.

Sofía soltó una carcajada.

—Vale.

—Cine. Cena. Nos vamos por ahí. Lo que quieras.

—Me gusta.

—Y el próximo fin de semana vemos.

Sofía alargó una mano sobre la mesa. Ernesto la cogió, la culpa seguía allí. Pero disminuyó. La tregua duró cuarenta y tres minutos. El teléfono de Ernesto vibró cuando regresaban a casa. Lo llevaba conectado al coche, en la pantalla apareció CONTABILIDAD, sofía miró el nombre, ernesto también.

—No contestes —dijo ella.

—Ni siquiera sabes qué es.

—Hemos dicho una semana.

—Hemos dicho sin verlos, no incomunicación total.

Sofía intentó no sonreír.

—Mira quién busca resquicios legales.

Ernesto tocó la pantalla cuando aparcaron.

Era Úrsula. Tengo el pendiente secuestrado en vuestra casa.

Exijo negociación. Sofía se rio. Ernesto escribió: Podemos enviar una oreja como prueba de vida.

Úrsula: No le deis ideas a Carlos. Carlos respondió casi inmediatamente: Estoy fuera de este asunto.

Sofía miró su nombre. Ni un mensaje privado.

Ni una referencia a la madrugada anterior.

Escribió en el grupo: El pendiente está sano y salvo. No garantizamos que quiera volver contigo. Úrsula: Traidor, la conversación siguió unos minutos. Carlos apenas participó. Aquello debería haber tranquilizado a Sofía. La irritó. Guardó el teléfono.

—¿Qué? —preguntó Ernesto.

—Nada.

—Hoy estás llena de nadas.

Sofía abrió la puerta del coche.

—Necesito una siesta.

Cumplieron la semana, y fue buena, el martes fueron al cine. El miércoles cenaron en casa. El jueves Sofía llegó tarde del trabajo y encontró a Ernesto intentando preparar una receta que había visto en internet.

—¿Qué es?

Él miró la sartén.

—Todavía no estoy seguro.

—¿Se supone que tiene ese color?

—El vídeo tenía filtros.

Terminaron pidiendo comida. El viernes salieron a tomar algo. No hablaron de Carlos y Úrsula durante toda la cena. Sofía se dio cuenta cuando estaban esperando la cuenta.

—No hemos hablado de ellos.

Ernesto bebió el último sorbo de vino.

—Acabas de hacerlo.

—Ya.

—¿Los echas de menos?

La pregunta tenía tono de broma. Sofía contestó en serio.

—Sí.

Ernesto asintió.

—Yo también.

—¿A Úrsula?

—A los dos.

—Respuesta diplomática.

—Y a Úrsula.

La ocurrencia le arrancó una sonrisa.

—Vale.

—¿Y tú?

—A los dos.

Ernesto esperó.

—Y a Carlos —añadió ella.

—Vale.

No hubo pinchazo, ni discusión. Seguían dentro de lo acordado. Sofía se recordó que precisamente la sinceridad permitía que funcionase. No hacía falta contar cada pensamiento. Pero sí lo importante, el teléfono de Ernesto vibró, él lo miró.

—Hablando del diablo.

—¿Úrsula?

—Contabilidad.

Sofía sacó el suyo, carlos había enviado una fotografía.

Un paisaje de montaña. Un valle profundo bajo un cielo completamente limpio.

Bosques, roca, una pista estrecha perdiéndose entre laderas y, al fondo, cumbres.

Debajo: Auditoría de campo. Úrsula añadió: El señor fotógrafo dice que está trabajando.

Yo digo que estamos de vacaciones. Ernesto: Yo digo que sois unos cabrones. Sofía amplió la fotografía.

—Qué sitio.

—Picos —dijo Ernesto.

—Ya veo.

Carlos escribió: Hay lugares peores para ganarse la vida. Sofía observó la imagen unos segundos más. No había edificios, ni personas, solo montaña, guardó el teléfono.

—Quiero ir.

A Ernesto se le dibujó una sonrisa.

—Pues vamos.

—¿A Picos?

—Cuando quieras.

Sofía volvió a mirar la fotografía.

—Un fin de semana.

—Hecho.

La idea quedó allí. Todavía inocente. Carlos escribió en privado el lunes.

Habían pasado nueve días desde aquella conversación nocturna.

¿Ya puedo hablarte o sigo castigado? Sofía leyó el mensaje durante una reunión y tuvo que dejar el teléfono boca abajo para no sonreír.

Esperó hasta terminar, no estabas castigado.

Carlos: Parecía. Estábamos haciendo vida de matrimonio convencional. ¿Qué tal?

Sofía pensó. Bien. Carlos tardó unos segundos.

Me alegro. Ella esperaba algo más. No llegó.

¿Y vosotros? También. La conversación podía terminar allí.

