La otra pareja CAPÍTULO 4 — CUATRO #2
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CAPÍTULO 4 — CUATRO #2

Carlos acercó una mano a su cintura. Sofía no esperó.

Lo besó. El contacto tuvo algo distinto a la vez anterior.

Reconocimiento. Ya sabía cómo besaba. Sabía el olor de su piel.

La forma en que inclinaba ligeramente la cabeza.

Aquello eliminaba la sorpresa y añadía anticipación.

Sofía sintió sus manos recorrerle la espalda mientras ella lo atraía por el cuello.

A unos pasos, Ernesto y Úrsula se besaban. La mezcla seguía funcionando. Los celos continuaban ahí, pero habían perdido los dientes. Se habían convertido en una corriente eléctrica que acompañaba al deseo. Carlos apartó la boca de la suya.

—Ese vestido es nuevo.

A Sofía se le escapó una sonrisa.

—Te has fijado.

—Sí.

—Eso te da algún punto.

—¿Cuántos me faltan?

—Muchos.

—Pensaba que había recuperado bastantes.

Sofía volvió a besarlo.

—No seas impaciente.

La ropa empezó a sobrar. Sin prisas. Sin necesidad de explicar qué quería cada uno porque ya habían aprendido algunas cosas.

Úrsula se acercó a Sofía por detrás mientras Carlos la besaba.

Sus manos encontraron la cintura de Sofía y durante unos instantes quedó entre ambos, sintiendo dos respiraciones, dos cuerpos, dos formas completamente distintas de tocarla. Cerró los ojos.

El deseo le recorrió la piel. Se volvió hacia Úrsula y la besó. Después buscó a Ernesto, él estaba observándola, sofía extendió una mano. Ernesto se acercó. El beso de su marido tuvo un sabor conocido que contrastó con todos los demás. Sofía apoyó la frente contra la suya.

—Hola.

A Ernesto se le dibujó una sonrisa.

—Hola.

—¿Bien?

—Muy.

—Yo también.

Úrsula apareció junto a ellos.

—¿Reunión privada?

—Matrimonial —dijo Ernesto.

—Ah. Perdón.

—Puedes quedarte.

Sofía soltó una carcajada. Úrsula besó a Ernesto.

Sofía los observó desde muy cerca. Esta vez no apartó los ojos.

Había algo profundamente excitante en ver el deseo de su marido.

No solo recibirlo. Contemplarlo desde fuera.

Reconocer sus gestos en otro contexto. Carlos se acercó por detrás y apoyó las manos en sus caderas. Sofía volvió la cabeza. Lo besó.

La habitación se llenó de respiraciones agitadas, alguna risa y palabras dichas muy cerca.

El deseo circuló entre los cuatro sin una distribución rígida.

Sofía buscaba a Carlos y regresaba a Ernesto.

Úrsula alternaba entre ellos y se acercaba a Sofía.

los cuerpos cambiaban de lugar con una libertad que semanas antes habría parecido imposible.

No había nada mecánico. Ahí estaba buena parte de lo que le gustaba.

El sexo no parecía un intercambio comercial de parejas.

Parecía una conversación física, a veces alguien esperaba, a veces miraba.

A veces se acercaba. Sofía descubrió que le excitaba especialmente observar a Ernesto con Úrsula cuando Carlos estaba junto a ella.

Sentir que ambos compartían la misma escena desde lados opuestos.

Y también descubrió que empezaba a reconocer cuándo Carlos la estaba mirando sin necesidad de verlo.

La conciencia de su atención se había vuelto física. Después, cuando los cuatro terminaron tumbados de cualquier manera sobre la cama, Ernesto dijo:

—Necesito pizza.

Úrsula empezó a reír.

—Otra vez comida.

—El sexo consume calorías.

Carlos negó con la cabeza.

—Eso está muy sobrevalorado.

—Déjame vivir.

