Victoria #2
Esas fueron las palabras exactas de mi padre.
Frío, distante y contundente. Jamás lo he visto perder los nervios.
En su pecho no late un corazón, a veces creo que es una máquina.
Mi padre siempre ha sabido ver a las personas mejor que yo.
La experiencia, supongo. De hecho, fue él quien insistió en que me casara con David bajo régimen de separación de bienes, porque yo era tan idiota que le habría dado todo lo que tenía.
Siempre me he preguntado cómo mi padre puede dormir bien por las noches, con la cantidad de cadáveres que carga a sus espaldas.
He perdido la cuenta de sus numerosos negocios, muchos legales para enmascarar los que de verdad lo han hecho multimillonario: importación de mercancía adulterada, falsificación y contrabando de identidades, contrabando de piedras preciosas, fraude corporativo, construcción de mapas de contrabando, tráfico de influencias, tráfico de drogas a gran escala…
Nunca entendí que un solo hombre pudiera abarcar tanto, aun teniendo el apoyo de gente muy importante y poderosa que le decían a todo que sí mientras hubiera una fortuna de por medio.
Y bueno, cuando no había fortuna o se negaban a obedecer o incluso se atrevían a amenazarlo o chantajearlo, a mi padre no le temblaba el pulso a la hora de mandar a uno de sus sicarios para hacer desaparecer a los incómodos de un plumazo.
Decía que le salía más barato. El Inmortal era su sicario favorito, el que más «favores» le había hecho.
Cuando se enteró de que un mindundi lo había matado, se pasó dos días enteros sin hablarme.
La culpa de que El Inmortal estuviera muerto era mía.
Yo lo había enviado a por Patricia. Y ese tal Leo Arribas se lo había cargado.
—Deja a esa chica en paz —me dijo mi padre al tercer día, cuando se dignó a volver a hablarme después de la muerte del Inmortal , cuando David ya estaba en el punto de mira—. Ya nos ha causado demasiados problemas.
Y, precisamente por eso, no iba a dejar a Patricia en paz. Porque me había causado demasiados problemas .
Perdón, me he adelantado al final.
Separarme de David no era una opción, porque todo podía saltar por los aires.
Brétema era el lugar ideal para deshacernos de mi marido.
Él solito se había cavado su propia tumba.
En ese lugar no había un alma y no dejaríamos ni rastro, aprovechando que David había tenido la «genial» idea de pasar unos días ahí con su nueva amante.
Sin embargo, David tenía una flor en el culo y nada salió como esperaba.
Aun sabiendo que en Brétema no había cobertura, no me extrañó que mi marido me llamara sobre las diez y media de la misma noche en que uno de los sicarios de la organización se acercaría hasta el lugar para cumplir con el encargo.
Parecía nervioso, incluso arrepentido, y me dijo que estaba agotado, que el congreso era aburridísimo y la gente muy desagradable, y que necesitaba escuchar mi voz.
—¿Pero pasa algo? —le pregunté fingiendo preocupación.
—Nada, nada, es solo que… estaba pensando que me encantaría estar en casa con vosotros. Pasar más tiempo con los chicos.
Vaya. El muy imbécil se había dado cuenta de que llevaba más de veinte años cagándola.
Y ocurría justo cuando estaba a punto de morir, como quien se arrepiente de todo lo malo que ha hecho en su vida en el último momento, cuando ya no sirve de nada porque el destino está escrito y el tiempo se ha agotado.
Ignoraba dónde se encontraba el asesino a sueldo, si ya estaba en Brétema esperando a David y a Patricia, o si estaba al llegar…
Podría haber dado marcha atrás… cancelarlo todo.
Pero ¿qué habría pensado mi padre de mí?
Casi podía oírlo decir: «Eres una blanda, Victoria, yo no te he educado para que seas una muñeca de cristal».
—Paciencia, cariño. En pocas horas estarás con nosotros en casa —le dije, y sí, regresaría a casa, pero dentro de un ataúd.
Me equivoqué.
Cuando vi a David entrar sano y salvo por la puerta…
Madre mía, madre mía. Casi me desmayo del susto.
¿Estaba viendo a un fantasma? ¡David tenía que estar muerto!
¡Él y Patricia, su amante, tenían que haber muerto en Brétema!
