Victoria
¡Por fin buenas noticias!
Si no estuviera tan triste por la muerte de mi hijo, me pondría a bailar.
Es la peor Nochebuena de mi vida. La más triste y extraña.
Me siento un poco desubicada y estoy muy sola.
Pelayo y Pablo han salido por ahí con sus amigos.
Que se diviertan. Que solo se es joven una vez y ya han sufrido bastante.
Estas últimas semanas han sido las peores que recuerdo.
No nos puede pasar nada peor de lo que ya nos ha pasado.
La zorra de Patricia Serna parecía tener más vidas que un gato, pero me alegra que haya terminado cayendo.
Ahora solo falta Petra y todo habrá terminado.
Podré respirar con un poco de tranquilidad, aunque la muerte de mi hijo Álvaro y haberme enterado de la peor de las maneras que estaba metido en asuntos turbios de la dark web que yo ignoraba, me ha destrozado.
Cuando Petra muera, Pelayo, Pablo y yo nos mudaremos a Miami. Está decidido.
¿Pero cómo se curará este corazón roto?
No hay cura. No puede haberla.
Llevo más de veinte años soportando las mentiras e infidelidades de mi marido.
Me miraba como si fuera una rica tonta, como si no me enterara de nada.
Me casé con él sabiendo que en su despedida de soltero se acostó con una stripper.
Lo más fuerte de todo es que el día de nuestra boda se folló a una de mis damas de honor.
Pero estaba ciega. Enamorada de él. Confié.
Lo perdoné mil veces. Por aquel entonces, qué idiota, pensaba que David se cansaría de sus aventuras y valoraría lo que tenía en casa.
Spoiler: no sucedió. David nunca se conformó solo conmigo. Ni con sus hijos, ni con la fantástica vida que le ofrecí.
David era un enfermo narcisista. Un coleccionista de amantes. Un mentiroso. Un mal padre. Un cabrón egoísta. Ha tenido más amantes que yo vestidos, y con decir que necesito como mínimo cuatro vestidores de diez metros cuadrados cada uno para poder guardarlos, lo digo todo.
Y después llegó su obsesión por las residentes con las que trabajaba.
Jóvenes, guapas, inteligentes, profesionales…
Con toda una vida por delante cuando parecía que la mía se estaba marchitando.
Mis tres hijos se habían hecho mayores, ya no me necesitaban tanto, aunque en vista de lo que ha pasado con Álvaro, hasta en eso me equivoqué.
El caso es que el aburrimiento en una persona a la que han humillado y mentido durante años y que tanta rabia ha ido acumulando, hace que empiece a pensar en exceso y que esos pensamientos no atraigan nada bueno.
Un día, simplemente, exploté. Podría haberlo hecho de otra manera, claro.
Separarme de David, sin más, sin perjudicar a nadie.
Y que lo perdiera todo y se quedara completamente solo, si, total, a sus hijos ya los había perdido hacía tiempo, ¿qué más daba?
Pero no podía correr ese riesgo por mi padre.
Sabía que, si me separaba de David y lo dejaba sin nada, desvelaría información sobre mi padre que podía provocar una desgracia, que terminara entre rejas o arruinado, o ambas cosas, y no podía correr ese riesgo.
La posibilidad de matar a David todavía no estaba en mis planes.
Lo quería demasiado, pero tenía en su poder información muy importante que podía poner en riesgo la herencia de nuestros hijos.
Yo no era una mala persona hasta que estallé. Le puede pasar a cualquiera.
Por primera vez, contraté los servicios de un detective privado.
Ese fue solo el inicio de un plan de venganza contra mi marido que alcanzaría unos niveles de violencia que aún no tenía previstos.
Así fue como me enteré de la existencia de Carlota Pérez, con quien mi marido llevaba saliendo unos meses.
Sus residentes no eran un rollo de una sola noche, eran aventuras que duraban el tiempo suficiente como para que se enamoraran de él y pensaran que me abandonaría para empezar algo serio con ellas.
¡Se reían de mí! Pero terminaba cansándose de ellas y dejándolas.
Les rompía el corazón. Y les hacía la vida imposible en el hospital para perderlas de vista.
