CAPÍTULO 3 — LA OTRA PAREJA #2
—¿Ya estás contando intimidades?
—Tenemos un problema —dijo Sofía—. Él tampoco.
Carlos levantó su copa hacia Ernesto.
—Por fin alguien sensato.
—Gracias.
—No les hagas caso —dijo Úrsula—. Carlos dice que no baila porque no sabe.
—No bailo porque tengo dignidad.
Ernesto señaló hacia la pista.
—Hace una hora yo también.
Sofía lo miró.
—¿Ves? Ya sois amigos.
Aquello fue todo lo que hizo falta. Hablaron, primero de cosas fáciles, del local. De cuánto tiempo llevaban acudiendo. Sofía y Ernesto reconocieron que era su segunda noche.
—Pues parecéis bastante tranquilos —dijo Carlos.
—No los viste la semana pasada en el aparcamiento —respondió Ernesto.
Sofía abrió los ojos.
—No cuentes eso.
Úrsula se interesó inmediatamente.
—Ahora tienes que contarlo.
Ernesto relató los minutos que habían pasado dentro del coche incapaces de decidirse a entrar. Carlos se rio.
—Nosotros hicimos exactamente lo mismo.
—Fueron veinte minutos —dijo Úrsula.
—Siete.
—Dieciocho. Miré la hora.
—Eso fue porque llegamos antes.
—Llegamos a la hora que habíamos dicho.
—Tú dijiste once.
—Dije diez y media.
Sofía miró a Ernesto.
—Me gustan.
Lo dijo sin pensar, úrsula soltó una carcajada, carlos levantó las cejas.
—Eso ha sido rápido.
Sofía sintió calor en la cara.
—Quería decir...
—Sabemos lo que querías decir —la salvó Úrsula.
—Gracias.
—Aunque también puedes querer decir lo otro.
La mirada de Úrsula acompañó la frase. Sofía sostuvo sus ojos, aquello ya era diferente, no incómodo, solo claro, ernesto lo notó, carlos también, pero nadie se precipitó.
Siguieron hablando. Sofía descubrió que Úrsula trabajaba en comunicación como autónoma.
Carlos era fotógrafo, principalmente de arquitectura, hoteles y alojamientos turísticos.
—Por eso viajamos bastante —explicó él.
—¿Hoteles? —preguntó Ernesto—. Ese trabajo tiene ventajas.
—Después del hotel número doscientos dejas de emocionarte.
—Yo no.
—Porque no has visto cómo están algunas habitaciones antes de hacer las fotos.
—No me destruyas la fantasía.
La boca de Carlos se curvó apenas. Sofía lo observó mientras hablaba.
Tenía una forma tranquila de hacerlo. No intentaba ocupar toda la conversación.
Escuchaba. Cuando alguien decía algo, parecía atender realmente en lugar de esperar su turno.
Eso le gustó. También se fijó en una pequeña cicatriz cerca del antebrazo cuando Carlos se remangó ligeramente la camisa. No le dio importancia.
—¿Y vosotros? —preguntó Úrsula.
Sofía explicó su trabajo. Carlos se interesó.
No con las preguntas habituales sobre decoración.
Preguntó por espacios. Por cómo decidía qué conservar de una vivienda.
Por qué algunos lugares parecían acogedores y otros no aunque estuvieran perfectamente diseñados.
Sofía terminó hablando más de lo que esperaba.
—Perdón —dijo en algún momento—. Me enrollo con esto.
—No —respondió Carlos—. Me interesa.
Y parecía verdad. Ernesto y Úrsula habían empezado otra conversación. Sofía se dio cuenta tarde. Durante unos minutos se habían dividido de manera natural. Ella con Carlos. Ernesto con Úrsula. La distribución no le resultó indiferente.
—¿Siempre haces arquitectura? —preguntó.
—Casi siempre.
—Debe de ser bonito.
—Depende del cliente.
—Todo depende del cliente.
Carlos sonrió.
—Eso también lo compartimos.
Sofía volvió a sentir aquella comodidad extraña. No había ocurrido nada, ni siquiera la había tocado, pero algo estaba sucediendo, entonces Úrsula apareció entre ambos.
—Voy a robarte a mi marido un segundo.
—Es todo tuyo.
—No digas eso tan deprisa.
Sofía se rio. Úrsula le puso una mano brevemente en el brazo. Un gesto pequeño.
—Venid luego.
—¿Dónde?
—Vamos a dar una vuelta.
Sofía miró a Ernesto. Él estaba hablando con Carlos ahora.
—Vale.
Úrsula se alejó con su marido. Sofía esperó a que estuvieran suficientemente lejos.
—¿Qué tal?
Ernesto la miró.
—Muy bien.
—¿Úrsula?
—Muy simpática.
—¿Simpática?
—Y muy guapa.
A Sofía se le escapó una sonrisa.
—Carlos también.
—Ya me había dado cuenta.
—¿Cómo?
—Porque cuando te he preguntado algo hace cinco minutos no me has oído.
—Eso es mentira.
—Te pregunté si querías otra copa.
Sofía intentó recordar. No pudo.
—Vale.
Ernesto se rio.
—No pasa nada.
—¿Seguro?
—De momento.
Ella se acercó.
—A mí tampoco.
—¿De momento?
—De momento.
Se besaron, fue breve, una comprobación.
Después fueron a buscarlos. La noche avanzó con una facilidad que Sofía no había sentido durante la primera visita.
Con Eva y Marcos todo había requerido una decisión consciente.
Cada paso había parecido una puerta. Con Úrsula y Carlos, las puertas parecían abrirse solas.
Recorrieron juntos varias zonas del local.
Bebieron. Hablaron. En un pequeño salón, Úrsula se sentó junto a Ernesto y Carlos junto a Sofía.