Sofía escribió: La foto era preciosa. ¿Qué foto?

La de Picos. Ah. Sí. ¿Dónde estabais? Carlos le dio una explicación general.

Un trabajo para un alojamiento. Unas fotografías de exterior.

Habían aprovechado para pasar allí el fin de semana.

Sofía preguntó por el lugar, carlos respondió, hablaron de montaña.

De frío. De sitios donde desaparecer unos días.

Entonces llegó: Te gustaría, sofía escribió: Seguro.

Carlos: Algún día. Ella se quedó mirando aquellas dos palabras.

Podían significar los cuatro, debían significar los cuatro, sofía decidió leerlas así, algún día, envió.

Volvieron al club el sábado. La semana de distancia consiguió exactamente lo contrario de lo que Sofía había pretendido.

Entró deseando verlo, no el club. A Carlos.

Lo reconoció en cuanto atravesó la segunda puerta.

Estaba en la barra con Úrsula. Ella llevaba pantalones oscuros y una blusa negra.

Carlos, camisa blanca con las mangas remangadas.

Sofía vio primero la cicatriz del antebrazo.

Después su sonrisa, carlos se acercó, saludó a Ernesto, úrsula abrazó a Sofía.

—Por fin.

—Ha sido una semana.

—Larguísima.

—Dramática.

—He tenido que hablar con mi marido.

Carlos la oyó.

—Terrible.

Sofía lo miró.

—Hola.

—Hola.

Dos besos. Esta vez no hubo accidente con la comisura. Carlos mantuvo una distancia impecable. Eso duró veinte minutos. Después estaban sentados en uno de los salones. Úrsula junto a Ernesto. Sofía junto a Carlos.

—¿Qué tal la semana convencional? —preguntó él.

—Muy bien.

—Me alegro.

—Lo dijiste.

—Lo sigo pensando.

—¿Tú?

—También.

Sofía observó a Úrsula. Estaba contándole algo a Ernesto.

—Parece que os fue bien.

Carlos siguió su mirada.

—Sí.

—¿Nunca os cansáis el uno del otro?

La pregunta salió con un tono que no pretendía. Carlos la miró.

—¿Tú te cansas de Ernesto?

—No.

—Pues eso.

Sofía agradeció la respuesta, también le dolió un poco. Aquello empezaba a ser ridículo. Quería que Carlos amase a Úrsula porque significaba que las reglas estaban a salvo. Y una parte de ella quería exactamente lo contrario.

—¿Qué? —preguntó él.

—Estoy pensando.

—Peligroso.

—Muchísimo.

Carlos acercó la mano. No llegó a tocarla. La dejó sobre el sofá, junto a la de ella.

—¿Seguimos bien?

Sofía miró sus dedos.

—Sí.

—¿Seguro?

—Carlos.

—Vale.

Sofía movió la mano. Rozó la suya.

—Seguimos bien.

Él giró la palma. Sus dedos se entrelazaron. Nadie podía verlo desde donde estaban. Sofía sintió el impulso de retirar la mano. No lo hizo. Úrsula se levantó.

—Voy al baño.

Ernesto miró a Sofía.

—¿Quieres otra copa?

—Sí.

—¿Carlos?

—Estoy bien.

Ernesto se fue hacia la barra. Sofía y Carlos quedaron solos. Soltaron las manos inmediatamente. El gesto fue tan sincronizado que los dos comprendieron lo que significaba. Carlos miró hacia donde se había ido Ernesto. Después a Sofía.

—Esto no está bien.

El miedo llegó al oír en voz alta lo que llevaba días evitando.

—No hemos hecho nada.

—Ya.

—Entonces.

Carlos se inclinó ligeramente hacia delante.

—No quiero joder esto.

Sofía sabía que no hablaba solo del intercambio.

—Yo tampoco.

—Me caéis bien.

—Tú también.

—Los dos.

—Ya lo sé.

Carlos sostuvo sus ojos.

—Y tú me gustas demasiado.

Sofía sintió que el ruido del local se alejaba.

—No digas eso.

—Vale.

—En serio.

—Vale.

—Tenemos reglas.

—Lo sé.

—Y Úrsula...

—La quiero.

La respuesta llegó sin esfuerzo. Sofía apartó los ojos.

—Bien.

—Y tú quieres a Ernesto.

—Claro que lo quiero.

—Entonces ya está.

Ella volvió hacia él.

—¿Ya está?

Carlos sonrió, pero había algo triste en la sonrisa.

—Eso espero.

Úrsula regresó, la conversación terminó, ernesto apareció con las bebidas.

—¿Qué cara tenéis?

Sofía cogió la copa.

—Carlos me estaba explicando que el café sin leche es mejor.

Él la miró. Un segundo.

—Y lo es —dijo.

Ernesto negó con la cabeza.

—Está enfermo.

Úrsula se sentó.

