La otra pareja del lago 16
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PATRICIA

Un mes después

H ace una semana empecé a trabajar en otro hospital de Madrid con una doctora adjunta majísima de la que estoy aprendiendo mucho.

Pensaba que podría volver a la normalidad, pero estaba equivocada.

Nada va a volver a ser normal después de todo lo que ha pasado.

Y cuando, ilusa de mí, pensaba que la situación no podía empeorar, va y se pone aún más fea.

​ Anoche recibí un vídeo desde un email que no existe.

Todo muy extraño, demasiado turbio para mí.

No debería haberlo abierto, pero ya está en manos de la inspectora Vega Martín y compañía, y espero que indaguen al respecto.

Fui incapaz de verlo hasta el final, aunque sí visioné momentos clave que me han trastornado.

El vídeo me mostró a Álvaro torturando hasta la muerte a su padre, a David.

Horrible. Vi a David suplicar por su vida muerto de miedo y pidiéndole perdón, pero lo que más llamó mi atención fue lo que dijo, más absorto en sus propios pensamientos que en el terrible momento que estaba viviendo, como si no terminara de asimilar lo que estaba pasando, lo que su hijo le estaba a punto de hacer:

​ —Entonces has sido tú. Todo este tiempo has sido tú, Álvaro.

​ ¿A qué se refería David cuando le dijo a su hijo que «todo ese tiempo había sido él»? ¿No fue David, sino su hijo, quien envió a sicarios para que hicieran desaparecer a sus amantes? ¿Pero, entonces, qué sentido tenía enviar a un sicario a Brétema para que matara a Clara y a Leo?

​ He llegado a la conclusión de que David tenía razón y él no tenía nada que ver con el tema de los asesinos a sueldo. Lo recuerdo en aquella habitación de hotel donde quedamos después de nuestra frustrante estancia en Brétema diciéndome con rabia:

​ —¡¿Pero quién te crees que soy, Patricia?! ¿Al Capone?

​ Entonces, el matón que fue a Brétema no iba a por Clara y Leo, sino a por mí, y puede que también a por David, en vista de lo que su hijo le terminó haciendo.

Si fue cosa de Álvaro, está muerto, por lo que necesito repetirme varias veces al día que «estoy bien, estoy a salvo y fuera de peligro», pero lo cierto es que desde que recibí el vídeo, Happy together no ha parado de sonar en bucle dentro de mi cabeza, advirtiéndome de que sigo en peligro.

​ Y hay otro detalle en el vídeo. Algo que Álvaro le dijo con una maldad que hiela la sangre:

​ —Y que no se me olvide decirte que nos está viendo una amiguita tuya. Adivina. Su nombre empieza por P. Está deseando ver lo que te hago.

​ ¿Petra? ¿Petra estaba metida en toda esa mierda?

¿Es ella quien me ha enviado el vídeo? ¿Pero, de estar involucrada en el asesinato que Álvaro retransmitió en directo en un grupo secreto de la dark web , no supone un peligro para ella exponerse tanto?

¿O acaso pensaba que yo no enviaría el vídeo a la policía? No tiene sentido.

···

«Tengo que tener ojos hasta en la nuca», pienso con angustia.

​ Aunque recuperé mi coche, ahora voy al trabajo en metro.

Es más práctico. Pero cuando las puertas se abren, salgo corriendo como si tuviera mucha prisa.

Se me están poniendo unos gemelos fantásticos.

Son las diez de la noche, los comercios ya han cerrado y las calles están engalanadas con luces navideñas.

Voy directa a casa, donde me quedaría encerrada todo el día.

Pero no nací rica, así que tengo que trabajar.

Desde que recibí el vídeo, cada vez que entro en el portal, sudorosa y con la respiración acelerada por la carrera, visualizo escenas espantosas.

Que alguien se ha colado en el piso y ha matado a mis compañeras, a quienes encuentro muertas en el salón encima de un enorme charco de sangre, por ejemplo.

Y eso no es todo, porque el peligro aún sigue dentro, dejándome a mí para el final.

​ Pero todo es normal.

​ «Estás bien, estás a salvo y fuera de peligro».

​ Sara está en la cocina, Olivia encerrada en su habitación, estudiando para las oposiciones o procrastinando, que todo puede ser, y Natalia viendo un capítulo de Friends , lo único que consigue mejorar su humor al terminar el día, pues está harta de su trabajo como dependienta en una tienda de ropa.

Saludo a Natalia y después a Sara, que me pregunta si ya he cenado o me prepara algo, y le digo que no tengo hambre y que ya me las apañaré.

​ —¡Estás en los huesos, Patri, no te van a quedar fuerzas ni para levantarte de la cama!

Y muy blanca, fíjate, estás blanquísima, seguro que te faltan vitaminas o algo.

A que lo adivino: no has comido nada en todo el día ni has visto la luz del sol —me regaña como la madre de todas que se cree que es, señalándome con la espátula de silicona—.

A mí no me cuesta nada prepararte una tortillita, de verdad.

​ —Que no, que no, que tengo el estómago cerrado.

