La otra pareja CAPÍTULO 3 — LA OTRA PAREJA
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CAPÍTULO 3 — LA OTRA PAREJA

El domingo por la mañana, Sofía descubrió que había una manera bastante eficaz de convertir una experiencia sexual extraordinaria en algo completamente doméstico: poner una lavadora. Estaba separando ropa blanca y de color cuando Ernesto apareció en la cocina con dos cafés.

—¿Qué haces?

—La colada.

—Ya lo veo. Me refería a por qué.

Sofía levantó una camiseta.

—Porque si no la hago, el lunes seguirás sin tener calcetines.

—Después de lo de anoche me parece ofensivo estar hablando de calcetines.

—Pues compra más.

Ernesto dejó una taza junto a ella y se apoyó contra la encimera.

Habían llegado a casa después de las cuatro.

Se habían metido en la cama cansados y demasiado despiertos para dormir.

Durante casi una hora habían hablado en la oscuridad, interrumpiéndose, recordando detalles, preguntándose qué había sentido el otro.

Luego habían vuelto a hacer el amor. Solo ellos.

Sofía había pensado que quizá sería extraño.

No lo fue. Fue distinto. Había imágenes de la noche mezclándose con las de Ernesto, recuerdos demasiado recientes que aparecían sin pedir permiso.

En lugar de separarlos, aquella excitación ajena había terminado dentro de su propia cama.

A las once y media se despertaron abrazados.

A las doce y cuarto discutían sobre calcetines.

A Sofía le gustaba aquella continuidad.

—He estado pensando —dijo Ernesto.

—Miedo me da.

—Creo que deberíamos hacer una lista.

Sofía cerró la lavadora.

—¿De qué?

—De lo que nos gustó y lo que no.

—¿Una hoja de Excel?

—Podría.

—Ni se te ocurra.

—Con columnas.

—Ernesto.

—Nombre, valoración, observaciones...

Sofía cogió un calcetín y se lo lanzó. Él lo atrapó.

—¿Este es limpio?

—Ahora ya no importa.

—Hablo en serio.

—Yo también. Nada de Excel.

—Vale. Oral.

Sofía levantó una ceja.

—No sé si lo has hecho a propósito.

Ernesto tardó un segundo.

—No.

—Mentiroso.

Se sentaron con los cafés. La conversación duró más de una hora. Hablaron de Eva. De Marcos. De lo que había resultado más fácil de lo esperado y de aquello que les había costado. Sofía reconoció que ver a Ernesto besar a otra mujer le había molestado durante los primeros segundos.

—¿Solo los primeros?

—Los siguientes fueron otra cosa.

—¿Qué cosa?

Ella bebió café.

—No te emociones.

—Estoy intentando recopilar datos.

—Tu hoja de Excel imaginaria puede quedarse sin esa celda.

Ernesto sonrió, también hablaron de Marcos. Aquello resultó más incómodo. No porque Sofía quisiera ocultarle nada, sino porque todavía no encontraba un vocabulario natural para contarle a su marido que le había gustado sentir las manos de otro hombre sobre su cuerpo.

—Me gustó —dijo finalmente.

Ernesto asintió.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí.

—¿No quieres saber más?

—Si quieres contármelo.

Sofía lo estudió.

—Te estás haciendo el moderno.

—Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano.

Ella sonrió.

—Me gustó besarlo. Y que tú estuvieras allí.

—Eso último ayuda.

—Mucho.

Ernesto jugueteó con la taza.

—A mí me gustó Eva.

—Ya.

—Ese «ya» tiene contenido.

—Estoy procesando información.

Él se rio. Habían empezado a crear un idioma propio para aquello. Y quizá por eso, cuando el viernes siguiente Ernesto le preguntó si quería volver al club, Sofía no necesitó pensarlo demasiado.

—Sí.

—¿Este sábado?

—Sí.

—¿Mismo sitio?

—Sí.

