18
PATRICIA
Nochebuena
D esde que el pueblo me repudió hace once años por la muerte de Marta, he pasado más Navidades sola de las que desearía recordar.
No soy una persona con muchos amigos, y menos ahora, que no me fío ni de mi sombra y la paranoia me acompaña a cada paso que doy, así que he decidido que esta Nochebuena sea una noche normal y corriente.
A lo mejor imito a Natalia y veo algunos capítulos de Friends , que dicen que es una buena terapia y mejora el humor.
La de veces que me he quejado por verme obligada a compartir piso, porque los alquileres en Madrid están imposibles y ya no hablemos de la maldita gentrificación, y esta noche me da pena estar sola.
La presencia de Sara, Natalia y Olivia me ha venido muy bien durante el último mes.
Las tres me han hecho sentir segura. Y hoy estoy inquieta.
Hacía días que la canción Happy together no hacía acto de presencia, pero cuando me he subido al metro, atestado de gente deseosa de llegar a sus casas para reunirse con sus familias y celebrar la Nochebuena, ha empezado a reproducirse dentro de mi cabeza y es tan real como si sonara a través de unos auriculares.
Incómoda, miro a mi alrededor, especialmente a todos los hombres que me dan mala espina.
Hay un par, uno de pie y otro sentado con las piernas muy abiertas, sin respeto alguno por las personas que están a su lado.
Ese, el mal educado que está sentado, se me queda mirando fijamente. Mierda. No me gusta.
Intento convencerme de que:
«Estás bien, estás a salvo y fuera de peligro».
Pero entonces, la voz alentadora de Mati es sustituida por la dura advertencia de Petra:
«Quien paga, manda, en ese mundillo no hay reembolso y le deben una muerte. Tu muerte. El día menos pensado aparecerá alguien y…».
Un escalofrío me recorre la columna vertebral.
¿Por qué lo hace? ¿Por qué, sea quien sea, sigue con esto?
La amenaza es real y puede venir de cualquiera.
No estoy segura en ninguna parte, no puedo seguir viviendo así, es de locos.
Podría ser el que está sentado con las piernas abiertas, sí, o el otro de pie que parece no haberse percatado de mi presencia pero a lo mejor lo hace para disimular.
O hasta puede tratarse del hombre guapo trajeado más pendiente de su móvil que de lo que hay a su alrededor.
···
Cuando estoy a punto de llegar a mi parada, me abro paso entre la gente a base de codazos por los que me dedican varios improperios, pero necesito ser la primera en salir en cuanto las puertas se abran.
Miro a mi alrededor, a ver quién, «casualmente», baja en la misma parada que yo.
Muchos. Muchos bajan en la misma parada.
La mayoría de la gente parece ajena a mi insignificante presencia, pero un vuelco se apodera de mi estómago cuando veo que el irrespetuoso sentado con las piernas abiertas que me ha dado mala espina, se acaba de levantar. Y sigue mirándome fijamente.
Va a por mí.
Me va a matar.
Y lo va a hacer entre la muchedumbre, posiblemente con un arma blanca porque con una pistola haría demasiado ruido, y cuando yo caiga muerta al suelo y vean la sangre, todo será caos, confusión y gritos, y mi asesino podrá escapar y se desvanecerá y nadie, nunca, lo pillará.
—Vamos, vamos, vamos, vamos… —siseo entre dientes cuando el metro se detiene en la parada y las puertas tardan un poco más de lo habitual en abrirse.
Cuando por fin se abren, salgo disparada como una bala y emprendo la carrera más rápida de mi vida sin mirar atrás. Solo cuando, jadeante y sudorosa, llego a mi portal y cierro la puerta, siento que estoy a salvo.
···
Happy together no para de sonar. Suena y suena y suena... suena todo rato dentro de mi cabeza, estoy trastornada, ¡no puedo más!
— ¡Para ya! ¡Para ya! ¡Para ya! ¡Estás a salvo, estás en casa! —le grito al vacío antes de introducir la llave en la cerradura de la puerta del piso.
Da igual lo mucho que grite esta noche, nadie me va a oír.
Sara, Natalia y Olivia no me esperan al otro lado de la puerta porque se han ido a celebrar la Nochebuena con sus respectivas familias, la mayoría de vecinos han salido y los pocos que se han quedado tienen la música a todo volumen.
A medida que iba subiendo las escaleras hasta llegar al tercer piso, Happy together se ha mezclado con la animada bachata que suena desde el 1º A y, más adelante, con los populares villancicos que tienen puestos los del 2º B, donde me consta que viven niños pequeños.
Al girar la llave en la cerradura, me extraña que la puerta se abra sin necesidad de darle dos vueltas.
Me temo lo peor, porque juraría que, al salir, cerré con dos vueltas.