Aquella disposición tampoco fue negociada. Simplemente ocurrió. Sofía tenía la pierna de Carlos a pocos centímetros. Era consciente de ella. Demasiado. Úrsula estaba contando una historia sobre una pareja que habían conocido meses atrás. Ernesto reía. Carlos se inclinó hacia Sofía.
—¿Estás bien?
Ella lo miró.
—No empieces.
—¿Qué?
—La semana pasada todo el mundo me preguntaba eso.
—¿Y qué se supone que tengo que preguntar?
—Nada.
Carlos esbozó una sonrisa.
—Vale.
Pasaron unos segundos.
—¿Estás mal?
Sofía soltó una carcajada. Úrsula dejó de hablar.
—¿Qué pasa?
—Tu marido es idiota.
—Eso ya lo sabía.
Carlos puso una mano sobre el pecho.
—Qué ambiente tan hostil.
Sofía seguía riendo cuando notó que la rodilla de Carlos rozaba la suya.
El contacto pudo ser accidental, ninguno se apartó, la risa desapareció lentamente, carlos sostuvo sus ojos, sofía sintió el cambio.
Estaba allí. Ese instante en que una conversación deja de ser conversación.
Carlos bajó los ojos hacia su boca. Después volvió a mirarla, no hizo nada, esperó.
Sofía agradeció que esperara, giró hacia Ernesto, él estaba mirando, úrsula también, nadie parecía sorprendido, sofía volvió hacia Carlos.
—Puedes.
Él acercó una mano a su cara, le rozó la mejilla con los dedos y la besó.
Sofía supo inmediatamente que aquello no se parecía al beso de Marcos.
la diferencia estaba en que llevaba deseándolo desde antes de admitirlo.
Carlos no tuvo prisa. La besó despacio, permitiéndole marcar la distancia.
Sofía apoyó una mano sobre su pecho y notó el latido bajo la ropa.
Cuando se separaron, él no dijo nada. Eso también le gustó, sofía miró hacia Ernesto.
Úrsula estaba besándolo. La imagen volvió a provocar los celos.
Pero ya conocía aquel camino. Esta vez no se asustó.
Observó la mano de Úrsula en la nuca de su marido.
La forma en que Ernesto la acercaba por la cintura. Carlos seguía junto a ella.
—Es preciosa —dijo Sofía.
Él miró a Úrsula.
—Sí.
La respuesta no tuvo vacilación. A Sofía le gustó.
—Ernesto también.
Carlos volvió la atención hacia ella.
—Sí, pero no es mi tipo.
Ella soltó una risa.
—Idiota.
—Eso ya me lo habías dicho.
Úrsula se separó de Ernesto.
—¿Nos movemos?
No hacía falta preguntar dónde. Eligieron una habitación que podía cerrarse.
Sofía fue la última en entrar. Carlos sostuvo la puerta.
Durante un segundo quedaron frente a frente.
Él no intentó besarla otra vez. Sofía entró.
La puerta se cerró. La habitación tenía una cama grande, un sofá y una luz indirecta cálida.
Nada especialmente sofisticado. Úrsula dejó los zapatos junto a una pared.
—Los odio —dijo.
Sofía miró sus pies.
—Dijiste que el vestido era cómodo. De los zapatos no dijiste nada.
—Nunca confíes en una mujer que diga que sus tacones son cómodos.
Ernesto se quitó los suyos.
—Me siento excluido de esta conversación.
Carlos señaló sus zapatos.
—Nosotros tomamos mejores decisiones.
—Exacto.
Aquella normalidad hizo que el momento resultara todavía más extraño. Y más excitante. Úrsula se acercó a Sofía.
—¿Puedo?
Sofía sabía ya qué significaba.
—Sí.
El beso fue diferente al de Eva. Úrsula tenía otra energía. Más segura. Sus manos llegaron a la cintura de Sofía y permanecieron allí mientras la besaba. Sofía respondió. Sintió el cuerpo de Úrsula acercarse. Su perfume. La piel desnuda de sus hombros. Cuando se separaron, ambas sonrieron.
—Ahora entiendo por qué Carlos estaba tan callado —dijo Úrsula.
Sofía miró hacia él.
—¿Estabas callado?
—No respondas —le dijo Carlos a Úrsula.
—Estaba calladísimo.
—Te odio.
—No es verdad.
Ernesto se rio, después Úrsula fue hacia él.
Sofía la observó. No tuvo que darse permiso esta vez.
Quería verlo. Úrsula besó a Ernesto. Carlos se colocó detrás de Sofía.
No la tocó inmediatamente, ella notó su presencia.
Esperó. Una mano llegó finalmente a su cintura.
Sofía se apoyó ligeramente contra él. Carlos apartó su cabello hacia un lado y la besó junto al cuello.
El estremecimiento fue inmediato, sofía cerró los ojos.
Volvió a abrirlos. Ernesto seguía frente a ella con Úrsula.
La mirada de su marido encontró la suya.
Sofía no supo cuál de los dos sonrió antes.
Carlos volvió a besarla, sofía giró. Lo buscó.
Esta vez fue ella quien inició el beso. El resto ocurrió lentamente.
Sin la torpeza de la primera noche, aunque tampoco con la seguridad de quienes llevaban años haciéndolo.
La ropa fue desapareciendo sin prisa. Sofía se permitió observar, a Úrsula, a Ernesto, a Carlos.
Y dejar que la observaran. Hubo algo especialmente intenso en esa exposición voluntaria.
En saber que nadie estaba allí por obligación, que cualquier gesto podía detenerse y que precisamente por eso cada aproximación tenía más fuerza.
Carlos la tocaba con atención. No como quien ejecutaba una rutina.