Fue entonces cuando pensé en El Inmortal , en esa organización secreta de sicarios que le habían servido a mi padre en más de una ocasión para deshacerse de personas incómodas que sabían demasiado de sus negocios, tiré del hilo, y conseguí contactar con el jefe.
Ser hija de… abre muchas puertas, y en la organización estaban encantados de servirme.
—Te mandaré a una de las buenas —me prometió.
Dicho y hecho.
A los pocos días, Carlota Pérez fue declarada desaparecida. Y hasta hoy. Nunca quise saber qué hicieron con ella.
Pensaba que, después de la desaparición de Carlota, David habría aprendido la lección.
Recapacitaría y no se la volvería a jugar liándose con otra mujer.
Pero, lógicamente, no tenía ni idea de que detrás de la desaparición de una de sus innumerables amantes, estaba yo.
No tardó mucho en iniciar una nueva aventura con otra residente, Ana Vallejo.
Era preciosa. Tenía una piel tersa y luminosa que yo no conseguiría volver a tener ni con todo el botox del mundo.
La rabia fue creciendo como un cáncer. De Ana también se acabó aburriendo.
Y volvimos a actuar. Ana acabó volando por los aires.
Su preciosa cara destrozada contra el frío asfalto, su cabeza reventada, qué visión tan grotesca…
muerta a los veintisiete años. Qué horror.
Pero no cambió. Aunque durante unos días vi a David más apagado y pensativo de lo normal, como si el aparente suicidio de Ana lo hubiera afectado de verdad, al poco tiempo inició otra aventura.
¡Otra! Increíble. No aprendía nada. ¿Quién era el tonto de la relación, eh?
Él. El tonto siempre fue él. La afortunada que se había unido a la extensa lista de amantes del doctor Hernández se llamaba Petra García.
Y era gótica. Eso me sorprendió muchísimo, porque no le pegaba nada.
Petra le duró poco. Menos de un mes, creo.
Pero cuando íbamos a actuar… bueno, Petra se esfumó como el humo.
Dejé de pensar en ella y no le di más importancia, pero ojalá se la hubiera dado, porque, si me hubiera deshecho de Petra como de las otras, mi hijo Álvaro estaría vivo.
Fue Petra, que quién iba a imaginar que era una hacker con contactos en ese infierno de los bajos fondos de internet, la que engañó a mi niño.
Le comió el coco. Lo arrastró a esa secta de perturbados, a un mundo loco de depravación, torturas, sangre y muerte, hasta darle la idea de matar a su padre en directo y después suicidarse para ser recordado «a lo grande por toda la eternidad».
Maldita hija de…
Me consuela saber que, en unas horas, Petra, la responsable de que mi hijo haya dejado de pertenecer a este maldito mundo, también estará muerta. Siempre confié en Claudia, que se ha hecho pasar por Sara todo este tiempo que ha estado en reserva, viviendo con Patricia y controlándola.
Patricia Serna llegó a la vida de mi marido hace ocho meses.
A los dos meses lo tenía encandilado, y con ella planeó cinco días en un lugar recóndito llamado Brétema.
Con ninguna otra había organizado ninguna escapada de varios días, así que sospeché que le había dado fuerte con ella.
Menuda historia se inventó sobre un Congreso de Cardiología en Pamplona, aunque, a favor de David, diré que resultaba creíble, porque ese congreso existía y coincidía en fechas.
No lo soportaba más. Quería separarme de David, había convertido mi vida en un infierno.
Me daba asco, era un enfermo, y tener que fingir delante de él que lo quería, que era una inocente que no se enteraba de nada, me tenía en un estado de nervios constante.
Llevaba demasiado tiempo haciéndome la tonta y no podía más.
Todo tiene un límite, y no quería que ninguna chica más pagara las consecuencias.
Antes de enterarme de lo que Petra había hecho con mi hijo, me sentía mal por Carlota, por Ana…
Lo juro, apenas podía conciliar el sueño, lo que había mandado a hacer era terrible.
La culpa me atormentaba. Mi padre, que desde las sombras sabía lo que yo había estado haciendo, porque parece que a ese hombre no se le puede ocultar nada, fue quien me dio la idea de que terminara con todo encargando también el asesinato de David.
«Por nuestra seguridad, hay que eliminarlo. Quítatelo de encima ya, Victoria. Sabe demasiado».