Ernesto la miró.

—Has tardado bastante menos en decidirlo que la otra vez.

—Ya sé qué vestido ponerme.

La segunda visita fue diferente desde el aparcamiento.

No se quedaron dentro del coche. Sofía se bajó en cuanto Ernesto apagó el motor y esperó mientras él cerraba.

Llevaba pantalones negros, una blusa de seda color crema y zapatos que había elegido pensando menos en lo que opinarían los demás que en estar cómoda.

Eso también había cambiado. Ya sabía que nadie iba a examinarla en la puerta.

Ya sabía cómo era la barra. Sabía dónde estaban los baños. Conocía el pasillo.

Incluso reconoció a la mujer de recepción.

—Habéis vuelto —dijo ella.

Ernesto señaló a Sofía.

—Ha sido idea suya.

—Cobarde —respondió Sofía.

Entraron riéndose. No encontraron a Eva y Marcos.

A Sofía le produjo una pequeña decepción que desapareció en cuanto comprendió que, en realidad, agradecía que no estuvieran.

Repetir exactamente la misma experiencia habría convertido la segunda noche en una continuación de la primera.

Y ella quería descubrir, pidieron algo en la barra, hablaron con gente.

Miraron. Bailaron, a pesar de la prohibición solemne de Ernesto.

O, para ser exactos, Sofía bailó y él se dejó arrastrar durante dos canciones mientras mantenía una dignidad que nadie le había pedido.

—Esto cuenta como incumplimiento de límites —protestó cuando regresaron a la barra.

—Puedes decir mandarina.

—No pienso darle esa satisfacción.

Sofía levantó la copa. Entonces los vio.

Estaban al otro lado del local. La mujer fue la primera.

No porque fuese la más llamativa de la sala.

Había otras que enseñaban bastante más, mujeres con vestidos diminutos, escotes profundos o prendas elegidas precisamente para atraer miradas.

Ella llevaba un vestido granate, sencillo.

Oscuro. Le llegaba algo por encima de las rodillas y dejaba los hombros descubiertos.

Cabello muy oscuro, casi negro bajo aquella iluminación. Figura estilizada. Una copa en la mano.

Estaba escuchando al hombre que tenía delante.

Sofía no sabía por qué siguió mirándola.

Quizá por su forma de estar quieta. Había personas que parecían buscar constantemente quién las observaba.

Aquella mujer no, parecía completamente cómoda, el hombre dijo algo.

Ella se rio. Entonces Sofía se fijó en él.

Moreno, treinta y tantos. Barba corta. Jersey fino oscuro sobre una camisa.

Alto sin resultar enorme. Complexión cuidada.

Una nariz que no era perfectamente recta y que, de alguna manera, hacía que su cara resultara más interesante.

Sofía sostuvo la copa cerca de los labios.

—Tenemos candidatos —dijo Ernesto.

Ella lo miró.

—¿Qué?

Él estaba observando en otra dirección.

—Los de allí.

Sofía siguió sus ojos, otra pareja, ella rubia, él muy musculado.

—No.

—¿No?

—No.

—¿Tan rápido?

—Sí.

Ernesto volvió hacia ella.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Estás mirando a alguien.

Sofía bebió.

—No.

—Claro.

—Estaba mirando el local.

—Con mucha concentración.

Sofía volvió a buscar a la pareja del otro lado. La mujer ya no estaba. El hombre tampoco.

—Ya se han ido.

—¿Quiénes?

—Nadie.

A Ernesto se le dibujó una sonrisa.

—Tenemos que mejorar mucho tu capacidad para mentir.

—No estoy mintiendo.

—¿Cómo eran?

—No sé.

—Sofía.

—Una pareja.

—Eso reduce muchísimo las posibilidades aquí dentro.

Ella se rio.

—Una mujer morena. Vestido granate. Y él también moreno.

—Descripción policial impecable.

—Pues búscalos tú.

