CAPÍTULO 4 — CUATRO #3
—El fotógrafo —dijo Ernesto—. Por fin una habilidad útil.
—Dame eso.
Entre los cuatro consiguieron abrir la botella.
El corcho terminó dentro, bebieron el vino igualmente, después pusieron música.
Hablaron hasta tarde. Úrsula acabó descalza en el sofá.
Ernesto también. Carlos estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada contra una butaca.
Sofía los miró desde la cocina mientras llevaba cuatro vasos de agua.
Era una imagen completamente absurda. Hacía menos de un mes no conocían a aquellas personas.
Ahora estaban en su salón. Úrsula llevaba una camiseta de Ernesto porque se había manchado la blusa con vino. Carlos discutía con él sobre una película. Sofía dejó los vasos.
—Tengo una pregunta.
Los tres la miraron.
—¿Qué somos?
Úrsula respondió:
—Cuatro personas borrachas.
—No estoy borracha.
—Entonces tres personas borrachas y tú.
Ernesto levantó el vaso.
—Habla por ti.
Sofía se sentó.
—Lo digo en serio.
Carlos la miró.
—¿Necesitamos una definición?
—No sé.
—Yo voto que no —dijo Úrsula.
—Yo también —añadió Ernesto.
Sofía miró a Carlos.
—¿Tú?
—Me gustan las cosas que funcionan sin manual de instrucciones.
—Eso viniendo de un hombre es peligrosísimo —dijo Úrsula.
Carlos le tiró un cojín. Ella lo esquivó. Ernesto recibió el impacto en la cara.
—¡Joder!
Sofía empezó a reír. Úrsula también. Carlos intentó disculparse y eso hizo que Ernesto le lanzara otro cojín.
En menos de treinta segundos, tres adultos de más de treinta años estaban comportándose como adolescentes en su salón.
Sofía terminó con un cojín sobre la cabeza.
Úrsula cayó medio encima de Ernesto intentando protegerse.
Carlos consiguió refugiarse detrás de una butaca.
—¡Tregua! —gritó Sofía.
—¡Que se rinda él! —dijo Ernesto.
—¡Ha empezado ella!
—¡Mentira!
—¡Tú has esquivado!
—¿Y qué querías, que me diera?
Sofía apenas podía respirar de la risa. Entonces entendió lo que había querido preguntar.
No necesitaba saber qué eran, le gustaba aquello.
Le gustaban ellos. Carlos y Úrsula se quedaron a dormir.
La decisión se tomó porque habían bebido demasiado.
Al menos esa fue la explicación oficial.
Sofía sacó ropa de cama para la habitación de invitados. Úrsula la siguió.
—Podemos pedir un taxi.
—Ni hablar.
—Mañana tendremos que venir a por el coche.
—Pues venís.
—También podemos dormir los cuatro.
Sofía se volvió. Úrsula sonreía.
—¿Eso era una propuesta?
—Era una posibilidad logística.
—Claro.
Úrsula se acercó.
—¿Te apetece?
Sofía pensó en Ernesto, en Carlos, en aquella noche.
—Sí.
Úrsula la besó, fue un beso breve. Casi cariñoso. Eso lo hizo más íntimo que algunos de los anteriores. Cuando volvieron al salón, Ernesto estaba recogiendo vasos. Carlos había desaparecido.
—¿Dónde está?
—Baño.
Úrsula se acercó a Ernesto por detrás y lo abrazó. Él miró a Sofía, ella sostuvo su mirada, todo estaba bien, carlos regresó.
—¿Qué me he perdido?
—Una reorganización de habitaciones —dijo Ernesto.
—¿Tengo que preocuparme?
Sofía sonrió.
—Probablemente.
Subieron, esta vez era su dormitorio. Su cama. Sofía sintió algo diferente cuando Úrsula entró. Todavía más cuando Carlos lo hizo. La intimidad del espacio modificaba las reglas aunque nadie las hubiera cambiado. Ernesto besó a Úrsula. Sofía observó. Después Carlos se acercó a ella.
—¿Seguro?
La pregunta la sorprendió.
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Es vuestra casa.
Sofía miró alrededor.
—Sí.
—Eso cambia cosas.
Él también lo entendía.
—Un poco.
Carlos esperó, sofía fue hacia él. Lo besó.
La noche avanzó sin necesidad de convertir el dormitorio en algo ajeno.
Siguió siendo su habitación, su cama, la lámpara que Sofía apagaba cada noche, la cómoda donde Ernesto dejaba el reloj.
Solo había dos personas más. Los besos se hicieron más profundos.
Las manos buscaron piel conocida recientemente.
Sofía sintió el deseo crecer con aquella mezcla de familiaridad y novedad que Carlos empezaba a representar.
Lo abrazó. Notó su respiración junto al cuello.
Al otro lado de la cama, Úrsula se reía por algo que Ernesto había dicho.
Sofía abrió los ojos, vio a su marido, él la vio.
Durante un momento permanecieron mirándose.
A Sofía se le escapó una sonrisa. Ernesto respondió.
Y continuaron. Más tarde los cuatro acabaron bajo el mismo edredón. Aquello sí resultó complicado.
—No cabemos —protestó Ernesto.
—Tu cama es pequeña —dijo Úrsula.
—Es de uno ochenta.
—Para cuatro es pequeña.
—No la compramos pensando en esto.
Carlos estaba en un extremo.
—Yo me voy a la habitación de invitados.
—Ni hablar —dijo Sofía.
—Estoy a cinco centímetros de caerme.
—Pues arrímate.
Carlos sostuvo sus ojos.
—¿A ti?
—Al suelo, si prefieres.
Él se acercó. Sofía sintió su cuerpo pegado al suyo. Ernesto apagó la luz.
—Buenas noches, accionistas.
Úrsula empezó a reír.
—Eres gilipollas.
—Gracias.
Hubo varios minutos de movimientos, piernas buscando sitio, quejas por el edredón y una discusión sobre quién estaba ocupando más cama.
Después llegó el silencio, sofía permaneció despierta, ernesto estaba detrás de Úrsula, carlos detrás de ella, podía sentir su respiración, la habitación olía diferente, a cuatro personas, a perfume.
A piel. A una intimidad que había crecido demasiado deprisa para que Sofía pudiera medirla.
Carlos se movió. Su mano rozó accidentalmente la de ella debajo del edredón.
Sofía abrió los ojos en la oscuridad. Esperó que la retirara, no lo hizo, ella tampoco, sus dedos quedaron tocándose, ernesto respiraba al otro lado.
Úrsula parecía dormida. Sofía sintió el pulgar de Carlos moverse apenas sobre uno de sus dedos.
Un gesto diminuto. Tan pequeño que podía fingir que no significaba nada.
Cerró los ojos. Y dejó la mano donde estaba.