¡Ambos tenían que estar muertos, sus cuerpos sin vida a la espera de que los encontraran en ese recóndito rincón de Galicia!
Hasta tenía preparado el discurso, todo lo que diría un par de días más tarde, cuando, con voz trémula, contactara con la policía para denunciar la desaparición de mi marido.
¿¡Qué había pasado!? Estaba furiosa. Y lo peor fue tener que disimular.
Ya me había parecido insólito, con lo profesionales que me habían demostrado que eran, que no me llamaran para decirme que habían cumplido con el encargo, pero es que…
menuda cagada. Y al día siguiente de llegar a casa, David va y me pregunta, algo torpe, por el sicario favorito de mi padre, El Inmortal .
¿Sabía algo? ¿Había empezado a sospechar de mí? ¿Intuía que yo estaba detrás de todo?
Por suerte, nos anticipamos a lo que vendría después.
La organización tiene expertos en diversas áreas que hacen magia.
Hicieron que en los registros de llamadas del móvil de David apareciera el número privado del Inmortal , que acabó muerto de un disparo en la cabeza poco antes de poder cumplir con parte del encargo y cargarse a Patricia en el parking del hospital.
Leo Arribas era una especie de ángel de la guarda para Patricia.
Desbarajustó todos mis planes matando también al sicario de Brétema, pero, aun así, no pudo evitar la muerte de Clara, su novia.
¿Quién iba a pensar que esos dos fugitivos por asesinato se esconderían en Brétema al mismo tiempo que los dos amantes, y que David y Patricia no se encontrarían ahí en el momento en que apareció el sicario?
Entonces, como caídos del cielo, llegaron la inspectora Vega Martín y el subinspector Daniel Haro.
Como la esposa afligida y traicionada que era, les hice creer que yo había desconfiado de David pese a haberme tragado como una idiota lo del congreso de Pamplona.
Por eso les pasé el registro de llamadas del móvil de mi marido que había impreso hacía escasas horas.
Un registro falso, claro. El mundo pensó que el respetado cardiólogo del Hospital Las Cruces, el doctor David Hernández, estaba detrás del asesinato en Brétema de Clara, de donde Leo había conseguido escapar después de matar al esbirro, y ahora tenía secuestrada a la residente Patricia Serna, cuando en realidad le había salvado la vida volándole los sesos al Inmortal .
Pero mi padre, por no quedar mal, movió a sus mejores abogados y le sacó las castañas del fuego a David, «su queridísimo yerno».
A los pocos días quedó libre, aunque no libre de toda sospecha.
Era un poco ilógico que le libráramos del problema que le habíamos provocado al manipular los registros de llamadas de su móvil, pero, según mi padre, era lo mejor.
Al final, la semilla de la duda seguía cayendo igualmente sobre David, y con eso conseguiríamos que se centraran solo en él, lo que nos dejaba a nosotros a salvo de cualquier posible acusación.
¿Cómo iba a imaginar que mi vida estaba a punto de volar por los aires?
Álvaro me engañó. No quiso venir con sus hermanos y conmigo a la casa de La Moraleja de mi padre para evitar ver a David, y yo fingiendo estar afectadísima por todo lo que me había hecho.
—Yo me quedo aquí. Quiero decirle un par de cosas.
Fue lo último que me dijo Álvaro. Mi hijo lo tenía todo planeado para torturar y matar a su padre y después suicidarse delante de todos esos locos de la dark web.
Si una pudiera anticiparse al futuro, ¿cuántas tragedias podría evitar? ¿Cuánto dolor me podría haber ahorrado?
Me pasé de lista y enloquecí. Me han matado en vida.
Pero la ira se va desvaneciendo poco a poco al saber que Patricia está muerta y que Petra también desaparecerá en unas horas, cuando Claudia aterrice en Berlín.
Que sufra. He ordenado que la zorra de Petra sufra lo inimaginable antes de cerrar los ojos para siempre.
Y no me cabe la menor duda de que Claudia cumplirá con mi deseo. Mi último deseo.
La vida seguirá. Y me consuela pensar que cada uno ha recibido su merecido.
Incluida yo, que no se me olvide. La vida me ha devuelto todo el mal que he causado, arrebatándome de la peor de las maneras a mi hijo.
A mi niño, el primero que llegó a mi vida para enseñarme que una madre es capaz de todo para mantener a la familia unida.