Estoy a punto de largarme por si me pasa lo mismo que a Ana y un sicario está esperándome dentro para tirarme por el balcón, cuando la puerta se abre de sopetón y Sara, la viva imagen de la alegría y la despreocupación, me recibe con los brazos extendidos hacia el techo.
—¡Sorpresa!
—¿Pero qué haces aquí? ¿No te ibas a pasar unos días con tu familia?
—La Navidad está sobrevalorada, Patri. Esta mañana te he visto tan triste, que he decidido quedarme contigo para que no estés sola en Nochebuena. Llevo horas cocinando, ya verás, te vas a chupar los dedos.
—Huele bien.
Y lo digo de verdad: el piso huele, por primera vez, a hogar, a comida casera y rica. Tengo ganas de llorar, porque hacía mucho tiempo que nadie tenía un detalle así de bonito conmigo. Aunque Sara sea bastante pesada, con esto me demuestra que es una buena amiga y que de veras se preocupa por mí.
La mesa está puesta para dos, y, aunque últimamente no he tenido mucho apetito, me lo comería todo.
Tiene una pinta estupenda. Ahora me sabe mal haber sido tan borde con Sara, porque se nota que se ha esmerado en cada plato: canapés con pan de molde, vieiras con hojaldre, gambones en salsa y un pastel de patata y atún servido en una cacerola de barro en el centro de la mesa. Se me hace la boca agua.
—Madre mía, esto es demasiado, Sara, no vamos a poder con todo.
—¡Uy que no! Claro que vamos a poder —ríe animada, ofreciéndome una copa de vino tinto que acepto con gusto—. Es vino del bueno, eh, nada de vino cutre en envases de cartón. ¡Esta noche no he escatimado en nada, he tirado la casa por la ventana!
Mientras Sara está de espaldas a mí buscando una lista de canciones navideñas en Spotify para animar el ambiente, yo miro la copa como si fuera el enemigo.
La última vez que bebí vino tinto fue en Brétema, se me subió rápido a la cabeza y cometí la estupidez de liarme con Leo para poner celoso a David, y después…
después Leo se fue y aprovechó que David me hizo el amor en la encimera de la cocina para grabarnos desde fuera y chantajearnos al día siguiente.
Cuando acabamos, David me rompió el corazón al decirme:
«—Qué rápido te abres de piernas. Eres una zorra».
Y ahora David está muerto. Asesinado a manos de su propio hijo.
Y no era culpable. No envió a ningún sicario.
No fue él. Vaya, esto no me lo esperaba.
Los ojos se me empiezan a llenar de lágrimas por culpa de los recuerdos, que tienen la manía de asaltarte en los momentos más insospechados.
Es Nochebuena. Sara ha preparado un banquete estupendo para las dos, se habrá pasado la tarde entera en la cocina.
Tengo que disfrutarlo. Me enjugo las lágrimas con la manga del jersey y le doy un sorbo a la copa de vino para animarme un poco.
Mmm… sí, es vino del bueno. La primera canción de la lista navideña de Spotify que Sara ha elegido empieza a sonar, pero yo solo oigo el estribillo de Happy together que no me deja vivir en paz.
—Patri, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? ¿No te gusta el vino?
—Eh… sí. Sí, sí.
—¡Ah, pues bebe!
Sara, animada, coge su copa y le da un buen trago. Yo la imito y sigo bebiendo, sintiéndome un poco mejor en el acto, mientras me llevo a la boca un canapé.
—Verás como todo irá mejor a partir de ahora.
—¿Tú crees? —pregunto escéptica.
Le doy otro sorbo a la copa de vino. Creo que me voy a pimplar la botella entera. Total, un día es un día y mañana no tengo que trabajar.
—¡Claro! Hay que ser positivos, Patri —intenta animarme, dándome una palmadita en la espalda—. En esta vida todo tiene solución menos la muerte.
«…menos la muerte.
Muerte.
Muerte.
Muerte».
· · ·
La copa se me resbala de las manos, que de repente parecen de mantequilla, y se hace añicos al caer al suelo, provocando un estruendo que Sara se apresura a encubrir subiendo el volumen de la música.
Su mirada ha cambiado. Ya no es jovial y festiva, sino sombría, pero no puedo fiarme de lo que me muestran mis ojos, ya no, porque todo, desde el sofá hasta la mesa y los muebles, empiezan a deformarse y a estirarse hasta alcanzar el techo, y siento que mi cuerpo se rinde ante el intenso mareo que me ha pillado desprevenida.
—Le has… el vino… ¿droga?
—¡Droga! —ríe Sara.
¿Por qué se ríe? ¿Qué me ha hecho? ¿Quién es?
