La otra pareja CAPÍTULO 4 — CUATRO
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CAPÍTULO 4 — CUATRO

El grupo de Contabilidad sobrevivió al domingo.

Eso fue lo primero que sorprendió a Sofía.

Había supuesto que, después de la intensidad de la noche anterior, los mensajes disminuirían hasta convertirse en alguna broma ocasional y una propuesta para volver a verse.

Lo razonable. Cuatro adultos con trabajos, horarios y vidas que no tenían nada que ver entre sí fuera de aquel club.

A las nueve y doce de la mañana, Úrsula escribió: Necesito saber si los accionistas tienen previsto levantarse hoy. Ernesto respondió desde el otro lado de la cama: La dirección permanece cerrada por causas de fuerza mayor. Sofía oyó vibrar su teléfono sobre la mesilla. Lo cogió.

—Eres idiota.

Ernesto seguía tumbado boca abajo, con media cara hundida en la almohada.

—Buenos días.

—Son las nueve.

—Por eso.

Sofía abrió el grupo. Carlos había contestado: Aquí ha habido un intento de levantamiento. Ha fracasado, úrsula: Mentira, está haciendo café. Carlos: Bajo coacción. La ocurrencia le arrancó una sonrisa. Ernesto abrió un ojo.

—¿Qué dicen?

—Que Carlos está haciendo café.

—Buen hombre.

Sofía escribió: En esta empresa el café se sirve en la cama.

La respuesta de Carlos llegó enseguida: Tomo nota para futuras reuniones.

Sofía leyó la frase dos veces. No había nada especial en ella.

Nada que no pudiera haber escrito para los cuatro.

Aun así, sintió una pequeña satisfacción que prefirió no examinar.

Dejó el móvil. Ernesto estiró un brazo y la atrajo hacia él.

—Ven aquí.

—Tengo que hacer pis.

—Después.

—Llevo despierta veinte minutos.

—Y has sobrevivido.

Sofía se dejó caer sobre su pecho.

—Hueles fatal.

—Anoche no te quejabas.

—Anoche había menos luz.

—Eso no afecta al olor.

—No estoy segura.

Ernesto le dio un beso en la frente. Durante unos segundos permanecieron quietos. Sofía pensó en la noche anterior. En Úrsula, en Carlos, especialmente en Carlos.

—¿Qué tal? —preguntó Ernesto.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué?

—La auditoría.

Sofía sonrió.

—Muy satisfactoria.

—¿Mejor que con Eva y Marcos?

La pregunta la obligó a pensar.

—Diferente.

—Respuesta diplomática.

—¿Tú?

—Mejor.

Sofía apoyó la barbilla sobre su pecho.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Por Úrsula?

—También.

—¿También?

—Por los cuatro.

Ella entendió perfectamente. La primera experiencia había sido excitante precisamente porque era nueva.

Eva y Marcos habían resultado agradables, respetuosos, divertidos.

Sofía guardaba un recuerdo magnífico de aquella noche.

Con Carlos y Úrsula había sucedido otra cosa.

Habían cenado juntos sin cenar, habían hablado.

Se habían reído. Podrían haberse conocido en cualquier sitio. Eso cambiaba mucho.

—A mí también —dijo.

Ernesto acarició distraídamente su espalda.

—¿Te gusta mucho Carlos?

Sofía sostuvo su mirada, podía bromear, podía esquivar la pregunta, no quiso.

—Sí.

Ernesto asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Prefiero que te guste.

—Eso es muy moderno por tu parte.

—No. Es práctico. Si vamos a acostarnos con otras personas, mejor que no te dé asco la tuya.

Sofía soltó una carcajada.

—Qué romántico.

—Tengo mis momentos.

—Úrsula te gusta mucho.

—Muchísimo.

Aquello le provocó un pequeño pellizco. Lo reconoció. Ya sabía qué era.

—Vale.

Ernesto sonrió.

—Ese «vale»...

—Cállate.

La besó, el teléfono volvió a vibrar, sofía estiró el brazo, úrsula había mandado una fotografía, dos tazas de café. Solo eso. Carlos añadió: Prueba documental de mi explotación laboral. Ernesto fijó la atención en la pantalla.

—Me cae bien.

—A mí también.

—¿Carlos?

—Los dos.

—Ya.

Sofía le dio un codazo.

—Pesado.

El martes quedaron para cenar. La propuesta apareció en el grupo a media tarde.

No para ir al club, no para acostarse. Simplemente cenar.

Úrsula conocía un restaurante y preguntó si estaban libres.

Sofía leyó el mensaje en el estudio mientras esperaba una llamada de un proveedor.

Su primera reacción fue mirar la agenda.

La segunda, escribir que sí. Se detuvo antes de enviarlo.

Déjame mirar con Ernesto, mandó eso. Se sintió ligeramente ridícula.

Claro que tenía que hablar con Ernesto. Eran una pareja.

La relación pertenecía a los cuatro. No había nada extraño en consultarlo.

Aun así, durante unos segundos había querido contestar por ambos. Ernesto llamó diez minutos después.

—¿Has visto el grupo?

—Sí.

—¿Te apetece?

—Sí.

—A mí también.

—Pues contesta.

—Contesta tú.

—Estoy trabajando.

—Yo también.

—Pues el primero que termine.

Ernesto escribió treinta segundos después: Los García aceptan. Sofía lo llamó.

—No somos los García.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?

—No pienso poner nuestros apellidos en un grupo llamado Contabilidad.

—Tienen nuestros teléfonos.

—Eso no significa que deban saber demasiado.

Sofía se rio.

—Paranoico.