Sofía tenía la cabeza apoyada sobre el brazo de Carlos. Se dio cuenta, podía moverse. No lo hizo. Ernesto estaba tumbado al otro lado, con Úrsula medio apoyada sobre él. La escena tenía algo doméstico, eso sí la inquietó, solo durante un momento, carlos movió ligeramente el brazo.

—¿Incómoda?

—No.

—Se me está durmiendo.

Sofía levantó la cabeza inmediatamente.

—Pues haberlo dicho.

—Estaba esperando a perderlo por completo.

—Idiota.

—Me lo dices bastante.

—Porque haces méritos.

Carlos flexionó los dedos. Sofía lo observó.

—¿Mejor?

—Creo que conservaré el brazo.

—Me alegro.

Se miraron. Un segundo más de lo necesario.

Sofía fue la primera en apartar los ojos.

Las cenas empezaron a repetirse, no todas las semanas, no había calendario, a veces surgía un jueves, una copa después del trabajo, una cena improvisada.

Un sábado en el club. Otra noche en la que ninguno tenía ganas de entrar y terminaron tomando algo en otro sitio.

La relación empezó a adquirir capas. Sofía descubrió que Úrsula odiaba el cilantro. Que Carlos podía pasar veinte minutos discutiendo sobre café y después beber cualquiera si tenía sueño. Que Ernesto y Úrsula compartían una afición incomprensible por los documentales de crímenes reales.

—No son incomprensibles —protestó Úrsula una noche.

—Veis asesinatos para relajaros —dijo Sofía.

—Vemos investigaciones.

—De asesinatos.

—Sí.

—Para relajaros.

Ernesto intervino:

—Aprendes cosas.

Carlos levantó la vista de la carta.

—Eso es lo que me preocupa.

Estaban cenando en un bar pequeño que Úrsula había elegido.

Una televisión permanecía encendida detrás de la barra sin sonido.

Emitía un informativo. Sofía apenas la había mirado.

Úrsula estaba explicando un documental que había visto y Ernesto intentaba recordar el nombre de otro.

Carlos fue el único que levantó los ojos hacia la pantalla.

Una fotografía de un coche. Después una carretera.

Un mapa de España con varios puntos marcados.

Sofía siguió hablando.

—Yo no puedo ver esas cosas antes de dormir.

—Porque eres una cobarde —dijo Ernesto.

—Porque después cualquier ruido me parece un asesino entrando en casa.

—Tenemos alarma.

—El asesino no lo sabe.

—Precisamente.

En la televisión apareció un rótulo: LA POLICÍA INVESTIGA LA POSIBLE CONEXIÓN ENTRE VARIOS HOMICIDIOS. Carlos seguía mirando. Sofía lo notó.

—¿Qué pasa?

Él tardó un instante en responder.

—Nada.

Miró otra vez la pantalla. Ahora mostraban imágenes de archivo de dos escenarios diferentes. Cinta policial. Agentes. Una fotografía borrosa de una carretera. El rótulo cambió: BUSCAN A UN HOMbrE Y UNA MUJER RELACIONADOS CON VARIOS CASOS.

—Mira —dijo Ernesto—. Justo vuestro género.

Úrsula giró la cabeza hacia la televisión.

—¿Qué?

—Asesinos.

—Sube el volumen —pidió a nadie en particular.

El camarero estaba demasiado lejos. La noticia duró menos de un minuto. Aparecieron dos siluetas genéricas en pantalla. Ninguna fotografía. Después fútbol.

—Qué decepción —dijo Úrsula.

Sofía la miró.

—¿Decepción?

—No hemos oído nada.

—Eres una enferma.

—Me encantan estas cosas.

Ernesto señaló a Úrsula.

—¿Ves? Una mujer con inquietudes culturales.

—Os podéis ir a vivir juntos.

Úrsula apoyó una mano sobre el brazo de Ernesto.

—No me tientes.

La ocurrencia le arrancó una sonrisa.

—Te lo regalo los lunes.

—Los lunes no —dijo Ernesto—. Tengo reunión.

