La otra pareja CAPÍTULO 1 — LA PUERTA
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La otra pareja

La otra pareja

Por Noemi Jovellanos, Roberto Jovellanos

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — LA PUERTA

El vestido llevaba veinte minutos encima de la cama y Sofía seguía mirándolo como si esperase que tomara una decisión por ella.

—Es demasiado.

Ernesto levantó la vista desde el sillón del dormitorio. Tenía un calcetín puesto y el otro en la mano.

—Hace diez minutos era perfecto.

—Hace diez minutos no me lo había probado.

—Te lo has probado dos veces.

—Precisamente.

Sofía sostuvo el vestido por las tiras y lo enfrentó al espejo.

Negro, sencillo, ceñido sin exagerar, con la espalda más descubierta de lo que solía llevar cuando salían a cenar.

Lo había comprado el miércoles después de recorrer tres tiendas y descartar otros siete.

En la primera se había sentido demasiado arreglada, en la segunda, demasiado evidente.

en la tercera había empezado a preguntarse qué aspecto debía tener una mujer casada de treinta y cuatro años que iba a entrar con su marido en un club de intercambio de parejas.

No había encontrado respuesta.

—¿Y los vaqueros?

Ernesto dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Ponte los vaqueros.

—Lo dices para que me calle.

—Lo digo porque llevas toda la tarde diciendo que quieres parecer tú misma.

—Soy yo misma con vestido.

—Entonces ponte el vestido.

Sofía lo miró por el espejo.

—No ayudas una mierda.

—Llevo casado contigo ocho años. Sé reconocer una pregunta que no tiene respuesta correcta.

Ella sonrió a pesar de sí misma. Ernesto aprovechó para ponerse el segundo calcetín.

—Además, nadie va a estar pendiente de tu vestido.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

—¿Que nadie lo mire?

—Que sepan lo que hay debajo.

—Sofía, cariño, me parece que has entendido bastante bien el concepto del sitio al que vamos.

Ella le tiró el vestido a la cara. Ernesto lo atrapó riéndose.

Aquello ayudó. Durante las últimas semanas habían hablado del club con una mezcla extraña de curiosidad y pudor, como si estuvieran planeando un delito menor.

Habían leído opiniones. Habían mirado fotografías.

Habían descartado un local después de ver una moqueta que a Sofía le recordó la sala de espera de un dentista de los años noventa.

Habían encontrado otro que parecía elegante, discreto y suficientemente alejado de cualquier persona con la que pudieran coincidir por casualidad.

El asunto había empezado mucho antes. Ni siquiera recordaban cuándo.

Probablemente en una de aquellas conversaciones que llegaban después de cenar, cuando abrían una segunda botella de vino y las preguntas se volvían más valientes que quienes las formulaban.

¿Te gusta esa? ¿Y ese? ¿Te importaría verme con otra mujer?

¿Y conmigo mirando? ¿Y si fuera al revés?

Durante meses no había pasado de ahí. Fantasías, comentarios.

Algún juego en la cama. La clase de cosas que podían decirse porque al día siguiente seguían siendo Sofía y Ernesto, con una hipoteca, dos coches, una cafetera que perdía agua y una discusión pendiente sobre quién tenía que llamar al seguro por una humedad del garaje.

Después Ernesto encontró un reportaje sobre parejas que practicaban intercambio.

Se lo mandó. Sofía respondió con un emoticono riéndose. Él escribió: ¿Nos documentamos? Ella: Por motivos científicos, supongo. A partir de ahí, la ciencia se les había ido de las manos. Sofía recuperó el vestido.

—Voy a ponérmelo.

—Gran elección.

—Como digas que ya lo sabías, te quedas en casa.

—No he dicho nada.

Entró en el baño y cerró la puerta.

—¿Ahora te escondes para vestirte?

—Necesito intimidad.

—Esta noche vas a un club swinger.

—Precisamente por eso quiero aprovechar la que me queda.

Oyó reír a Ernesto al otro lado. Se quitó la camiseta y el pantalón de estar por casa, se puso el vestido y volvió a mirarse.

No estaba mal, en realidad, estaba muy bien.

Eso también la ponía nerviosa. Se soltó el pelo, volvió a recogerlo, decidió que parecía que iba a una boda y terminó dejándolo suelto.

Se maquilló poco, pendientes pequeños. Perfume.

Zapatos de tacón medio que podía llevar durante horas sin terminar deseando amputarse los pies.

Cuando salió, Ernesto ya se había puesto los pantalones y estaba abrochándose la camisa. Se quedó mirándola. Sofía esperó.

—¿Qué?

—Nada.

—Ernesto.

—Estás espectacular.

—Eso se dice antes de «pero».

—No hay pero.

Ella intentó descubrir si exageraba. Llevaban juntos once años.

Ernesto había aprendido a mentirle con bastante eficacia en cuestiones como la calidad de una tortilla demasiado cuajada o el resultado de un corte de pelo que ya no tenía arreglo, pero seguía siendo pésimo cuando pretendía ocultar algo importante. Aquella vez parecía sincero.

—¿Tú vas así?

—¿Qué le pasa a mi camisa?

—Nada. Que pareces comercial de una empresa de suministros industriales.

Ernesto extendió los brazos.

—Soy comercial de una empresa de suministros industriales.

—Precisamente.

—¿Tengo que disfrazarme de follador?

Sofía soltó una carcajada.

—Por favor, no vuelvas a decir esa palabra.

—¿Follador?

—Esa.

—¿Qué aspecto tiene un follador?

—No lo sé. Pero esa camisa no.