—¿Pero por quién me tomas? ¿Por una vulgar traficante? Es veneno, Patri, y no has dejado ni una sola gota en la copa. Eres una borrachina, eh —sigue riendo—. En cinco minutos… umm… diez, como mucho, estarás muerta.
Mis piernas han dejado de sostenerme y no sirve de nada que siga apoyándome en el respaldo del sofá. Caigo al suelo, y debo de estar haciendo mucho ruido, porque Sara vuelve a subir el volumen de la música.
—No es nada personal, Patri, no me lo tengas en cuenta.
Es a lo que me dedico, y me pagan muy bien.
¿Sabes adónde voy ahora? A Berlín. A por Petra.
Esa tía… qué ovarios tiene, ha cabreado mucho a la jefa.
La culpa del suicidio de su hijo. Y no es para menos, porque fue Petra quien lo enganchó a ese grupo de perturbados de la dark web y le dio cada idea que...
tela. Qué locura todo, eh. A esa sí que la tengo que hacer sufrir.
Órdenes de arriba, ya sabes. Tú estás bien, ¿no?
No debería dolerte nada, solo se te duerme el cuerpo, después el cerebro se apaga y el corazón deja de latir.
Contigo es con la que más contacto he tenido, así que no quería verte destrozada en la calle con la cabeza abierta como una sandía como le pasó a Ana cuando la tiré por el balcón.
Y con Carlota fue taaaan desagradable...
Su cadáver disuelto en ácido en el interior de un barril enterrado ya ni me acuerdo dónde.
»No nos lo has puesto fácil, Patri. Has sido un objetivo un pelín difícil, aunque no para mí.
¡Mira dónde queda ahora la reserva! ¡Mira!
La espera ha merecido la pena. Yo era la reserva, por si lo de Brétema salía mal.
Que salió mal. Y luego pasó lo del Inmortal en el parking…
vaya fiasco. Además, en este piso aceptáis a cualquiera, fue facilísimo acoplarme, estabais tan desesperadas por alquilar la habitación vacía…
En fin, basta de cháchara. Es solo por dinero.
En un par de años podré jubilarme y pasar el resto de mi vida en un país tropical.
¡Y solo tendré treinta y cuatro años y toda una vida por delante!
Lo siento por ti, y quiero que sepas que no te juzgo, Patri, pero tendrías que haber sabido dónde te metías.
Acostarte con un hombre casado está mal. Muy mal.
Quiero hablar, insultarla o gritar hasta desgañitarme para pedir auxilio, pero soy incapaz.
Tengo la garganta completamente bloqueada.
No puedo ni pestañear, he perdido el control de mi cuerpo.
¿Qué me va a pasar? ¿En serio voy a morir?
¿Así es como voy a morir, por una maldita copa de vino?
Lo que sea que me ha echado, me ha dejado inmovilizada.
Ignoro cuánto tiempo ha transcurrido cuando me envuelve el silencio.
Sara se ha callado y la música navideña ha dejado de sonar.
Sara, aunque seguro que ese no es su nombre real y toda la documentación que presentó es falsa, está hablando por teléfono.
Intuyo su figura borrosa moviéndose por el salón mientras habla por el móvil:
—Señora Tello, el trabajo está hecho.
—(…)
—Sí, ya tengo la maleta preparada. Salgo para el aeropuerto ahora mismo, a la una y media tengo un vuelo directo a Berlín.
—(…)
—Mañana a estas horas Petra tampoco existirá, no se preocupe.
Victoria, claro. Siempre fue la «ingenua» de Victoria, la mujer de David, la que supuestamente era tonta y no se enteraba de nada y se lo creía todo sin rechistar, y resulta que estaba detrás de las muertes de las amantes de su marido.
Estoy a punto de morir, lo sé, el corazón me late cada vez más despacio, pero aún soy capaz de razonar.
Si el sicario de Brétema no se hubiera confundido de pareja, David habría muerto allí.
Victoria también quería a su marido muerto.
Nos quería a los dos muertos. Puede que estuviera harta de él, de sus mentiras e infidelidades, y que yo no fuera más que una víctima colateral.
Sara corta la llamada y creo que está sonriendo, pero veo muy borroso y me es difícil distinguir sus rasgos.
—Ni Mauri ni El Inmortal , Patri. Tú lo sabes, yo lo sé…
, todos lo sabrán —canturrea la muy zumbada—.
Yo soy la mejor y tu amiguito Leo, sin saberlo, ha tenido mucho que ver, cargándose a Mauri en Brétema y al Inmortal en un parking, qué ordinariez caer muerto en el sucio suelo de cemento de un parking, y qué mal huelen siempre.
Tengo mucho que agradecerle a Leo. Me ha sacado de encima a la competencia, aunque solo El Inmortal me hacía un poco de sombra.
Ahora la organización va a valorarme como merezco.