—Eso llevo años diciendo.

Sofía bebió. La mentira le supo peor que el vino.

Aquella noche el sexo fue diferente por una razón imposible de apartar: Sofía sabía lo que Carlos sentía, y él sabía que ella lo sabía.

Cada beso tenía una segunda lectura. Cada vez que él la tocaba, Sofía recordaba: Me gustas demasiado.

Intentó concentrarse en Ernesto, lo buscó, lo besó, permaneció más tiempo con él.

Úrsula lo notó.

—Hoy estás posesiva —le dijo sonriendo.

Sofía acarició el pecho de su marido.

—Un poco.

—Me parece bien.

Úrsula se acercó a Carlos, lo besó. Sofía los observó. Esta vez los celos fueron claros. No aquella excitación inicial, celos, tuvo que apartar la mirada, ernesto la abrazó por detrás.

—¿Bien?

—Sí.

Él besó su hombro, sofía cerró los ojos.

Se dejó llevar. El encuentro siguió siendo sensual, libre, compartido.

Besos largos, cuerpos próximos, manos que se buscaban y se detenían cuando debían.

Sofía quiso recuperar aquella ligereza de las primeras noches, el placer de contemplar a Ernesto deseando a Úrsula y saber que todos participaban de la misma experiencia. Durante algunos minutos lo consiguió.

Hasta que Carlos volvió a acercarse. La besó, sofía sintió inmediatamente la diferencia, lo apartó con suavidad, carlos entendió. No insistió. Más tarde fue ella quien regresó. La reacción la inquietó más. No podía culparlo. Cuando terminaron, Sofía se vistió antes que los demás.

—¿Prisa? —preguntó Úrsula.

—Estoy cansada.

—Nos hacemos mayores.

—Habla por ti.

Úrsula esbozó una sonrisa, sofía también. Carlos no dijo nada. En el coche, Ernesto condujo durante diez minutos antes de hablar.

—¿Ha pasado algo?

Sofía miraba por la ventanilla.

—No.

—Hoy no te creo.

Ella volvió hacia él.

—¿Por qué?

—Porque llevas toda la noche rara.

—Estaba cansada.

—No estabas cansada cuando llegamos.

Sofía guardó silencio. Ernesto redujo al entrar en una rotonda.

—¿Carlos?

El nombre la golpeó.

—¿Qué pasa con Carlos?

—Eso te pregunto.

—Nada.

—Vale.

Otra vez aquel modo de aceptar las respuestas que Sofía odiaba.

—¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

—Te estoy diciendo la verdad.

—Pues perfecto.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Ese tono.

Ernesto la miró brevemente.

—No tengo ningún tono.

—Sí lo tienes.

—Sofía, te he preguntado si pasa algo. Me has dicho que no.

—Porque no pasa nada.

—Entonces estamos discutiendo por nada.

Ella miró otra vez hacia fuera. Permanecieron callados. Cuando llegaron a casa, Ernesto fue directo al baño. Sofía se sentó en la cama. El teléfono vibró, carlos, no abrió el mensaje, lo dejó sobre la mesilla, entró Ernesto.

—¿No te cambias?

—Ahora.

Él empezó a quitarse la camisa. El teléfono volvió a vibrar, ernesto lo miró, la pantalla se había iluminado. Carlos. Sofía sintió que se le tensaba el estómago. Ernesto siguió desabrochándose.

—Te escribe Carlos.

—Ya.

—¿No lo miras?

—Luego.

Él dejó la camisa.

—Sofía.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Hay algo que deba saber?

La pregunta era demasiado limpia, sin acusación, sin celos, eso la hizo más difícil, sofía cogió el teléfono, lo desbloqueó.

Carlos había escrito: Perdona. Y después: No debería haberte dicho nada.

Sofía notó que Ernesto seguía delante. Podía enseñárselo.

Tenía que hacerlo. En lugar de eso bloqueó la pantalla.

—No.

Ernesto la observó unos segundos.

—Vale.

Se metió en el baño. Sofía esperó a escuchar el agua de la ducha.

Volvió a abrir el chat. Escribió: No vuelvas a escribirme estas cosas.

Carlos tardó: No lo haré. Sofía respiró.

Después apareció otro mensaje: Pero no puedo hacer que deje de ser verdad.

Sofía cerró los ojos, lo borró, no el mensaje.

La conversación completa. Cuando Ernesto salió de la ducha, ella estaba ya en la cama.

—¿Todo bien? —preguntó él.

Sofía dejó el libro que fingía leer.

—Sí.

Ernesto apagó su lámpara, ella hizo lo mismo, la oscuridad llenó el dormitorio. Sofía permaneció inmóvil. Había borrado una conversación con otro hombre para que su marido no pudiera leerla. Eso sí rompía una regla. Ya no encontró ninguna manera de engañarse.