La otra pareja CAPÍTULO 5 — LAS REGLAS
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CAPÍTULO 5 — LAS REGLAS

Sofía despertó a las siete y diecisiete con un brazo que no era el de su marido alrededor de la cintura.

Tardó unos segundos en recordar por qué.

La habitación estaba casi a oscuras. Una línea grisácea entraba entre las cortinas y dibujaba el borde de la cómoda.

Ernesto dormía al otro lado de la cama. Úrsula estaba entre ambos, vuelta hacia él.

Carlos permanecía pegado a la espalda de Sofía.

La mano que durante la noche había terminado junto a la suya descansaba ahora sobre su vientre.

Sofía miró hacia Ernesto, dormía, volvió a cerrar los ojos, podría apartarse.

No lo hizo. Permaneció quieta, escuchando la respiración de Carlos muy cerca de su nuca.

Era extraño despertarse así, extraño y agradable, demasiado agradable.

Se dijo que no significaba nada. Habían dormido cuatro personas en una cama pensada para dos y cualquier postura acababa siendo inevitable.

Ernesto tenía una pierna atrapada debajo de Úrsula.

Ella prácticamente ocupaba el centro del colchón.

Carlos estaba al borde. Geometría. La mano de Carlos se movió.

Sofía sintió los dedos deslizarse apenas sobre el tejido de la camiseta que se había puesto para dormir.

Abrió los ojos. Esta vez supo que estaba despierto.

—Buenos días —susurró él.

—Buenos días.

—¿Qué hora es?

Sofía miró el despertador.

—Las siete y veinte.

Carlos emitió un sonido de protesta.

—Eso no existe un domingo.

—Vuelve a dormirte.

—Estoy intentando descubrir dónde termina mi cuerpo y empieza el suelo.

La ocurrencia le arrancó una sonrisa.

—Te dije que te arrimaras.

—Y te hice caso.

La mano seguía sobre ella. Ninguno mencionó el detalle.

—Estás ocupando veinte centímetros —susurró Sofía.

—Dieciocho. Los he calculado durante la noche.

—Pobre.

—He tenido que desarrollar técnicas de supervivencia.

—Drama.

Carlos acercó la boca a su oído.

—Tú tienes casi medio colchón.

Sofía miró el espacio que ocupaba.

—Eso es mentira.

—Tienes privilegios de propietaria.

Ella reprimió una risa para no despertar a los otros.

Carlos también se rio muy bajo. Y aquello, precisamente aquello, fue lo que empezó a inquietarla.

No la mano, no que estuvieran prácticamente abrazados.

La conversación. La sensación de estar compartiendo algo mientras los demás dormían. Sofía volvió a mirar a Ernesto.

—Voy a hacer café.

Intentó incorporarse. Carlos retiró el brazo inmediatamente.

—Yo voy contigo.

—No hace falta.

—Necesito recuperar sensibilidad en las piernas.

Sofía salió de la cama procurando no despertar a nadie. Encontró sus pantalones junto a una silla. Se los puso. Carlos recogió una camiseta del suelo. Bajaron, la casa estaba fría. Sofía encendió la cafetera. Carlos se sentó en uno de los taburetes de la cocina.

—Bonita casa.

—Ya lo dijiste anoche.

—Anoche había bebido.

—¿Y ahora ha empeorado?

—Ahora puedo verla.

Sofía abrió un armario.

—Eso ha sonado fatal.

—Quería decir que sigue siendo bonita.

—Tarde.

—¿Puedo reiniciar la conversación?

—No.

Carlos sonrió. Ella puso dos tazas.

—¿Cómo lo tomas?

—Solo.

—¿Azúcar?

—No.

Sofía le dio la taza.

—Psicópata.

—¿Por beber café solo?

—Y sin azúcar.

—Tú le pones leche.

—Porque me gusta disfrutar de la vida.

Carlos bebió. Sofía se apoyó contra la encimera. Los dos estaban despeinados. Él llevaba la camiseta arrugada. Ella no se había lavado siquiera la cara. Aquello se parecía demasiado a una mañana cualquiera.