Ernesto se miró. Camisa azul oscura, pantalón gris, zapatos negros.

—Pues es mi mejor camisa.

—Tienes una negra.

—La negra me hace parecer camarero.

—La negra te queda muy bien.

—Un camarero muy atractivo.

—Póntela.

Ernesto empezó a desabrocharse.

—Al final llegaremos mañana.

—Mañana habrá otra gente.

—No sabemos si abre mañana.

—Pues el sábado que viene.

—Tampoco sabemos si abre.

Sofía alzó la vista hacia él.

—¿Cómo que no sabemos si abre?

—Es una forma de hablar.

—Has mirado el horario veinte veces.

—Treinta y dos.

—¿Estás nervioso?

Ernesto dejó de desabrocharse durante un instante.

—Claro.

Aquella respuesta la tranquilizó más que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.

—Yo también.

—Ya.

—¿Cómo que ya?

—Has cambiado tres veces de ropa interior.

Sofía frunció el ceño.

—¿Me estabas vigilando?

—Has dejado las otras dos encima de la cama.

Miró hacia allí. Era verdad.

—Vale.

—Y has preguntado cuatro veces si crees que habrá gente normal.

—Porque quiero que haya gente normal.

—¿Qué es gente normal en un club swinger?

—Nosotros.

Ernesto sonrió.

—Entonces seguro que hay algún otro par de tarados.

Sofía se sentó en el borde de la cama. El humor servía hasta cierto punto. Debajo seguía existiendo una inquietud que llevaba toda la tarde evitando mirar de frente.

—Ernesto.

Él terminó de quitarse la camisa azul.

—Dime.

—Todavía podemos no ir.

—Sí.

No intentó convencerla. Eso también ayudó.

—Podemos cenar fuera. Tomarnos algo. Volver. Y aquí no ha pasado nada.

—Perfectamente.

—¿Te decepcionaría?

Ernesto dejó la camisa sobre el respaldo del sillón y fue al armario.

—Me decepcionaría que fuéramos porque piensas que yo quiero ir más que tú. Y me decepcionaría que no fuéramos porque piensas que tú quieres ir más que yo.

Sofía apoyó las manos sobre el colchón.

—Vaya mierda de respuesta.

—Pero bastante buena.

—Demasiado buena. ¿La traías preparada?

—Desde el miércoles.

Ella se echó a reír. Ernesto se puso la camisa negra. Sofía tuvo que admitir que había acertado.

—Mucho mejor.

—Camarero.

—Camarero follador.

—Mira quién utiliza ahora la palabra.

—Ha sido una excepción.

Él terminó de abrocharse y se acercó.

—¿Quieres ir?

Sofía sostuvo su mirada. La pregunta de Ernesto redujo todo lo demás a algo secundario. No lo que habían fantaseado. No las fotografías del local. No las historias que habían leído ni las bromas de las últimas semanas. Ella. Aquella noche.

—Sí.

—Yo también.

—Pero si llegamos y no me gusta...

—Nos vamos.

—Aunque llevemos cinco minutos.

—Aunque no hayamos entrado.

—Aunque tú veas a la mujer más espectacular de tu vida.

Ernesto fingió pensarlo.

—Ahí tendríamos que negociar.

Sofía le dio un golpe en el pecho.

—Imbécil.

Él le agarró la mano y tiró suavemente de ella hasta levantarla.

—Nos vamos cuando cualquiera de los dos quiera irse. Sin preguntas.

—Una pregunta sí.

—¿Cuál?

—Después.

—Después puedes hacer todas las que quieras.

Sofía asintió. Habían establecido las reglas durante la semana, pero aquella tarde las repasaron otra vez en la cocina mientras Ernesto preparaba dos cafés que ninguno necesitaba.

No separarse sin avisar. Nada que el otro no pudiera ver en algún momento de la noche.

Nada de teléfonos. Nada de intercambiar números.

Nada de quedar con nadie por separado. Preservativo siempre.

Si alguno se sentía incómodo, se acababa.

Y una palabra que Sofía había elegido después de rechazar varias propuestas de Ernesto por idiotas.

—Mandarina —dijo él.

—No empieces.

—Es la palabra de seguridad menos erótica de la historia.

—Ese es el objetivo.

—Imagínate estar a punto de...

—Ernesto.

—... y escuchar «mandarina».

—Precisamente. Paras.

—Podríamos haber elegido «rojo».

—Todo el mundo elige rojo.

—¿Y?

—Que nosotros elegimos mandarina.

—¿Por qué?

Sofía bebió café.

—Porque odio las mandarinas.

—Eso es mentira.

—Odio pelarlas.

—Eso sí.

—Pues ya está.

Ernesto levantó la taza.

—Por la mandarina.

Sofía chocó la suya.

—Por volver a casa sin haber tenido que decirla.

El café le sentó fatal. No porque estuviera malo, sino porque ya tenía el estómago suficientemente ocupado con los nervios.

Dejó la mitad y fue a lavarse los dientes otra vez.

Cuando salió del baño encontró a Ernesto sentado en el recibidor poniéndose los zapatos.

Durante un segundo lo contempló sin que él la viera. Su marido.

Conocía aquella cabeza desde todos los ángulos.

Sabía dónde empezaban a clarearle ligeramente las sienes, aunque él insistiera en que era la luz del baño.

Conocía la pequeña cicatriz junto a la ceja derecha, recuerdo de una caída en bicicleta a los catorce años.

Sabía cómo olía recién duchado y cómo olía después de dormir.

Podía reconocer el ruido de sus llaves desde otra habitación y distinguir por su manera de cerrar una puerta si venía cansado o enfadado.