CAPÍTULO 2 — TRAS LA PUERTA
Lo primero que desconcertó a Sofía fue la barra.
Había esperado muchas cosas detrás de aquella puerta, la mayoría construidas con retazos de películas, páginas de internet y una imaginación que durante las últimas semanas se había entretenido exagerándolo todo, pero no una barra larga de madera oscura con botellas iluminadas desde abajo y un hombre preparando un gin-tonic con la concentración de quien trabajaba en cualquier local elegante de cualquier ciudad.
Tampoco esperaba las mesas. Ni los sofás. Ni a la mujer rubia que discutía con su acompañante porque él había olvidado reservar un restaurante para el domingo.
—Te lo dije el martes.
—Y yo te dije que llamaría.
—Exactamente. Ese es el problema.
Sofía pasó junto a ellos cogida de la mano de Ernesto.
—Gente normal —murmuró.
—Espera a conocer a los contables.
Ella le clavó las uñas. El local era bastante más grande de lo que parecía desde fuera.
La primera zona recordaba a un bar de copas: iluminación baja pero suficiente, música electrónica sin un volumen que obligase a gritar, pequeños grupos conversando y parejas sentadas alrededor de mesas.
Había hombres con americana y otros con camisa o camiseta.
Mujeres con vestidos, pantalones, faldas.
Algunas iban muy arregladas. Otras parecían haber salido a tomar una copa sin más.
Sofía había imaginado que distinguiría inmediatamente quién pertenecía a aquel mundo.
No distinguía absolutamente nada, entonces descubrió otra cosa, las miradas, no eran descaradas, al menos no todas.
Pero estaban. Una mujer morena sentada en un sofá la observó durante unos segundos mientras hablaba con un hombre de barba.
Después sus ojos bajaron hacia el vestido de Sofía y regresaron tranquilamente a su cara.
No hubo sonrisa, tampoco desprecio, simplemente la había mirado, sofía apartó los ojos.
—¿Qué? —preguntó Ernesto.
—Nada.
—Otra vez nada.
—Me ha mirado una mujer.
Ernesto volvió la cabeza.
—No mires.
—¿Cuál?
—Te acabo de decir que no mires.
—Pues no me digas que te ha mirado una mujer.
Sofía tiró de él.
—Vamos a beber.
Encontraron dos taburetes libres en un extremo de la barra. Ernesto pidió una cerveza y Sofía un vino blanco.
—¿Solo uno? —preguntó él.
—¿Qué quieres decir?
—Que igual necesitas algo más fuerte.
—Quiero acordarme mañana.
—Buen criterio.
El camarero dejó las bebidas delante de ellos sin prestarles más atención de la necesaria.
Sofía bebió un sorbo, volvió a mirar alrededor, esta vez lo hizo deliberadamente.
Era curioso. En la calle habría intentado disimular.
En un restaurante habría considerado grosero observar durante demasiado tiempo a una pareja desconocida.
Allí parecía formar parte de las reglas invisibles del lugar.
La morena seguía en el sofá. Ahora estaba mirando a Ernesto, sofía sintió algo, pequeño, una punzada breve, no exactamente desagradable. Miró a su marido. Él estaba bebiendo cerveza sin haberse dado cuenta.
—Ahora te está mirando a ti.
Ernesto bajó el vaso.
—¿La misma?
—Sí.
—¿Puedo mirar ahora?
—Disimula.
—No sé mirar disimuladamente si me dices que disimule.
—Pues haz como si miraras otra cosa.
Ernesto giró la cabeza con una naturalidad tan inexistente que Sofía tuvo que contener la risa.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Pareces un suricato.
—Ya la he visto.
—Y ella sabe que la has visto.
—Tú me has dicho que mirase.
La mujer sonrió desde el sofá. Ernesto volvió inmediatamente hacia la barra. Sofía empezó a reír.
—Te ha pillado.
—A ti también.
—Yo no he hecho nada.
—Llevas cinco minutos controlándola.
—Porque nos está mirando.
Ernesto acercó la cara.
—Creo que ese es parte del asunto.
Sofía bebió otro sorbo. La morena tendría alrededor de cuarenta años.
Era atractiva. Mucho. Vestido verde oscuro, piernas cruzadas, cabello casi negro cayéndole sobre un hombro.
El hombre que estaba con ella parecía algo mayor.
Sofía volvió a sentir aquella punzada. Esta vez la examinó, celos, sí, pero mezclados con algo más.
Curiosidad. La idea de que aquella mujer encontrase atractivo a Ernesto le producía una satisfacción que no había previsto.
Era absurdo. Llevaba once años sabiendo que otras mujeres podían mirar a su marido. Aquella noche, sin embargo, las miradas significaban otra cosa.
—¿Te gusta? —preguntó.
Ernesto casi se atragantó con la cerveza.
—¿Qué?
—La mujer.
—Sofía...
—Hemos venido para esto.
—Acabamos de llegar.
—No te estoy pidiendo que te la lleves al baño. Te pregunto si te parece guapa.
Ernesto volvió a mirar, esta vez sin aquella ridícula maniobra anterior.
—Sí.
La respuesta le provocó otro pinchazo. Más intenso. Sofía dejó la copa.
—Vale.
—¿Vale bien o vale mal?
—Vale raro.
—Podemos irnos.
—¿Puedes dejar de intentar llevarme a casa cada vez que pongo una cara?