​ Si ya era pesada antes, desde que pasó todo lo de Leo y David está aún más encima de mí. ¿Es que no tiene vida propia? ¿Un novio del que preocuparse?

​ Me encierro en el cuarto de baño a darme una ducha.

A los quince minutos salgo con el albornoz puesto y entro en mi habitación.

Cierro con pestillo, no vaya a ser que Sara insista con lo de prepararme algo para cenar.

Antes de ponerme el pijama, le echo un vistazo al móvil y el corazón me da un vuelco cuando veo que he recibido un email.

Otro email extraño de una cuenta probablemente inexistente, en el que solo aparece un link.

​ —No le des —me advierto a mí misma en voz alta—. Ni se te ocurra darle al link. Podría ser un virus. Podrían robarte el poco dinero que tienes en la cuenta.

​ Pero mi dedo índice parece cobrar vida propia y la curiosidad se impone a la razón, a esa vocecilla interior que me advierte que puede tratarse de un virus que me va a hackear el móvil y a joder la vida, así que le doy al link y espero. La pantalla se vuelve negra.

​ «Me ha entrado un virus —pienso—. Por gilipollas, que es lo que soy, una gilipollas. ¿Y ahora qué?».

​ La ansiedad invade todo mi cuerpo y un tic nervioso se ha apoderado de mi párpado izquierdo. No me puedo ni mover.

​ A los pocos segundos, la pantalla vuelve a cobrar vida y aparece ante mí un rostro desconocido.

Sin embargo, pese a ser la primera vez que la veo, sé quién es.

La piel de su cara está cubierta de polvos blancos, sus párpados están pintados de negro y sus labios, curvados en una sonrisa que pretende ser amistosa pero que resulta inquietante y siniestra, de color morado.

Su cabello también es negro y lo lleva engominado, recogido hacia atrás en una coleta tirante.

​ —Petra.

​ —Sé que me has estado buscando.

​ Se me ponen los pelos de punta al pensar que formó parte del cruel asesinato de David retransmitido en directo en la dark web . O eso dijo Álvaro. Que una «amiguita» cuyo nombre empieza por P los estaba viendo en directo.

​ —Solo quería decirte que el peligro no ha desaparecido, Patricia. De hecho, las dos seguimos en peligro.

​ —¿Las dos?

​ —Vamos, ¿aún no sabes quién quiere vernos muertas? Yo estoy muy lejos, pero tú sigues cerca.

​ —Pero… —De repente, noto la boca seca, pastosa—. David dijo que era… que era Álvaro, ¿no?

​ —David era un ignorante. No tenía ni idea de nada. Murió sin saber la verdad.

​ Al decir que David «murió», se detiene un momento y esboza una sonrisa de satisfacción.

​ —Carlota está muerta, enterrada en las profundidades de algún bosque.

Quién sabe. Nunca la encontrarán —continúa hablando.

Tiene una voz suave y profunda que contrasta con la agresividad de su aspecto—.

A Ana la esperaba un sicario como el que te esperó a ti en el parking, cuya identidad nunca habrían descubierto si no le hubieran dado matarile.

El caso es que, quien fuera, porque me consta que hay muchos esbirros repartidos por el mundo, se cargó a Ana tirándola por el balcón.

No fue difícil hacerlo pasar por un trágico suicidio.

Hay mucho de eso, demasiado, ¿no te parece?

Suicidios que no lo son en realidad. Muertes accidentales o repentinas, a veces de lo más tontas y evitables, que son asesinatos encubiertos.

Infartos convenientes en habitaciones de hotel.

Yo he conseguido despistarlos e irme lejos, pero reconozco que me la he jugado bastante.

Me metí donde no debía y ahora estoy en su punto de mira.

Me camelé a Álvaro, que ha sido como vengarme, en cierta manera, de la persona que ha movido los hilos todo este tiempo.

Y a ti te salvó ese criminal de tres al cuarto.

Pero te repito que sigues en peligro, Patricia.

Quien paga, manda, en ese mundillo no hay reembolso y le deben una muerte.

Tu muerte. El día menos pensado aparecerá alguien y…

​ Petra emite un desagradable chasquido y hace el gesto de rebanarse el cuello.

​ —El vídeo… —balbuceo.

​ —No deberías habérselo enviado a la policía. Ellos no pueden ayudarte. Nadie puede. Huye, Patricia. Que no te encuentren. Si no, estás muerta.

​ Me guiña un ojo, me dedica una última sonrisa siniestra, y la pantalla vuelve a su normalidad.

​ La ansiedad no ha desaparecido. Al contrario. La ansiedad me va a comer viva. Regresa, se instala implacable en mi pecho, me lo aplasta y me obliga a sentarme en el borde de la cama. Tengo que coger una gran bocanada de aire para poder seguir respirando.

​ Preferiría que me hubieran hackeado el móvil a saber que el peligro no ha terminado. Que en cualquier momento…

​ Ay, Dios.

​ Cuando vuelvo a entrar en la bandeja de entrada de mi Gmail, el email con el link ya no está. Ha desaparecido, como si nunca hubiera estado ahí y mi breve conversación con Petra hubiera formado parte de mi imaginación. ¿Cómo lo ha hecho?