—Prudente.

—¿Qué apellido nos has adjudicado?

—García. Imposible rastrearnos.

—Eres imbécil.

—Nos vemos en casa.

La cena empezó a las nueve y terminó casi a la una.

Y no ocurrió nada sexual. Eso fue lo que terminó de consolidarlo.

Sofía había llegado con una duda que no había compartido con Ernesto: si serían capaces de estar juntos vestidos.

Sonaba absurdo. Pero hasta entonces la relación con Carlos y Úrsula pertenecía al club.

A una iluminación determinada. A la música.

A habitaciones donde las reglas cotidianas quedaban suspendidas.

Verlos en un restaurante podía resultar raro.

No resultó raro. Úrsula llegó con vaqueros, botas y una chaqueta corta.

Carlos llevaba un jersey gris que Sofía encontró demasiado favorecedor para ser simplemente un jersey gris.

Se sentaron, pidieron vino, hablaron durante cuatro horas, de trabajo, de viajes, de películas.

De comida. De una reforma que Sofía estaba haciendo.

De la incapacidad de Ernesto para distinguir dos tonos de verde.

—Hay verde claro y verde oscuro —defendió él.

Carlos levantó la copa.

—Estoy con Ernesto.

Sofía sostuvo su mirada.

—Has perdido muchos puntos.

—Puedo recuperarlos.

La frase quedó flotando medio segundo. Úrsula sonrió, ernesto también, sofía bebió vino.

—Difícil.

—Me gustan los retos.

Aquello sí pertenecía al otro mundo. Una pequeña grieta.

Una insinuación que cualquiera de los cuatro entendía.

Después siguieron hablando de pintura para paredes.

Cuando llegaron los postres, Sofía ya no recordaba cuándo había empezado a considerar aquella cena como una cena entre amigos.

Úrsula pidió una tarta de queso para compartir.

Ernesto dijo que no quería. Se comió la mitad.

—Eres como mi padre —protestó Sofía—. Nunca quieres postre y después te comes el mío.

—Estoy probando.

—Llevas ocho cucharadas de prueba.

Úrsula apartó el plato.

—Defiende tu territorio.

—Estoy intentando ser una persona evolucionada.

—Eso sirve para el sexo —dijo Carlos—. Con la tarta hay límites.

Ernesto levantó la cuchara.

—Exactamente.

Sofía los miró. A los tres. Y pensó que habían tenido suerte. La idea fue tan clara que la dijo.

—Hemos tenido suerte.

Úrsula dejó la copa.

—¿Con la tarta?

—Con vosotros.

Hubo un pequeño silencio. Sofía sintió que quizá había convertido una conversación ligera en algo demasiado serio.

—Quiero decir... Esto podía haber salido fatal.

—Todavía puede —dijo Carlos.

Ella le dio una patada suave por debajo de la mesa. Carlos la miró sorprendido.

—¿Me acabas de dar una patada?

—Sí.

—¿Por qué?

—Por agorero.

Úrsula empezó a reír.

—Bienvenida. Llevo años haciéndolo.

Carlos se inclinó para mirarse la pierna.

—Estoy en una relación abusiva múltiple.

—Pide ayuda —dijo Ernesto.

—A ti te quería de aliado.

—He visto cómo mira Sofía. No pienso meterme.

Sofía volvió a sentirlo, aquella facilidad.

El gusto de estar allí. Y también otra cosa que empezaba a reconocer.

Le gustaba Carlos fuera del dormitorio. Eso no figuraba en ninguna de las reglas que habían establecido.

Tampoco estaba prohibido. No pensó más en ello.

La siguiente vez volvieron al club. Una semana después.

Esta vez llegaron los cuatro casi simultáneamente.

Úrsula bajó del coche y abrió los brazos.

—Consejo de administración.

Sofía la abrazó.

—Tenemos que dejar de llamar así a esto.

—Jamás.

Carlos saludó a Ernesto, después a Sofía.

Le dio dos besos, uno en cada mejilla. El segundo quedó demasiado cerca de la comisura de sus labios.

Probablemente por casualidad, sofía entró sonriendo.

La noche tuvo menos ceremonia. Ya no necesitaban recorrer el local.

No necesitaban observar durante una hora.

Tomaron algo. Hablaron con otras personas.

Una pareja se acercó a ellos y durante un rato Sofía pensó que quizá acabarían siendo seis.

La posibilidad la excitó. También la inquietó. Úrsula fue quien terminó rechazando educadamente la propuesta.

—Hoy venimos en formación cerrada —explicó cuando se quedaron solos.

Ernesto se rio.

—Eso suena militar.

—Pues ya me entendéis.

Sofía la entendía. Ella tampoco quería compartirlos.

El pensamiento apareció con una claridad que la incomodó ligeramente.

No quería otra pareja, quería aquella, a Carlos, a Úrsula.

A los cuatro. Más tarde entraron en una habitación.

Esta vez no hubo risas nerviosas al principio.

Úrsula besó a Sofía casi en cuanto se cerró la puerta.

Sofía respondió con la misma naturalidad.

Ernesto y Carlos se quedaron observándolas.

—Esto empieza a parecer una costumbre —dijo Ernesto.

Úrsula se separó.

—¿Te quejas?

—Estoy valorando.

Sofía lo agarró por la camisa y lo besó.

—Valora eso.

—Positivo.

Carlos se rio, úrsula fue hacia Ernesto, sofía quedó frente a Carlos.

—Hola —dijo él.

—Hola.

—Creo que nos han abandonado.

—Parece grave.

—Podríamos presentar una reclamación.

—A Contabilidad.

—Exacto.