—Estoy intentándolo.

No los encontraron. Durante la siguiente hora estuvieron con otra pareja y después con un matrimonio que ya conocían de la semana anterior.

Sofía dejó de pensar en los desconocidos.

Hasta que fue al baño. Al salir, la mujer del vestido granate estaba delante del espejo retocándose el pintalabios.

Sofía la reconoció inmediatamente. La otra también la miró a través del espejo.

—Hola.

—Hola.

Sofía fue hacia el lavabo. Se lavó las manos aunque no necesitaba hacerlo. Aquello le pareció tan absurdo que estuvo a punto de reírse. La mujer guardó el pintalabios.

—Me gusta tu blusa.

Sofía miró su reflejo.

—Gracias.

—Es muy bonita.

—Tu vestido también.

—Este tiene truco.

Sofía giró ligeramente.

—¿Qué truco?

La mujer sonrió.

—Parece mucho más incómodo de lo que es.

Sofía soltó una risa.

—Entonces es un gran vestido.

—Úrsula.

Tardó un instante en comprender que se estaba presentando.

—Sofía.

Úrsula extendió la mano. El gesto era ligeramente formal para el lugar en el que estaban y eso le hizo gracia.

—Encantada.

—Igualmente.

Úrsula la observó un segundo, no de arriba abajo, a los ojos.

—¿Vienes con pareja?

—Con mi marido.

—Yo también.

Sofía se secó las manos.

—Os vi antes.

—Yo también os vi.

Aquello la sorprendió.

—¿Sí?

—Estabais bailando.

—Yo estaba bailando. Mi marido estaba sobreviviendo.

Úrsula se rio, tenía una risa bonita, no delicada, abierta.

—Carlos tampoco baila.

—Entonces se entenderán.

—O se quedarán juntos criticándonos.

—También.

La puerta se abrió y entraron dos mujeres hablando. La conversación quedó momentáneamente interrumpida. Úrsula cogió el bolso.

—Estamos en la barra.

No añadió nada ni los invitó a seguirla. Se limitó a salir. Sofía se quedó delante del espejo. Se miró.

—Muy natural —murmuró.

Una de las mujeres que acababan de entrar la miró. Sofía fingió que hablaba del maquillaje. Cuando regresó al salón encontró a Ernesto exactamente donde lo había dejado.

—La he encontrado.

—¿A quién?

—A la mujer.

—¿Qué mujer?

Sofía sostuvo su mirada.

—La del vestido granate.

—Ah. Tu mujer.

—No es mi mujer.

—Todavía.

Sofía le dio un golpe en el brazo.

—Se llama Úrsula.

—Ya tienes hasta el nombre.

—He coincidido con ella en el baño.

—¿Y el marido?

—Carlos.

—Esto avanza rápido.

—Me ha dicho que están en la barra.

Ernesto la miró.

—¿Quieres ir?

Sofía buscó a Úrsula, la vio, estaba con Carlos.

—Sí.

No hubo nervios, o no los mismos. Caminaron hacia ellos. Úrsula los vio aproximarse y sonrió. Le dijo algo a Carlos, él se volvió, entonces miró a Sofía, fue una mirada normal. Eso se dijo ella. Un hombre mirando a una mujer que acababan de presentarle. Pero duró lo suficiente.

—Esta es Sofía —dijo Úrsula—. Nos hemos conocido en el baño.

Carlos esbozó una sonrisa.

—Espero que no sea la historia completa.

—De momento sí.

Úrsula señaló a Ernesto.

—¿Y él?

—Ernesto.

Los hombres se estrecharon la mano.

—Carlos.

Las presentaciones terminaron. Durante unos segundos nadie dijo nada. Sofía pensó que aquello podía morir allí mismo. Cuatro desconocidos junto a una barra. Entonces Ernesto miró a Carlos.

—Me han dicho que no bailas.

Carlos miró a Úrsula.