La otra pareja CAPÍTULO 1 — LA PUERTA #2
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CAPÍTULO 1 — LA PUERTA #2

Once años daban para conocer muchas versiones de una persona. Aquella noche iban a conocer otra. La idea volvió a excitarla. Y eso, más que el vestido o el local, fue lo que decidió definitivamente que saldrían de casa.

—¿Llevas preservativos?

Ernesto levantó la cabeza.

—Según la web hay allí.

—Ya.

—Pero sí.

—¿Cuántos?

—Sofía...

—Es una pregunta.

—Seis.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Seis?

—¿Son pocos?

—¿Qué expectativas tienes exactamente para esta noche?

—No tengo ni idea. Por eso he comprado seis.

—Pareces un adolescente que se va de viaje de fin de curso.

—Tengo más en el coche.

Sofía se quedó mirándolo. Ernesto aguantó dos segundos antes de reírse.

—Mentira.

—Eres gilipollas.

—Estás muy tensa.

—Voy a matarte antes de llegar.

—Entonces los preservativos sobran.

Salieron de casa a las diez menos cuarto.

Sofía cerró la puerta y comprobó dos veces que llevaba el bolso.

Dentro estaban el móvil, la cartera, maquillaje, pañuelos, un pequeño frasco de perfume y varias cosas que no iba a necesitar.

Había pasado diez minutos decidiendo si llevar preservativos también ella y finalmente había metido tres. No pensaba decírselo a Ernesto.

El ascensor tardó una eternidad. Vivían en un cuarto y Sofía estuvo tentada de bajar por las escaleras solo para tener algo que hacer.

Cuando se abrieron las puertas, entraron.

Ernesto pulsó el cero. El espejo del ascensor les devolvió una imagen que podría haber pertenecido a cualquier pareja que salía a cenar.

Sofía se miró, después miró a Ernesto, él hizo lo mismo.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas toda la tarde diciendo «nada».

—Estaba pensando que parecemos muy normales.

—Eso quería yo.

—Igual no nos dejan entrar.

—¿Por normales?

—Sí.

—Tú espera a que te conozcan.

Las puertas se abrieron. En el garaje olía a cemento húmedo y gasolina.

El sonido de sus pasos cambió al salir del ascensor.

Sofía caminó hacia el coche con una sensación extraña, parecida a la que había tenido años atrás antes de coger un avión sola por trabajo.

Más que miedo, sentía con una claridad incómoda que estaba haciendo algo ajeno a su rutina y que, unas horas después, dejaría de ser desconocido.

Ernesto abrió el coche.

—Última oportunidad.

Sofía se detuvo.

—¿Para qué?

—Para decir mandarina y subir.

Ella abrió la puerta del acompañante.

—Conduce.

El trayecto duraba algo menos de cuarenta minutos.

Eligieron deliberadamente un club que no estuviera cerca de casa.

La decisión les había parecido sensata cuando la tomaron.

Aquella noche, cada kilómetro añadía tiempo para pensar.

Los primeros diez minutos hablaron de cualquier cosa.

Del trabajo de Ernesto. De un cliente que llevaba dos semanas retrasando un pedido y después exigía entrega inmediata.

De una vivienda que Sofía estaba reformando para una pareja que no conseguía ponerse de acuerdo ni sobre el color de las paredes del dormitorio.

—Ella quiere verde —explicó Sofía.

—¿Qué verde?

—Ese es exactamente el problema. Él dice que todos los verdes son iguales.

—Hombre sensato.

—Hay unos doscientos tonos.

—Hay verde claro y verde oscuro.

—Y por eso tú no eres interiorista.

—Y por eso duermo por las noches.

Sofía dejó la vista en la ventanilla. La conversación funcionó durante un rato. Después se quedaron callados. La radio sonaba baja. Ernesto conducía con una mano en el volante y la otra apoyada junto al cambio. Sofía puso la suya encima. Él entrelazó los dedos sin mirarla.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En que esto es rarísimo.

—Bastante.

—¿Tú?

—En lo mismo.

—Mentira.

—También estaba pensando si allí habrá que enseñar el DNI.

Sofía giró la cabeza.

—¿Por qué?

—No sé. Por entrar.

—¿Y qué problema tienes con enseñar el DNI?

—Ninguno.

—Pues entonces.

—Me hace gracia.

—¿El qué?

—Que dentro de media hora puede haber una desconocida viéndome desnudo y lo que me preocupa es que el portero sepa cómo me llamo.

Sofía soltó una risa.

—Visto así...

—El cerebro tiene sus prioridades.

Ella apretó sus dedos.

—¿Y si no nos gusta nadie?

—Bebemos algo y nos vamos.

—¿Y si solo te gusta alguien a ti?

—No hago nada.

—¿Y si solo me gusta alguien a mí?

Ernesto tardó un momento.

—Tú decides.

—No vale.

—¿Por qué?

—Porque estamos hablando de los dos.

—Entonces no hacemos nada.

Sofía observó su perfil.

—¿De verdad?

—Sofía, llevamos semanas hablando de esto. No voy a convertirme en otra persona al cruzar una puerta.

La frase se le quedó dentro. No iba a convertirse en otra persona.

Ella tampoco. Ese había sido uno de sus temores, aunque no supiera explicarlo.

Que entrar en aquel mundo significara descubrir algo desagradable sobre Ernesto.

O sobre sí misma. Que los celos aparecieran de una forma que no pudieran controlar.

Que alguna imagen resultara imposible de olvidar después.

Que una fantasía funcionara precisamente porque nunca se había hecho realidad.

—¿Y si me pongo celosa?

—Me lo dices.

—¿Y si te pones tú?

—Te lo digo.

—¿Y si fingimos que no?

—Entonces seremos dos idiotas.

—Eso ya lo somos.

—Tenemos experiencia.

El navegador anunció una salida. Ernesto soltó su mano para reducir.

La zona empezó a cambiar. Dejaron atrás las calles más transitadas y entraron en un polígono donde alternaban naves, restaurantes, algún hotel y edificios comerciales cerrados.

No era exactamente el escenario que Sofía había imaginado.

—Esto parece donde vendrían a matarnos.

Ernesto la miró.

—Gracias.

—¿Qué?

—Justo lo que necesitaba escuchar.

—Hay una nave de neumáticos, otra de cocinas y un cartel de alquiler de trasteros. Si desaparecemos, tardarán meses en encontrarnos.

—¿Quieres volver?

Sofía comprobó el navegador. Quedaban tres minutos.

—Ni de coña.