CAPÍTULO 1 — LA PUERTA #3
El club no estaba en una nave. Eso fue lo primero que la tranquilizó.
Ocupaba un edificio discreto de dos plantas, retirado unos metros de la carretera y protegido por una valla alta.
Desde fuera apenas había información. Un nombre iluminado junto a la entrada, un aparcamiento privado y una fachada oscura que podría pertenecer a un restaurante de copas.
Había más coches de los que Sofía esperaba. Ernesto redujo la velocidad.
—Joder.
—¿Qué?
—Hay gente.
—¿Qué esperabas?
—No sé. Cuatro coches.
—¿Para qué quieres ir a un club vacío?
—No he dicho que quisiera.
Encontraron sitio cerca del fondo, ernesto apagó el motor, ninguno se movió.
Sofía miró hacia la entrada. Una pareja caminaba desde un coche situado dos filas más adelante.
Ella llevaba pantalones negros y un abrigo largo.
Él, vaqueros y americana, normales. Absolutamente normales.
Sofía sintió un alivio tan ridículo que se rio.
—¿Qué pasa?
—Gente normal.
Ernesto siguió su mirada.
—A lo mejor son los contables.
—¿Qué contables?
—Los del club.
—Claro. Los contables vienen un sábado a las once de la noche.
—Hay mucho que contabilizar.
Sofía le dio un manotazo en el brazo. Después volvió a mirar la entrada. La pareja ya había desaparecido dentro. Habían abierto la puerta y habían entrado. No había ocurrido nada extraordinario. No había ocurrido nada.
—Bueno —dijo Ernesto.
Sofía notó que él tampoco tenía prisa por quitarse el cinturón.
—Bueno.
—¿Vamos?
—Sí.
Ninguno se movió, ernesto la miró, ella empezó a reír. Él también. La tensión acumulada durante toda la tarde se rompió de una manera tan absurda que Sofía terminó inclinándose hacia delante, intentando no estropearse el maquillaje mientras Ernesto se tapaba la cara con ambas manos.
—Somos patéticos —dijo ella.
—Muchísimo.
—Llevamos un mes preparando esto.
—Y hemos llegado al aparcamiento.
—Un éxito.
—Podemos contarlo como experiencia.
—«Fuimos a un club swinger.»
—«¿Y qué tal?»
—«Aparcamiento excelente.»
Ernesto volvió a reírse. Sofía lo miró y pensó que aquella era exactamente la razón por la que había querido hacerlo con él.
El aburrimiento no tenía nada que ver, tampoco una carencia de sexo ni la necesidad de comprobar si todavía podía atraer a otros hombres.
Quería hacerlo porque llevaban once años descubriendo cosas juntos y aquella era una más.
Extraña, arriesgada, quizá una estupidez. Pero suya.
Se desabrochó el cinturón.
—Vamos.
Ernesto dejó de reír.
—¿Segura?
—Sí.
—Mandarina.
—Como vuelvas a decirlo antes de entrar, te juro que te dejo aquí.
Bajaron del coche. El aire nocturno estaba fresco y Sofía agradeció haberse llevado una chaqueta.
Se la puso mientras Ernesto cerraba. A unos metros, otro coche entró en el aparcamiento.
No miró quién iba dentro, o intentó no hacerlo.
Caminaron juntos. Sofía empezó a notar el sonido de sus tacones sobre el pavimento.
De repente le parecieron demasiado altos.
Después recordó que había descartado precisamente los altos y se sintió idiota.
Llegaron a la puerta exterior. Ernesto se detuvo.
—Una cosa.
—¿Qué?
—Pase lo que pase ahí dentro...
Sofía esperó. Él sonrió.
—No pienso bailar.
Ella tardó un segundo en reaccionar.
—Vete a la mierda.
—Eso sí es un límite.
—Si ponen una canción que me guste, bailas.
—Entonces mandarina.
Sofía volvió a reír. Empujó la puerta antes de que pudiera arrepentirse.
Al otro lado había un pequeño vestíbulo con luz tenue y una segunda puerta cerrada.
Nada especialmente llamativo. Un mostrador, un perchero, un espejo, música amortiguada que llegaba desde algún lugar del interior.
Olía bien, una mezcla de perfume y ambientador con un fondo que recordaba a madera.
Una mujer de unos cuarenta años los recibió con una sonrisa tranquila.
—Buenas noches.
Sofía respondió casi demasiado rápido.
—Buenas noches.
Ernesto lo hizo después. La mujer no los examinó. No hubo una mirada que los clasificara como nuevos, aunque probablemente lo supiera en cuanto cruzaron la entrada.
—¿Es vuestra primera visita?
Sofía miró a Ernesto. Él la miró a ella.
—¿Tanto se nota? —preguntó.
La mujer sonrió.
—Solo porque estáis mirando la puerta como si detrás hubiera un tigre.
Sofía soltó una carcajada. Eso terminó de relajarla.
Les explicó cómo funcionaba el local. La zona de copas, los espacios comunes, las zonas privadas, las normas.
El consentimiento obligatorio. La posibilidad de limitarse a tomar algo y mirar.
Nadie tenía que hacer absolutamente nada.
Aquella última parte la repitió. Sofía se alegró de que lo hiciera.
Pagaron la entrada. Guardaron los abrigos.
Ernesto le ofreció la mano.
—¿Preparada?
Sofía miró la segunda puerta. La música sonaba algo más clara desde allí. Voces, una risa. Cristales chocando en alguna barra. Nada de lo que había imaginado durante las últimas semanas se parecía a aquellos sonidos tan normales. Le cogió la mano.
—Abre.
Ernesto empujó, la puerta cedió hacia dentro, y entraron juntos.