CAPÍTULO 5 — LAS REGLAS #2
Cuando se dio cuenta, llevaba media hora escribiendo con él.
Dejó el teléfono. Aquella noche no se lo contó a Ernesto.
No porque hubiera nada que ocultar. Simplemente no surgió.
Esa fue la explicación que se dio. Los mensajes se convirtieron en costumbre.
No todos los días, eso habría sido demasiado evidente, a veces pasaban tres, o cuatro, después Carlos enviaba cualquier cosa, una fotografía.
Una broma. Un comentario sobre algo que habían hablado los cuatro.
Sofía respondía. Algunas conversaciones terminaban en dos mensajes.
Otras duraban una hora, seguían sin ser sexuales.
Precisamente por eso resultaban peligrosas.
Carlos empezó a conocer partes de Sofía que no tenían nada que ver con el club.
Sabía que odiaba las notas de voz de más de dos minutos.
Que siempre llegaba demasiado pronto a los aeropuertos.
Que no soportaba dormir con la puerta del armario abierta.
Que de adolescente había querido estudiar Bellas Artes y había cambiado de idea a última hora.
Sofía supo que Carlos dormía poco. Que odiaba conducir de noche. Que su supuesto trabajo de fotógrafo lo llevaba con frecuencia fuera. Que podía quedarse mirando un edificio durante media hora si encontraba algo que le interesaba.
—¿Nunca desconectas? —le escribió ella.
Cuando estoy contigo. Sofía se quedó mirando la pantalla.
Aquello sí, la situación tenía otra textura, esperó, carlos escribió enseguida: Con vosotros, ya me entiendes, sofía leyó la corrección.
La primera frase seguía encima. Podía haber respondido con una broma.
No lo hizo, sí, dejó el teléfono boca abajo, tenía el corazón acelerado, ernesto estaba duchándose, sofía oyó el agua.
Cogió otra vez el móvil, volvió a leer la conversación, no había ocurrido nada, dos palabras, contigo, después corregidas.
Podía enseñárselo a Ernesto. Según las reglas, debía poder hacerlo.
No quería. Ese fue el momento exacto en que comprendió que tenían un problema.
Y en lugar de detenerlo, bloqueó el teléfono.
El sábado siguiente cenaron los cuatro. Carlos no hizo ninguna referencia a los mensajes.
Sofía tampoco. Eso creó entre ellos un secreto minúsculo. Ridículo. Un secreto que solo existía porque ambos habían decidido no nombrarlo. Úrsula estaba especialmente divertida aquella noche. Contó una historia sobre un cliente que había intentado pagarle un trabajo con una estancia en un hotel.
—¿Y aceptaste? —preguntó Ernesto.
—Claro que no.
Carlos bebió vino.
—Era un hotel espantoso.
Úrsula lo miró.
—No lo viste.
—Vi las fotos.
—¿Qué fotos?
Una pausa, muy pequeña, carlos dejó la copa.
—Las de la web.
Úrsula pareció aceptar la explicación, sofía también, pero se quedó con ella, la conversación siguió.
Más tarde fueron al club. En la habitación, Sofía buscó a Carlos casi inmediatamente.
Él la recibió con una intensidad que no había tenido las veces anteriores.
La besó. Ella respondió. Sintió sus manos en la espalda, la presión de su cuerpo, el calor de una boca que ya conocía demasiado bien para llevar apenas unas semanas conociéndola.
Sofía se separó unos centímetros. Carlos volvió la atención hacia ella.
—¿Qué?
—Nada.
La palabra salió sola. Él acarició su mejilla.
—Mentira.
La ocurrencia le arrancó una sonrisa. Lo besó otra vez.
A unos metros, Ernesto estaba con Úrsula.
La habitación volvió a llenarse de aquella intimidad compartida que hasta entonces había funcionado tan bien.
Caricias, besos, ropa que fue quedando atrás y cuatro cuerpos buscando placer sin prisas, con una confianza cada vez mayor.
Pero Sofía empezó a notar una diferencia.
Cuando estaba con Ernesto, seguía sintiendo la familiaridad, el deseo construido durante años, la seguridad de conocerlo.
Con Carlos había expectativa, una especie de hambre anticipada, quería descubrir.
Quería que él descubriera. Y cuando cambiaban de pareja dentro del juego, Sofía esperaba volver a él.
Aquello no estaba en las reglas. Nadie lo veía, o eso creyó.
Úrsula sí. En un momento de la noche, Sofía levantó los ojos y la encontró observándolos.
No parecía enfadada, ni celosa, simplemente miraba, sofía sintió una incomodidad breve. Carlos no se dio cuenta. Más tarde, cuando descansaban, Úrsula se sentó junto a Sofía.
—Te gusta mucho.
Sofía la miró.
—¿Carlos?
Úrsula sonrió.
—No. Ernesto.
La broma desactivó la pregunta. Sofía se rio.
—Muchísimo.
Úrsula bebió agua.
—Carlos también.
Esta vez Sofía no respondió inmediatamente.
—Sí.
Úrsula la miró.
—Está bien.
—¿Sí?
—Claro.
La respuesta era idéntica a la que Ernesto había dado semanas atrás.
Pero sonó distinta, sofía no supo por qué, úrsula sonrió, le dio un beso breve.
Y se levantó. Al llegar a casa, Ernesto se durmió casi inmediatamente.
Sofía no. Permaneció mirando el techo. A las cuatro y nueve, el teléfono vibró.
Lo había dejado en silencio, pero la pantalla se iluminó.
Carlos. Sofía lo cogió. ¿Despierta? Miró a Ernesto.
Dormía de lado, vuelto hacia ella. Sofía escribió: Sí.
Carlos: Yo tampoco puedo dormir. ¿Úrsula?
Frita, sofía sonrió, ernesto también, pasaron unos segundos, ha estado bien esta noche, sofía escribió: Mucho, tres puntos, desaparecieron, volvieron.
Quería besarte al salir. Sofía dejó de respirar durante un instante.
No dentro de la habitación. No como parte del intercambio.
Al salir, leyó la frase otra vez, podía detenerlo.
Debía detenerlo. Escribió: Eso no estaba en las reglas.
Carlos tardó, lo sé, sofía miró a Ernesto.
Después la pantalla. Entonces hiciste bien en no hacerlo.
Carlos: Sí. La conversación debería haber terminado allí.
No terminó. Un minuto después: Pero quería.
Sofía sintió el corazón en el pecho. Escribió una respuesta, la borró, otra, también.
Finalmente: Duérmete, Carlos, él contestó: Buenas noches, Sofía, ella apagó la pantalla.
Permaneció quieta. Ernesto se movió y pasó un brazo alrededor de su cintura sin despertarse.
Sofía apoyó una mano sobre la suya. Sintió una punzada de culpa, por un mensaje.
Por cuatro palabras. Por algo que ni siquiera había sucedido.
A la mañana siguiente, Ernesto estaba preparando café cuando Sofía bajó.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Mintió con una facilidad que la sorprendió. El teléfono permanecía en el dormitorio. La conversación con Carlos seguía allí. No la había borrado. Pero tampoco pensaba enseñársela. Y esa diferencia era mucho más importante que cualquier cosa que hubieran hecho desnudos.