La otra pareja CAPÍTULO 2 — TRAS LA PUERTA #3
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CAPÍTULO 2 — TRAS LA PUERTA #3

Marcos la besó. La sensación fue completamente diferente.

Más familiar y, precisamente por eso, más peligrosa.

Una barba que rozaba su piel. Un cuerpo masculino que no conocía.

Un olor nuevo. Sofía apoyó las manos en su pecho.

Notó los músculos debajo de la camisa. Pensó en Ernesto.

Abrió los ojos. Su marido la estaba mirando mientras Eva lo besaba en el cuello.

Sofía sostuvo sus ojos, aquello fue el verdadero comienzo, no la desnudez, no las manos.

La mirada. Ernesto viendo a otro hombre besar a su mujer.

Sofía viendo a otra mujer acariciar a su marido.

Ninguno apartó los ojos. Sofía sintió cómo desaparecía el último resto de vergüenza.

A partir de ahí todo ocurrió con una naturalidad que después le costaría explicar.

Prendas que fueron quedándose sobre una silla.

Besos interrumpidos por alguna risa. Manos que preguntaban antes de avanzar y cuerpos que contestaban acercándose o apartándose.

Sofía descubrió que le gustaba tocar a Eva y también verla con Ernesto.

Descubrió que podía sentir celos y deseo exactamente al mismo tiempo.

Que una emoción no anulaba la otra. Marcos la abrazó por detrás mientras ella miraba a su marido.

Sofía apoyó la cabeza contra su hombro. Ernesto seguía observándola, ella sonrió.

Él también. La habitación dejó de parecer extraña.

Durante un rato fueron simplemente cuatro adultos explorando un territorio que ninguno necesitaba fingir que dominaba.

Hubo torpezas. Una rodilla golpeó el borde de la cama.

Ernesto casi tiró una copa de agua. Eva tuvo que apartarse porque empezó a reír cuando Marcos intentó moverse sin darse cuenta de que estaba pisando su propia camisa.

Sofía terminó riéndose también. Y precisamente aquella imperfección hizo que pudiera entregarse a la experiencia.

No estaba participando en una fantasía perfectamente coreografiada.

Estaba allí, con Ernesto. Con otras dos personas.

Haciendo algo que hasta aquella noche nunca había hecho.

El deseo creció sin necesidad de prisas.

Las caricias se volvieron más íntimas, los besos más largos, los movimientos más seguros.

Sofía dejó de preguntarse qué aspecto tendría desde fuera.

Se permitió sentir. Guiar una mano cuando quería más.

Apartarla cuando prefería otra cosa. Buscar a Ernesto de vez en cuando, tocarlo, besarlo, comprobar mediante pequeños gestos que seguían compartiendo la experiencia aunque hubiese otros cuerpos entre ellos.

Y Ernesto hacía lo mismo. Aquello fue lo que terminó de convencerla.

No estaban alejándose. Durante aquella primera noche, al menos, parecía exactamente lo contrario.

Cuando finalmente se quedaron tumbados, desordenados y todavía con la respiración alterada, Sofía miró el techo.

Eva estaba a su izquierda. Ernesto a la derecha.

Marcos se había levantado buscando sus calzoncillos.

—Tengo una pregunta —dijo Sofía.

—Dispara —respondió Eva.

—¿Siempre acaba la ropa en lugares imposibles?

Marcos levantó algo negro.

—¿Esto de quién es?

Ernesto miró.

—Mío.

Sofía empezó a reír.

—Creo que acabas de responderme.

Salieron del club cerca de las tres. El aire frío de la madrugada golpeó a Sofía en la cara y le pareció maravilloso.

Caminaron hacia el coche con la chaqueta cerrada hasta arriba.

Ninguno habló hasta llegar, él abrió, sofía entró, ernesto se sentó al volante, cerró la puerta, silencio, se miraron, sofía empezó a reír.

Ernesto también. No una risa nerviosa como la del aparcamiento horas antes.

Otra. De incredulidad.

—Joder —dijo él.

—Sí.

—¿Estamos bien?

Sofía pensó.

—Creo que sí.

—Yo también.

—Me puse celosa.

—Yo también.

Sofía lo miró sorprendida.

—¿Cuándo?

—Cuando Marcos te besó.

—Pues no se te notó.

—Soy comercial. Sé mantener la compostura mientras sufro.

Ella soltó una carcajada.

—A mí me pasó con Eva.

—Lo imaginé.

—¿Por qué?

—Porque después me besaste como si quisieras recuperar territorio.

Sofía se tapó la cara.

—Qué horror.

—A mí me gustó.

Ella dejó caer las manos.

—A mí también.

Permanecieron callados, había cosas que necesitarían hablar, detalles. Límites. Sensaciones que todavía no sabían ordenar. Pero ninguna parecía urgente, ernesto arrancó. Salieron del aparcamiento. A mitad de camino Sofía puso una mano sobre su pierna.

—Ernesto.

—¿Sí?

—Quiero volver.

Él sonrió sin apartar los ojos de la carretera.

—Yo también.

Sofía apoyó la cabeza contra el reposacabezas.

Miró las luces pasar al otro lado de la ventanilla.

Aquella noche había besado a una mujer. Había besado a otro hombre.

Había visto a su marido con alguien más.

Había descubierto que los celos podían excitarla y que una fantasía podía sobrevivir al contacto con la realidad.

Pero, sobre todo, había descubierto algo que no esperaba.

Quería saber hasta dónde podían llegar. Y todavía no conocía a Carlos.