La otra pareja del lago 17
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PATRICIA

A provecho que hoy entro a trabajar al mediodía para acercarme a primera hora de la mañana al Centro Penitenciario de Soto del Real donde Leo está preso, a la espera de pasar a disposición judicial.

Después de varios trámites, he conseguido una visita.

Necesito hablar con él y comprobar algo importante que lleva días quitándome el sueño.

​ Paso por un control de seguridad un poco aturdida por ser algo novedoso e inquietante para mí, y espero a que Leo aparezca al otro lado de un panel divisorio de vidrio con una rejilla para poder escucharnos al hablar.

El ambiente carcelario es deprimente y hostil, me da la sensación de que me está absorbiendo la poca energía que me queda.

A los diez minutos, veo aparecer a Leo esposado y acompañado de un guardia.

En otras circunstancias, una sonrisa como la que me dedica me habría desarmado.

Ni siquiera la cárcel lo ha afeado o demacrado; de hecho, lo veo bien, más atractivo que nunca, aunque ese pensamiento no procede dadas las penosas circunstancias en las que nos volvemos a ver.

​ —Hola —me saluda.

​ —Hola.

​ —Te ha quedado cicatriz. Lo siento.

​ —No me desagrada —le sonrío—. ¿Cómo estás?

​ —Disimula —me susurra, acercándose al panel y borrándome la sonrisa de la cara—. Mírame mal. Estás corriendo un riesgo al venir a verme.

​ —¿Qué?

​ —Que te tuve secuestrada contra tu voluntad. Te di un buen golpe, Patricia, te maniaté…

​ —Ah. Ya. Eso…

​ Tiene razón, pero, a pesar de todo, soy incapaz de dedicarle una mala mirada.

​ —Siempre puedes poner la excusa de que has venido a verme para superar el trauma, asegurarte de que estoy encerrado y no voy a poder hacerte nada malo, y blablablá.

​ —Han pasado algunas cosas y necesito saber algo.

​ Me mira intrigado.

​ —¿Sobre qué?

​ —Es posible que David no fuera el responsable de la muerte de Clara.

O sea, que no fuera él quien enviara a aquel sicario, y tampoco al que me estaba esperando en el parking.

David se cansaba de sus amantes, las dejaba y, como trabajaban en el hospital con él, les hacía la vida imposible para que se largaran.

Pero no creo que le pagara a nadie para hacerlas desaparecer o matarlas.

​ Leo sacude la cabeza. Está en modo negación, claro, porque si ahora resulta que David no tuvo nada que ver con el asesinato de Clara, su odio profundo y visceral hacia él dejarán de tener sentido. Y nadie quiere pasar los mejores años de su vida en prisión por nada .

​ —Pero tú lo viste salir del restaurante para hacer una llamada y después…

​ —¿A qué hora pasó? O sea, ¿a qué hora se os coló el sicario en Casa Nigra? —pregunto con urgencia.

​ —Eran… no sé, sobre las nueve y media…

diez menos cuarto… —contesta sin estar del todo convencido.

Es normal, porque ¿quién está pendiente del reloj en situaciones así?

—. Recuerdo que después de… ya sabes… Aún tardé un rato en irme de Brétema, pero me dio por mirar la hora y no eran más de las diez y media.

​ El mundo se me viene abajo. Di por hecho que los habían matado más tarde, de madrugada.

No sé a quién llamó David cuando salió del restaurante, a lo mejor no me mintió y estuvo hablando con su mujer.

Nunca lo sabré. Lo que sí tengo claro, ya que le he estado dando muchas vueltas a ese momento, es que las horas no cuadran. Y las horas, ahora lo veo, lo son todo.

​ —Cuando David salió del restaurante a hacer la llamada… —Trago saliva. Esto le va a doler—. Fue más tarde, sobre la hora a la que dices que te fuiste. A las diez y media. Cuando Clara ya estaba muerta.

​ «No pudo ser David. David no os envió a nadie», me callo.

​ Esta nueva información cae sobre Leo como un jarro de agua fría. Desde el panel que nos separa, puedo sentir su confusión.

​ —Entonces, ¿quién fue? ¿Si no fue David, quién mandó a ese tío a Brétema?

​ No tengo la respuesta exacta a su pregunta, todavía no, y mucho menos pruebas concluyentes, pero me callo lo que creo haber descubierto gracias a Petra.

Que ese tío, el sicario, no iba a por ellos, sino a por David y a por mí, y gracias al chantaje de Leo nos libramos de la muerte, porque eso provocó que fuéramos a cenar y a dar una vuelta a Cedeira, para no estar en Brétema.

Incluso tardamos más de lo que teníamos previsto al descubrir, por fin, de qué nos sonaban tanto Clara y Leo: por ser dos fugitivos a los que se les buscaba por asesinato.

El asesino a sueldo al que Leo mató en Casa Nigra, esperaba encontrar una única casa ocupada.

Una sola pareja. Nadie le avisó, así que se equivocó y fue a por la otra pareja del lago. Cuando Leo le preguntó:

​ «—¿Quién te envía?

​ Y el sicario le respondió:

​ —Doctor David Hernández».

​ No estaba diciéndole quién lo enviaba, ningún sicario lo haría. Estaba nombrando a la persona a la que tenía que matar, la luz era escasa, y confundió a Leo con David y a Clara conmigo.

​ —Lo siento —le digo a Leo sin ser capaz de mirarlo a la cara—. Lo siento mucho —repito con la voz quebrada, lamentando que Clara esté muerta por una estúpida confusión, segundos antes de levantarme y abandonar este lugar al que espero no volver.