La otra pareja del lago 14
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PATRICIA

V uelvo al piso compartido con medio rostro amoratado e hinchado y un corte muy feo en la sien, pero sin nada que temer según los médicos que me han examinado. Sara me recibe en la puerta con efusividad y me abraza como si en algún momento hubiera llegado a pensar que no me iba a volver a ver.

​ —Cuando te vi en la tele y después me enteré de que el que te había secuestrado era un psicópata, un asesino, yo… yo pensaba que te había matado, Patri. ¡Llevo todos estos días sin pegar ojo de lo preocupada que estaba por ti!

​ «Pues yo creo que tienes muy buena cara», me he callado.

​ Ni mis padres se han preocupado tanto como Sara, en el caso de que no lo haya exagerado un poco para cobrar protagonismo.

He hablado con ellos, les he dicho que estoy bien y me han prometido que, en cuanto puedan, vendrán a Madrid a verme.

No entiendo que no vinieran cuando me nombraron en los informativos.

Siguieron el caso desde el pueblo, así lo han llamado, «el caso», y han estado muy pendientes, pero sin movilizarse ni planteárselo siquiera.

​ Les avergüenzo. Un pueblo entero ha conseguido poner a mis propios padres y a mi hermano en mi contra, pero ¿por qué las opiniones ajenas y totalmente injustas, son más importantes para ellos que yo?

Es una pena. También he hablado con mi tía Úrsula, que se ha mostrado más cariñosa que mis padres.

​ —Lo siento. No sabía adónde ir… pensé en tu piso y… Arreglaré los destrozos —le he dicho.

​ —No te preocupes por eso, cariño. Lo importante es que estés bien.

​ A ver, la verdad es que no estoy bien.

No estoy bien por mentir, porque en realidad nunca sentí que Leo me tuviera secuestrada ni lo vi como una amenaza hasta que me desperté atada en la cama, pero tampoco quiero que me juzguen por encubrimiento, que es lo que pasaría si digo la verdad.

Tuve la oportunidad de escapar, de no irme con Leo desde el principio y denunciarlo, y aun así, decidí protegerlo y esconderlo en el piso vacío de mi tía, porque me había salvado de una muerte segura en el parking a manos del sicario enviado por David.

Así que me he limitado a decir que Leo no se sobrepasó conmigo ni me hizo nada.

Que me dio un golpe en la cabeza, sí, eso sí, y lo de dejarme atada en la cama para evitar que escapara.

​ —Pero nada más.

​ —¿Nada más? —no ha podido evitar soltar la inspectora Martín—. ¿Le parece poco?

​ Hablaron con Sara. Les contó que, poco antes de que saltaran las alarmas por mi desaparición y de que fuera vista saliendo del parking del hospital con Leo Arribas, «un peligroso asesino», yo había estado en el piso.

Que había cogido mis cosas, hasta comida de la nevera, que le había dicho que había perdido mi móvil, y, muy nerviosa e impaciente, me había largado.

Eso me preocupaba. Porque me delataba. En lugar de decidir quedarme en la seguridad del piso que comparto con Sara, Olivia y Natalia, me largué con Leo, que me había apuntado con un arma en el parking poco después de matar al sicario, por lo que yo me había expuesto al «peligro de ser secuestrada».

Pero, no sé por qué, no lo han tenido en cuenta.

Al fin y al cabo, yo estaba en estado de shock.

Leo podía haberme manipulado amenazándome de muerte si no obedecía sus órdenes y regresaba con él, que se quedó esperándome en mi coche aparcado en doble fila.

Podía matar a mis compañeras de piso. Ir a por mi familia.

Cualquier cosa. Y no estaba dispuesta a poner ninguna vida en peligro, ¿verdad?

​ Enterarme de la muerte de David, pero no a manos de Leo como pensaba que ocurriría, me ha afectado más de lo que debería.

No puedo olvidar que envió a un sicario al parking del hospital para hacerme desaparecer como hizo con Carlota y con Ana y de Petra no sé, porque sigo sin encontrar nada.

Sé que no tengo que llorarle. Era un cabrón, una mala persona sin escrúpulos que me trató fatal.

Pero le lloro. Le lloro porque se cuentan cosas terribles.

Que su hijo mayor, Álvaro, el de veintidós años, estaba metido en historias raras de la dark web .

En su ordenador han encontrado un montón de fotos y vídeos de torturas y asesinatos que, por lo visto, emiten en directo desde varias partes del mundo en un grupo secreto al que es prácticamente imposible acceder pero del que forman parte más de cuatrocientas personas.

Se hacen llamar Gore Addicts . Adictos al gore.

El mundo da miedo. Porque, a ver, ¿quién te dice que el tío que está sentado frente a ti en el metro mientras me estás leyendo, no forma parte de esas mierdas?

¿Tienes la seguridad de que el entretenimiento de tu vecina no es ver torturas y asesinatos en directo?

¿Y qué me dices del panadero, eh? O el carnicero que te atiende siempre con amabilidad y en realidad está pensando en cómo sería cortarte a cachitos a ti, en lugar de al pollo que has pedido.

Y luego están todas esas aplicaciones de citas con fotos favorecedoras de personas con las que haces match que quizá escondan un monstruo detrás de esas sonrisas falsas destinadas a atraer a incautos.

​ Quita quita. Dan ganas de encerrarse en casa y no volver a salir.

​ Cuando Leo se coló en casa de David, ya estaba muerto. Su hijo lo torturó y lo asesinó, y además lo emitió en directo en ese grupo de perturbados de la dark web . Luego, Álvaro se suicidó volándose los sesos. Están investigando, pero no creo que lleguen a ninguna parte.

​ Dicen que Victoria, la mujer de David, ha enloquecido.

Que, como es normal, está rota de dolor y no quiere volver a la casa que vio crecer a sus hijos.

Se ha instalado en la casa de La Moraleja de su padre, que es un poderoso empresario que vive entre Miami y Marbella.

Después de enterrar a su marido y a su hijo mayor, a lo mejor se muda con sus otros dos hijos a Miami, donde tiene una propiedad y la prensa no los atosigará como le sucede aquí.

De corazón deseo que le vaya bien. Pobre mujer.

David siempre se reía de ella porque era muy ingenua y no se enteraba de nada.

Y ahora me siento fatal, porque asumo mi parte de culpa.

Liarme con un hombre casado y padre de familia…

¿En qué estaba pensando? Nuestra escapada a Brétema fue un error.

Puedes escapar de los lugares, pero no de las desgracias ni de los sucesos que te marcan.

No sé si tuvo algo que ver o no, pero como todo este descenso a los infiernos empezó en Brétema, siento que una parte de mí se ha quedado atrapada en aquella casa de cristal. Y no sé si algún día podrá escapar.