—Estoy intentando no divorciarme antes de medianoche.
A Sofía se le escapó una sonrisa.
—Me parece guapa.
Ernesto la observó.
—¿A ti?
—Sí.
—Ah.
—¿Qué significa «ah»?
—Nada.
—Ese «ah» tenía muchísimo contenido.
—Estoy procesando información.
Sofía acercó la boca a su oído.
—Pues procesa en silencio.
La música cambió, entró otra pareja. Después otra.
La noche siguió avanzando y ocurrió algo que Sofía tampoco había previsto: dejó de pensar constantemente en dónde estaba.
Hablaron con una pareja de unos cincuenta años que llevaba mucho tiempo acudiendo al local.
Él era profesor de instituto. Ella trabajaba en una asesoría.
La conversación empezó hablando del club y terminó con los cuatro discutiendo sobre restaurantes.
Nadie propuso nada. Nadie tocó a nadie. Después conocieron a otra pareja más joven. Ella hablaba demasiado deprisa y su marido parecía incómodo. Sofía se reconoció un poco en él y eso terminó de relajarla. A medianoche llevaba dos vinos. Quería estar completamente presente.
—¿Quieres verlo? —preguntó Ernesto.
Sofía sabía a qué se refería. Más allá de la zona de copas había un pasillo por el que habían visto desaparecer a varias personas.
—Sí.
Dejó la copa. Caminaron juntos. La música disminuyó conforme se alejaron de la barra.
La iluminación también. Había una pequeña zona de descanso, otro salón y, más allá, distintas puertas.
Algunas abiertas. Otras cerradas. Sofía notó que el corazón empezaba a acelerársele.
Una mujer pasó junto a ellos envuelta en una bata ligera. Iba descalza. Les sonrió.
—Buenas.
—Hola —respondió Sofía.
Esperó a que se alejase.
—¿Has visto?
—Sí.
—Va en bata.
—También lo he observado.
—Y descalza.
—Parece que estoy contigo.
Sofía le dio un codazo, entraron en otro salón, allí cambió todo, no radicalmente.
Pero sí lo suficiente. Un sofá grande ocupaba una pared.
Había varias parejas, algunos simplemente hablaban.
Otros se besaban. Una mujer estaba sentada sobre las piernas de un hombre mientras otra le acariciaba el cabello.
Sofía se quedó inmóvil un instante. Ernesto no tiró de ella.
No dijo nada, le dejó mirar, aquello sí era diferente.
Una cosa era imaginarlo. Otra contemplar a personas reales tocándose con absoluta naturalidad a pocos metros.
Una pareja se besaba en uno de los sofás.
Él tenía una mano apoyada en la cintura de ella.
la mujer lo rodeaba con los brazos y se movía lentamente contra su cuerpo.
No parecían pendientes de quienes los observaban.
Sofía sintió calor, no vergüenza. Calor. Se acercó un poco más a Ernesto. Él le puso una mano en la espalda.
—¿Bien?
Ella asintió. La palma de Ernesto permaneció allí.
Un gesto cotidiano. Lo había hecho cientos de veces.
Aquella noche le pareció distinto. Sofía siguió mirando.
Otra mujer se acercó a la pareja del sofá.
Dijo algo que Sofía no pudo escuchar. La que estaba sentada sobre el hombre sonrió.
La recién llegada se inclinó y la besó. Sofía tragó saliva.
Ernesto debió notarlo porque sus dedos se movieron ligeramente sobre su espalda.
—¿Quieres ir a otro sitio?
—Todavía no.
La respuesta salió demasiado deprisa. A Ernesto se le dibujó una sonrisa.
—Vale.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te conozco.
Sofía permaneció unos minutos más, descubrió que mirar le gustaba.
Mucho más de lo esperado. Y descubrió también que ser mirada empezaba a gustarle.
Un hombre situado al otro lado del salón la observó.
Ella sostuvo sus ojos. Esta vez no apartó los suyos inmediatamente.
El desconocido sonrió, sofía también, ernesto se inclinó.
—Te está mirando.
—Ya lo sé.
—Ah.
Sofía giró la cabeza.
—¿Ahora qué procesas?
—Información nueva.
—¿Celoso?
Ernesto tardó unos segundos.
—Un poco.
Aquello le encantó, no debería, pero le encantó.
—¿Mal?
—No estoy seguro.
—Pues ya somos dos.
El hombre dejó de mirarla cuando la mujer que estaba a su lado le dijo algo. Sofía sintió la mano de Ernesto bajar desde su espalda hasta la cintura. Se volvió hacia él.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Eso no es nada.
—¿Quieres que pare?
Sofía miró su boca.
—No.
Ernesto la besó. Lo conocía. Conocía perfectamente aquella forma de besar.
Pero había algo diferente en hacerlo allí.
Saber que podían observarlos. Saber que ella acababa de mirar a otro hombre y Ernesto a otra mujer.
El beso se hizo más lento. Sofía apoyó una mano en su nuca.
Cuando se separaron, respiraba de otra manera.
—Joder —murmuró.
—¿Bien?
—Deja de preguntar cada treinta segundos.
—Es nuestra primera noche.
—Si estoy mal, te lo digo.
—Mandarina.
Sofía le tapó la boca con la mano.
—Te odio.
Ernesto besó su palma. Ella retiró la mano.
—Ven.
—¿Dónde?
—No sé.