Carlos dejó la copa sobre la mesa.

—¿Podemos volver a hablar de comida antes de que repartáis custodias?

Sofía lo miró.

—¿A ti no te gustan los documentales de crímenes?

—Prefiero dormir.

—Gracias. Una persona normal.

Úrsula negó con la cabeza.

—Dos aburridos.

La televisión siguió encendida. Nadie volvió a mirarla.

Un viernes quedaron en casa de Sofía y Ernesto.

Aquello sí supuso una frontera, el club era territorio neutral, los restaurantes también.

La casa no. Sofía pasó buena parte de la tarde preguntándose si había sido buena idea.

No por el sexo. Ni siquiera habían hablado de que fuese a ocurrir. Era otra cosa.

Carlos y Úrsula iban a entrar en su vida real. No en la parte que ella elegía mostrar fuera. En casa, verían las fotografías. Los libros. El sofá que Ernesto llevaba dos años diciendo que debían cambiar. La cocina. El dormitorio.

—Estás limpiando sobre limpio —dijo Ernesto.

Sofía pasó otra vez un paño por la encimera.

—Está sucio.

—No.

—Hay una mancha.

—Eso es la piedra.

—Pues la piedra está sucia.

Ernesto se acercó por detrás.

—Estás nerviosa.

—No.

—Has colocado tres veces los cojines.

—Estaban mal.

—Sofía.

Ella dejó el paño.

—Vale. Un poco.

—¿Por qué?

—No sé.

Ernesto miró alrededor.

—Es una cena.

—Ya.

—Han visto bastante más de nosotros que el salón.

—No es lo mismo.

Él tardó un momento.

—No.

Sofía agradeció que lo entendiera. El timbre sonó a las nueve y cuatro. Úrsula traía vino. Carlos, una caja de una pastelería.

—No sabíamos qué traer —dijo él.

Ernesto cogió la caja.

—Ya eres mi persona favorita.

—Espera a verla.

—¿Qué es?

—Tarta de queso.

Ernesto miró a Sofía.

—Puede quedarse.

—Qué barato eres.

Úrsula la abrazó.

—Tu casa es preciosa.

—Todavía no has pasado del recibidor.

—Soy una invitada educada.

—Espera cinco minutos.

Cenaron. Bebieron. Carlos quiso ver algunas de las reformas de Sofía y ella terminó enseñándole fotografías en una tableta. Se sentaron juntos en el sofá. Demasiado juntos. O quizá no. Úrsula y Ernesto discutían en la cocina sobre cómo abrir una botella porque el sacacorchos se había roto.

—Eso no puede ser estructural —dijo Carlos mirando una fotografía.

—¿Qué?

—Esa pared.

—No lo era.

—¿La tiraste?

—La tiramos.

—Mejoró muchísimo.

Sofía deslizó la imagen.

—Aquí todavía estaba a medias.

Carlos acercó la cara. Su hombro tocó el de ella. Sofía notó el contacto. No se apartó.

—¿Y esto?

—Una viga original.

—Bonita.

—Estaba escondida encima de un falso techo.

—Hay gente que debería ir a prisión por hacer esas cosas.

Sofía se rio.

—Por suerte no redactas el Código Penal.

Carlos giró hacia ella, estaban cerca. Mucho. La casa estaba en silencio salvo por las voces de Ernesto y Úrsula en la cocina. Sofía miró su boca. Carlos hizo lo mismo. El instante duró apenas un segundo.

—¡Sofía! —gritó Ernesto—. ¿Dónde coño tienes otro sacacorchos?

Ella se levantó demasiado deprisa.

—En el cajón de la derecha.

—¡No está!

—Porque estás mirando mal.

Fue a la cocina. Úrsula tenía la botella entre las piernas y Ernesto peleaba con el corcho roto.

—Esto es lamentable —dijo Sofía.

—Tu marido ha asesinado el vino —respondió Úrsula.

—No estaba diseñado para resistir.

Carlos apareció detrás.

—Apartaos.