—¿Estás bien? —preguntó Carlos.

Sofía levantó la taza.

—Volvemos a esa pregunta.

—Esta vez no me refiero a anoche.

—¿Entonces?

Carlos tardó un momento.

—A todo esto.

Sofía miró hacia las escaleras.

—Sí.

—¿Seguro?

—¿Tú no?

—Mucho.

—Pues entonces.

Carlos giró la taza entre las manos.

—Es nuevo para nosotros también.

—Pensaba que llevabais más tiempo.

—Un poco. Pero no así.

Sofía frunció el ceño.

—¿Así cómo?

Carlos levantó la mirada.

—Repitiendo tanto con la misma pareja.

La frase produjo una satisfacción absurda.

—¿Nunca?

—Alguna vez hemos repetido.

—No es lo que has dicho.

Carlos esbozó una sonrisa.

—No.

—¿Entonces?

—Nunca habíamos quedado a cenar.

Sofía bebió café para darse unos segundos.

—Nosotros tampoco.

—Ya.

—Llevamos dos experiencias y media.

—¿Media?

—La cena cuenta como media.

—¿Y anoche?

—Anoche cuenta como...

Frenó el paso. Carlos esperaba.

—No sé cuánto cuenta anoche.

—Bastante.

Se miraron, otra vez aquella pausa. Sofía empezaba a reconocerla. Aquel espacio que aparecía entre ambos y que no tenía nada que ver con el sexo. Carlos dejó la taza.

—Me caes muy bien.

Sofía soltó una risa.

—Eso parece una declaración de instituto.

—Estoy intentando ser prudente.

—Pues te ha quedado fatal.

—Déjame otra oportunidad.

—A ver.

Carlos se tomó unos segundos.

—Me gusta estar contigo.

La sonrisa desapareció de la cara de Sofía. Aquello ya no era una broma.

—Carlos...

—No estoy diciendo nada raro.

—Un poco sí.

—¿Por qué?

—Porque estamos abajo tomando café mientras nuestros maridos...

Se detuvo. Carlos levantó una ceja.

—¿Nuestros maridos?

Sofía se tapó la boca. Él empezó a reír.

—Cállate.

—Acabas de casar a Ernesto conmigo.

—Quería decir nuestras parejas.

—No lo arregles.

Sofía le tiró un paño de cocina. Carlos lo atrapó.

—Voy a contarle a Úrsula que me he casado.

—Como se lo cuentes, te echo.

—De mi propia casa matrimonial.

Sofía estaba todavía riendo cuando oyó pasos en la escalera. Úrsula apareció con la camiseta de Ernesto y el pelo completamente revuelto.

—¿De qué os reís?

Sofía miró a Carlos. Él mantuvo una seriedad impecable.

—Nada.

—Mala señal —dijo Úrsula.

Se acercó a la cafetera.

—Necesito eso.

Sofía preparó otra taza.

—¿Ernesto?

—Muerto.

—Normal.

—Ronca.

—Mentira.

—Pregúntale a Carlos.

Carlos levantó las manos.

—No pienso participar en conflictos matrimoniales.

Úrsula le dio un beso, sofía los observó, fue un beso sencillo.

Cotidiano. Y sintió una incomodidad tan rápida que apenas tuvo tiempo de identificarla.

Carlos abrazó a Úrsula por la cintura. La sensación aumentó, sofía miró su café.

Aquello sí era nuevo. Hasta entonces sus celos habían estado dirigidos hacia Ernesto.

Ahora acababa de sentirlos mirando a Carlos besar a su propia mujer.

No tenía ningún derecho a sentirlos. Eso no impidió que estuvieran allí.

Las reglas aparecieron aquella misma tarde.

Cuando Carlos y Úrsula se marcharon, Sofía y Ernesto recogieron la casa.

Había cuatro copas en el salón. Botellas.

Una manta en el suelo. La caja vacía de la tarta.

Ernesto encontró un pendiente debajo del sofá.

—¿Tuyo?

Sofía alzó la vista hacia él.

—De Úrsula.

—Se lo guardo.

Lo dejó sobre la mesa. Sofía recogió los platos.

—Tenemos que hablar.

Ernesto la miró.

—Eso nunca anuncia nada bueno.

—No es nada malo.

—Peor todavía.

—En serio.

Se sentaron. Sofía no sabía exactamente cómo empezar.

—Creo que deberíamos revisar las reglas.

Ernesto asintió lentamente.

—Vale.

—Porque ya hemos roto alguna.

—Teléfonos.

—Sí.

—Quedar fuera del club.

—También.

—Dormir juntos.

—Eso no estaba prohibido.

—Porque no se nos había ocurrido.

Sofía sonrió.

—Cierto.

Ernesto se inclinó hacia delante.

—¿Quieres parar?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Tú?

—No.

—Entonces.

—Entonces ponemos reglas nuevas.

Sofía respiró algo más tranquila, hablaron, sin dramatismo, sin reproches, nada a solas, aquella fue la primera.

Si quedaban, quedaban los cuatro. Los mensajes personales no estaban prohibidos, porque podía surgir cualquier necesidad práctica, pero nada que no pudieran enseñar a sus respectivas parejas.

Nada de encuentros fuera de los cuatro. Si cualquiera empezaba a sentirse incómodo, se hablaba.

Si el sexo afectaba al matrimonio, se terminaba.

Y, sobre todo, ninguna relación paralela.

—Esto es sexo —dijo Ernesto.

Sofía asintió.

—Sí.

—Y amistad.

—Sí.

—Pero nosotros somos nosotros.

—Claro.

Ernesto la miró durante unos segundos.

—¿Te estás enamorando de Carlos?

Sofía soltó una carcajada demasiado rápida.

—¿Qué?

—Es una pregunta.

—Una pregunta absurda.

—Vale.

—Ernesto, apenas lo conozco.

—No he dicho que sí.

—Pues entonces.

Él no insistió. Eso molestó a Sofía más de lo que habría querido.

—¿Tú te estás enamorando de Úrsula?

—No.

La respuesta fue inmediata. Sofía sintió alivio. Y también algo parecido a una derrota.

—Pues yo tampoco.

Ernesto se acercó.

—Bien.

La besó.

—¿Seguimos?

Sofía apoyó la frente contra la suya.

—Seguimos.

El primer mensaje privado llegó dos días después.

Sofía estaba trabajando cuando el teléfono vibró.

No era Contabilidad, carlos. Abrió. Una fotografía de una pared verde.

Debajo: Necesito dictamen profesional. ¿Verde claro o verde oscuro?

Sofía se rio sola. Contestó: Eso es verde salvia.

Carlos: Sabía que responderías algo insoportable.

Sofía: ¿Para qué preguntas a una profesional? Carlos: Porque Ernesto no contesta.

Ella se detuvo. ¿Se lo has mandado a él? Carlos: No, pero sé lo que diría. Verde. A Sofía se le escapó una sonrisa. Escribió: Está aprendiendo, la conversación terminó, tres minutos, nada sexual, nada oculto. Nada que incumpliera ninguna regla. Por la noche se lo contó a Ernesto.

—Carlos me ha escrito.

—¿Sí?

—Por una pared.

Ernesto la miró.

—Eso es una frase extraña incluso para nosotros.

Sofía le enseñó la conversación. Él la leyó.

—Es verde.

—Salvia.

—Verde.

—No tienes remedio.

Todo bien. Dos días después Carlos volvió a escribir.

Esta vez una fotografía de una silla horrorosa en el vestíbulo de un hotel.

Esto debería ser delito, ¿no? Sofía respondió: Prisión permanente revisable, sabía que entenderías la gravedad, hablaron diez minutos.

Después veinte. De la silla pasaron al hotel.

Del hotel a un viaje de Sofía. Del viaje a lugares donde les gustaría vivir.